jueves, 21 de agosto de 2014

“Default y crisis”:MITOS ECONOMICOS: PROFETAS DEL MIEDO



Por  Andrés Asiain y Lorena Putero
La campaña para que la Argentina ceda a la presión de los fondos buitre y les pague la sentencia Griesa aun a costa de poner en riesgo las reestructuraciones de deuda del 2005 y 2010 por una posible activación de la cláusula RUFO, tenía como uno de sus ejes el pronóstico de la llegada de un apocalipsis económico el 31 de julio de 2014. La profecía buitre se amparaba en que ese día era el límite legal para que los bonistas que ingresaron a los canjes cobraran la cuota que Argentina les depositó en el Banco de Nueva York, y que el juez Griesa mantiene secuestrada. De esa manera, si llegado ese día los holdings no recibían el dinero, Argentina ingresaba en un nuevo default, desatando una crisis similar a la del 2001.
Montados sobre esa operación, el “Grupo de Tareas” buitre (American Task Force Argentina) colgó en su página web un cronómetro tomando el tiempo hasta la detonación del default. Completando la actuación, el elenco estable de economistas “serios” salió de gira mediática, presagiando el advenimiento de 10 plagas económicas que aterrorizarían a la población: caída estrepitosa del valor de los bonos y acciones, falta de crédito, mayor inflación, disparada del dólar, congelamiento de depósitos, derrumbe de la inversión, el consumo y la producción, despidos en masa y empobrecimiento general.
Frente a semejante campaña, el 1º de agosto, los argentinos salieron con cuidado a la calle, con temor a ver un país asolado por un cataclismo económico, para descubrir que los negocios estaban abiertos, el colectivo y el tren seguían llevando a la gente a su lugar de trabajo, y hasta los bancos atendían normalmente. Una baja no muy pronunciada de los bonos y acciones acompañada de una ya habitual suba del dólar blue eran las únicas secuelas concretas que informaban los medios de comunicación ante un escenario que ni siquiera las calificadoras más amigables con los buitres se animaban a calificar como de default.
El hecho concreto de que Argentina no saliera a colocar deuda en los mercados desde la crisis de la convertibilidad aislaba al país del impacto que pudiera tener el mentado default sobre las condiciones de colocación de deuda. Para el caso, Argentina ya se encontraba en cesación de pagos con el 7 por ciento de los bonistas que no entraron al canje desde 2001. Justamente, el mayor daño que puede provocar la sentencia Griesa es incrementar ese monto de reclamo, tanto por la valorización de las tenencias de los holdouts, como por un eventual pedido de aceleración de los holdings a los que el juez norteamericano impide el cobro. Situación que, si bien hay intentar evitarla, en el plano más concreto de las cuentas externas sólo disminuiría el flujo de salida de dólares por pagos de intereses (a costa de un incremento en las demandas pendientes de resolución).
Mientras tanto, los problemas económicos asociados a la suba de los precios, el estancamiento de la actividad y el consumo, la falta de créditos para la inversión o la vivienda, por nombrar algunos, no difieren en magnitud de los que existían antes del 31 de julio. Tampoco una solución favorable del conflicto buitre generaría una solución mágica de los mismos, por más dólares que prometan los profetas del regreso a los mercados. Como bien señaló el economista Aldo Ferrer en una reciente entrevista publicada en este diario, “los problemas reales de la economía argentina siguen siendo exactamente los mismos el día antes que el día después del fallo del juez Griesa. No se arreglan ni empeoran por el resultado de estas negociaciones.
Fuente: Página/12

miércoles, 6 de agosto de 2014

LA LUCHA DE ESTELA DE CARLOTTO Y SU TRAYECTORIA JUNTO A LAS ABUELAS DE PLAZA DE MAYO

Una búsqueda que empezó hace 36 años

La vida de la titular de Abuelas cambió en 1977, cuando fueron secuestrados primero su marido y luego su hija Laura. Al año siguiente sabría que ella había sido asesinada y que había tenido un hijo, Guido, su nieto, el origen de su militancia.

La historia de Enriqueta Estela Barnes de Carlotto fue hasta fines de 1977 la historia de una madre común de clase media: platense, ama de casa, maestra de escuela primaria, bajo perfil, abocada al marido y a sus cuatro hijos. Ese año, primero con el secuestro de su esposo, Guido, luego con el de Laura, su hija mayor, marcaría un quiebre en su vida y en la de su familia. Poco después, en abril de 1978, con la certeza de que su hija secuestrada estaba embarazada de seis meses, se acercaría por primera vez a Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, como se llamó antes de que la prensa internacional las rebautizara Abuelas de Plaza de Mayo. Ya nada sería igual. No sólo por la certeza del asesinato de Laura, el entierro de sus restos, el exilio de sus hijos, el terrorismo de Estado en el centro de su existencia, sino también porque Estela comenzó de forma gradual una militancia que nunca había imaginado y que la llevaría a recorrer el mundo, a reinventarse y reinventar la institución para hacer realidad el objetivo de las Abuelas: reencontrarse con sus nietos. Con los años la historia personal y la de Abuelas se funden, son una sola. Hasta ayer, cuando su presidenta volvió al centro de la escena por su tragedia personal, por su lucha, al fin coronada con el hallazgo de Guido.
Los primeros movimientos de Estela fueron para recuperar a su esposo, secuestrado días después de que Laura se trasladara de La Plata a Buenos Aires. Se contactó con abogados vinculados con militares que no dudaron en extorsionarla y se reunió por primera vez con el futuro dictador Reynaldo Bignone, hermano de una amiga. El 25 de agosto, tras ser liberado, Guido le contó que lo habían torturado para saber sobre sus hijas, ambas militantes y en la clandestinidad. También le confirmó que los militares asesinaban a sus víctimas con una inyección en la espalda.
El secuestro de Laura fue a fines de noviembre de 1977. Sus padres no sabían que estaba embarazada. Entonces recomenzó el peregrinaje y volvió a reunirse con Bignone, que la recibió con un arma sobre el escritorio. “Vea, señora. Uno les dice que se entreguen voluntariamente, pero siguen desprestigiándonos en el exterior. Acá hay una cárcel modelo para que se recuperen”, mintió. Estela pidió que no la mataran, que si había cometido un delito la juzgaran y condenaran. Bignone dejó en claro que no era una alternativa. “Vengo del Uruguay, donde los tupamaros que están en cárceles se fortalecen en sus convicciones, crean problemas, convencen a los guardiacárceles. Acá no queremos esto. Acá hay que hacerlo”, dijo en tácita referencia a la muerte clandestina y cobarde. “Eso fue la lápida”, explicó alguna vez Estela. “Si la mataron quiero recuperar el cuerpo, no quiero volverme loca como tantas madres buscando en cementerios y tumbas anónimas”, le pidió. Bignone le pidió apodos y todos los datos de Laura.
El 31 de diciembre de 1977 recibirían un anónimo donde les informaban que Laura estaba bien, en manos de fuerzas de seguridad y con su compañero. En abril del ’78, una mujer aterrada se acercó al negocio de Guido para transmitirle un mensaje de Laura. Le describió el lugar donde había estado secuestrada y le dijo que Laura estaba embarazada de seis meses, que daría a luz en junio y si era varón lo llamaría Guido. Buscarlo en Casa Cuna fue el último pedido de Laura. Lejos de imaginar el plan sistemático, Estela se alegró de saber que su hija vivía y esperaba un hijo y empezó a tramitar la jubilación para poder criar al nieto. Todavía tenía la ilusión de que la iban a liberar o a poner a disposición del Poder Ejecutivo. Leía cada día las listas de presos a disposición del PEN con la esperanza de ver el nombre de Laura, mientras buscaba a Guido en Casa Cuna como le había pedido. Fue entonces que se acercó a Licha de la Cuadra y a Abuelas, donde se alegraron de contar con una docente que escribía cartas y documentos de un tirón con prolijidad. Las gestiones comenzaron a ser colectivas y llegaron las marchas. En Plaza de Mayo, entre caballos y militares, temblaba como una hoja, contó alguna vez.
El 25 de agosto de 1978 los Carlotto fueron citados a una comisaría de Isidro Casanova para entregarles el cadáver de Laura. Estela no dudó en asociar el hecho con Bignone. “Un torcido gesto de honor podrido”, diría años después. En 1980, en San Pablo, en una visita del Papa, una sobreviviente le habló de una tal Rita, que había sido madre de un varón y a quien en teoría habían liberado. Cuando le dijo que el padre tenía un negocio de pinturas, supo que hablaba de su hija y le explicó que la habían matado. Luego aparecería un conscripto que había sido testigo de un nacimiento en el Hospital militar Central y otra pareja de sobrevivientes que también había visto a Laura. En 1985 hizo exhumar el cuerpo y los antropólogos confirmaron que había tenido un bebé.
La causa ya era colectiva: la búsqueda no era sólo por Guido. Con Chicha Mariani impulsaron las primeras campañas internacionales. La lucha de Abuelas la llevó a recorrer el mundo. Desde entonces todo fue militancia, creatividad ante la adversidad, idear estrategias para recibir pistas de los chicos robados, para contactarlos, para buscar indicios de sus orígenes, producir materiales para denunciar en todos los ámbitos y judicializar casos con la esperanza de la identificación y la restitución. Todo mientras daban pelea contra la historia oficial que durante años equiparó a los desaparecidos con el demonio mismo. Carlotto recibió innumerables premios, distinciones y doctorados honoris causa. Su nombre asociado a Abuelas se mencionó una y otra vez entre los candidatos al Premio Nobel de la Paz. Hasta una película cuenta su vida, que ayer sumó su capítulo más importante, lo que ella llamó “el premio para todos los que no dejamos de buscar”: el encuentro con Guido, por el que peleó durante 36 años.
Fuente: Página/12

miércoles, 30 de julio de 2014

Sos un antisemita, sabelo.



