miércoles, 2 de octubre de 2013

Debate Cultura y Política- Zygmunt Bauman: la cultura en la era del consumo



Sobre la base de estudios realizados en Gran Bretaña, Chile, Hungría, Israel y Holanda, un equipo de trece miembros dirigido por el respetado sociólogo de Oxford John Goldthorpe llegó a la conclusión de que ya no es posible diferenciar fácilmente a la elite cultural de otros niveles más bajos en la correspondiente jerarquía mediante los signos que otrora eran eficaces: la asistencia regular a la ópera y a conciertos, el entusiasmo por todo lo que en algún momento se considere "arte elevado" y el hábito de contemplar con desprecio "lo común, desde las canciones pop hasta la televisión comercial". Ello no equivale a decir que ya no existan personas consideradas -en gran medida por ellas mismas- integrantes de una elite cultural: verdaderos amantes del arte, gente que sabe mejor que sus pares no tan cultivados de qué se trata la cultura, en qué consiste y qué se juzga comme il faut o comme il ne faut pas -apropiado o inapropiado- para un hombre o una mujer de cultura. Excepto que, a diferencia de aquellas elites culturales de la modernidad, ya no son "connoisseurs" en el sentido estricto de menospreciar el gusto del hombre común o el mal gusto de los ignorantes. Por el contrario, hoy resulta más apropiado calificarlos de "omnívoros", recurriendo al término acuñado por Richard A. Peterson, de la Vanderbilt University: en su repertorio de consumo cultural hay espacio para la ópera y también para el heavy metal y el punk, para el "arte elevado" y también para la televisión comercial, para Samuel Beckett y también para Terry Pratchett. Un mordisquito de esto, un bocado de aquello, hoy una cosa, mañana otra. Una mezcolanza. de acuerdo con Stephen Fry, autoridad en tendencias de la moda y faro de la más exclusiva sociedad londinense (así como estrella de exitosos programas televisivos). Fry admite públicamente:
Una persona puede ser fanática de lo digital y a la vez leer libros; puede ir a la ópera, mirar un partido de críquet y reservar entradas para un recital de Led Zeppelin sin partirse en pedazos. ¿Te gusta la comida tailandesa? ¿Pero qué tiene de malo la italiana? Epa, calma. Me gustan las dos. Sí, se puede. Me puede gustar el rugby, el fútbol y los musicales de Stephen Sondheim. El gótico victoriano y las instalaciones de Damien Hirst. Herb Alpert & The Tijuana Brass y las obras para piano de Hindemith. Los himnos ingleses y Richard Dawkins. Las ediciones originales de Norman Douglas, y además los iPods, el billar inglés, los dardos y el ballet.
O bien, tal como lo enunció Peterson en 2005 sintetizando veinte años de investigación: "Observamos un deslizamiento en la política de los grupos de elite, desde aquella intelectualidad esnob que desdeña toda la cultura baja, vulgar o popular de masas [.] hacia la intelectualidad omnívora que consume un amplio espectro de formas artísticas populares así como cultas". En otras palabras, ninguna obra de la cultura me es ajena: no me identifico con ninguna en un ciento por ciento, de manera total y absoluta, y menos aún al precio de negarme otros placeres. En todas partes me siento como en casa, a pesar de que (o quizá porque) no hay ningún lugar que pueda considerar mi casa. No se trata tanto de la confrontación entre un gusto (refinado) y otro (vulgar), como de lo omnívoro contra lo unívoro, la disposición a consumirlo todo contra la selectividad melindrosa. La elite cultural está vivita y coleando: hoy está más activa y ávida que nunca. pero está tan ocupada siguiendo hits y otros eventos culturales célebres que no tiene tiempo para formular cánones de fe o convertir a otros.
Aparte del principio de "no ser puntilloso, no ser quisquilloso" y "consumir más", no tiene nada que decir a la multitud unívora que está en la base de la jerarquía cultural.
Y sin embargo, como se lee en una obra de Pierre Bourdieu de hace apenas unas décadas, hubo un tiempo en que cada oferta artística estaba dirigida a una clase social específica, y sólo a esa clase, en tanto que era aceptada únicamente -o primordialmente- por esa clase. El triple efecto de aquellas ofertas artísticas -definición de clase, segregación de clase y manifestación de pertenencia a una clase- era, de acuerdo con Bourdieu, su esencial razón de ser, la más importante de sus funciones sociales, quizás incluso su objetivo oculto, si no declarado.
Según Bourdieu, las obras de arte destinadas al consumo estético indicaban, señalaban y protegían las divisiones entre clases, demarcando y fortificando legiblemente las fronteras que separaban unas de otras. A fin de trazar fronteras inequívocas y protegerlas con eficacia, todos los objets d'art, o al menos una significativa mayoría, debían estar destinados a conjuntos mutuamente excluyentes, cuyos contenidos no correspondía mezclar ni aprobar o poseer de forma simultánea. Lo que contaba no eran tanto sus contenidos o cualidades innatas como sus diferencias, su intolerancia mutua y la prohibición de conciliarlas, características erróneamente presentadas como manifestación de su resistencia innata e inmanente a las relaciones morganáticas. Había gustos de las elites -"alta cultura" por naturaleza-, gustos mediocres o "filisteos" típicos de la clase media y gustos "vulgares", venerados por las clases bajas: y mezclar esos gustos era más difícil que mezclar agua con fuego. Quizá la naturaleza abominara del vacío, pero lo indudable era que la cultura no toleraba una mélange. En La distinción, Bourdieu dijo que la cultura se manifestaba ante todo como un instrumento útil concebido a conciencia para marcar diferencias de clase y salvaguardarlas: como una tecnología inventada para la creación y la protección de divisiones de clase y jerarquías sociales.
En resumen, la cultura se manifestaba tal como la había descripto Oscar Wilde un siglo antes: "Quienes encuentran significados bellos en las cosas bellas son espíritus cultivados [.]. Son los elegidos, y para ellos las cosas bellas sólo significan belleza". "Los elegidos", es decir, los que cantan loas a aquellos valores que ellos mismos sostienen, al tiempo que se aseguran el triunfo en el concurso de canciones. Es inevitable que encuentren significados bellos en la belleza, ya que son ellos quienes deciden qué es la belleza; incluso antes de que comenzara la búsqueda de la belleza, quiénes si no los elegidos decidieron dónde buscarla (en la ópera y no en el music hall o en un puesto de feria; en las galerías y no en las paredes de la ciudad o en las reproducciones baratas que decoran las casas obreras y campesinas; en volúmenes con tapas de cuero y no en la gráfica del periódico o en otras publicaciones que se adquieren por centavos). Los elegidos no son elegidos en virtud de su percepción de lo bello, sino más bien en virtud de que la aserción "esto es bello" es vinculante precisamente porque la han pronunciado ellos y la han confirmado con sus acciones.
Sigmund Freud creía que el saber estético busca en vano la esencia, la naturaleza y las fuentes de la belleza, sus cualidades inmanentes, por así decir, y suele ocultar su ignorancia en un torrente de pronunciamientos pomposos, presuntuosos y en última instancia vacíos. "La belleza no tiene una utilidad evidente -decreta Freud-, ni es manifiesta su necesidad cultural, y sin embargo la cultura no podría vivir sin ella."
