jueves, 8 de julio de 2021

2000 días de MILAGROS SALA PRESA POR DARLE DIGNIDAD A LOS HUMILDES

 HOY SE CUMPLEN 2000 DEL ENCARCELAMIENTO POLITICO DE LA LIDER SOCIAL MILAGRO SALA. Y COMO PODEMOS VER NO ESTA PRESA NI POR CORRUPTA, NI POR VIOLENCIA SI NO POR DARLE DIGNIDAD A LOS HUMILDES. COMO PODEMOS VER EN LA DESTRUCCION DE LA OBRA PARA TODOS REALIZADA POR ELLA CON SU ORGANIZACIÓN.

¡LIBERTAD A MILAGRO SALA!¡BASTA DE PRESOS POLITICOS











FUENTE:LA NACIÓN

IMAGEN  ANTES:




















miércoles, 23 de junio de 2021

Adiós a Horacio Gonzalez

 

Escritor y sociólogo, ex director de la Biblioteca Nacional, columnista de Página/12, González fue un baluarte del pensamiento argentino, lúcido y profundo, nunca apegado a dogmatismos.




Fuente:Página/12






Escribir en pasado es un dolor mayúsculo. La lengua no quiere conjugar el tiempo pretérito. Se resiste a forcejear con el verbo. Como si pensar en pasado fuera una manera de borrar la potencia de una vida y una obra con las intensas vibraciones que aún genera. El “parlanchín porteño”, así se definía él con esa autoironía empecinada en burlar los lugares comunes, el profesor universitario apasionado por el lenguaje y sus derivas para interrogar e incomodar, respetado y amado por tantos estudiantes y colegas, estaba internado en el sanatorio Güemes desde el 19 de mayo. La muerte de Horacio González, el escritor, sociólogo y exdirector de la Biblioteca Nacional, este martes y a los 77 años, por una infección intrahospitalaria tras superar el coronavirus, conmociona a la cultura argentina. Cuesta imaginar la ausencia de su voz en diálogo con las disidencias y las heterodoxias, nunca apegada a dogmatismos que se vuelven un obstáculo para pensar libremente; una voz proclive a expandir los debates en vez de clausurarlos. Un polemista en estado de inquietud permanente.

Interrumpir a Borges

“Horacio es como un relámpago, en un instante breve ilumina un territorio y cuando desaparece, la imagen queda inscripta adentro tuyo”. Qué imagen más bella y certera que usó Mauricio Kartun para sintetizar el efecto que provocaba con sus charlas, sus ensayos, sus contratapas en Página/12. Él, que nació en Buenos Aires el 1º de febrero de 1944 y parecía que lo leía todo, no fue un niño con una biblioteca voluminosa y con una vida familiar confortable. Su padre había abandonado la casa en Villa Pueyrredón y lo crió un abuelo ferroviario que había nacido en Recanati, la ciudad del poeta Giacomo Leopardi. Como su madre trabajaba en una biblioteca popular, empezó a sacar libros y a leer con voracidad la colección Robin Hood. En el colegio Nacional Sarmiento descubrió todo de repente: las pedradas y los tiroteos de los militantes de Tacuara y las disputas entre liberales y nacionalistas.

Horacio solía recordar que como estudiante de sociología de la Universidad de Buenos Aires en los años sesenta no tuvo una buena relación con Borges, el escritor al que más leería muchos años después. Él estaba entre los jóvenes militantes que interrumpían las clases de Borges para invitar al alumnado a una movilización. No sabía entonces que el tiempo atenuaría esa hostilidad juvenil. Que sería director de la Biblioteca Nacional. Como Borges. Que terminaría escribiendo Borges. Los pueblos bárbaros. El joven Horacio participó del proyecto de las Cátedras Nacionales, que funcionaron entre 1968 y 1972 como un movimiento de resistencia contra las sucesivas dictaduras de Juan Carlos Onganía, Roberto Levingston y Alejandro Agustín Lanusse. Y escribió en las revistas que fueron surgiendo a partir del proceso de politización y radicalización vivido en las universidades, como Antropología 3er. Mundo Envido, una revista de ciencias sociales vinculada con la izquierda peronista, que conjugaba tres tradiciones político-ideológicas: peronismo, marxismo y cristianismo.

De pronto pequeños detalles adquieren otro relieve vistos en conjunto. Horacio fue ayudante de una pequeña empresa de fotografía popular a cargo del psicólogo Alfredo Moffatt. Los dos tomaban el tren en Puente Alsina, se vestían como vendedores ambulantes y viajaban hasta Villa Fiorito ofreciendo retratos. Varias décadas después ese “como si” de la venta desembocó en su debut como actor en la película El artista, donde interpretó a un viejo senil, junto a Fogwill, León Ferrari y Laiseca. El vértigo de la vida y la militancia se sucedían a fines de los 60; leía a Hernández Arregui, Foucault, Gramsci, Perón, Sartre, Jauretche, Marcuse y Fanon. De la militancia universitaria pasó a la FAP (Fuerzas Armadas Peronistas). En 1970 se recibió de sociólogo y un año después comenzó a relacionarse con el Movimiento Revolucionario Peronista, un grupo que luego se integraría a Montoneros. El asesinato de Rucci partió las aguas y Horacio quedó del lado de la JP Lealtad y cuestionó la militarización y la lucha armada.

En 1976 se exilió en San Pablo (Brasil), donde dio clases, cursó el doctorado en Sociología y escribió en portugués Evita. La militante en el camarín, que sería traducido y publicado por la Universidad Nacional de Córdoba en 2019. Volvió al país en 1983, conoció a la cantante Liliana Herrero, su compañera desde entonces, y pronto reanudó su conexión con la vida universitaria en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, en la Universidad Nacional de Rosario y en la Facultad Libre de Rosario, donde fue profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano y Pensamiento Político Argentino. 