Y ningún argumento servirá para contradecirlo...

Si las partes sobre las que versara la reflexión fueran, supongamos, los Estados Unidos y Granada, o la Triple Alianza y Paraguay,  o el Imperio Otomano y los armenios, en cualquiera de estos casos emergería fácil el repudio. La balanza se inclinaría sin dudas ni atenuantes a favor del más débil, del que soporta la agresión, del que sufre la masacre en su territorio invadido. Se volcarían sin pudor las condenas y no existiría ninguna obligación de dar razón ni excusas por la parcialidad.     

Sin embargo, cuando en el debate aparecen el Estado de Israel y el Pueblo Palestino (sin Estado), a pesar de la notoria asimetría de fuerzas, la cuestión se dificulta. Sin dudas esto es la prueba más contundente de que el “Escudo de Acero” más eficaz con que cuenta el primer protagonista, consiste en cosificar a cualquier crítico de sus políticas, fulminándolo con la calificación de antisemita, y enrostrarle una genérica responsabilidad en su trágica historia o (peor) en un hipotético futuro que la reedite.  
  



Un escudo ideológico trabajosamente construido desde que quedara en evidencia que David había dejado de serlo, para transformarse en la filial de Goliat en el Medio Oriente, como quedara explicitado en la Guerra de los Seis Días (1967) y en todo conflicto bélico o retorsión militar que la sucedieron. La evidencia del poderío militar incomparable en la región, la autosuficiencia defensiva y la permanentemente amenazante capacidad ofensiva del Estado de Israel, tuvieron el efecto de empezar a desvanecer el sentimiento de culpa que (con justicia) se  instaló en los pueblos de occidente, producto de la irresponsable despreocupación (cuanto menos) con que actuaron (o se abstuvieron de hacerlo) mientras el régimen nazi enderezaba sus acciones al exterminio del pueblo judío. Y no me refiero sólo a la ausencia o debilidad de condenas, sino también al retaceo de colaboración a la hora de colaborar con aquellos que intentaban escapar a la condena a muerte masivamente impuesta (1).      
Hace un mes, escuchaba a Eduardo Jozami disertar sobre las variadas formas “politización de la memoria”, hacía referencia al caso argentino, y lo comparaba con los procesos españoles y judío (entre otros). Respecto a este último señalaba que la centralidad de la rememoración, durante las primeras décadas de post guerra, radicó en la heroicidad de la resistencia en el Gheto de Varsovia. Luego, afirma Jozami, se inclinó el eje hacia la trascendencia del Genocidio, de la Shoá. A la vista de los recientes acontecimientos, sería fácil establecer un paralelismo entre la situación sufrida por los judíos del Gheto y la actual de la Franja de Gaza, por lo que cualquier mal dispuesto podría creer en la inconveniencia de mantener demasiado vívido ese retazo de la memoria.
En respaldo de aquella afirmación encontramos que en 1978 es establecida por Jimmy Carter la “Comisión Presidencial del Holocausto”, sobre cuya base el Congreso de EEUU autoriza la construcción del Museo del Holocausto en Washington D. C., primer eslabón de una larga cadena de “Memorials” que se extendieron rápidamente por el mundo.  En la página web del museo encontramos que su finalidad no es sólo mantener vivo el recuerdo del genocidio ocurrido durante el nazismo, sino también “enfrentar el antisemitismo”  entendido como “prejuicio contra los judíos u odio hacia ellos”. Idea que claramente deja fuera del objeto de la institución combatir toda otra forma de prejuicio u odio racial, religioso, étnico, de género o político que han sido frecuentes inspiradores de crímenes genocidas, excluyendo asimismo a otros pueblos semitas no-judíos (por ejemplo, a los palestinos o árabes en general). En cambio, sí podemos encontrar sentencias que aplican al término antisemitismo, malversando su sentido original, a cualquier crítica a las políticas israelíes respecto a los palestinos, tales como "El presidente de Venezuela acusó a Israel de intentar un “genocidio” contra el pueblo palestino".

Lejos de mi intención está restar mérito a la importancia que este recurso tiene a la hora de mantener viva la memoria de los acontecimientos sucedidos durante el nazismo, o desconocer la magnitud del mismo como fuente de conocimiento, de estudio o herramienta de divulgación y prevención. Como tampoco pretendo ignorar la existencia de núcleos de pensamiento, de acción y de propaganda que siguen estigmatizando y satanizando “lo judío”.

Pero no puedo eludir relacionar la  iniciativa con una respuesta al planteo de un brote de “nuevo antisemitismo” (o “judeofobia”) que se afirma estalló a posteriori de la Guerra de los Seis Días ocurrida en 1967, y se fue incrementando con los sucesivos éxitos militares israelíes (como Yom Kipur - 1973) y las sucesivas arremetidas (y colonización) sobre los territorios reservados en 1948 a la población palestina. La expansión territorial, la evidente asimetría militar del estado de Israel (alimentada desde  los EEUU, Inglaterra y Francia) respecto a sus vecinos, y la opresión y el desplazamiento sufridos por los palestinos argumentando razones defensivas, sustituyó en la opinión pública internacional la imagen de estado débil rodeado de enemigos por la de una superpotencia militar que sirve de cabeza de playa para los intereses occidentales. La invocación recurrente de la tragedia común sufrida en el pasado, y la alerta permanente sobre una hipotética reiteración del intento de eliminación de la raza (que progresivamente se fue confundiendo y asimilando con el intento de eliminación del estado de Israel), puede ser vista entonces como un elemento disciplinador de consciencias críticas al accionar del estado Israelí.

Esta realidad no pasó desapercibido para intelectuales de indubitable alineamiento con la causa judía. En su ensayo “Ser Judío” en 1967 León Rozitchner se preguntaba “¿Qué extraña inversión se produjo en las entrañas de ese pueblo humillado, perseguido, asesinado, como para humillar, perseguir y asesinar a quienes reclaman lo mismo que los judíos antes habían reclamado para sí mismos? ¿Qué extraña victoria póstuma del nazismo, qué extraña destrucción inseminó la barbarie nazi en el espíritu judío? ¿Qué extraña capacidad vuelve a despertar en este apoderamiento de los territorios ajenos, donde la seguridad que se reclama lo es sobre el fondo de la destrucción y dominación del otro por la fuerza y el terror?”.

El mismo autor, en 2006, elige un párrafo de la misma obra (ratificando su plena vigencia),  para comenzar un artículo publicado por Página 12  en ocasión de otra ofensiva israelí sobre Gaza: “No tomo partido sólo por el pueblo palestino sino también por el pueblo judío. Reafirmo al mismo tiempo que la situación histórica de los judíos, que culminó durante el nazismo en el aniquilamiento, hizo necesario que también los judíos fueran una nación más entre las naciones del mundo: ése es el derecho moral irrenunciable, es cierto, del pueblo judío. Pero este hecho también impone necesariamente a los judíos respetar la vida de otros pueblos como ningún otro pueblo puede quizá sentirlo. Al hacerlo estoy planteando mi derecho a seguir siendo un judío argentino sin avergonzarme de serlo frente a lo que está también haciendo de nosotros el Estado de Israel en Palestina: si cumple su mandato ético e histórico o sirve a otros designios extraños a nuestra propia historia milenaria”. El artículo concluye con una acusación a la derecha que gobierna Israel: “Para hacer lo que hacen en Palestina los judíos que están en el poder deben mantener el secreto moral del origen de su derecho a una patria y prolongar allí los valores inhumanos de sus propios perseguidores milenarios... Debieron convertirse en cómplices de sus asesinos, no denunciarlos, ya no decir nunca más que el cristianismo y el capitalismo fueron sus exterminadores porque ahora ambos se habían convertido en su modelo y en sus aliados.

Ayuda para ilustrar la idea de “Nueva Alianza” expresada,  el hecho de que en el sitio del “Memorial” (o al menos la funcionalidad del parcelamiento de la construcción de significados), la versión que se replica de aquel famoso  poema de Martin Niemöller (habitualmente atribuido a B. Brecht), ha sido mutilada en su primer verso, aquel que dice “Primero (los nazis) vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista”. También ayuda esta relación de Norman Filkenstein (2): “la comunidad judía organizada norteamericana se olvidó rápidamente de la desquiciada declaración de Ronald Reagan en 1985, en el cementerio de Bitburg, cuando dijo que los soldados alemanes (incluyendo a los miembros de las Waffen SS) allí sepultados habían sido tan seguramente víctimas de los nazis como las víctimas de los campos de concentración. En 1988 Reagan fue galardonado con el premio al “Humanitario del Año” otorgado por una de las más prominentes instituciones del Holocausto, el Centro Simon Wiesenthal, por su “firme apoyo a Israel”; y en 1995 con la “Antorcha de la Libertad” por la pro-israelí ADL” (“La industria del Holocausto” 2000).