Pero por otra parte, tal como sugiere Bourdieu, la belleza tiene sus beneficios y hay una necesidad de que exista. Aunque los beneficios no son "desinteresados", como aseveraba Kant, son beneficios de todos modos, y si bien la necesidad no es necesariamente cultural, es social; y es muy probable que tanto los beneficios como la necesidad de distinguir entre belleza y fealdad, o entre delicadeza y vulgaridad, perduren mientras existan la necesidad y el deseo de distinguir la alta sociedad de la baja sociedad, así como al connoisseur de gustos refinados de quienes tienen mal gusto, de las vulgares masas, de la plebe y de la chusma...
Luego de considerar atentamente estas descripciones e interpretaciones, queda claro que la "cultura" (un conjunto de preferencias sugeridas, recomendadas e impuestas en virtud de su corrección, excelencia o belleza) era para los autores citados, en primer lugar y en definitiva, una fuerza "socialmente conservadora". A fin de demostrar su eficacia en esta función, la cultura tenía que poner en práctica, con igual tesón, dos actos de subterfugio aparentemente contradictorios. Tenía que ser tan enfática, severa e inflexible en sus avales como en sus censuras, en otorgar como en negar entradas, en autorizar documentos de identidad como en negar derechos de ciudadanía. Además de identificar qué era deseable y recomendable por ser "como debe ser" -familiar y acogedor-, la cultura necesitaba significantes para indicar qué cosas merecían desconfianza y debían ser evitadas a causa de su bajeza y su amenaza encubierta; letreros que advirtieran, como más allá de los confines de Roma en los mapas antiguos, que hic sunt leones: aquí hay leones. La cultura debía asemejarse al náufrago de aquella parábola inglesa aparentemente irónica pero de intención moralizante, que a fin de sentirse como en casa, es decir, de adquirir una identidad y defenderla con eficacia, tuvo que construir tres moradas en la isla desierta donde había zozobrado su barco: la primera era su vivienda, la segunda era el club que frecuentaba todos los sábados y la tercera cumplía la sola función de ser el lugar cuyo umbral el náufrago no debía cruzar, y en consecuencia evitó cruzar asiduamente en todos los largos años que pasó en la isla.
Cuando fue publicado hace más de treinta años, La distinción de Bourdieu puso patas arriba el concepto original de "cultura" nacido con la Ilustración y luego transmitido de generación en generación. El significado de cultura que descubría, definía y documentaba Bourdieu estaba a una distancia remota del concepto de "cultura" tal como se lo había moldeado e introducido en el lenguaje corriente durante el tercer cuarto del siglo XVIII, casi al mismo tiempo que el concepto inglés de refinement y el alemán de Bildung.
De acuerdo con su concepto original, la "cultura" no debía ser una preservación del statu quo sino un agente de cambio; más precisamente, un instrumento de navegación para guiar la evolución social hacia una condición humana universal. El propósito original del concepto de "cultura" no era servir como un registro de descripciones, inventarios y codificaciones de la situación imperante, sino más bien fijar una meta y una dirección para las iniciativas futuras. El nombre "cultura" fue asignado a una misión proselitista que se había planeado y emprendido como una serie de tentativas cuyo objeto era educar a las masas y refinar sus costumbres, para mejorar así la sociedad y conducir al "pueblo" -es decir, a quienes provenían de las "profundidades de la sociedad- hacia sus más altas cumbres. La "cultura" se asociaba a un "rayo de luz" que pasaba "bajo los aleros" para ingresar a las moradas del campo y la ciudad, llegando a los oscuros escondrijos del prejuicio y la superstición que, como tantos otros vampiros (se creía), no sobrevivirían a la luz del día. De acuerdo con el apasionado pronunciamiento de Matthew Arnold en su influyente libro con el sugestivo título Cultura y anarquía (1869), la "cultura" "procura suprimir las clases sociales, difundir en todas partes lo mejor que se haya pensado o conocido en el mundo, lograr que todos los hombres vivan en una atmósfera de belleza e inteligencia"; además, de acuerdo con otra opinión expresada por Arnold en su introducción a Literature and Dogma (1873), la cultura es la combinación de los sueños y los deseos humanos con el esfuerzo de quienes quieren y pueden satisfacerlos: "La cultura es la pasión por la belleza y la inteligencia, y (más aún) la pasión por hacerlas prevalecer".
La palabra "cultura" ingresó en el vocabulario moderno como una declaración de intenciones, como el nombre de una misión que aún era preciso emprender. El concepto era tanto un eslogan como un llamado a la acción. Al igual que el concepto que proporcionó la metáfora para describir esta intención (el concepto de "agricultura", que asociaba a los agricultores con los campos que cultivaban), exhortaba al labrador y al sembrador a que araran y sembraran el suelo árido para enriquecer la cosecha mediante el cultivo (incluso Cicerón usó esta metáfora al describir la educación de los jóvenes con el término cultura animi). El concepto suponía una división entre los educadores llamados a cultivar las almas, relativamente escasos, y los numerosos sujetos que habían de ser cultivados; los guardianes y los guardados, los supervisores y los supervisados, los educadores y los educandos, los productores y sus productos, sujetos y objetos, así como el encuentro que debía tener lugar entre ellos.
De la palabra "cultura" se infería un acuerdo planeado y esperado entre quienes poseían el conocimiento (o al menos estaban seguros de poseerlo) y los incultos (llamados así por sus entusiastas aspirantes a educadores); un contrato, vale aclarar, provisto de una sola firma, endosado de forma unilateral y puesto en marcha bajo la exclusiva dirección de la flamante "clase instruida", que reivindicaba su derecho a moldear el orden "nuevo y mejor" sobre las cenizas del Ancien Régime. La intención expresa de esta nueva clase era la educación, la ilustración, la elevación y el ennoblecimiento de le peuple, de quienes recientemente habían sido investidos del rol de citoyens en los nuevos état-nations, el apareamiento de una nación recién formada que se elevaba a la existencia de Estado soberano con el nuevo Estado que aspiraba a desempeñar el papel de fideicomisario, defensor y guardián de la nación.
El "proyecto de ilustración" otorgaba a la cultura (entendida como actividad semejante al cultivo de la tierra) el estatus de herramienta básica para la construcción de una nación, un Estado y un Estado nación, a la vez que confiaba esa herramienta a las manos de la clase instruida. Entre ambiciones políticas y deliberaciones filosóficas, pronto cristalizaron dos metas gemelas de la empresa de ilustración (ya se las anunciara abiertamente o se las supusiera de forma tácita) en el doble postulado de la obediencia de los súbditos y la solidaridad entre compatriotas.
El crecimiento del "populacho" incrementaba la confianza del Estado nación en formación, pues se creía que el incremento en el número de potenciales trabajadores-soldados aumentaría su poder y garantizaría su seguridad. Sin embargo, puesto que el esfuerzo conjunto de la construcción nacional y el crecimiento económico también resultaba en un excedente cada vez mayor de individuos (en esencia, era preciso desechar categorías enteras de población para dar a luz y fortalecer el orden deseado, así como acelerar la creación de riquezas), el flamante Estado nación pronto enfrentó la apremiante necesidad de buscar nuevos territorios allende sus fronteras: territorios con capacidad para absorber el exceso de población que ya no encontraba lugar entre los límites del suyo.
