La
función social del docente es hipervalorada, pero esa sobrevaloración
es comprendida sin un cuerpo que lo sostenga. Y así se hiperdevalúa al
docente cuando discute sus derechos. Sobre esa base, la autora muestra
desde su trabajo de campo cómo las y los docentes internalizan ese
imaginario, lo que deviene en consecuencias físicas y psíquicas.
Una marcha en reclamo de justicia por las muertes en la escuela 49 de Moreno.
Desde
hace muchos años soy admisora en salud mental de la Obra Social de
Docentes Privados. Hago la primera entrevista, llamada de admisión,
evalúo la problemática y derivo al profesional para su tratamiento.
Todos estos años junté y estandaricé los datos recabados y los organicé
en una investigación que expresa la problemática en salud mental de los
docentes.
La base de datos fue desarrollada durante 15 años y está compuesta
por 1452 casos de consultantes adultos con inserción laboral en el
ámbito educativo. Como corresponde a un padrón con mayoría femenina, la
mayor cantidad de consultantes son mujeres. Por lo cual nos encontramos
con una radiografía de una problemática psicológica marcada por el
género y por la forma de inserción dentro de su trabajo.
Quiero brindar un homenaje a la vicedirectora y al auxiliar
fallecidos por las pésimas condiciones en las que hacían su trabajo y a
todas/os las/os pacientes silenciosos que he visto en todos estos años
que encontraron en la enfermedad mental una salida a estas pésimas
condiciones en las que desarrollan su trabajo.
Quiero contar y compartir con todos los lectores algunas de las
conclusiones de la investigación, donde podremos encontrarlos a ellos,
en el esfuerzo con que llevaron adelante el trabajo durante su vida y
donde encontraron el desinterés, la presión para que siguieran
trabajando así, la muerte y la enfermedad.
Imagen social de las y los docentes
La escena que se describe se desarrolla en la Plaza de Mayo de la
Ciudad de Buenos Aires, en una curva que está delante de la Catedral
Metropolitana; el tránsito que llega desde la avenida Rivadavia debe
doblar por allí para tomar la Avenida de Mayo. Es una curva cerrada y
con pocas posibilidades de visibilidad para los autos, colectivos,
camiones, bicicletas y motos que circulan por allí.
Son las 10 de la mañana de un día hábil y el tránsito es intenso,
veloz y alocado; como siempre a esa hora. Hay una gran cantidad de gente
que se dirige a sus obligaciones por caminos encontrados, con apuro y
sin mirar a nada que lo interrumpa de sus intereses. Gente que camina y
casi corre por la vereda, y en la calle el tránsito es intenso y rápido.
El lugar como en todo día hábil es un verdadero caos y sólo el milagro,
los semáforos y la costumbre logran que no haya accidentes severos
allí.
Sobre esa curva se estaciona un micro escolar con la puerta de salida
hacia la calle, comienzan a salir docentes que forman un cordón por el
que empiezan a pasar niños de jardín de infantes hasta que logran llegar
a la salvadora vereda de la plaza que los protege del tránsito intenso.
Allí los espera una sola docente a la que no le dan los brazos ni la
voz para contener a todos los niños que le están llegando y, como buenos
niños curiosos, comienzan a mirar, correr y dispersarse por la plaza, a
detenerse parándose en el medio de los peatones, a tocar lo primero que
ven, y en fin, a hacer cosas que hacen los niños.
El esfuerzo que hacen esas mujeres y hombres para llevar a los niños a
resguardo es impresionante y notorio. Sus caras están tensas, sus
cuerpos intentan ser un escudo poderoso que impida cualquier daño a los
niños. Están todas contracturadas y atentas. No hay indicio de
satisfacción y/o placer por la salida, el disfrute se les escapa de las
manos atrapado en un cuerpo que sufrió las consecuencias de ese momento
de riesgo, tensión y peligro. El recorrido por la plaza se hace en un
clima desagradable y sin ninguna gracia.
Los/las docentes integran en su accionar al trabajo, a la educación, a
los menores y son vehículo de deslizamiento de la ideología que circula
en un momento dado en la sociedad; son eco de las dificultades de las
familias y vanguardia en la contención de los conflictos que atraviesa
la sociedad. La escuela es un dispositivo de control y regulación social
que atraviesa distintos ámbitos sociales, a los vínculos y a las
subjetividades.