Norman Filkenstein, intelectual judeonorteamericano, explora la tesis de que el “Holocausto” está siendo explotado por fines políticos pro-israelíes y para financiar a los actores políticos, en desmedro de los verdaderos sobrevivientes: “Una vez reformulado ideológicamente, El Holocausto, demostró ser el arma perfecta para desviar la crítica de Israel... Lo más obvio es que la evocación de la persecución histórica permitió desviar la atención de las críticas actuales. Los judíos hasta podían hacer referencia al “sistema de cuotas” que habían padecido en el pasado como un pretexto para oponerse a los programas de acción afirmativa. Más allá de ello, sin embargo, el esquema del Holocausto concibió al antisemitismo como un odio gentil estrictamente irracional hacia los judíos. Excluyó la posibilidad de que la animadversión contra los judíos podría estar fundada sobre un real conflicto de intereses. El invocar al Holocausto fue, por lo tanto, una maniobra para deslegitimar toda crítica a los judíos: cualquier crítica sólo podía surgir de un odio patológico” (del mismo libro).

Sobre la construcción de esa desmesurada y éticamente desmoralizante ofendícula, es lógico concluir que se esperase que nadie cuestione que, sin investigación previa para atribuir responsabilidades ciertas, ni argumento de peso valedero, el asesinato de 3 jóvenes (en circunstancias nunca aclaradas y sin autor determinado) pueda ser tenida como argumento válido para justificar la impiadosa lluvia de misiles sobre la población civil palestina. Incluso resultaría aceptable que, desde las filas proisraelíes, se llegue a bastardear el significado del concepto “desproporción”. En respaldo, un prodigioso aparato de propaganda siempre estaría dispuesto a saturar de acusaciones de “antisemita” a cualquiera que se animara a levantar su voz en repudio a las políticas de apartheid, de ejecuciones sumarias, de detenciones “administrativas”, de bloqueo a ayuda humanitaria y sanitaria, de bombardeo a población civil, escuelas, hospitales e instalaciones de suministro de servicios básicos.

Así, en virtud de una extorsión sentimental, de un relato que victimiza al agresor, de la desnaturalización de los símbolos, de las palabras y de la apropiación de un legado universal,  el discurso de cualquier militante anticolonialista o antiimperialista que se solidariza con cualquier pueblo del mundo oprimido o agredido, o la reacción indignada de cualquier persona de buena voluntad frente a los asesinatos masivos de civiles indefensos, es estigmatizado, sin más, con la acusación de antisemita, lo que significa, lisa y llanamente, simpatizante de los genocidas, cuando el agresor tiene la particularidad de ser el Estado Israelí.

(1) Aludo, por ejemplo, a la Circular Secreta Nº11 de la Cancillería Argentina en 1938 (otra infamia de la década infame), que denegaba el acceso al país a migrantes declarados “indeseables” en su país de origen, término con el que el Reich había calificado a los judíos (entre otros) en la Ley de Desnacionalización de 1933. O a las exigencias formales exigidas por el Dpto. de Estado norteamericano para otorgarles la visa del país del Norte, como certificado de buena conducta expedido por la policía alemana o prueba de permiso para salir de Alemania (en 1939).

(2) Hasta donde sé, el primero en ser coronado por la comunidad judía organizada de EEUU con el singular mote de “judío que se odia a sí mismo”, el mismo que Sergio Szpolsky le dedicó recientemente a Pedro Brieger. Aquellos lograron que el académico perdiera su trabajo como docente universitario, Szpolsky todavía no. 

Fuente: Blog de Rucio

jueves, 24 de julio de 2014

De cliente a ciudadano coproductor

Economía colaborativa

Un nuevo modelo de producción, consumo y financiación propone reemplazar el concepto de posesión por el de acceso, para optimizar el aprovechamiento de los recursos en una sociedad de pares. Es una reacción al hiperconsumismo que recrea los lazos comunitarios, potenciados por internet y la cultura p2p. 



¿De qué sirve mantener un auto que se usa una vez por semana, pero cobra cuota, seguro, garage y patente cada mes? ¿Es razonable comprar esquíes para usarlos una vez y ponerlos a juntar polvo ocupando lugar durante años? ¿Por qué sacrificarse para acumular montones de cosas si en vez de disfrutarlas nos convertimos en sus esclavos?

  A partir de la crisis económica de 2008 y 2009, que derivó en crisis social y política, miles de ciudadanos de Europa y Estados Unidos empezaron a hacerse estas preguntas. ¿Qué sentido tiene esforzarse por comprar, para tirar y volver a comprar? Una preocupación financiera individual –cómo llegar a fin de mes– se unía con una social –reconstituir los lazos comunitarios– y una ecológica –cuidar los recursos no renovables del planeta reduciendo la huella de consumo. De la mano de movimientos como el comercio justo, la producción sustentable y la cultura libre, apareció en el horizonte la economía colaborativa, que propone reemplazar el concepto de posesión por el de acceso, y el de consumidor o cliente por ciudadano productor o proveedor en una sociedad de pares (p2p).


La idea es compartir, intercambiar, alquilar o comprar de segunda mano bienes y servicios, en vez de salir corriendo al shopping o el supermercado cada vez que se necesita algo. Además de ahorrar dinero y recursos se refuerza el sentido de comunidad, y pasamos a definirnos por lo que compartimos, en lugar de por las marcas que podemos pagar. Tener menos puede ser la clave para disfrutar más.

  Se habla de economía colaborativa, en colaboración, del compartir, de la red, de pares y p2p; también de consumo colaborativo. No son términos equivalentes, pero tienen un núcleo común: la intención de usar de forma más eficiente los recursos existentes para evitar más producción, gasto y contaminación, y también de fomentar el intercambio horizontal y descentralizado entre pares, minimizando al intermediario y las ganancias abusivas. Se busca un triple valor económico, ecológico y social.

De la aldea a los vecinos globales

  Esto no es nuevo sino tradicional: el mejor ejemplo de consumo colaborativo son las bibliotecas, donde se puede disfrutar de un libro sin poseerlo. Pero tendió a diluirse en la sopa individualista del último medio siglo: a medida que las ciudades crecían y el hiperconsumismo avanzaba, pedirle una herramienta prestada al vecino se fue convirtiendo en una excepción a la regla absurda de comprarla para usarla quizás una sola vez. Rachel Botsman popularizó el ejemplo del taladro: en Estados Unidos cada taladro se usa un promedio de 13 minutos en toda su vida útil.

“La idea es compartir, intercambiar, alquilar o comprar de segunda mano bienes y servicios, en vez de salir corriendo al shopping cada vez que se necesita algo”.


  Ahora, internet y las redes sociales le dan otra escala a las comunidades: ayudan a hacer visible y difundir lo subutilizado, simplificar los intercambios entre miles de personas, y también a acuñar la gran moneda virtual: la confianza entre extraños, basada en la reputación online. No es lo mismo subirse al auto de un desconocido –el viejo y conocido “hacer dedo”– que viajar con alguien a quien ocho amigos de Facebook calificaron como confiable.

  En realidad, el papel de internet va más allá de un salto de escala. Toda la cultura libre y abierta, basada en la circulación del conocimiento y la colaboración entre pares, se alimenta de la filosofía del software libre y la ética hacker, que pone el valor social por encima del económico. Internet es el espacio natural de la colaboración: puede verse en proyectos autogestivos como Wikipedia, un “pequeño emprendimiento que es el quinto sitio web más visitado del mundo”, construida por unos 71 mil editores voluntarios que se autorregulan.

  Algunos ejemplos de las plataformas de economía colaborativa más conocidas son Airbnb, el sitio global para alquilar habitaciones o departamentos entre particulares, que ya superó a la cadena hotelera Hilton en camas ocupadas; BlablaCar o Carpooling para compartir viajes en auto; y sitios de compraventa de bienes usados como eBay o Mercado Libre. También hay finanzas descentralizadas, con el modelo de Kickstarter para financiamiento colectivo o crowdfunding, y plataformas de préstamos de persona a persona que le están quitando público a los bancos; espacios de trabajo compartido o coworking, y todo un universo de producción colaborativa conocido como movimiento maker, que toma nuevo impulso con la impresión 3D. No es un fenómeno marginal: la revista Forbes estimó que en 2013 la economía colaborativa movió unos U$ 3500 millones solo en Estados Unidos.

  También hay toda una vertiente independiente del dinero, como la red de alojamiento gratuito Couchsurfing, las gratiferias donde todo se regala, los bancos de tiempo o las plataformas educativas como Coursera: lo que se conoce como economía del regalo o del don. Gran parte de estas iniciativas, con y sin pagos de por medio, están compiladas en el libro What’s Mine is Yours: the Rise of Collaborative Consumption (Lo tuyo es mío: el ascenso del consumo colaborativo), publicado en 2010 por Rachel Botsman y Roo Rogers.

  En Argentina hay  plataformas locales como Ideame (crowdfunding), Educabilia (cursos), Zukbox (alojamiento), Afluenta (préstamos), Carpoolear (viajes en auto) y muchas otras; se puede consultar una lista en el sitio el plan C. En mayo pasado, Buenos Aires fue el epicentro de la primera Semana de la Economía Colaborativa, organizada por Minka, que se celebró con 75 actividades en ciudades de América latina. Coincidió en el tiempo con el OuiShare Fest, una conferencia de tres días que reunió a los principales teóricos del movimiento en París, y la Sharing Spring, un abanico de eventos colaborativos en Estados Unidos, promovidos por la revista online Shareable.

Tensiones y debates

  Por supuesto que la economía colaborativa, entendida como intercambios descentralizados entre pares en busca de la optimización de los recursos y el bien común, no nació en 2008 en Europa. Acá mismo, en 2002 florecieron los clubes de trueque y el trabajo en red. Las cooperativas llevan todo el siglo XX desarrollando un modelo autogestivo como alternativa a la explotación capitalista. Y la producción campesina, sobre todo en América, se apoyó durante siglos en modelos de colaboración e intercambio, como la minga incaica, mucho antes de que el diccionario de negocios acuñara el término “sinergia”.