La perspectiva de colonizar dominios lejanos demostró ser un potente estímulo para la idea iluminista de la cultura y dotó la misión proselitista de una dimensión completamente nueva que abarcaba en potencia al mundo entero. En exacto reflejo de la idea de "ilustración del pueblo" se forjó el concepto de la "misión del hombre blanco", que consistía en "salvar al salvaje de su barbarie". Pronto estos conceptos serían dotados de un comentario teórico en la forma de una teoría evolucionista de la cultura, que elevaba el mundo "desarrollado" al estatus de incuestionable perfección, que tarde o temprano habría de ser imitada o deseada por el resto del planeta. En aras de esta meta era preciso ayudar activamente al resto del mundo, coaccionándolo en caso de que opusiera resistencia. La teoría evolucionista de la cultura adjudicaba a la sociedad "desarrollada" la función de convertir a todos los habitantes del planeta. Todas sus futuras empresas e iniciativas se reducían al papel que estaba destinada a desempeñar la elite instruida de la metrópoli colonial frente a su propio "populacho" metropolitano.
Bourdieu concibió su investigación, recabó los datos y los interpretó en el preciso momento en que estas iniciativas comenzaban a perder su ímpetu y su sentido de dirección, y en términos generales ya estaban exánimes, al menos en las metrópolis donde se tramaban las visiones del futuro esperado y postulado, aunque no tanto en las periferias del imperio, desde donde las fuerzas expedicionarias eran llamadas a volver mucho antes de que hubieran logrado elevar la vida de los nativos a los estándares adoptados en las metrópolis. En cuanto a estas últimas, la ya bicentenaria declaración de intenciones había logrado establecer en ellas una amplia red de instituciones ejecutivas, financiadas y administradas principalmente por el Estado, con suficiente vigor como para apoyarse en su propio ímpetu, su rutina arraigada y su inercia burocrática. Ya se había moldeado el producto deseado (un "populacho" transformado en un cuerpo cívico) y se había asegurado la posición de las clases educadoras en el nuevo orden, o al menos se había logrado que fueran aceptadas como tales. Lejos de aquella audaz y arriesgada tentativa, cruzada o misión de antaño, la cultura se asemejaba ahora a un mecanismo homeostático: una suerte de giroscopio que protegía al Estado nación de los vientos de cambio y de las contracorrientes, a la vez que lo ayudaba, a pesar de las tempestades y los caprichos del tiempo inestable, a "mantener el barco en su rumbo correcto" (o bien, como diría Talcott Parsons mediante su expresión por entonces en boga, permitir que el "sistema" "recobre su propio equilibrio").
En resumen, la "cultura" dejaba de ser un estimulante para transformarse en tranquilizante, dejaba de ser el arsenal de una revolución moderna para transformarse en un depósito de productos conservantes. La "cultura" pasó a ser el nombre de las funciones adjudicadas a estabilizadores, homeostatos o giróscopos. Cuando Bourdieu la captó, inmovilizó, registró y analizó a la manera de una instantánea en La distinción, la cultura se hallaba en pleno cumplimiento de estas funciones (que pronto se revelarían como efímeras). Bourdieu no logró sustraerse al destino del proverbial búho de Minerva, esa diosa de toda sabiduría: observaba un paisaje iluminado por el sol poniente, cuyos contornos habían adquirido una nitidez momentánea que pronto se fundiría en el inminente crepúsculo. Lo que captó en su análisis fue la cultura en su etapa homeostática: la cultura al servicio del statu quo, de la reproducción monótona de la sociedad y el mantenimiento del equilibrio del sistema, justo antes de la inevitable pérdida de su posición, que se aproximaba a paso redoblado.
Esa pérdida de posición fue el resultado de una serie de procesos que estaban transformando la modernidad, llevándola de su fase "sólida" a su fase "líquida". Uso aquí el término "modernidad líquida" para la forma actual de la condición moderna, que otros autores denominan "posmodernidad", "modernidad tardía", "segunda" o "híper" modernidad. Esta modernidad se vuelve "líquida" en el transcurso de una "modernización" obsesiva y compulsiva que se propulsa e intensifica a sí misma, como resultado de la cual, a la manera del líquido -de ahí la elección del término-, ninguna de las etapas consecutivas de la vida social puede mantener su forma durante un tiempo prolongado. La "disolución de todo lo sólido" ha sido la característica innata y definitoria de la forma moderna de vida desde el comienzo, pero hoy, a diferencia de ayer, las formas disueltas no han de ser remplazadas -ni son remplazadas- por otras sólidas a las que se juzgue "mejoradas", en el sentido de ser más sólidas y "permanentes" que las anteriores, y en consecuencia aún más resistentes a la disolución. En lugar de las formas en proceso de disolución, y por lo tanto no permanentes, vienen otras que no son menos -si es que no son más- susceptibles a la disolución y por ende igualmente desprovistas de permanencia.
Al menos en esa parte del planeta donde se formulan, se difunden, se leen con fruición y se debaten apasionadamente las apelaciones en favor de la cultura (a la que, recordemos, se había relevado antes de su rol de asistente de las naciones, los Estados y las jerarquías sociales en proceso de autodeterminación y autoconfirmación), ésta pierde rápidamente su función de sierva de una jerarquía social que se reproduce a sí misma. Las tareas hasta entonces encomendadas a la cultura fueron cayendo una por una, quedaron abandonadas o pasaron a ser cumplidas por otros medios y con diferentes herramientas. Liberada de las obligaciones que le habían impuesto sus creadores y operadores -obligaciones consecuentes con el rol primero misional y luego homeostático que cumplía en la sociedad-, la cultura puede ahora concentrarse en la satisfacción y la solución de necesidades y problemas individuales, en pugna con los desafíos y las tribulaciones de las vidas personales.
Puede decirse que la cultura de la modernidad líquida (y más en particular, aunque no de forma exclusiva, su esfera artística) se corresponde bien con la libertad individual de elección, y que su función consiste en asegurar que la elección sea y continúe siendo una necesidad y un deber ineludible de la vida, en tanto que la responsabilidad por la elección y sus consecuencias queda donde la ha situado la condición humana de la modernidad líquida: sobre los hombros del individuo, ahora designado gerente general y único ejecutor de su "política de vida".
No hablamos aquí de un cambio de paradigma ni de su modificación: resulta más apropiado hablar del comienzo de una era "posparadigmática" en la historia de la cultura (y no sólo de la cultura). Aunque el término "paradigma" aún no ha desaparecido del vocabulario cotidiano, se ha sumado a la familia de las "categorías zombis" (como diría Ulrich Beck), que crece a paso acelerado: categorías que deben ser usadas sous rature [en borrador] si, en ausencia de sustitutos adecuados, todavía no estamos en condiciones de renunciar a ellas (como preferiría decirlo Jacques Derrida). La modernidad líquida es una arena donde se libra una constante batalla a muerte contra todo tipo de paradigmas, y en efecto contra todos los dispositivos homeostáticos que sirven a la rutina y al conformismo, es decir que imponen la monotonía y mantienen la predictibilidad. Ello se aplica tanto al concepto paradigmático heredado de cultura como a la cultura en sentido amplio (es decir, la suma total de los productos artificiales o el "excedente de la naturaleza" hecho por el ser humano), que aquel concepto intentó captar, asimilar intelectualmente y volver inteligible.