La idea social acerca de los docentes expresa en sí misma una gran
ambivalencia. Es hipervalorada la gran función que debe cumplir para el
desarrollo del país, debe saber de todo y estar alerta a todo lo que
pasa con los niños y en el colegio; pero esta sobrevaloración es
comprendida sin un cuerpo que lo sostenga. Cuando surge el/la docente
como sujeto de necesidades, es hiperdevaluada cuando se discute el
salario, o cuando quieren luchar por sus reclamos, allí surge que no
pueden hacerlo por que deben cuidar los chicos de otras madres que van a
trabajar (¿ellas no son madres que trabajan?), o cuando ante las quejas
de los padres son expuestas a tener que rever sus decisiones por
presiones de la dirección, la inspectora o el programa educativo que
esté en curso.
En la relación laboral, se observa una fuerte afectivización del
lugar de trabajo, generalmente viven el espacio laboral como una
extensión de la familia y se conectan con el colegio desde el afecto y,
por lo tanto, esto no les permite una distancia óptima para poder
analizar sus deberes y derechos. La/el docente tiene que estar alerta a
todo, desde la salud mental de sus alumnos (si algún niño agrede a sus
compañeros, la sociedad en su conjunto se pregunta ¿cómo la maestra no
se dio cuenta?) pasando por su salud física (estar alerta a las vacunas,
el flúor y los piojos y si están suficientemente alimentados), y además
tener presente si en el colegio, el techo o el inodoro están rotos.
Todo es su responsabilidad durante su horario de trabajo, incluso
después, hasta que no entregan los niños a sus padres, que no siempre
respetan el horario de las/los docentes, que aceptan esta situación sin
cuestionamientos.
El/la docente, para ser aceptado como tal, debe ser portador de una
cantidad de atributos y características que conforman el imaginario
social de la maestra/o, que es el resultado de todo este proceso
histórico; sin estos atributos se discute su capacidad e idoneidad.
El significante imaginario del docente debe incluir:
- el amor a los niños.
- vocación por la enseñanza.
- dar todo de sí.
- no esperar recompensas, estar dispuesto al sacrificio.
En la configuración del docente, entonces, se incluyen
cualidades sobre todo apostólicas, sacrificiales, profesionales pero
ninguna indicación que se trata de un trabajo. Cualquier “desviación” de
este modelo es vivido cómo una amenaza para la sociedad toda y si
alguna contradicción se centra sólo en un sujeto, la vivencia de
desestructuración de su identidad es intensa y puede ser generadora de
patología, tanto física como psíquica. Esto lleva a que se ajusten al
modelo y se reproduzcan los condicionamientos sociales que los
produjeron.
Este “modelo” lo comparten los docentes y la sociedad, tal imaginario
fue socialmente adquirido e históricamente producido, pero la
existencia de este trasfondo compartido tanto por los/las docentes como
por la sociedad otorga a la práctica una racionalidad implícita,
desconocida y regular que lo vuelve absolutamente natural y hace al ser
del docente.
En su ejercicio, los miembros tienen que contar con saberes de
distintas disciplinas y con el saber específico necesario para esa
trasmisión; el saber trasmitir adquiere relevancia sobre el saber
general, este tipo de modelo educativo prioriza la educación
moralizadora antes que la instrucción: la bondad del/la docente, la
exhibición de cualidades morales, la consagración a la docencia
adquirieron preponderancia aun en los ámbitos de formación frente al
conocimiento. El aprendizaje de las técnicas de enseñanza no excluía las
formas de moralizar con eficacia.
Desde el comienzo de este desarrollo, el Estado retribuye
miserablemente este trabajo tan ensalzado. Simbólicamente cuasi sacro,
materialmente desvalorizado, poco dinero y de manera irregular.
Sacrificio, humildad, abnegación, desinterés, virtudes asimiladas al
sacerdocio, por lo tanto, el docente que pretende recompensas materiales
que no entran en este modelo será despreciado.