  Pero la economía colaborativa no es siempre sinónimo de cooperativismo ni de economía social: mucho dinero baila en las start-ups de Silicon Valley. En 2013, Google invirtió 366 millones de dólares en Uber, una plataforma para conseguir taxis conducidos por sus dueños, y Homejoy, para contactarse con personal de limpieza. La tradicional compañía de alquiler de autos Avis compró Zipcar, una plataforma de coches por horas, y Airbnb recibió más 120 millones de inversión. En Europa, BlablaCar acaba de recibir 100 millones de euros, y está migrando de un esquema gratuito a otro en el cual la plataforma maneja los pagos y se queda con cerca de un 10% por intermediación. En casi todos los casos, el modelo de negocio es cobrar una comisión por el servicio brindado por particulares.

  ¿Qué pasa cuando grandes corporaciones se convierten en accionistas de compañías colaborativas? ¿Existe un modo virtuoso de involucrar a las empresas en esta modalidad, o fagocitarán los beneficios de la horizontalidad? Nueva York, Barcelona y Berlín pusieron trabas legales a Airbnb para defender su industria hotelera. Casi en los mismos puntos, Uber enfrentó resistencia y generó huelgas de taxistas, que paradójicamente aumentaron su éxito. Los trabajos alternativos que este nuevo paradigma genera, como el alquiler de habitaciones, de coches o de tareas de forma autónoma, ¿vienen a ampliar el horizonte laboral, o a precarizar definitivamente el empleo con competencia desleal?


Esta nueva economía se mueve en zonas grises de la legislación, y los vacíos legales suelen desamparar a los más débiles. ¿Cómo legislar estos intercambios informales para prevenir conductas abusivas? ¿Cómo evitar el “collaborative washing”, donde la palabra “colaborativo” sirve como fachada para la explotación? ¿Qué rol queda a los estados en un esquema de autoorganización entre pares? ¿Cuál es la forma de hacer estos intercambios verdaderamente colaborativos y convertirlos en un camino hacia el bien común? ¿Cómo proteger a los analfabetos digitales de la exclusión?

El nuevo modelo viene cargado de debates. Pero viene. Tratado con criterio, puede ayudar a crear un mundo más responsable, más justo y horizontal, y, con suerte, más feliz.          
Fuente: Telam

lunes, 14 de julio de 2014

Acerca de la ocasión




Por Juan Sasturain
Un rasgo clave, que hace a la belleza y al interés del fútbol, reside en la dificultad que supone hacer un gol: es difícil, cuesta. Tienen que darse muchas cosas, sobre todo tres, solas o combinadas: virtudes del atacante, errores del defensor y cierta dosis del indefinible azar (el comportamiento del árbitro, entre otras). Los goles son los que determinan los resultados. Sólo ellos. Si lo sabremos.
Pero precisamente porque es difícil hacerlos se suelen computar, además de los goles, en una tabla más o menos equívoca que alimenta el devaluado “mereciómetro”, las llamadas ocasiones de gol. Es decir: la cantidad de veces que un equipo llega a esa instancia inminente durante un partido. Al respecto, uno de los criterios más válidos de evaluación de las virtudes de un equipo reside, precisamente, en dos cosas: una, que cree más ocasiones de gol que el rival; dos –y la más importante–, que concrete en goles un alto porcentaje de las ocasiones que genere. Y ahí es donde comienzan a operar, en el análisis, los tres factores intervinientes para que un gol se produzca, para que una ocasión se concrete: porque las ocasiones las produce, en general, el equipo, pero los goles los hacen o los impiden jugadores puntuales. Entonces es donde/cuando entra a tallar esa cosa tan difícil de definir que es la jerarquía, que redunda en la tan buscada eficacia.
Es obvio que es el doloroso desenlace de anoche lo que nos hace filosofar tan tonta, pajeramente: en el mereciómetro, tuvimos/creamos más oportunidades de gol que Alemania (variante uno) por virtudes del equipo, pero en el hecho de que no se hayan convertido en goles la variante principal no han sido virtudes del rival ni cuestiones de azar, sino la ineficacia propia (variante dos). Nada que decir, entonces. Si a la ocasión la pintan calva –por la dificultad de atraparla–, esta vez la hemos manoteado mal. Ya está.
Quedan para otra ocasión –perdonando la palabra– las reflexiones/discusiones acerca del plantel elegido y de la estrategia general de juego, las múltiples virtudes y las ocasionales defecciones. Además, ya hemos opinado al respecto largamente. La cuestión es que ha sido un Mundial muy bueno de Argentina y salimos del último partido con un equipo (sic: un equipo) mejor que el que llegó, con varios jugadores clave que estuvieron por encima de nuestras a veces mezquinas expectativas. Probablemente –bah, seguramente– lo que nos faltó fue, en el último tramo, ese plus que siempre teníamos con el mejor Messi y el Fideo fundamental. Pero no vamos a llorar por eso. Ni por nada.

Tal vez una lagrimita apenas porque se acabó el Mundial. Lo vamos a extrañar.
Fuente:Pagina/12

miércoles, 18 de junio de 2014

INVITACION ACTIVIDAD GENERO Y ACTIVIDAD SINDICAL

INVITA GRUPO SOCIOLOGIA

Imperio


 


Por Claudio Scaletta
Los defensores del capitalismo más salvaje suelen estar tan enamorados de la criatura que hasta exaltan sus excrecencias. El cine hollywoodense es un buen ejemplo: abundan los elogios a la codicia o a las diferencias extremas de clase como dinamizadoras del sistema. En la política estadounidense quienes apenas se apartan de la agenda ultracorporativa son acusados de “socialistas”, anatema que alcanza a cualquier propuesta meramente reformista, como el plan de salud de Obama. Muchos integrantes del Tea Party, la influyente corriente ultraconservadora del Partido Republicano, defienden el “creacionismo” frente al evolucionismo; insólito sesgo anticientífico de la clase política de una economía que envía naves interplanetarias al espacio y drones a sus enemigos. No es sólo un dato de color. Este es el país donde los jueces fallan con mayorías casi absolutas en favor de una de las excrecencias por antonomasia del sistema financiero global: los fondos buitre. El país al que quienes endeudaron por generaciones al Estado argentino delegaron la soberanía jurídica sobre sus instrumentos de deuda. Algo debe estar mal en el orden jurídico local si esta delegación fue posible con impunidad. Allí andan todavía los Cavallo, los Sturzenegger, repitiendo lo que la actual administración habría hecho mal y ellos bien.
El gran problema con los fondos buitre es que son malos, muy malos, pero son legales. Es verdad que uno de ellos pagó en 2008 poco más de 48 millones de dólares por instrumentos de deuda por los que ahora el Poder Judicial estadounidense le reconoce 830 millones, pero siguió las reglas del sistema. La tasa de ganancia implícita de la operación, suponiendo que reciba el pago, superaría, según detalló la presidenta Cristina Fernández, el 1600 por ciento, quizá no tanto si se suman los costos judiciales y de lobby para dinamizar el fallo. Para cualquier financista esto es señal de genialidad, no de maldad. Este es el capitalismo realmente existente, el que defiende la “muy independiente”, según el colonizado juicio de algunos analistas locales, Corte Suprema de Justicia estadounidense. Una independencia que le habría permitido ignorar no sólo las opiniones en contrario de su propio gobierno, sino del mismísimo FMI y otros Estados, como Francia, quienes verían en los buitre una amenaza para futuras reestructuraciones de deuda, una muestra más de la obsolescencia de las reglas de la “arquitectura financiera internacional”.
Un dato histórico; el tema de moda en el ambiente de las finanzas globales a fines de los ’90, cuando la Argentina se encaminaba al default y Anne Krueger comandaba el FMI, era la crítica a la ausencia de “riesgo moral”, dato ahora olímpicamente ignorado por la Corte estadounidense, que envía a los mercados mundiales la señal de que no importa la prima de riesgo de un bono soberano, pues todo acreedor siempre será respaldado por la metrópoli en su pretensión de recobrar el ciento por ciento nominal.
Debe destacarse que el fallo Buitre friendly difundido el lunes representa sobre todo un dato exógeno a la política argentina. Es decir, es un dato del que la política local es “tomadora”, que no puede modificar. Frente a esta realidad, al margen de los sentimientos involucrados por su manifiesta arbitrariedad, sólo queda la gestión. Todo lo emocional debe descartarse. El problema no es de Justicia, tampoco jurídico. Es un problema de poder puro y duro: de imperialismo. Frente a la potencia de este imperialismo, el margen del país es muy reducido.
Desde la recuperación iniciada a partir de 2003, a las finanzas globales les resulta intolerable que Argentina haya despegado por fuera de sus reglas. Es un mal ejemplo para el mundo. Quizá no se trate de una decisión centralizada, pero es la dirección en la que avanzaron el cúmulo de decisiones individuales. El país pudo evadirse de la presión imperial mientras fue independiente de los aportes del exterior; es decir, mientras no tuvo la necesidad de financiar un déficit de cuenta corriente. La aparición del déficit externo cambió el panorama.
En concreto, el rechazo de la Corte a tratar el pedido de revisión de Argentina, que significa la vigencia plena del fallo de primera instancia de Thomas Griesa, apunta contra todo lo realizado en materia de reestructuración de deuda desde 2005 en adelante. Como detalló ayer el ministro Axel Kicillof, no deja alternativas de pago bajo las actuales condiciones por más que exista la voluntad plena de hacerlo. Tampoco es opción negociar con quienes expresamente demostraron no querer negociar, con aquellos cuyo negocio es, precisamente, no negociar. La decisión judicial estadounidense empuja así a la Argentina a un nuevo canje de deuda como única opción para cumplir sus compromisos evitando embargos.
Pero el verdadero daño puede ocurrir en la macroeconomía. Como mínimo en el corto plazo, la presión imperial da por tierra con la iniciada estrategia oficial de financiar con la cuenta capital el déficit de cuenta corriente. El objetivo no era sólo contable, sino de sostenimiento de la demanda agregada y el crecimiento. El equipo económico había iniciado un camino de acercamiento a los mercados voluntarios de deuda a través del pago de algunos juicios en el Ciadi, del acuerdo con Repsol y del arreglo con el Club de París. Cuando la meta de regularización completa estaba al alcance de la mano, fue el mismo reticulado de intereses de las finanzas globales el que volvió a correr el arco. Una nueva muestra de que cualquier proyecto de desarrollo de largo plazo deberá exacerbar las herramientas de independencia ya conocidas que alejen, con recursos propios, las fuentes de la restricción externa; es decir: sustitución de importaciones, promoción de exportaciones, integración a cadenas de valor globales y, también, ingreso de capitales, aunque hoy la vía financiera parezca nuevamente cerrada. Nada de lo que viene será fácil.
Fuente Página/12