Hoy la cultura no consiste en prohibiciones sino en ofertas, no consiste en normas sino en propuestas. Tal como señaló antes Bourdieu, la cultura hoy se ocupa de ofrecer tentaciones y establecer atracciones, con seducción y señuelos en lugar de reglamentos, con relaciones públicas en lugar de supervisión policial: produciendo, sembrando y plantando nuevos deseos y necesidades en lugar de imponer el deber. Si hay algo en relación con lo cual la cultura de hoy cumple la función de un homeostato, no es la conservación del estado presente sino la abrumadora demanda de cambio constante (aun cuando, a diferencia de la fase iluminista, se trata de un cambio sin dirección, o bien en una dirección que no se establece de antemano). Podría decirse que sirve no tanto a las estratificaciones y divisiones de la sociedad como al mercado de consumo orientado por la renovación de existencias.
La nuestra es una sociedad de consumo: en ella la cultura, al igual que el resto del mundo experimentado por los consumidores, se manifiesta como un depósito de bienes concebidos para el consumo, todos ellos en competencia por la atención insoportablemente fugaz y distraída de los potenciales clientes, empeñándose en captar esa atención más allá del pestañeo. Tal como señalamos al comienzo, la eliminación de las normas rígidas y excesivamente puntillosas, la aceptación de todos los gustos con imparcialidad y sin preferencia inequívoca, la "flexibilidad" de preferencias (el actual nombre políticamente correcto para el carácter irresoluto), así como las elecciones transitorias e inconsecuentes, constituyen la estrategia que se recomienda ahora como la más sensata y correcta. Hoy la insignia de pertenencia a una elite cultural es la máxima tolerancia y la mínima quisquillosidad. El esnobismo cultural consiste en negar ostentosamente el esnobismo. El principio del elitismo cultural es la cualidad omnívora: sentirse como en casa en todo entorno cultural, sin considerar ninguno como el propio, y mucho menos el único propio. Un crítico y reseñador de TV de la prensa intelectual británica elogió un programa del Año Nuevo 2007-2008 por su promesa de "brindar un conjunto de entretenimientos musicales para satisfacer el apetito de todos". "Lo bueno -explicó- es que su atractivo universal permite a uno entrar y salir del show según la preferencia." Es una cualidad digna de elogio y en sí admirable de la oferta cultural en una sociedad donde las redes reemplazan a las estructuras, en tanto que un juego ininterrumpido de conexión y desconexión de esas redes, así como la interminable secuencia de conexiones y desconexiones, reemplazan a la determinación, la fidelidad y la pertenencia.
Hay otro aspecto a destacar en las tendencias aquí descriptas: una de las consecuencias de que el arte se quite de encima la carga de cumplir una función de peso es también la distancia, a menudo irónica o cínica, que adoptan con respecto a él tanto sus creadores como sus receptores. Hoy el discurso sobre el arte rara vez adquiere el tono ceremonioso o reverencial tan común en el pasado. Ya no se llega a las manos. No se levantan barricadas. No hay destellos de puñales. Si se dice algo en relación con la superioridad de una forma de arte sobre otra, se lo expresa sin pasión y sin brío; por otra parte, las visiones condenatorias y la difamación son menos frecuentes que nunca. Tras este estado de las cosas se esconde una sensación de vergüenza, una falta de confianza en sí mismo, una suerte de desorientación: si los artistas ya no tienen a su cargo tareas grandiosas y trascendentes, si sus creaciones no sirven a otro propósito que brindar fama y fortuna a unos pocos elegidos, además de entretener y complacer personalmente a sus receptores, ¿cómo han de ser juzgados si no es por el bombo publicitario que acaso reciben en un momento dado? Tal como sintetizó diestramente Marshall McLuhan esta situación, "el arte es cualquier cosa que permita a uno salirse con la suya". O tal como Damien Hirst -actual niño mimado de las más elegantes galerías londinenses y de quienes pueden darse el lujo de ser sus clientes- admitió cándidamente al recibir el Premio Turner, prestigioso galardón británico de arte: "Es asombroso lo mucho que se puede hacer con un promedio escolar regular en artes, una imaginación retorcida y una sierra".
Las fuerzas que impulsan la transformación gradual del concepto de "cultura" en su encarnación moderna líquida son las mismas que contribuyen a liberar los mercados de sus limitaciones no económicas: principalmente sociales, políticas y étnicas. La economía de la modernidad líquida, orientada al consumo, se basa en el excedente y el rápido envejecimiento de sus ofertas, cuyos poderes de seducción se marchitan de forma prematura. Puesto que resulta imposible saber de antemano cuáles de los bienes ofrecidos lograrán tentar a los consumidores, y así despertar su deseo, sólo se puede separar la realidad de las ilusiones multiplicando los intentos y cometiendo errores costosos. El suministro perpetuo de ofertas siempre nuevas es imperativo para incrementar la renovación de las mercancías, acortando los intervalos entre la adquisición y el desecho a fin de reemplazarlas por bienes "nuevos y mejores". Y también es imperativo para evitar que los reiterados desencantos de bienes específicos lleven a desencantar por completo esa vida pintada con los colores del frenesí consumista sobre el lienzo de las redes comerciales.
La cultura se asemeja hoy a una sección más de la gigantesca tienda de departamentos en que se ha transformado el mundo, con productos que se ofrecen a personas que han sido convertidas en clientes. Tal como ocurre en las otras secciones de esta megatienda, los estantes rebosan de atracciones que cambian a diario, y los mostradores están festoneados con las últimas promociones, que se esfumarán de forma tan instantánea como las novedades envejecidas que publicitan. Los bienes exhibidos en los estantes, así como los anuncios de los mostradores, están calculados para despertar antojos irreprimibles, aunque momentáneos por naturaleza (tal como lo enunció George Steiner, "hechos para el máximo impacto y la obsolescencia instantánea"). Tanto los mercaderes de los bienes como los autores de los anuncios combinan el arte de la seducción con el irreprimible deseo que sienten los potenciales clientes de despertar la admiración de sus pares y disfrutar de una sensación de superioridad.
Para sintetizar, la cultura de la modernidad líquida ya no tiene un "populacho" que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir. En contraste con la ilustración y el ennoblecimiento, la seducción no es una tarea única, que se lleva a cabo de una vez y para siempre, sino una actividad que se prolonga de forma indefinida. La función de la cultura no consiste en satisfacer necesidades existentes sino en crear necesidades nuevas, mientras se mantienen aquellas que ya están afianzadas o permanentemente insatisfechas. El objetivo principal de la cultura es evitar el sentimiento de satisfacción en sus ex súbditos y pupilos, hoy transformados en clientes, y en particular contrarrestar su perfecta, completa y definitiva gratificación, que no dejaría espacio para nuevos antojos y necesidades que satisfacer.
Traducción: Lilia Mosconi
La cultura en el mundo de la modernidad líquida
Zygmunt Bauman
Fondo de Cultura Económica.
Fuente: La Nación