Era el profesor diferente que daba clases en los colectivos y tomaba examen arriba de los trenes. Escribió en la revista Unidos, que dirigió Carlos “Chacho” Álvarez entre 1983 y 1991, y Cuadernos de la Comuna, hasta que en el verano de 1991 impulsó junto a Eduardo Rinesi (luego se sumarían María Pía López y Christian Ferrer), la revista El ojo mocho, un proyecto intelectual que pretendió revitalizar el papel de la crítica cultural y política en las ciencias sociales. La generación de la revista Contorno tendría un lugar clave, especialmente las figuras de David Viñas y León Rozitchner. Esta revista antimenemista, antialfonista y antiprogresista, se proponía “repotilizar el mundo de la cultura” y “reculturalizar el mundo de la política”. Horacio polemizó en las páginas de El ojo mocho sobre el gran malentendido de las juventudes de los años 60 y 70 respecto al discurso de Perón; un discurso de derecha que había sido interpretado de izquierda.

Lengua barroca

El polemista Horacio, desde la trinchera del ensayo, se mide en la escritura con una metodología impulsada por las preguntas aparentemente más sencillas, donde reposan capas de sentidos para explorar los límites y las posibilidades de la lengua barroca. En los años 90 se anudan las publicaciones, una serie de libros que van desde La ética picaresca (1992), pasando por El filósofo cesante (1995) -luminoso ensayo sobre la filosofía de Macedonio Fernández-, Arlt: política y locura (1996) hasta cerrar esa década con un libro crucial: Restos pampeanos. Ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX (1999), donde entre los muchos textos y autores que rescata del olvido para hacerlos “hablar de nuevo” están Juan José Hernández Arregui, José Ingenieros, Carlos Astrada, Leopoldo Lugones, Juan Perón, Ezequiel Martínez Estrada y Raúl Scalabrini Ortiz. 

“Los textos de Horacio son paradójicos: el estímulo al pensamiento es extremo, y a la vez hacen sentir que todo lo que se diga sobre ellos corre el riesgo de un desacierto, que se incurre de manera precipitada y tosca en lo que la reflexión ha omitido con cuidado; que seremos capturados por la palabra que se trataba, precisamente, de no decir", escribió Diego Tatián. "Zahorí de altísima sensibilidad cultural, la escritura gonzaliana detecta en el barullo vocinglero de la discusión política argentina los precipitados inadvertidos de discusiones más antiguas, o nombres olvidados que entran, de la manera más natural, en la conversación de los vivos y los muertos cuyo objeto de disputa es la Argentina”.

El presidente Néstor Kirchner lo llamó al bar Británico para ofrecerle la subdirección de la Biblioteca Nacional, que dirigió en una primera instancia Elvio Vitali entre 2004 y 2005. Después el director fue Horacio, que defendía un pensamiento libertario con fuerte herencia en la cultura nacional, entendida en sus manifestaciones más densas. Conversador persistente que negociaba hasta el cansancio, se apropió de todas las tradiciones y esquivó maniqueísmos. Sólo Horacio pudo ser un funcionario libertario que logró transformar la Biblioteca innovando en los legados. Volvió a editar la revista La Biblioteca, fundada por Paul Groussac; rescató de “la lenta omisión que traen el tiempo y el olvido de los hombres” títulos como Vidas de muertos, de Ignacio Braulio Anzoátegui; Vivos, tilingos y locos lindos, de Francisco Grandmontagne, y El idioma nacional, de Lucien Abeille; publicó ediciones facsimilares de revistas de diversas corrientes ideológicas y políticas como ContornoLa Rosa BlindadaPasado y PresenteArturoPoesía Buenos AiresFichasLetra y Línea y Literal, entre otras. Durante su gestión se inauguró el Museo del Libro y de la Lengua (2011), que estuvo a cargo de María Pía López primero y que ahora dirige María Moreno.

El desacuerdo entre el perfil y la misión de la Biblioteca Nacional resultó irreconciliable. El historiador Horacio Tarcus renunció como subdirector a fines de diciembre de 2006 porque entendió que Horacio defendía un modelo de Biblioteca centrado en sus actividades culturales, mientras que Tarcus ponía el eje en la modernización de la gestión bibliotecológica. El funcionario libertario, en el filo de la disidencia, nunca dejó de escribir. ¿Cómo hacía para gestionar una institución tan compleja y a la vez encauzar el torrente ensayístico? Durante la primera década del siglo XXI publicó La crisálida. Metamorfosis y dialéctica (2001), Filosofía de la conspiración. Marxistas, peronistas y carbonarios (2004), Los asaltantes del cielo. Política y emancipación (2006), Escritos en carbonilla. Figuraciones, destinos, relatos (2006), Perón: reflejos de una vida (2008) El arte de viajar en taxi (2009), entre otros libros.

Como si no fuera suficiente, en 2008 estuvo entre los intelectuales que crearon Carta Abierta. Horacio tensó hasta lo indecible los nudos de la trama oficialista entre el apoyo al kirchnerismo y un fuerte cuestionamiento, como cuando asumió César Milani como jefe del Ejército o cuando Jorge Bergoglio devino el Papa Francisco. La relación entre literatura y política fue, es y será conflictiva. Horacio criticó que Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, haya sido elegido en 2011 para inaugurar la Feria del Libro, en una carta dirigida al presidente de la Cámara Argentina del Libro (CAL). La entonces presidenta de la Nación, Cristina Fernández, le pidió al director de la Biblioteca Nacional que retirara esa carta y le planteó que esa discusión “no puede dejar la más mínima duda de la vocación de libre expresión de ideas políticas en la Feria del Libro, en las circunstancias que sean y tal como sus autoridades lo hayan definido”.