martes, 3 de junio de 2014

Ideología e ideologías

 


Por Roberto Follari *
Todos tenemos ideología. La creencia de que la ideología es sólo cuestión de quienes se interesan en política es una ingenuidad. Como profesor de Teoría del Conocimiento, no puedo cansarme de enseñar a mis alumnos universitarios que la ideología más fuerte es la de aquellos que creen no tenerla.
Es que la ideología no es una idea acerca de la política, sino las nociones que todos tenemos –y no siempre de manera plenamente consciente– sobre qué es la sociedad, qué es el individuo, qué es la justicia social, qué es el poder, etcétera. Para sostener esas ideas, no se requiere pensar explícitamente en política. Todos vivimos en sociedad y tenemos un modelo implícito de qué es bueno y qué es malo para la sociedad, aunque jamás hayamos dicho una palabra específica sobre el sistema político.
De tal manera no existen las personas “independientes”, no hay quienes no respondan a ideología alguna. Todos dependemos de nuestras ideas, y –lo peor– es que no todos somos conscientes de que las tenemos y mucho menos de cuál es el origen de las mismas, no sabemos a menudo por qué pensamos como pensamos.
Las ideas no nos vienen del cielo ni del interior de nuestra cabeza. Son la resultante de una serie de influencias que hemos pasado en nuestra vida: el sector social al que pertenecemos, el género, la época, las escuelas a que fuimos, las iglesias a las que pudiéramos haber pertenecido, los clubes, los amigos. Todos ellos han hecho que seamos los que somos. Nadie se inventa a sí mismo: a lo sumo, cada uno recombina a su manera las ideas que no ha producido por sí solo.
Si hubiéramos nacido en Sudáfrica y no en Argentina, pensaríamos muy diferente. Si hubiéramos nacido en tiempos de Pericles en la Grecia Antigua, hubiéramos aceptado la esclavitud como natural. Si hubiéramos nacido en Arabia Saudita, seríamos muy probablemente musulmanes. Somos el fruto de nuestras concretas condiciones de vida, no el de nuestras individuales elucubraciones.
Entonces, no hay gente que tenga ideología y otra que pueda ufanarse de no tenerla; estos últimos suelen creer –erróneamente– que pueden ponerse “por encima” de quienes asumen explícitamente su ideología. Pero en verdad, ideología tenemos todos. Están los que saben que la tienen, y por ello pueden razonar sobre ella, modificarla. En cambio, los que se creen “independientes” ni siquiera se han enterado de la ideología que los atraviesa. Por tanto suelen creer, con ingenuidad conmovedora, que ellos dicen “cómo son las cosas”, que sus opiniones son neutras y objetivas. De tal manera, confunden el modo singular en que sus lentes les hacen ver la realidad, con la realidad misma.
Sucede con alguna veterana comensal de la TV que cree que la sociedad es igual a los rumbos de Recoleta o Barrio Norte, en Buenos Aires. Como ella vive allí y sus amigas son señoras adineradas que toman el té en ratos de ocio, ella vive en una burbuja, pero cree que todo el mundo piensa como se piensa en ese lugar. Ella habla con “la gente”, y esa gente –sólo ésa, claro– piensa igual que ella. De tal modo que cree que el mundo es idéntico a como ella lo ve, aunque lo mire por una rendija mínima que muy pocos –con ese poder adquisitivo– pueden compartir.
De modo que a no enorgullecerse de que “pienso por mí mismo”, “no soy militante de nada”, “digo las cosas como son” y parecidas muestras de desconocer cómo es que están formadas las propias ideas que todos llevamos. El que dice esas cosas y cree no ser dogmático por no adscribir explícitamente a una ideología política es doblemente dogmático: no solamente tiene un pensamiento determinado y una perspectiva parcial (jamás podría ser de otra manera, para los seres humanos), sino que ni siquiera se entera de ello. Cree que su singular mirada del mundo es igual al mundo mismo. Por ello no tiene la menor posibilidad de reaccionar frente a sus propias distorsiones, de modificar su pensamiento o de afinarlo. Confunde su propia mirada con los objetos que capta a través de ella.
Por lo dicho, aquellos que dicen no tener ideología y se creen libres de ella están instalados en el dogma y lo acrítico a total plenitud, en nombre de la pretendida “independencia de pensamiento” a que tantas veces se apela, sobre todo en una TV nacional cada vez más ignorante y atolondrada.
* Doctor en Folosofía. Universidad Nacional de Cuyo.
Fuente: Página/12

viernes, 30 de mayo de 2014

Simbologías

Por Horacio González
¿Cuánto vale un símbolo? La imposibilidad de responder a esta pregunta nos lleva a la esencia del problema. Un símbolo tiene el valor del gesto que lo sostiene, de la evocación repentina que desata y de la promesa que pone en acto, y que sin él no existiría. Un símbolo tiene la importancia de que no puede establecerse su valor en relación con otros valores, sino que en sí mismo tiene su propia jerarquía y significado. Se podría decir que un símbolo es tan complejo que vale porque no vale; no tiene valor alguno y sin embargo adquiere un significado inmaterial que lo convierte en imagen viva.
Imagen, no icono. De ahí el error que comete la señora Graciela Fernández Meijide al pasar por alto y restarle significación a la acción de descolgar el retrato de Videla, ocurrida en una ocasión suficientemente conocida, ya compuesta como imagen pública fijada por obvios instrumentos de representación del gesto: fotografía, cámaras de filmación. No estamos en la época en que el pintor David se ocupaba de fijar la coronación de Napoleón o de Blanes pintando a Roca con una herida en la cabeza, inaugurando las sesiones del Parlamento. Pero no ha variado el tema. Y para aliviar estos ejemplos: recordemos la conocida instantánea donde Lenin, subido a una pequeña tarima, hace su discurso apenas desciende del tren que lo condujo a la Estación Finlandia. ¿Estas imágenes no son símbolos vivientes que cobijan pequeñas porciones de la historia de la humanidad?
A veces la historia parece fabricada por hechos sin imágenes, pero hay siempre un catálogo de formas escénicas que sostienen sus hilos internos. Esto a veces enoja, pues querríamos no ser perturbados por ilustraciones y efigies, en el caso de que nuestra conciencia desee ser plana, desprovista de emblemas o deidades. Por eso surgen los iconoclastas. Los hay de todo tipo: los que no creen que una devoción precise imágenes y los que creen tanto en ellas que sienten la justa necesidad de anularlas cuando lo que representan es vituperable. De un modo u otro, sería absurdo dejar a las prácticas humanas desnudas de su puntuación más dramática, que es cuando se componen y resuelven en imágenes y símbolos.
Son imágenes fundadoras, que rompen un ritual y proponen otro, que dislocan un ámbito sacralizado, que llaman a debatir la serie de glorificaciones de un período histórico para reactualizar, mejorar o derogar sus significados. Es una acción pedagógica que abre compuertas en las insignias colectivas. ¿Por qué se quiere anular un acto de anulación? ¿Aceptaríamos que hay que retirar aquel gesto presidencial de descolgar el retrato del dictador; aceptaríamos que es bueno retirar lo que fue un gran acto de retiro? ¿Sería mejor dejar yermo el suelo histórico del país que contiene el gesto público de descolgar, descolgando a su vez el significado primigenio de aquella descolgadura?
Es cierto que un símbolo, como cristalización de acciones humanas, tiene un valor inmanente, pues significa una estría en el territorio, una convención cultural que lleva a consensos colectivos. Pero a veces dejan de ser objetos sobre el paisaje y una sociedad entera precisa del gesto o la rúbrica que la despoje de sus signos nefastos. Eso no ocurre siempre, y no lo hace cualquiera. Es un acto de firme delicadeza que surge de lo más profundo del ser político. Siempre se crea un símbolo negando otro símbolo. ¿Quién diría que esos símbolos nada significan?
Muchas personas –entre las que se encuentra Fernández Meijide– no consideran adecuado que hablen los signos. Son personas que participan de un rasgo general de un pensamiento que podríamos llamar desmitificador o antisimbólico. No es una discusión menor, nunca lo fue, porque si por un lado no podemos vivir dentro de los mitos, por otro lado vivir una vida desnuda de esas grandes imágenes aglutinadoras (que también pueden ser textos) hace a nuestra vida colectiva más desnutrida y obtusa. El razonamiento de la señora Fernández Meijide lleva a revisar el inmediato pasado quitándole los hechos más estremecedores de su memorial. Sus dichos en una reciente entrevista en el diario La Nación, basados en lo que sin duda es la inherente autoridad que posee –es una respetable voz también amasada en la tragedia argentina–, no son sin embargo justos. La ausencia de cariz trágico en su pensamiento la conduce a pensar que ya habría llegado el tiempo de que los últimos represores involucrados en juicios de lesa humanidad canjeen penalidad por información.
No concordamos con ello, pues se trataría entonces de reinterpretar aquellos hechos de violencia a la manera racionalista de una simetría de pares opuestos, sinuosa revisión que sólo sería necesaria para adicionar una reprobación general al gobierno que suponen discípulo ficticio de aquellas lejanas épicas militantes. Este pensamiento se tornaría aceptable si criticase modelos históricos de repetición de un pasado tal cual fue, pero así como está formulado va más allá del reparo a los estilos militaristas en la acción política, y se dirige riesgosamente (inconscientemente) hacia la reivindicación del pasado sistema militar de ruina y aniquilación. Muchos síntomas brotan por todas partes en torno de esta aciaga rehabilitación, aprovechándose –es necesario decirlo– de apreciaciones en torno de los derechos humanos que podrían hoy lucir desgastadas y deberemos refinar.
Este republicanismo denegatorio de las complejidades de la memoria, ideología de la retractación formalista, revocación expropiada de las arrugas de la remembranza política (que, ciertamente, nunca debe estar en un único punto fijo) necesita decir que haber retirado el cuadro de Videla es un simbolismo que hay que volver para atrás. Como un movimiento de ajedrez ya consumado, invalidándolo por capricho. En el mismo día, también en La Nación, el ironista Pagni encontró cómico el hecho de que hay distancias entre lo que se desea en lo que se escribe y la capacidad que tiene la vida política para eventualmente refutarnos. Por supuesto, amigo Pagni, existe lo cómico en la historia. Peor es que en las mismas páginas de su diario exista lo trágico, y quiera borrárselo con un puntapié desastroso en el pasadizo de los símbolos ya erigidos. Provocaría risa si no fuera tan desafortunado.
Fuente: Página/12