martes, 1 de octubre de 2013

El fantasma de la restricción externa:TEMAS DE DEBATE: LA CAIDA DEL SUPERAVIT COMERCIAL Y EL IMPACTO EN LA ECONOMIA



La Argentina afronta dos desafíos relacionados: evitar que se repita un estrangulamiento externo que pudiese restringir o revertir el crecimiento de la economía y desarrollar la competitividad de la mayoría de los sectores industriales.
Producción: Javier Lewkowicz

Fortalecer la industria

Por Martín Schorr *
La Argentina afronta dos desafíos relacionados: evitar que se repita un estrangulamiento externo que pudiese restringir o revertir el crecimiento de la economía y desarrollar la competitividad de la mayoría de los sectores industriales (sobre todo los no vinculados con el procesamiento de materias primas y ciertas ramas con promociones ad hoc). Ambas cuestiones aluden al crecimiento económico, la inserción del país en el mercado mundial y la problemática del desarrollo nacional. En la posconvertibilidad, la restricción externa fue desplazada por una inicial y abrupta caída de las importaciones y por una posterior y significativa expansión de las exportaciones favorecida, en gran medida, por un tipo de cambio “competitivo” (hasta 2007/08) y el alza en los precios internacionales de commodities. Pero ante lo acotado del proceso sustitutivo por los sesgos de la intervención estatal en la materia, la reaparición del déficit comercial en el intercambio de manufacturas, así como el achicamiento del superávit en cuenta corriente en los últimos años, son señales de alerta ante la posible reaparición del viejo problema endémico. En el problemático año 2012, el déficit comercial industrial orilló los 4000 millones de dólares y el excedente de cuenta corriente fue de apenas 100 millones.
Hasta ahora, el Gobierno buscó evitar un cuello de botella en el sector externo con un enfoque macroeconómico restringido al equilibrio del balance de pagos y sin mayores preocupaciones por cuestiones estructurales asociadas a un desarrollo de mediano y largo plazo. En esa línea se inscriben los diversos controles a las importaciones, las restricciones cambiarias y los acuerdos con varias grandes empresas para compensar los intercambios comerciales y con diversas transnacionales para morigerar el considerable drenaje de divisas por la remisión de utilidades.
Si bien estas medidas permiten aliviar la situación externa en lo inmediato, enfocar la cuestión sólo desde el punto de vista de la oferta y demanda de divisas puede conducir a desaprovechar una oportunidad estratégica para fomentar la producción, sustitución y/o exportación en actividades de alto valor agregado que tengan efectos positivos en la generación de empleo e ingresos y permitan una superación de las restricciones al crecimiento y al desarrollo de manera sustentable. De allí la necesidad de articular la política macroeconómica con una activa política industrial (hoy ausente).
En la economía argentina se suele manifestar una correlación inversa entre el valor agregado generado localmente y el nivel de complejidad tecnológica: usualmente se da una relación negativa entre los encadenamientos productivos que genera la fabricación de un bien “hacia atrás” y el contenido tecnológico incorporado en el producto. Como sucede en el régimen fueguino y en el automotor, las ramas que producen (ensamblan) los bienes tecnológicamente más sofisticados suelen ser las menos integradas localmente (en 2012 el 30 por ciento de las importaciones industriales fue realizado por esos dos sectores). Por el contrario, es en la producción de bienes de bajo contenido tecnológico donde se suelen verificar mayores encadenamientos productivos.
Es importante tener en cuenta este problema, ya que no basta con adoptar un enfoque que busque sustituir y/o exportar bienes con alto contenido tecnológico a cualquier costo, pues puede darse el caso que se fomente la producción local de bienes finales cuyo impacto en términos de valor agregado y empleo sea mucho menor que el de aquellos con un menor contenido tecnológico. Esto no supone que la política industrial deba limitarse a profundizar las ventajas comparativas estáticas que posee el país, sino que es central que la producción de bienes finales de mayor contenido tecnológico vaya acompañada de políticas que apunten, en una segunda etapa, a producir localmente los componentes más importantes de los mismos y, en una tercera fase, a producir algunas de las maquinarias usadas para la fabricación de dichos productos.
El cumplimiento de estas tres fases sería un gran avance en términos de densidad industrial y generación de valor agregado, pero para lograr un desarrollo pleno aún restaría que la producción de los bienes finales y de maquinarias sea crecientemente el resultado de investigaciones y desarrollos locales y no la mera importación de paquetes tecnológicos cerrados.
En la compleja coyuntura actual, todo ello parece una tarea “quijotesca”. Pero sería importante no perder de vista que en muchos rubros fabriles existe una masa crítica para nada despreciable. El conocimiento exhaustivo de la realidad de esos sectores constituye una condición sine qua non para avanzar en el diseño de esquemas específicos de fomento. Estos deberían ser del tipo “llave en mano” en función de las características de las industrias a promover, los diferentes segmentos que las conforman, los distintos actores intervinientes y las perspectivas del escenario regional e internacional en diversas dimensiones (pautas de la demanda, tecno-productivas, comerciales, etcétera).
* Coord. de Argentina en la posconvertibilidad: ¿desarrollo o crecimiento industrial?, Miño y Dávila, 2013.