Se lo acusó de “autoritario”, de querer censurar la palabra de un escritor que piensa distinto, justo la práctica intelectual y política contraria de Horacio, que siempre consideró los argumentos del Otro. Vargas Llosa aprovechó la equivocación. “Los intelectuales kirchneristas comparten con aquel general (por Albano Harguindeguy, que censuró sus libros La tía Julia y el escribidor y Pantaleón y las visitadoras) cierta noción política de la cultura y del debate de ideas que se sustentan en un nacionalismo un tanto primitivo y de vuelo rasero”, escribió el Premio Nobel de Literatura en el diario El País de España. “Donde usted, Vargas, ve barbarie, hay civilización”, le contestó Horacio en un extenso artículo publicado en Página/12. Había un entusiasmo sostenido en las intervenciones públicas de Horacio, una responsabilidad y un compromiso que lo desvelaba. Polemizaba, escribía ensayos y novelas; participaba en congresos, charlas, encuentros. El mismo año de la disputa con Vargas Llosa, en la misma Feria del Libro, presentó Kirchnerismo. Una controversia cultural.

Rumiar ideas

El peronismo y sus liturgias lo empujó también a escribir su primera novela, Besar a la muerta (2014). La chispa del asado convoca a una comunidad conversante de roedores. El anfitrión es el padre Poggi, un sacerdote nihilista que atiza el fuego de la lengua al tiempo que lucha por desentrañar algunas de las frases señeras del sacerdote Hernán Benítez, el confesor personal de Evita, en una carta que le escribió a Blanca Duarte. Si lo más densamente humano es coincidir alrededor de un lecho en el momento de la muerte, la deriva de las conversaciones, con toques diestros y calculados de un humor sarcástico, incluirá otras dos cartas –de Juan Domingo Perón a John William Cooke y de Salvadora Medina Onrubia a Evita– como puntadas del bordado textual de la tragedia nacional y sus posibles interpretaciones. Completa el elenco de conversadores el ex fraile Santiesteban y el escéptico profesor universitario Juan Carlos Rupestre, especialista en Max Weber. Larga será la noche, en la parroquia de Floresta, para estos tres personajes. “Espectros”, se los llamará en una instancia del escrito, manuscrito o “noveleta conversacional”. 

Horacio explicaba lo de “noveleta” como una necesidad de anticiparse con una denigración previa. “A lo largo de todo lo que escribí buscaba confundir respecto de quién estaba hablando y quién era el poseedor de la palabra -decía el escritor y ensayista-. O sea que utilicé técnicas denigratorias. Cuando las escribe uno mismo sobre lo que hace, invita a un dilema porque nadie puede creer que una persona se denigre en relación con lo que hace de una manera tan tajante. Se me ocurrió que una forma de proteger lo que uno escribe es considerarlo un arte menor. La novela conversacional es parienta del bildungsroman, pero el bildungsroman es prestigioso y la novela conversacional no”.

¿Qué se puede escribir en cautiverio? ¿Qué queda del hombre cuando es sometido a las formas más extremas del terror? Estas son algunas de las preguntas que surcan las páginas de Redacciones cautivas (2015), su segunda novela en la que explora un tema complejo: la colaboración de las víctimas con sus captores en los campos de concentración. “Informaré reservadamente de mi nombre. Joseph Albergare. Enfermo, enclaustrado, viejo. Mi profesión fue el periodismo. Dirigí dos diarios. El mío y el de los otros (...) No sé si era libre cuando fui obligado o si era cautivo cuando creí estar libre. Fui torturado, y eso no me excusa”. 

En Tomar las armas (2016), su tercera novela, el narrador, un profesor de historia apodado Echeverría, reflexiona sobre la lucha armada en los 70: “Algo que se hacía 'sin querer hacerlo', que se hacía al margen de la voluntad pública, esa que nada sabe de los inesperados desgarramientos internos. Se hacía solo si se estaba obligado por una situación en que el abandono de las profesiones reales (abogados, novelistas, poetas, ingenieros, médicos) era sentido como una penosa expropiación. Algo a lo que nos llamaba un deber superior, una excepción dolorosa. El emplazamiento a abandonar lo que se era, en nombre de algo más sublime que ya será, y que se presentaba como un reclamo inesperado, mutilado por su propia desesperación”.

Después de diez años intensos como director de la Biblioteca Nacional, de diciembre de 2005 hasta diciembre de 2015, Horacio regresó, invitado por el actual director, Juan Sasturain, para reactivar el Departamento de Publicaciones y retomar la edición de libros en papel. De marzo de 2019 a noviembre del mismo año fue director de la filial argentina de la editorial Fondo de Cultura Económica (FCE). Y siguió escribiendo y publicando por Colihue, la editorial en la que están la mayoría de sus libros, Traducciones malditas (2017) y La Argentina manuscrita. Cautivas, malones e intelectuales (2018). Entre los reconocimientos y distinciones que recibió se destacan el Doctor Honoris Causa otorgado por la Universidad Nacional de La Plata, el Doctor Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Entre Ríos, el Premio José María Aricó de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, y fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Una frase de Lacan podría condensar también la intención de Horacio: “No escribí mis Escritos para que se los comprenda, los escribí para que se los lea”. Cuando se lo leía, muchas veces se le demandaba “claridad” a través de un interrogante indulgente: “¿qué quisiste decir?”. Lengua díscola, la de Horacio, porque no se domesticaba ni se sometía a los designios de una legibilidad regida por la ilusión de la transparencia. La escritura de sus ensayos y novelas se emancipaba de la comprensión inmediata. Las palabras, las tramas textuales, dicen mucho más de lo que dicen. En el movimiento de su escritura producía desvíos y abría caminos. Nadie como él supo estar “dentro” y “contra”, una suerte de dialéctica que nunca alcanzaba una síntesis. Desplazó la disidencia de los márgenes hacia el centro, un corrimiento sutil, que en vez de impugnar propiciaba los pliegues, la lectura entrelíneas. La muerte del intelectual que generaba intensas comunidades duele en el alma.







martes, 4 de mayo de 2021

Represión policial de protestas sociales en Colombia deja 27 asesinados

 


Los dirigentes del paro aseguraron que, pese al retiro del proyecto de reforma tributaria, las protestas continuarán contra la militarización.