miércoles, 28 de mayo de 2014

De Sandino al Sandinismo: La experiencia nicaragüense en la lucha por la liberación nacional.



    
 Por Dionela Guidi

Tras la huella de Morazán
                                                       “… Resucitar de la Tumba de Morazán a Centroamérica
                                                                                                                               José Martí
 A lo largo de su historia, Centroamérica fue una codiciada tierra de disputa imperial. Su importancia geopolítica radicaba (y radica) en su posición Intercontinental e Interoceánica, vital para la circulación de mercancías. Con la decadencia colonial de España en América y la expansión capitalista mundial producida a partir de siglo XIX, Inglaterra como  potencia de ultramar, fija su mira en el Caribe como vía marítima para el transporte rápido y económico de materias primas, en el que Nicaragua sería el territorio para la construcción de un canal interoceánico.
  En 1821, los países que conformaban el Reino de Guatemala, declaran su independencia y casi de inmediato comienza el enfrentamiento por estas tierras entre Inglaterra y el naciente poderío de Estados Unidos, afectando desde el inicio el curso de la vida política interna de sus provincias, devenidas mas tarde en países[1].
  Luego de una breve anexión al Imperio de Iturbide en México, las Provincias Unidas de Centroamérica, conformadas por Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, proclaman en Asamblea General la primera constitución de la República Federal de Centroamérica. Se concretó el 22 de noviembre de 1824, y se instituyeron entre otras medidas, la independencia de España, México o cualquier otra Nación, la eliminación de los títulos nobiliarios y la abolición de la esclavitud. Es en este momento cuando se definen con claridad los grupos políticos en Centroamérica delineándose dos partidos antagónicos: los Liberales y los Conservadores. Los primeros abogaban por el desarrollo de un Estado Capitalista, basado en un sistema político federal en dónde las distintas provincias contaran con igualdad de derechos. Los Conservadores, encarnados en caudillos regionales, defendían los privilegios provenientes de la época de la colonia y tendieron a fracturar la unidad en América Central.[2]
 En 1825, Manuel José Arce es elegido como el primer presidente de la Republica Federal. De tendencia liberal, intentó aplicar un programa de reformas fuertemente resistidas por los conservadores, quienes impidieron a través de su poder político, económico y de control del Congreso la concreción de las mismas, lo que llevó a la claudicación del presidente y su posterior alianza con su otrora oposición.
  Arce decidió disolver el Congreso federal, decisión que desató una guerra civil y condujo a una ola de levantamientos en todo el territorio centroamericano. En este convulsionado momento ingresa la figura de Francisco Morazán.
  Este político y militar, olvidado por la historiografía del continente, protagonizó desde Honduras la rebelión contra las medidas de Arce, y resistió la destitución del jefe de Estado hondureño y tío político de Morazán, Dionisio de Herrera. En 1827, tras fugarse de la prisión, organiza una fuerza militar a lo largo y ancho del Istmo con el objetivo de reconstruir la Federación Centroamericana. Desde aquí protagoniza una serie de victorias militares que lo posicionarán como líder de los liberales y que lo conducirán a la presidencia de Honduras primero y más tarde, en 1830, a la presidencia de la República Federal de Centroamérica derrotando en las elecciones al conservador José Cecilio del Valle.[3]  
  Morazán encabezó una serie de transformaciones que buscaban romper con los antiguos vestigios del colonialismo y construir un Estado Nacional soberano e independiente, intentando avanzar contra el latifundio en manos de la oligarquía terrateniente y la Iglesia Católica. Dirigió esfuerzos en la creación de una clase burguesa nacional para el desarrollo un modelo autónomo, y protegió la incipiente industria impidiendo la apertura indiscriminada a los productos extranjeros. Promovió la producción local exportable fomentando a su vez el mercado interno.
  En materia educativa, entendió a la misma como piedra angular para la conformación de una Nación, la que se constituyó como responsabilidad del Estado, gratuita y obligatoria.
  Sabiendo que se erguían sobre Centroamérica los colmillos imperiales ingleses y norteamericanos, luchó constantemente por la soberanía de Belice, Islas de la Bahía y demás territorios del Caribe  en manos de la corona británica, quien  como conocemos ampliamente  en nuestras tierras del sur, no perdió el tiempo, cosechando permanentemente la división de la Unión Federal.
  Sin embargo, las fuerzas de la reacción (la vieja oligarquía y los diferentes imperios) socavaron las bases de este proyecto emancipador, que por otro lado no pudo consolidar fuerzas económico –sociales que sostuvieran dicho proyecto. Se presentaron profundas dificultades a nivel organizacional, esto es, qué grado de soberanía le correspondía a cada estado, tendiendo a reproducir los viejos recelos entre cada uno, así como los gastos que la defensa  requería para mantener la integridad eran elevadamente costosos y se hicieron insostenibles a lo largo del tiempo.
  Al término de su segundo mandato la Federación se encontraba colapsada y las fuerzas oligárquicas  se encontraban en plena ofensiva, asentada ya en Guatemala, Nicaragua, Honduras. A pesar de apostar el proyecto unionista reorganizando fuerzas desde su presidencia en El Salvador, no pudo contra la feroz oposición de sus contrincantes y partió al exilio primero a Costa Rica y luego al Perú. Retornó en 1841, con la idea de refundar la federación, desembarcando en territorio costarricense obteniendo una rápida victoria política sin enfrentamiento armado, convirtiéndose en Jefe de Estado. Este acontecimiento convulsionó a las oligarquías regionales y por sobre todo al consulado inglés. La contrarrevolución se hizo sentir de inmediato, con una invasión de tropas nicaragüenses a Costa Rica con el fin del derrocamiento político y físico del Presidente y patriota centroamericano. El 15 de septiembre de 1842 es fusilado este hombre de la patria grande, sin juicio ni posibilidad de defensa alguna. Con él muere también el proyecto confederal.
  ¿Por qué empezamos a hablar de Francisco Morazán para hablar de Sandino y del pueblo sandinista?  Porque entendemos que los sueños de unidad, soberanía y libertad de nuestros libertadores se reflejan en todas las luchas populares nuestroamericanas y porque también se unen y se enhebran en la historia en la medida en que esos proyectos inconclusos retornan como asignaturas pendientes a  la vida de los pueblos. Las unen además similares adversarios, encarnados en las élites terratenientes o propietarias de los principales recursos, y el imperialismo ya sea europeo o estadounidense, que operó siempre como factor disgregante y deformador de las economías y las instituciones latinoamericanas (y de toda la periferia). Morazán y Sandino, fueron, son, líderes y mártires de la misma causa, en distinto momento.

Nicaragua: de patriotas, gerentes y filibusteros.