Aprovechar el potencial

Por Carolina Pontelli *
Pensar en crecimiento industrial remite generalmente a una mayor producción de autos, acero, tornillos y líneas de montaje. Pero la industria, y por tanto su dinámica, no puede ser pensada como un sector en sí mismo, sino como parte de una red que necesita de otros sectores para expandirse. Así como un puente o un canal de riego no significa mayor desarrollo, tampoco la industria mirada de forma aislada. El debate en torno de ésta pareciera ser entonces un árbol en el gran bosque denominado desarrollo.
La evolución de la industria nacional y su relevancia económica han sido un tema recurrente en los últimos años. Sustentado en gran medida en la escuela cepalina, se considera que la expansión de la industria local puede resolver limitantes estructurales al desarrollo de economías como la nuestra. Pero el desarrollo industrial carece de relevancia si no es pensado como un instrumento generador y catalizador de mayor riqueza, empleo, innovación y complejidad dentro de la matriz productiva.
La industria y el sector agropecuario fueron considerados tradicionalmente casi antagónicos. La expansión de uno se encontraba en detrimento del otro, ignorando el rol del agro en muchas actividades industriales. Independiente de consideraciones, aprovechando evidentes ventajas comparativas, una parte de la industria local desarrolló actividades conexas y complementarias, que lograron posicionarla no sólo en el mercado local, sino que expandió sus fronteras, ganando lugar a nivel internacional. Ejemplos de esto son la fabricación de maquinaria agrícola local, la industria agroquímica y la producción de alimentos y bebidas, entre otras. La última década, y el proceso de crecimiento de la economía, es un ejemplo reciente de la sinergia que existe en estos sectores.
Aun así, luego de años de expansión, nuestra economía, y en particular el sector industrial, enfrentan un escenario más hostil. Crecientes costos, insuficiencia energética, escaso (o caro) financiamiento y un crecimiento de la demanda ralentizado, plantean interrogantes sobre el futuro y la sostenibilidad del proceso de crecimiento.
El horizonte parece aún más incierto cuando se analizan ciertos números. El 93 por ciento del área cosechada y el 94 por ciento de la producción agrícola a nivel nacional se concentran en seis productos, donde la soja representa más de la mitad. Sumado a esto, el 76 por ciento del valor agregado de las cadenas agroalimentarias se genera en la Pampa Húmeda. Por otro lado, el agro representa el 55 por ciento de las exportaciones. El 60 por ciento de esa oferta exportable se concentra en cinco productos, tres de los cuales pertenecen sólo a la cadena de la soja. A modo de comparación, en países como Nueva Zelanda y Chile, los cinco principales productos exportados concentran respectivamente el 35 y 30 por ciento de la oferta exportable, y pertenecen a cuatro cadenas agroalimentarias diferentes.
Esta incapacidad de la economía para buscar alternativas productivas que diversifiquen la producción tiene su correlato industrial. El desarrollo de tecnología y maquinaria para producciones que no estén dentro de las actividades tradicionales se asemeja a una prueba piloto y no a la diversificación y consolidación de un sector.
El fin de un ciclo presenta la oportunidad para generar mayor diversificación, avanzando sobre una mayor complejidad y valor agregado. Frente a la creciente demanda mundial de alimentos y bioenergía, la oportunidad de inserción externa como proveedor global, así como oferente de tecnología vinculada a la producción, es evidente. Hay innumerables oportunidades para producir más y mejor, a partir de modelos locales.
La industria local vinculada al agro posee la capacidad de generar tecnología de producción eficiente e innovadora, considerando distintos modelos e integrando a la pequeña y mediana escala. Asimismo, cuenta con capacidades para adaptar paquetes tecnológicos a la realidad productiva doméstica. Existe un segmento industrial que puede dar mucho más, pero requiere de un impulso extra. En este sentido, el sector agrícola tiene potencial para generar mayor diversificación productiva, con productos estratégicos a nivel global, que generen mayores encadenamientos locales.
Este segmento industrial tiene que ser promovido a partir del fortalecimiento de la red productiva, donde todos los actores encuentren los beneficios de la asociación, sin perder por ello su interés privado. El desarrollo de la agroindustria como oportunidad es clave. No significa que sea lo único pero, claramente, hay un potencial del mundo industrial que estamos dejando de lado.
* Economista especializada en agronegocios. Docente FCE-UBA, consultora Prosap.
Fuente: Pàgina/12