Con la mayor presencia de mujeres, los condicionamientos sociales
relacionados con el género se incrementan. Para la mujer se impone la
sumisión, obediencia y acatamiento de normas, lo que aumenta, refuerza y
afirma el perfil religioso y sacrificial de la imagen del docente. En
la época donde se desarrolla la formación del rol docente, el trabajo
femenino fuera de la casa era mal visto y moralmente reprobado, aunque
la actividad fuera legítima y socialmente aceptada; las excepciones a
esta regla la conformaban los oficios y ocupaciones que representaban
una prolongación de la tarea del hogar. De allí que fuera considerado un
empleo legítimo, pero que no permitiera la concientización de las
mujeres en relación a sus derechos laborales, se consideró una
prolongación de las tareas que hacen las mujeres “por amor” como único
reconocimiento.
Datos de la problemática de salud mental de los/las docentes
Cuando estas/os trabajadores se presentan a consulta, habitualmente
son en amplia mayoría mujeres, evidencian una personalidad lábil y
débil, inmaduras e infantilizadas, y con una conciencia de la legalidad y
de las normas, y de los imaginarios sociales del “deber ser”
extremadamente estricta, hasta asfixiante. Son sumamente permeables a
los criterios exteriores, órdenes, consejos y sugerencias, y con poco
conocimiento de sí mismas, tanto de sus capacidades como de sus
limitaciones, así como de lo que efectivamente deben dar más allá de lo
que se espera de ellas; si bien toman todas las indicaciones dadas,
difícilmente las tengan en cuenta de manera criteriosa.
Parecen no conocer la existencia de derechos propios, sea en el
ámbito familiar, social, de pareja o laboral. Es habitual escuchar que
aluden al desconocimiento de acuerdos y normas generales y/o sociales en
función de su propio parecer imaginario.
Esta ambivalencia también en el criterio de valoración social, junto
con la personalidad de base débil e inestable, crea una situación
paradojal, con pocas posibilidades de una salida saludable.
Con este “combo” llegan al consultorio contando sus penurias y las
propias trabas que se ponen para resolverlas. Las dificultades se
expresan en problemas físicos, con una amplia mayoría de ahogos y
taquicardias, contracturas varias y sobrepeso; estos problemas ocupan el
primer lugar en el espectro de los padecimientos físicos asociados a la
salud mental.
Dentro de los padecimientos psíquicos propiamente dichos, predominan
las crisis de angustia, cuadros de ansiedad canalizadas de distintas
maneras y depresiones, como consultas más frecuentes, seguidos por las
somatizaciones. También se visualizaron situaciones de gran dramatismo,
donde se mezclan una situación socio familiar conflictiva, a la que
intentan contener con sus propios recursos, lo que las desborda;
sintiéndose además culpables por no poder contenerla.
Es particularmente notable la permeabilidad de esta población a
incluir, en la forma que adopta su demanda individual, la problemática
social al momento de su consulta. Revisando los datos, fue posible
observar la incidencia de depresiones por la inmigración, desocupación y
enfermedad de los familiares en la crisis del 2001. El agobio y
cansancio, expresado en estados confusionales, que representaba ser el
único sostén económico de la familia, porque sólo ella conservaba el
trabajo mantenía a sus parejas, a sus hijos sin trabajo y a los nietos, a
los padres con jubilación escasa, etc. En este momento es muy marcado
el aumento de violencia de género en las familias (que incluye padres,
hijos, nietos, parejas); así también las fobias sociales como respuesta
al discurso violento con que se nutre en este momento de la sociedad.
Esta base de personalidad las lleva ingresar en severas crisis por
las grandes contradicciones propias y externas que intentan armonizar a
costa de su salud física y/o psíquica. Sienten que deben cumplir con
todo y con todos y de acuerdo a normas y códigos muchas veces
contradictorios en sí mismos, de los que a veces no tienen conciencia;
por lo tanto no pueden parar a pensar y priorizar para orientarse en qué
o cuál obligación tienen que cumplir y cuál pueden posponer y mucho
menos tienen capacidad de negarse a realizar acciones que se les
solicitan. Todas son vividas como prioritarias y absolutas, que deben
ser cumplidas sí o sí. Parece no haber manera de satisfacer la demanda
interna ni de satisfacer a los otros.
Este posicionamiento ante la vida es la puerta de entrada a todo tipo
de violentamientos reales o simbólicos, que generalmente las
consultantes resuelven forzando sus recursos físicos y psíquicos,
incluso hasta económicos, y que culminan con el desarrollo de una
enfermedad o asumiendo situaciones de riesgo sin conciencia de su
cuerpo.
* Psicóloga. Admisora y auditora de salud mental Osdop-Sadop.
Fuente:Pagina12
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