                                                              ¿Verdad que da escalofrío? ¿Dónde comienza y dónde termina el “Gobierno” del Estado Yanqui?
Juan José Arévalo
                                                                              
 Nicaragua sufrió particularmente las guerras civiles luego de desmembrada la Federación. Tenía dos ciudades relativamente desarrolladas y enfrentadas entre sí: Granada y León. Organizaban su vida económica y política  de forma independiente, mientras el resto del país era una extensión territorial en dónde se asentaba la población mestiza pobre, mano de obra de las haciendas de añil y cacao[4].Granada era una rica ciudad de comerciantes conservadores, que se opusieron a la independencia y a las reformas liberales, y León era una ciudad conformada por agricultores, cuna del partido liberal. Rota la Federación, ambas ciudades reclamaban para sí la capitalidad del Estado Nacional. Los campesinos eran arrastrados a la guerra civil que enfrentaba a estas ciudades antagónicas. 
 Inglaterra pronto comenzó a competir con el reciente poderío norteamericano por la hegemonía continental, y en Nicaragua por la construcción del canal interoceánico. A través de un tratado denominado Clayton-Bulwer, Inglaterra le reconoce a Estados Unidos el derecho canalero sobre Nicaragua, dónde, por supuesto, las autoridades nicaragüenses ni siquiera fueron consultadas.
  El hecho de que en 1848 se descubra oro en California, despierta ávidamente la sed de la piratería, que obliga a innovar las rutas de acceso y es Nicaragua un punto neurálgico por dónde pasaran los filibusteros. Se fagocitan a su vez, las internas entre granadinos y leoneses, en dónde los segundos deciden contratar mercenarios norteamericanos para derribar el gobierno conservador de Chamorro. William Walker, esclavista del sur estadounidense, arrebatador de tierra mexicana para su anexión al país del norte, será la cabeza del ejército mercenario.
  Es recibido con júbilo por los leoneses, toma la Ciudad de Granada, fusila a sus dirigentes políticos, y tal fue el impulso de su victoria, que termina proclamándose Presidente de la República. Decreta el idioma inglés como lengua oficial, restituye la esclavitud, los Estados Unidos reconoce su mandato y establece relaciones diplomáticas.
  Sin embargo, la aventura del pirata será breve, y los ejércitos centroamericanos lo derrotaran y expulsaran del país. A pesar de ser derrotado, perseveró en su empresa, e intentó conquistar nuevamente el territorio en varias oportunidades, hasta que en 1860 es arrestado y fusilado en Honduras.
 Granadinos y Leoneses firmaron un acuerdo de paz que permite a los conservadores gobernar 30 años el país en un clima relativamente apacible.[5]
 Llegando a los últimos años del Siglo XIX, el capitalismo mundial dio un nuevo salto expansivo, y Centroamérica, como todo el continente fue insertada en el mercado mundial como proveedora de materias primas para los centros manufactureros. Café y Bananos son los nombres de las cadenas centroamericanas.
  El nuevo orden agrario ligado a las necesidades del mercado mundial, es la veta que encuentran los liberales para llevar a cabo revoluciones contra los conservadores, estableciendo en el poder un gobierno militar liberal presidido por José Santos Zelaya en 1893. En paralelo son ocupadas enormes extensiones de tierras por parte de compañías norteamericanas como la United Fruit para la producción del banano.
  Zelaya llevó a cabo reformas liberales que no fueron vistas con buenos ojos por el vecino del Norte, quien no le perdonó el intento de la construcción del canal en asociación con otras potencias extranjeras como Alemania y Japón. Esta “desobediencia” le costó el gobierno al militar en 1909 y a Nicaragua la ocupación del territorio por parte de la Marina de Guerra estadounidense.
  De aquí en más, las fuerzas de ocupación vigilarán los gobiernos conservadores que se suceden en una calesita entre parientes, que de los rangos gerenciales de las empresas yanquis pasan a la Presidencia de la República.
  El colmo de la infamia se vería retratado en el tratado que Emiliano Chamorro firma con el secretario de estado norteamericano en 1914 en torno a la construcción del canal. En su triste letra dice: “El gobierno de los Estados Unidos tendrá la opción de renovar por otro lapso de noventa y nueve años, el arriendo y concesiones referidos, a la expiración de los respectivos plazos; siendo expresamente convenido que el territorio que por el presente se arrienda y la base naval que pueda ser establecida en virtud de la concesión ya mencionada, estarán sujetos a las leyes y soberana autoridad de los Estados Unidos[6]. En este tratado se manifiesta la absoluta venta de la soberanía en el que Estados Unidos consiguió que ninguna otra potencia conserve y explote un canal en Nicaragua, al que por otra parte no le interesa construir porque ya concretó el de Panamá.
  Los liberales, que permanecían en segundo plano en esta relación simbiótica entre el imperio y los conservadores, volvieron al ruedo bajo la accidental presidencia de Bartolomé Martínez, quien asume por la muerte del jefe de Estado. Martínez mantenía cierta independencia de criterio por no provenir directamente de una familia de la oligarquía granadina. Fue así como buscó la confluencia con el partido Liberal y dirigió una alianza para las siguientes elecciones entre un conservador (Solórzano) y un liberal (Sacasa). Entre revueltas y contrarrevueltas, son puestos y depuestos, promulgados y derrocados  presidentes liberales y conservadores en el lapso de meses, hasta que la bendición norteamericana nombra a un antiguo amigo suyo, ex contador de una empresa minera: Adolfo Díaz. Los liberales, expresados en Sacasa, desconocen esta decisión y  establecen un gobierno en Puerto Cabezas, lo que trae aparejada una crisis militar que desemboca en un nuevo desembarco de marines de guerra y también de la diplomacia estadounidense dispuesta a negociar con los liberales el precio de su rendición. El Ministro de Guerra, General Moncada, se sintió tocado por la varita mágica y creyó ver en los acuerdos de rendición con Estados Unidos su salto a la presidencia. Reparto de cargos para los insurgentes y la Presidencia para su General era el punto culmine  del alegre pacto.

Sandino: Una Pedagogía de la Dignidad

                                                                  
                                                                                                       En Nicaragua, señores,
                                                                                                         Le pega el ratón al gato.”

                                                                                                          Cántico guerrillero sandinista

                                                                                                          

Augusto César Sandino emergió a la escena pública en el marco de esta rebelión de los liberales contra los conservadores y su alianza imperial. Sandino había trabajado en plantaciones y haciendas, había sido guardalmacén en la United Fruit de Honduras y minero en Nicaragua. Comenzó su prédica entre los mineros en 1926, enfatizando en la causa nacional, a tal punto que conformó una pequeña columna de soldados al norte de Nicaragua, que se plegó al combate de los liberales de insurrectos. Entendía que en esa rebelión se estaba combatiendo la intervención extranjera y fue así como se incorporaron a su ejército además de los obreros de las minas, los campesinos desharrapados de las selvas nicaragüenses. Con armas viejas e insuficientes, con equipamiento rudimentario pelearon enarbolando la bandera de Libertad o Muerte.
 Como la insurrección de los liberales no era otra cosa que una disputa oligárquica, el pacto con Estados Unidos era motivo suficiente para aceptar la rendición. Pero para las huestes sandinistas, se estaba librando una lucha por la liberación nacional que empezaba a ser plenamente tal y que terminaría con la expulsión del Imperio: “transformarían una guerra de soldados reclutados a la fuerza y de generales oportunistas, en una guerra en que generales serían todos pobres y soldados serían todos pobres e hijos de pueblo, que andarían en harapos (…) y aquella guerra convencional de montoneras, se transformaría en la primera guerra de guerrillas librada en el continente americano” [7].
Entre 1927 y 1933 este ejército del pueblo libra a brazo partido la guerra contra el invasor ocupante obligando su retirada el 1 de enero 1933, día en que el último contingente de marines se embarca y abandona Nicaragua.
El pensamiento de Sandino
Sandino entendió desde siempre su lucha como una lucha por la nacionalidad, por la necesidad de dejar de ser colonos de una potencia extranjera. Desde sus columnas en la selva, los soldados aprendían a combatir y también a leer y escribir para poder emitir sus propios telegramas, cartas y  comunicados. El ejército del pueblo pobre también era una escuela. Dice Sandino: “Los yanquis solo pueden venir a nuestra América Latina como huéspedes; pero nunca como amos y señores, como pretenden hacerlo. No será extraño que a mí y a mi ejército se nos encuentre en cualquier país de la América latina donde el invasor asesino fije sus plantas en actitud de conquista[8].
 Sandino convirtió la causa nicaragüense en una causa latinoamericana. En todo momento enlazó la defensa de la soberanía con la defensa de los oprimidos, los indígenas, los campesinos, los obreros explotados en las plantaciones y haciendas. Proclamó a viva voz que lo que en Nicaragua se estaba librando no era solo incumbencia de los nicaragüenses, sino de todo el mundo latinoamericano, y se vinculaba a los proyectos que nuestros libertadores habían concebido en el siglo anterior: “Los Hombres dignos de América latina debemos imitar a Bolívar, Hidalgo, San Martín, y a los niños mexicanos que el 13 de septiembre de 1847 cayeron acribillados por las balas yanquis en Chapultepec, y sucumbieron en defensa de la patria y de la raza, antes que aceptar sumisos una vida llena de oprobio y de vergüenza, en que nos quiere sumir el imperialismo[9].
 En la senda de Simón Bolívar, enarbola el proyecto de unidad continental como una necesidad histórica. En su manifiesto Plan de Realización del Supremo Sueño de Bolívar sostiene: “Variadas y Diversas son las teorías concebidas para lograr, ya sea un acercamiento, ya una Alianza, o ya una Federación que comprendiendo a las veintiún fracciones de Nuestra América, integren una sola Nacionalidad. Pero nunca como antes se había hecho tan imperativa y necesaria esa unificación, unánimemente anhelada por el pueblo latinoamericano, ni se habían presentado las urgencias, tanto como las facilidades que actualmente existen para tan alto fin, históricamente prescrito, como obra máxima por los ciudadanos de la América Latina”[10].
 También rescata el proyecto morazanista de la Federación Centroamericana, elaborando un Plan de Unión en el que otorga a cada provincia -estado una cartera y función específica de acuerdo a su grado de organización y desarrollo, poniendo énfasis en la creación de un Ejército Autonomista Centroamericano para la defensa de toda América Latina: “El Ejército Autonomista de Centroamérica declarará abolida la farsante Doctrina Monroe. Y, por lo mismo, anula el vigor que dicha doctrina pretende ejercer, para cobardemente inmiscuirse en la vida política, interna y externa, de las Repúblicas Indo-Hispanas”[11].
Una vez expulsado el invasor, el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua depuso las armas y se dispuso a negociar la paz. El gobierno del liberal Sacasa, electo en 1932 había aceptado el pliego de condiciones impuesto por Estados Unidos tanto como a liberales como conservadores, que requería que al retirarse las tropas de ocupación se llegara a “ común acuerdo” para designar al jefe de la Guardia Nacional. Por primera vez sería un nicaragüense, aunque no por eso menos adicto a Norteamérica: Anastasio Somoza García.
El Ejército profesional, se convirtió tras años de lucha contra el sandinismo en un ejército armado y entrenado para combatir a su propio pueblo, y a ejercer como una fuerza de ocupación en su propio territorio.
 En el año 1934, cuando se estaban realizando los acuerdos de paz entre Sandino y el gobierno, el héroe de Las Segovias es asesinado a balazos junto a varios compatriotas, tras una emboscada. Somoza es quien ejecuta la criminal empresa, pero es el Imperio quién da la orden de fuego.