domingo, 29 de septiembre de 2013

Desarrollo humano



 
Por Alfredo Zaiat

El debate económico sobre indicadores estadísticos de precios, los números del Presupuesto o la magnitud del crecimiento económico han ingresado en el terreno gaseoso de la categoría “mentira” o “verdad”. Transitar por esa línea orienta a un análisis con cierta tendencia a lo rústico. En ese fango, el emisor de la sentencia recibirá aprobación de acuerdo a la idea preconcebida o a la preferencia política de apoyo o rechazo al gobierno nacional del interlocutor ocasional. Esta dinámica de la evaluación de variables económicas pasó a formar parte de la disputa política electoral y de la construcción del sentido común para la interpretación sobre lo acontecido durante el kirchnerismo.
Este desvío se originó en la deficiente intervención oficial para instrumentar una necesaria reforma en la organización del Instituto Nacional de Estadística y Censos, como también una imprescindible actualización de índices claves, entre los que sobresalen precios al consumidor, línea de pobreza o distribución funcional del ingreso. La notable carencia informativa del Indec en la tarea de divulgación sobre los cambios realizados en un territorio hostil ha derivado en que especialistas en estrujar datos para presentar escenarios de zozobra, con el objetivo de domesticar a la población para que acepte el ajuste con pérdidas de derechos laborales y sociales, alcancen legitimidad en la exposición de sus propios números, también conocidos como “dibujos” en la jerga que utilizan para hablar de estadísticas oficiales.
Así, el FMI, cuyas proyecciones macroeconómicas, estudios técnicos sobre impacto de medidas de ajuste fiscal y los resultados por recetas impuestas a países vulnerables fueron y son un fiasco, se ha convertido en juez sobre la calidad de las estadísticas oficiales. Lo mismo que las calificadores de riesgo internacional (Standard & Poor’s, Moo-dy’s y Fitch) con varios antecedentes recientes de fraude con sus notas a países y compañías. Ese lugar de privilegio también pasó a ser ocupado por los hombres de negocios dedicados a la comercialización de información económica. Paladines indiscutidos en el libre juego de la búsqueda de profecías autocumplidas y en la elaboración de pronósticos fallidos. Ellos encontraron refugio al desprestigio provocado por sus desaciertos en la muletilla “el dibujo del Indec”. Las cifras que difunden cada mes sobre el recorrido de los precios, sin precisar metodología ni alcance de la muestra ni lugares de captura de datos, han logrado aceptación social con el indisimulado apoyo de grandes medios y grupos de oposición pese a la fragilidad técnica de esos indicadores.
Conociendo antecedentes lejanos y recientes de esos protagonistas, se requiere de una férrea voluntad militante para dar crédito a las cifras que ofrecen. Es legítima las dudas sobre el Indec, pero avalar la de esas usinas es un acto de fe mística.
En ese escenario resbaladizo de las estadísticas se está desarrollando una disputa política acerca de los resultados económicos y sociales del ciclo kirchnerista, con el objetivo de proyectarse sobre la lectura histórica de este período político. La línea argumental por derecha e izquierda es explícita: no bajó la pobreza ni la indigencia, no hubo tanto crecimiento económico, las jubilaciones no avanzaron, las condiciones sociales y laborales no mejoraron, no ha habido industrialización y tampoco desendeudamiento. El destino de esta interpretación se dirimirá, por un lado, en el espacio político, y por otro, en el devenir histórico. Mientras, para aquellos que tienen la ambición de comprender más que de pontificar, existe abundante información local e internacional, diversas investigaciones cuantitativas y cualitativas privadas y públicas, nacionales y del exterior, para abordar esas cuestiones eludiendo ordinarias evaluaciones.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha publicado la investigación “Argentina en un mundo incierto: asegurar el desarrollo humano en el siglo XXI” como parte del informe nacional sobre desarrollo humano 2013 de la ONU. Martín Santiago Herrera, representante residente del PNUD, explica en el prólogo que ese documento “es el resultado de un proceso de reflexión, discusión e investigación” y “brinda un panorama de la evolución del desarrollo humano en Argentina, de las tendencias globales que condicionarán su futuro, y de las opciones estratégicas para aprovechar sus oportunidades y mitigar sus riesgos e incertidumbre”.
El informe destaca que, entre 2003 y 2011, “se produjo una suave convergencia hacia niveles más altos de desarrollo humano y una disminución de su desigualdad, motorizada principalmente por mejoras en el nivel y la distribución del ingreso”. Esta conclusión no inhibió para advertir que “estos logros invitan a redoblar esfuerzos para que el país alcance un desarrollo humano congruente con su potencial de recursos, y un grado de igualdad acorde con su historia social, objetivos aún distantes”.
El análisis económico convencional considera que el crecimiento del ingreso per cápita es el objetivo principal de los gobiernos y que es una medición del desarrollo de los países. El PNUD, basado en el enfoque propuesto por el premio Nobel de Economía Amartya Sen, adoptó la idea que el bienestar de las personas es más que su nivel de ingresos, incluyendo como parte del desarrollo humano otros aspectos: tener una buena nutrición (alimentos) y servicios médicos (salud) que permitan gozar de una vida larga y saludable; una mejor educación que posibilite más conocimientos; buenas condiciones de trabajo y tiempo de descanso gratificante; protección contra la violencia; y un sentimiento de participación en la comunidad de pertenencia. “Todas esas dimensiones hacen al desarrollo humano”, explica el documento, para presentar un indicador que trata de reflejarlo: el Indice de Desarrollo Humano (IDH). Este considera tres dimensiones básicas: salud, educación e ingresos.
“La trayectoria del desarrollo humano en Argentina fue ascendente en las últimas tres décadas a pesar de los avatares económicos, sociales y políticos que experimentó el país”, destaca el informe, para precisar que el desempeño se mantuvo siempre por encima del promedio mundial y el de América latina y el Caribe, y por debajo del promedio de la OCDE. La brecha con los países más desarrollados fue disminuyendo, “especialmente luego de 2003”.
El anexo estadístico detalla la evolución del IDH y de sus tres componentes (la escala 1 es el máximo desarrollo humano, y 0 el peor):
1996: 0,785
2001: 0,798
2011: 0,848
El documento del PNUD avanza sobre el concepto del IDH puesto que considera que ese análisis “nada dice sobre la igualdad en la distribución del ingreso”. Entonces, para tener una aproximación cuantitativa del impacto de la desigualdad en el desarrollo humano, elaboraron el Indice de Desarrollo Humano ajustado por Desigualdad (IDHD). Este permite calcular la pérdida en desarrollo humano debida a la distribución desigual entre las tres dimensiones (salud, educación e ingreso) y dentro de cada una de ellas. En ese análisis que profundiza la dimensión de las transformaciones económicas y sociales en estos años se observa una mejora sustancial en la primera década del nuevo siglo: el retroceso en el desarrollo humano debido a la desigualdad de ingresos era de 4,9 por ciento en 2001, baja a 4,3 por ciento en 2006 y al 3,4 por ciento en 2011. Esto significa que las mejoras en el reparto de la riqueza en este período han logrado avances en el bienestar de la población en salud, educación e ingresos (en el desarrollo humano).
“Argentina se caracterizó durante gran parte del siglo XX por ser la sociedad más igualitaria de América latina, con sistemas de salud y educación y niveles de ingresos y seguridad social que facilitaban la movilidad social ascendente”, recuerda el informe del PNUD. Señala que eso comenzó a revertirse en el último cuarto del siglo XX, “especialmente como efecto de una sucesión de experimentos macroeconómicos de consecuencias catastróficas”. Para concluir que aún se está lejos de recuperar aquellos niveles de igualdad y aquella movilidad social, pero “esto podría cambiar si la tendencia de la última década se mantiene y profundiza”.
Fuente: Página/2

jueves, 26 de septiembre de 2013

Cambio de hábito:COMO SE VAN MODIFICANDO LAS COSTUMBRES DE LOS USUARIOS EN INTERNET





Donde las industrias culturales veían una amenaza en la web, ahora encuentran una oportunidad de negocios: ya hay sitios que cobran por lo que antes ofrecían gratis. Lo masivo y los nuevos públicos. Los casos emblemáticos de Cuevana y Taringa!