Los dirigentes del paro aseguraron que, pese al retiro del proyecto de reforma tributaria, las protestas continuarán contra la militarización. | Foto: EFE

Publicado 4 mayo 2021

 FuenteTelesur



 
 
 
 
 

 

Este balance es provisional, debido a que la represión continuó la noche del lunes con un saldo extraoficial de dos personas muertas.

El Comité Nacional del Paro de Colombia denunció el lunes que la represión por parte de las fuerzas de seguridad durante las manifestaciones en contra de la reforma fiscal ha dejado un saldo provisional de 27 asesinados y unos 124 heridos.

 

En un balance que comprende el periodo del 28 de abril al pasado 2 de mayo, la entidad indicó que fueron reportados 1.089 casos de violencia policial y 27 manifestantes asesinados, 12 de ellos en Cali, capital del surocidental departamento del Valle del Cauca.

Sin embargo, este balance es provisional, debido a que la represión continuó la noche del lunes en diversos sectores de Cali, en especial en Siloé, donde organismos humanitarios reportaron la muerte de al menos dos personas.

El Comité Nacional del Paro agregó en su informe que de las personas heridas, 13 presentaron lesiones oculares. También se reportaron seis hechos de violencia sexual, 726 detenciones arbitrarias y 45 defensores de derechos humanos limitados en el ejercicio de sus funciones.

Los dirigentes del paro aseguraron que, pese a que el presidente Iván Duque retiró el polémico proyecto de reforma tributaria, las medidas de protesta continuarán contra la militarización de las ciudades.

Exigen además el retiro de la reforma de salud, la desarticulación del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) de la Policía Nacional, responsabilizados de innumerables abusos de poder, y una vacunación masiva contra la Covid-19, entre otras demandas.

Para este miércoles 5 de mayo fue convocada una nueva jornada nacional de protestas, en la que participarán diferentes plataformas sociales y las centrales obreras.

La noche del lunes, la Oficina de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia denunció en su cuenta de la red social de Twitter que varios miembros de la comisión recibieron amenazas y agresiones en la ciudad de Cali.

“Mientras dábamos seguimiento a situación de DDHH en Cali no hubo disparos directos contra equipo ONU Derechos Humanos. Sin embargo, otros miembros de la comisión recibieron amenazas y agresiones, así como disparos por parte de la policía, sin que nadie resultara impactado”, destacó el organismo internacional.

lunes, 3 de mayo de 2021

Alcira Argumedo:Esa mujer que me salvó la vida

 

"A los 16 años, luego de un intento de suicidio me llevaron a verla", empieza este conmovedor abrazo escrito que la cineasta le dedica a la que llamaba "madre putativa". Sabe que se publicarán muchas notas sobre su pensamiento crítico y compromiso, pero elige contar esta "pequeña anécdota" que da una idea de su dimensión humana.

Alcira Argumedo.
Alcira Argumedo.
 

A los 16 años, luego de un intento de suicidio me llevaron a verla. Fui con un importante malhumor porque esperaba un nuevo sermón. Ahora más de izquierda, menos severo, tal vez un poco más humano, pero sermón al fin. Alcira me preguntó si María Elisa, la tía con la que vivía en ese entonces, se portaba bien. Esa fue su entrada triunfal, me puso de su lado y me hizo su cómplice. Me reí. Siempre me preguntaban si yo me portaba bien, dando por sentado que no lo hacía. Ella dejó claro que el problema no era mi conducta. El asunto era cómo se portaban los adultos que me rodeaban. Algo que yo tenía claro y que repetía de diversas formas, pero que nadie era capaz de escuchar en aquel entonces, cuando las rémoras de la dictadura no eran aún memoria ni distancia, sino vida cotidiana, palabras soeces y castigo habilitado.

Ese mismo año mi familia de sangre me echó de todas sus casas y a mí me quedaba un año de secundario. Estaba por irme a vivir a una pensión, fantasía que había construido con las historias que circulaban sobre la juventud y la rebeldía de mi padre, pero Alcira me dijo que vaya a vivir a su casa hasta al menos terminar el colegio. Así, mi adolescencia empezó a ser menos traumática y nos quedábamos charlando, fumando y tomando café durante horas. Aprendí que Roberto era un pensador brillante y Ana María una mujer bravísima. Que Roberto nunca hubiese soportado irse del país y dejar en banda a las personas que dependían de él. Que mamá estaba más asustada pero que nunca hubiera podido dejarlo a él a gamba.

Que la militancia armada fue una consecuencia de 18 años de proscripción. Que era un aire de época y que sus ejemplos eran el Che y la revolución cubana. Que no se aguantaba más tanta política cipaya y tanto hambre para el pueblo. Que a mis dos años ella me hacía bailar al ritmo de “yo no soy leninista, yo no soy leninista y que le voy a hacer“, y que a mi padre se le desviaba el ojo de la bronca que le daba. Que hicieron un viaje a Chile para ver la experiencia de Allende y que mi madre se la pasó con vértigo y con asma. Que Perón no los había traicionado y ahí era cuando peleábamos y me contaba alguna historia sobre los chinos y cómo se organizaban, para que saliéramos del embrollo del peronismo. Siempre trayendo quilombos.