La semilla de Sandino se siembra en la lucha del pueblo nicaragüense

                                                                               “…Vos estás resucitando 
en cada brazo que se alza
para defender al pueblo
del dominio explotador.
Porque estás vivo en el rancho,
en la fábrica, en la escuela,
creo en tu lucha sin tregua,
creo en tu resurrección…”

                                                                                                                                                        Hermanos Mejía Godoy
                                                                                                                                 Credo Nicaragüense. Misa campesina.

 
Cuarenta años de dictadura familiar padeció el pueblo de Nicaragua. El somocismo, como era de esperar, favoreció el control monopólico de las empresas norteamericanas a la vez que garantizó el orden social vía represión y persecución política.
 Con el auge del cultivo de algodón y café, se generó una concentración abrumadora de tierras en favor de los terratenientes, en detrimento del campesinado quien se vio desprovisto de los terrenos de cultivo. Esta situación trajo aparejada más desocupación y pobreza. Por otra parte, el crecimiento industrial favoreció la consolidación del Grupo Somoza, quién comenzaba ya a asegurarse para sí el control de la banca nacional.
 Para la década del ’60, el clima de malestar en que se vivía manifestaba profundas tensiones sociales. En 1962 nace le Frente Sandinista de Liberación Nacional. Los hijos de Sandino emprendían la lucha por la recuperación de su dignidad. Confluyeron en él la masa de obreros campesinos agrícolas desarrollada bajo el funcionamiento del esquema agroexportador. De aquí que en un primer momento el FSLN llevara a cabo su estrategia en base a la guerrilla rural. Ya entrada la década del ’70 se suman al frente los trabajadores urbanos lo que permitió la articulación de demandas de amplios sectores de la población en contra de la dictadura. El FSLN supo apoyarse de las contradicciones de la sociedad dictatorial para dar el salto a la toma del poder. Carlos Vilas argumenta: “la contradicción fuerzas productivas (pueblo)/relaciones de producción (clases dominantes), estuvo presente siempre en el desenvolvimiento de la dialéctica social, pero fue la acción política de las masas, su incorporación a la lucha sandinista, la que hizo de ella una crisis revolucionaria[12]
  Con el asesinato de Pedro Chamorro, dirigente liberal, en el año 1978, se recrudeció la movilización popular y se aceleraron las condiciones para el estallido social. La Revolución Sandinista triunfa el 10 de julio 1979 abriendo una etapa de rica experiencia de transformación social, con participación popular pero también plagada de incertidumbres, iniciando un camino  minado de obstáculos provenientes tanto de la estructura socio-económica preexistente, la amenaza permanente de los Estados Unidos,  como del propio marco de alianzas al interior del bloque popular.
El programa desplegado por el gobierno revolucionario llenó de esperanza a Nicaragua  y a América Latina. En materia económica se creó un Área de Propiedad del Pueblo en base a los bienes confiscados al somocismo. El objetivo era desarrollar una moderna industria que impulsara la producción de café, algodón, azúcar, banano como principales productos de exportación. Se nacionalizaron la banca, el comercio exterior y se impulsó una Reforma Agraria. Se llevó a cabo un Plan Nacional de Alfabetización en el que toda la sociedad se vio comprometida tomando forma de causa nacional. De alguna u otra forma los y las nicaragüenses formaron parte de este Plan que pretendía terminar con el analfabetismo en el país.[13]
Retomando el análisis realizado por Carlos Vilas, la Revolución Sandinista abre varias cuestiones que pueden ser utilizadas para pensar los procesos de liberación nacional en América Latina. Con similares desenvolvimientos históricos, estructuras económicas dependientes y una pluralidad de actores sociales, la liberación tal cual es entendida por los movimientos populares aborda por lo menos cuatro cuestiones principales:
a)       La cuestión de clase o de la situación de los sectores oprimidos. Aquí se manifiesta la necesidad de eliminar la explotación de las masas populares por parte de pequeñas élites propietarias.
b)       La cuestión nacional. Esto es la supresión del Imperialismo como factor dominante en las sociedades latinoamericanas a nivel interno y externo. La autodeterminación es condición necesaria para la conquista de la soberanía.
c)       La cuestión del Desarrollo. En esta cuestión se refleja la superación del atraso derivado de la posición en la que se colocó a América Latina en el mercado mundial, como economías netamente agrarias y dependientes de las manufacturas exportadas. La expansión de las fuerzas productivas deriva generalmente en la necesidad de que el Estado sea quién se ponga a la cabeza de este desarrollo, al no existir una clase que lidere dicha expansión. Las alianzas policlasistas son intentos de llevar a cabo esta expansión.
d)       La cuestión democrática. Aquí se plantea la necesidad de refundar instituciones y canales para la participación en las decisiones de Estado de las amplias mayorías y no sólo de un reducto oligárquico.[14]
La Revolución sandinista como proyecto emancipador pone sobre el tapete los desafíos que se le presentan a América Latina en su lucha por el camino de la liberación, y también nos habla de la importancia que ese camino nos encuentre unidos, ya que en soledad los gobiernos populares suelen naufragar a la deriva, a merced del imperialismo siempre atento al sabotaje y a sus aliadas nativas representadas en los núcleos reducidos de las élites económicas y políticas.   
   
                                                         A Néstor y Hugo. Patriotas del Bicentenario.

                                                     
















Bibliografía

Pérez Cruz, Felipe de J. (2010). Centroamérica en Morazán. Morazán en Centroamérica. En Son Tiempos de Revolución. De la Emancipación al Bicentenario. Buenos Aires: Ediciones Madres de Plaza de Mayo.
Ramírez, Sergio. (2007). El muchacho de Niquinohomo. Buenos Aires: El Andariego.
Sandino, Augusto César. (2007). Escritos y Documentos. Buenos Aires: El Andariego
Selser, Gregorio. (1955). Sandino. General de hombres libres. Buenos Aires: Ediciones Pueblos de América
Torres, Rosa María. (1980). Nicaragua: Revolución y Alfabetización. En Revista Nueva Antropología. Año IV N15. Distrito Federal: Universidad Nacional Autónoma de México.
Vilas, Carlos. (1987). Perfiles de la Revolución Sandinista. Liberación Nacional y transformaciones sociales en Centroamérica. Buenos Aires: Legasa


  

 
    
 


 
 
 



[1] ver Ramírez, Sergio. (2007). El muchacho de Niquinohomo. Buenos Aires: El Andariego.
[2] Pérez Cruz, Felipe de J. (2010). Centroamérica en Morazán. Morazán en Centroamérica. En Son Tiempos de Revolución. De la Emancipación al Bicentenario. Buenos Aires: Ediciones Madres de Plaza de Mayo.
[3] Ibídem
[4] Ramírez, Sergio. (2007). Op. Cit.

[6] Selser, Gregorio. (1955). Sandino. General de hombres libres. Buenos Aires: Ediciones Pueblos de América, página 63.
[7] Ramírez, Sergio. Op.Cit., página 34.
[8] Sandino, Augusto César. (2007). Escritos y Documentos. Buenos Aires: El Andariego, página 94.
[9][9] Ibídem, pp. 99.
[10] Ibídem, pp.106.
[11] Ibídem, pp.186.
[12] Vilas, Carlos. (1987). Perfiles de la Revolución Sandinista. Liberación Nacional y transformaciones sociales en Centroamérica. Buenos Aires: Legasa, página 135.
[13] Torres, Rosa María. (1980). Nicaragua: Revolución y Alfabetización. En Revista Nueva Antropología. Año IV N15. Distrito Federal: Universidad Nacional Autónoma de México.             
[14] Vilas, Carlos. (1987). Op. Cit.