Alcira tenía dos hijos dos años menores que yo. De un día para el otro yo tuve dos hermanos más chicos, unos adolescentes peleones que cada tanto hablaban en mejicano y se amaban entre ellos con locura. Vivimos los cuatro juntos durante tres años. Cuando terminé el secundario me dijo que no me fuera, también habló con uno de mis tíos y le aclaró que ella estaría a cargo de mi manutención pero que él se ocupe de comprarnos una casa a cada una de nosotras. A mis dos hermanas que ya eran grandes, y a mí que estaba empezando a despuntar autonomía. Hasta aquel momento mi abuela y ese tío nos habían mantenido a las tres a través de mensualidades que entregaban a quienes fuera que estuvieran a cargo de nosotras. Así fuimos pasando de casa en casa, según las necesidades económicas de cada familia. Y aquí venía esta mujer de voz ronca y humor ácido a dar un batacazo en nuestro destino. No todo se trata de guita, éstas chicas necesitan amor y un lugar dónde estar.

Alcira reconstruyó la confianza, el lazo primordial para no querer morir.

Después de esos años, seguimos tomando café por horas, cada vez que a mí la vida se me hacía aciaga o la confusión del presente me arrasaba. Me encantaban nuestras charlas largas y nuestras escandalosas presentaciones frente a los otros cuando la llamaba mi mamá putativa, siempre repitiendo en sorna puta-tiva un par de veces. Un chiste nuestro que solo nos hacía reír a ella y a mí. Ella me decía Soberbi y yo le decía Argu, la mula. Entre la terquedad y la soberbia construimos un fuerte de amor y bromas pesadas. Le encantaba decir que si seguía haciendo películas porno ella iba a tener que ir con pasamontañas a los estrenos. Pero me prestaba plata para producirlas. Todo lo que llegaba de Alcira era un estímulo de vida, un apoyo a los sin-razones para seguir. Anoche mismo, cuando el duelo final estaba suspendido por esas pocas horas que habían vaticinado hasta la despedida, se despertó del sueño de la morfina y gritó ¡Viva Perón! creyendo que estaba del otro lado. Me regaló la última carcajada.

Me enseñó a querer a esos jóvenes militantes que habían sido mis padres y me enseñó a darle una vuelta de humor a la impotencia y a la injusticia. Supongo que en estos días surgirán muchos escritos sobre su militancia y su incorruptible ética. Sobre su pensamiento crítico, su lucidez y su brillante oratoria. Pero para mí, hoy es importante contar esta pequeña anécdota sobre su paso en esta tierra. Porque esa dimensión humana es una de las potencias vitales que hacen de la muerte un imposible. Es una obviedad decir que ella vivirá en su hijo, mi hermano Juan Pablo, en mis hermanas Andrea y Paula, en sus nietos Brunito, Furito, Joaquín y Mateo, en mí y en todas las personas que la amamos.

Pero lo que hace imposible su muerte es esa vida de ejemplar compromiso afectivo con los muertos y con los vivos. Con los que se fueron temprano y con los que nos quedamos acá, aún sin convicción. Porque la vida es sagrada si vale la pena vivirla y ella nos deja ese legado. Hagamos que la vida sea algo vivible para la mayor cantidad de personas posibles. Hoy mi hijo me abrazó llorando y me dijo que él también la va extrañar mucho. Yo no sé si la voy a extrañar, todavía no es eso, es más bien unas ganas de correr hasta su casa y que me haga un café batido y me explique algo de lo que me está pasando. No puedo creer que eso no sea posible, pero te juro, Argu, que voy a honrar tu legado.

*Cineasta, hija de Roberto Carri y Ana María Caruso, secuestrados y desaparecidos en 1977. Alcira Argumedo actuó junto a Analía Couceyro en su película Los Rubios.

La sociedad anestesiada por la fobia al dolor:El sociólogo Miguel Ángel Forte analiza La sociedad paliativa, nuevo libro de Byung-Chul Han

 

Un reciente ensayo del filósofo surcoreano mete el bisturí en el concepto de dolor, un sentimiento que se pretende eliminar en una sociedad entregada a los paliativos optimistas y la dictadura del like.

En su libro La sociedad paliativa (Herder) el filósofoByung-Chul Han parte de la idea del dolor para atravesar los conceptos de toda su obra. Su tesis es que en la sociedad impera una fobia al dolor, el cual se trata de eliminar a toda costa, incluso allí donde es constituyente de la existencia humana como en el amor, la política, el arte y la psicología. Miguel Ángel Forte es profesor titular plenario de Sociología General (UBA) y director de la Maestría en Ciencia Política y Sociología de Flacso, donde dicta el seminario Byung-Chul Han y Carlos Marx: las cadenas radicales del panóptico digital.

--Según Han, en la actual sociedad del rendimiento el dolor es considerado síntoma de debilidad. El reino del “me gusta” no da cabida al sufrimiento: todo lo alisa y pule, hasta eliminarle su aspereza y resultar agradable. “El like es el signo y el analgésico del presente”. Y desde Facebook pasaría a todos los ámbitos de la cultura, donde nada debe doler.

--Facebook con sus selfies y likes da una solo apariencia de las cosas: tengo 5000 amigos ¿pero qué puede salir de ahí más allá de algunos encuentros concretos? Casi todo queda allí. El covid fue el virus justo para esta época que se nutre de vínculos digitales. El tuiteo era la forma de hacer política de Trump. Pues el secreto del poder contemporáneo es no generar ningún tipo de vínculo interpersonal. Una de las cosas que puso de relieve la pandemia es el individualismo radical de cierta gente, capaz de desafiar a la propia biología: no se cuidan ni a sí mismos.

--En su reivindicación de la negatividad del sufrimiento, Han dice que olvidamos que el dolor purifica y opera como catarsis: “el exceso de positividad aplasta y asfixia”. Y terminaríamos aplanados por la cultura de la complacencia sumidos en el infierno de lo igual, esa zona paliativa de bienestar. Plantea que “el dolor ha dejado de ser un cauce navegable que lleva al hombre al mar: es un callejón sin salida”. Lo trágico sería necesario para afirmar la vida, a pesar del dolor.

--En tanto el dolor es paradigma de la negatividad, el sujeto de rendimiento contemporáneo pretende eliminarlo. Ignora que el padecimientote lleva a una dimensión metafísica que permite dar sentido y ubicar tu posición en el cosmos y la sociedad. Para Han, no hay felicidad sin dolor, ya que esta aparece fragmentada: el dolor se sostiene en la felicidad, que es también algo doliente: “si se ataja el dolor, la felicidad se trivializa en confort apático”. Lo necesitamos para una felicidad profunda. La vida es un juego de opuestos: sos feliz de alguna manera, porque una vez no lo fuiste. Sin conocer el sufrimiento no podés conocer a su Otro, que es la felicidad. Ciertas psicologías positivas --u optimistas-- trabajan sobre la negación del sufrimiento. En cambio, el psicoanálisis necesita que el paciente reconozca su padecer para comenzar el tratamiento. El otro camino para alcanzar la tranquilidad en la sociedad paliativa son los psicofármacos: el sujeto no quiere sufrir y en lugar de enfrentarse al sufrimiento, lo obtura con medicación.

--Freud descubrió la necesidad de abrir la herida.

--Si no tenés capacidad de enfrentar ese sufrimiento profundo, solo están a tu alcance las psicologías rápidas que buscan reemplazar pensamientos negativos por “positivos”. Pero apenas desplazan el problema, vuelve. Son técnicas funcionales al neoliberalismo: buscan la eficacia del sujeto que debe volver a la producción. Para eso inflacionan el narcisismo en lugar de escarbar y replantearse: te ponen en mejores condiciones para rendir sacándote del apuro, apelando al “vos podés” escribiendo metas cada mañana en el espejo del baño. El gran descubrimiento de Han es que el capitalismo entendió que es mucho más productivo el individuo autoexplotado, que el explotado clásico en la fábrica de la sociedad disciplinaria. Se pasa de la coacción del “tú debes”, a la libertad del “tú puedes”.

--Toda coincidencia con la política argentina es mera casualidad.

--Je je... Si hay alguien que entendió bien esto, fue Durán Barba. Dice Han que hoy predomina una política paliativa: comprar y votar se parecen cada vez más. En las democracias paliativas --al menos en el primer mundo que parece analizar él-- no se enfrentan posturas políticas ni grandes disputas de sentido. Tenderíamos a elegir entre tecnócratas parecidos que solo gestionan: no hay polis, en el sentido griego. La política busca satisfacer el deseo del votante: no hay verdaderos opuestos y el infierno de lo igual ingresa en la política, que pretende evitar el conflicto que produce dolor. El Big Brother con su cámara de tortura muta en Big Data amable que bucea en los deseos del votante inmerso en su smartphone como confesionario móvil, quien se expone a la vigilancia: en este nuevo panóptico se siente libre y quiere que lo vean. La minería de datos permite conformar un producto político que se le ofrece al votante-cliente. La pugna central consiste en ganar el centro político limado de asperezas para conformar las necesidades del “comprador”.

--Las derechas entienden bien esto: en lugar de hacer eje en cuidar la salud, se ofrecen como guardianes de su libertad.

--Es una degradación de la política a ver quién me deja ir a la cervecería o a correr. La búsqueda de soluciones profundas es dolorosa. Lo contrario son meros tranquilizantes, una política analgésica. Dice Han que no hay más revolución: hay depresión y antidepersivos. Todo lo que te sucede no sería un problema social sino personal, un tema psíquico que tenés que resolver sólo. La política paliativa implica “no puedo solucionarte nada de fondo pero intento darte tranquilidad”.

--El concepto “infierno de lo igual” sugiere que vamos perdiendo el espacio para la exploración fenomenológica --el darle sentido a las cosas-- y el lugar para una dialéctica, entendida como juego de opuestos que en el enfrentamiento genera una síntesis superadora. Iríamos hacia una homogeneización que expulsa lo distinto en rechazo a su negatividad. También el arte sería aplastado por lo paliativo.

--La lisura de la positividad se traslada al arte y lo termina anestesiando, al someterlo a la presión del consumo: busca ser siempre agradable, lindero con lo decorativo. Es un arte indoloro, sin conflicto ni ruptura estética. Y el diseño de los productos pasa a ser más importante que su valor de uso: los bienes de consumo se presentan como obra de arte. El filósofo subraya que los artistas se ven obligados a registrarse como marca. Pero el dolor y el comercio se excluyen, y la complacencia conduce siempre a lo mismo. Han rescata la definición de Adorno: “el arte consiste en causar extrañeza respecto del mundo”. El arte tiene que poder doler. La negatividad de lo distinto entra por el espacio que abre el dolor.

--En su genealogía del dolor, Hanremite a Foucault. En tiempos monárquicos existía un teatro de la crueldad que torturaba y exponía ejecuciones: el dolor era un medio de poder. Pero la sociedad disciplinaria industrial cambió su relación con el dolor: lo aplicó de manera discreta y limitada a las prisiones, más acorde a la necesidad productiva. Había que sujetar al trabajador a la máquina mediante la obediencia, sin cadenas. Pero en la sociedad de rendimiento, uno termina siendo su propio panóptico y se infringe dolor. La violencia no ha desaparecido: es neuronal y se interioriza e invisibiliza, desde que se la hace coincidir con la idea de libertad y autosuperación, motivando la productividad a través del consumo. Pasamos de una biopolíticadel cuerpo a una psicopolíticade la mente basada en el autocontrol.

--En la era posindustrial hay un cuerpo hedonista que se gusta y rechaza el dolor: no le ve utilidad. El sujeto de rendimiento carece de obligaciones y prohibiciones: tiene motivaciones. Los espacios disciplinarios como la escuela, el manicomio o la fábrica son sustituidos por formas y rincones de bienestar. Y desde la pandemia, la oficina tiende a ser reemplazada por la casa. El dolor es despolitizado y queda reducido a asunto médico. El poder se vuelve elegante, desvinculado del dolor. No se impone: es permisivo y seductor.

--Pero el dolor está siempre. Dice Han que las enfermedades paradigmáticas del siglo XXI --antes de la pandemia-- eran la depresión, el síndrome de burnout, el déficit de atención. El dolor brota de adentro. Lo que duele es el persistente sinsentido de la vida; si el dolor es reprimido, se acumula pero no desaparece.

--El dolor es autoproducido por la violencia de la positividad. No solo viene de los otros sino del superrendimiento y la hipercomunicacion: “son dolores de sobrecarga”. El sujeto autoexplotado no se detiene hasta derrumbarse de cansancio, como un siervo que arrebata el látigo al amo para flagelarse. Esto explicaría la costumbre global de autolesionarse para subir el video a Internet. Son personas que se generan cortes profundos o se someten a retos suicidas. Estas serían las nuevas imágenes del dolor, intentos vanos de librarse de la carga de un ego hipernarcisista, el reverso sangriento de las selfies; intentos desesperados de un Yo depresivo embotado en el infierno de lo igual, que necesita sentir su cuerpo. Sin dolor se aliviana la sensación de existir. Esas personas buscan algo intenso que los reviva. Por eso el auge de deportes extremos: la sociedad paliativa genera extremistas. Es una sociedad anestesiada que necesita estimulantes cada vez más enérgicos para despertar la experiencia del yo.

--¿Hay un dispositivo de felicidad inherente al neoliberalismo?

--Hay un imperativo de ser feliz. Esa positividad de la felicidad debe suplantar a la negatividad del dolor. La felicidad “es un capital emocional que aumenta el rendimiento”, muy eficaz en términos productivos: genera una presión más devastadora que la antigua obediencia. Pero ese sujeto queda corriendo en una rueda de hámster. El sometido no es consiente del sometimiento y se explota voluntariamente: cree que se está realizando. La felicidad estaría en la absolutización del trabajo, o sea,de la vita activa en desmedro de la contemplativa. Es vivir para trabajar: la jornada se extiende sin límite por el carácter coactivo de las tecnologías que convierten a todo momento y lugar, en un tiempo y ámbito de trabajo. Esto se potenció con la pandemia. La psicopolítica neoliberal convierte al trabajo en una fiesta y ese discurso neocorporativo se traslada a la política.

--Dice Han que el dispositivo neoliberal de felicidad invisibiliza el dominio, llevándonos a la introspección anímica como reacción ante el dolor por exceso de explotación. No hay que mejorar las relaciones laborales sino el estado anímico.

--Cuando el sujeto de rendimiento se deprime al fracasar --y no ve un posible cambio en el afuera--, implota en lugar de rebelarse. Se responsabiliza a sí mismo. Los nuevos líderes no son revolucionarios, sino entrenadores motivacionales que atajan el descontento con técnicas de autoayuda que intentan convertirlo en oportunidad. También los calmantes proscritos masivamente taponan situaciones sociales causantes de dolor. Las redes sociales y los videogames adictivos operan como paliativos que aíslan. El dispositivo de felicidad aísla y despolitiza, atenuando la solidaridad. Cada quien se preocupa de su felicidad como un asunto privado: “el fermento de la revolución es el dolor sentido en común”. En la sociedad del cansancio, ese agotamiento es apolítico, es un cansancio del Yo emprendedor. Este es el auge de la idea “todos somos empresarios”, cuando somos meros monotributistas de un Estado.

--Para Han, el sujeto de rendimiento narcisista abocado al éxito --expuesto al panóptico digital para aumentar su valor-- solo puede amarse a sí mismo y sufre el dolor de la agonía de su Eros. En tiempos de Tinder, así como el trabajo es positivado para quitarle su rasgo de explotación, lo mismo sucede en el amor: se elimina el riesgo de la herida.

--El dolor brota cuando un vínculo auténtico de pertenencia está amenazado. No se puede vivir ni amar sin dolor. No existe posibilidad de una relación profunda, si se rechaza de plano la posibilidad de sufrir. Por eso se busca llevar al Eros a una zona paliativa y controlada. El Otro es cosificado como objeto, al que solo se lo puede consumir. El Eros es el anhelo de lo distinto. La pretensión de un mundo sin dolor y anestesiado conduce al infierno de lo igual. El dolor es necesario para percibir la realidad, es esa resistencia que duele, sin la cual no sentiríamos nada. El mundo desmaterializado en la digitalidad reduce esa resistencia eliminando la fricción, llevándonos a una era posfáctica y apática: “El orden digital es anestésico y provoca el olvido del ser”.

--Lo único que nos puede sacar de allí es un gran shock, como en la película Melancolía de Lars von Trier: una joven sufre el dolor de no poder amar y sale de su depresión al enterarse que un meteorito está por destruir la tierra.

--O un shock como el virus actual que nos regresó de lleno a una realidad antes muy paliativa --que ocultaba la muerte--, la cual ahora se nos apareció de lleno con millones de muertos. Dice Han que hoy la realidad se nos hizo notar en la forma de una fricción viral. Y toma la historia de Simbad, el marino que cree estar en una isla, pero pisa el dorso de un gran pez. Esta sería la metáfora de la ignorancia humana. Nos creemos a salvo, pero de golpe somos arrastrados al abismo. La pandemia subrayó esto: la violencia que ejercemos contra la naturaleza contraataca con una fuerza mayor. El virus conmociona al capitalismo pero no lo elimina. La globalización había levantado todas las barreras para acelerar el flujo del capital. El shock pandémico paralizó las economías y los gobiernos en pánico cerraron las fronteras. Su efecto fue como el del terrorismo. El peligro sería que, a la larga, se instaure a nivel global un régimen policial biopolítico de control a la manera china: este sería el fin del liberalismo, que habrá sido un mero episodio histórico: “la psicolítica digital hace fracasar la idea liberal de libertad”.

--Han reivindica la vida contemplativa, el amor profundo y el Eros por sobre el porno, los rituales ante la instrumentalidad, el contacto físico y la política como espacio de conflicto. No es ningún posmoderno sino un romántico, un hombre de la modernidad algo fuera de época que no usa celular ni tiene redes sociales. Y un hipercrítico del neoliberalismo con su coacción digital. Hasta parece un continuador de la escuela crítica de Frankfurt. Y es un poco absolutista en sus afirmaciones.

--Sí. Su postura pasa por la ruptura de la homogeneización del mundo y la búsqueda de superar el narcicismo para encontrarse con los otros, de manera colectiva en el ritual. Reivindica la política y lo comunitario como polarización de opuestos. En Europa los partidos dejaron de ser clubes de amigos cuando ingresaron al parlamento los socialistas y trajeron la diferencia. Hasta entonces, habían sido todos aristócratas que vivían de otra cosa. El político profesional surgió con los parlamentarios de clase obrera diciendo algo distinto que incomodaba al status quo: introdujeron la negatividad opuesta. Creo que Han es un romántico, un romántico algo pesimista y apocalíptico, que dice cosas interesantísimas.

martes, 6 de abril de 2021

La inflación y la cadena cárnica

 Por Pedro Peretti *

Fuente:Pagina/12




Con el 42 por ciento de pobreza, para un Gobierno que se precie de nacional y popular el objetivo no puede ser otro que generar trabajo y “del bueno”. Y en el mientras tanto, atender la situación social. Para revertir estos niveles de penuria es necesario, como dice el ministro de Trabajo ,Claudio Moroni: “aplicar un modelo que genere empleo en todo el país”. Y completa el secretario de Economía Social, Emilio Pérsico “…la economía argentina tiene que crecer de abajo”.


Esto debería ser así pero no lo es. La “Logia primarizante” que domina las exportaciones argentinas hace exactamente lo contrario. Su único objetivo es transformar el volumen a secas, en el valor absoluto de sus prácticas exportadoras. Nada de lo que pueda agregar al volumen trabajo, les interesa.

Para un gobierno popular es la receta contraindicada: es muy mal negocio asentar la política agraria y de alimentos pactando con monopolios que, por su propia naturaleza, carecen de una mirada social inclusiva. El camino es otro: es con pymes, trabajadores y pequeños y medianos productores, como lo expresa el Encuentro del Trabajo y la Producción que lideran Hugo Yasky y Héctor Amicheti.


Tomemos por ejemplo la cadena cárnica, tal vez uno de los segmentos concentrados que más influye en los índices de inflación. Y con el cual el Gobierno acordó una política de precios internos y de exportaciones, que por supuesto -como lo hace siempre- dicho sector ya incumplió a poco de andar. Los frigoríficos, todos integrados verticalmente, no solo son grupos monopólicos que agreden el salario, sino que además podrían generar mucho más empleo formal y no lo hacen, porque solo se les interesa la ganancia fácil.

Caso 1: Walter Correa, el secretario general de la Industria del Cuero y Afines (Fatica), está reclamando la derogación del decreto 549/2020, que permite a los frigoríficos la exportación de cueros crudos (sin elaborar). Como si esto fuera poco, les bajaron del 15,0 al 4,5 por ciento los aranceles que incentivaban la industrialización local. Según Fatica fue a causa del intenso lobby de la industria frigorífica que, además de aumentar los precios de la carne al consumidor, también reprimariza la economía. Un dislate que no hemos heredado del macrismo: es todo nuestro.

Caso 2: Nada más nacional y popular que el rioplatense choripán: carne de cerdo (que también solemos importar) embutida en una tripa. La tripa que se usa es de novillo o sintética y su elaboración demanda gran cantidad de mano de obra. Según la Secretaría de Industria, en 2020 importamos más de 20 millones de dólares en tripas. Se sigue así con la política de “compre extranjero” del macrismo. En el mismo año se faenaron 14 millones de cabezas bovinas, la cifra más alta desde 2009 y record de exportaciones. También fue el año de menor consumo de carne per cápita desde 1920 (49,7 kg/año). Cada novillo que se faena tiene 23 metros de tripa aproximadamente. Lo que indica que tenemos disponible 322 millones de metros de tripa para embutir chorizos. Se puede proveer de tripas a “media humanidad” y, sin embargo, la importamos. 

Caso 3: La Argentina tiene habilitada la exportación de “animales en pie”. Esta es una herencia neta del macrismo y representa el sumun de la primarización de la economía agraria. Fue una iniciativa militada por Luis María Etchevehere y simboliza volver a la Argentina colonial. No es una metáfora: es literal. Hoy esta exportación no es significativa en números, pero es una ventana que el gobierno popular debe cerrar ya, porque se puede abrir en cualquier momento. Y es una pésima señal del rumbo que nos interesa tomar como país, a la hora de exportar con valor agregado.


La generación de empleo debe ser una obsesión de cualquier gobierno, y más del nuestro. Además de ser la única forma de salir de la pobreza, es un punto angular para la supervivencia electoral del campo nacional y popular. Y es “por abajo”, como dice Enrique Martínez. Para semejante desafío no se puede confiar en los monopolios. Estos se referencian en la Cadena Agroindustrial Argentina, que encarna un modelo que prescinde del mercado interno y del mejoramiento salarial como forma de progreso social. Es un paradigma que solo busca exportar, bajando salarios y consumo interno, y pagando menos impuestos. Así, lo único que va a crecer es la miseria.