Por Soledad Vallejos
De la pantalla con barras verticales de colores (y el pitido agudo) se acuerdan pocos, y cada vez van a acordarse menos. Escaparle a la señal de ajuste de un canal (a cualquiera, cuando la tiene) hoy es tan fácil que pocos televidentes deben conocer la sensación de encender el televisor y no encontrar nada. Como mucho, se puede no encontrar un programa para ver en medio del mar de propuestas. Pero vacía, lo que se dice una pantalla vacía, al menos en centros urbanos con acceso a Internet, es casi una misión imposible. Ahí estamos y a eso vamos, todavía un poco más: a la oferta permanente, inagotable, en cualquier horario. Pero no con el régimen de las señales de cable donde las que priman son las voluntades de desconocidos a cargo de la programación. Ahora, y en el futuro que es ya, la decisión es del que ve, pero de cabo a rabo: ¿qué serie elige para darle play?, ¿verá todos los capítulos de una temporada de corrido?, ¿podría incluso ir un poco más allá? Sí, claro: de a poquito, con ese disimulo de las cosas que cambian apenitas –pero cambian– todos los días, esas posibilidades acumuladas terminan por modificar costumbres cotidianas con la eficacia de la gota horarando la piedra. Y la verdad sea dicha: es culpa de Internet.

Costumbres argentinas (nuevas)

Hubo un tiempo en que era un secreto compartido. Primero, por desarrolladores de software y alrededores. Después, por sus allegados. Finalmente, por internautas y avezados; de ahí, al más allá, al público amplio de Internet, al menos local. Un poco así había circulado Cuevana, el sitio web donde alcanzaba con elegir una película o una serie y darle click para verla con subtítulos y todo. A veces podía resultar un poco más complicado porque el video se trababa, o el subtítulo no andaba o había demasiados usuarios conectados y el sitio se volvía lento. Tenía sus inconvenientes pero era gratuito y podía usarlo cualquiera. Sin embargo, cuanto más popular se volvía este modo de acceder a contenidos audiovisuales, la industria reaccionó: en 2011, demandas judiciales de canales de televisión y productoras poderosas complicaron su funcionamiento. Poco después, cayó una denuncia penal contra Taringa!, una web cuyos usuarios compartían links y contenidos sin fijarse demasiado en los detalles de la ley de propiedad intelectual. La incidencia judicial también tuvo impacto directo sobre esa web, y más particularmente sobre la efervescencia que desde el principio la había hecho crecer de forma descontrolada, exponencial y con interacciones imprevisibles entre los usuarios (ninguna pregunta sin respuesta, ningún pedido sin satisfacción y así).
Pasó el tiempo. En términos de Internet, dos años es un siglo. Hoy, aunque la empresa que aglutina más usuarios tiene por política no dar números, se sospecha que no es pequeño el número de suscriptores a un servicio que ofrece algo muy parecido a lo de Cuevana pero pago. Vale decir, alcanzaron dos años, o un poco menos, para modificar una costumbre que parecía intocable en el público argentino: pasar del acceso completamente gratuito a uno pago.
Matías Botbol, propietario de Taringa! junto con su hermano Hernán, dice que el cambio es y no es sorprendente a la vez. Por un lado, dice que no podría explicarse sin algo tan naturalizado que cuesta reconocer: la integración absoluta de Internet en la vida cotidiana. “Ahora Internet es como la luz”, dice Botbol. “Los usos de Internet ahora son diferentes. Hay más gente conectada, podés acceder desde el teléfono, hacer trámites, consultar cosas. Hay muchos más usos que antes. Y mucha gente lo está usando en la vida cotidiana. No es algo ajeno o por un rato y nada más. Internet está presente y es natural”, agrega.
Para Botbol, la penetración de Internet incorporó públicos, más que especializarlos: no es necesario saber de programación o tener conocimientos avanzados de computación para operar con el Banco en una web, hacer alguna compra online o participar de las redes sociales. Esa sencillez creciente del funcionamiento incorpora públicos más cercanos a lo masivo. Eso y los conflictos legales entre las industrias tradicionales de contenidos (discográficas, editoriales, productoras cinematográficas) y lo que Botbol llama “industria de Internet”, terminan por generar los cambios de ofertas y con ellos, de costumbres.
“Durante un tiempo, la industria de las películas, de la música, de los libros, vieron a Internet como una amenaza. Y reaccionaban contra eso, tratando de que nada tocara el viejo modelo de negocios. Pero con el tiempo empezó a quedar claro que hay nuevas necesidades de los usuarios: porque hay dispositivos, Internet accesible y otro contexto, el usuario quiere acceder a lo digital”, dice Botbol. Como sea, la clave es un cambio de actitud: “donde se veía una amenaza, ahora se ve una oportunidad”. Y entonces nace la idea de servicio en Internet, que no excluye a nadie y no es privativo, porque, cree Botbol, “el que descargaba de Torrent o Pirate Bay lo sigue haciendo si quiere, pero gente que no se daba maña o algo por el estilo puede acceder a cosas que antes no buscaba”. Antes, insiste, “no tenías otra opción”. El especialista es lapidario: importa menos la costumbre de acceder a lo gratuito que la posibilidad de esforzarse un poco menos y tener satisfacción inmediata a las ganas irreprimibles de ver ya, de un saque, la temporada de seis capítulos de una serie. “Cuando la industria lo ofrece, el usuario lo usa”, dice Botbol. Ahí es donde se encuentran los nuevos mercados y el cambio de costumbres.

El fin de la hora exacta

Cuevana dejó una suerte de legado. Por un lado, el propio Tomás Escobar, cerebro detrás de esa plataforma, dice que haberla ideado y hecho funcionar fue el mejor curriculm vitae posible. Ahora, convertido en emprendedor respetado y reconocido, pasa las horas dedicado a un nuevo emprendimiento (Acamica, una suerte de casa de estudios especializados en computación virtual y muy vinculado a la industria de Internet) que resultó elegido por Telefónica para participar de Wayra, la incubadora de proyectos web (ver aparte). Cuevana le significó cierto mal trago, pero “forma parte de lo que hice y hago, aunque no estoy limitado por eso”, explica. Por el contrario, fue la mejor manera de abrirse la puerta: “Recién tuve validez cuando los usuarios de Cuevana me reconocieron; reconocieron que el sitio era importante, trascendente. De repente, toda la escena de emprendedores y demás me reconoció”, dice. Eso todavía dura.
Desde el otro lado del teléfono, entre aviones y eventos corporativos, Kari Pérez, senior manager en Comunicación Corporativa de Netflix, el sitio más popular de oferta online de series y películas a cambio de un abono mensual, cree que Cuevana educó al usuario. “Sitios como Cuevana ayudaron al proceso de adopción de Internet como un medio para consumo de productos audiovisuales”, dice Pérez, que es vocera en español y para la región de una firma nacida en Estados Unidos y con alcance global. Las características de la empresa le dan una gran ventaja: poder apreciar la dinámica con que estas costumbres cotidianas, y más bien del ámbito privado, se van transformando. El consumo online, sin necesidad de depender de horarios y sin la restricción de, por ejemplo, un capítulo semanal, es algo global, dice. “Es tendencia en Argentina pero también en el resto del mundo. Y es natural, porque la gente quiere tener disponible su programa en el momento que tiene ganas de verlo. Nosotras que trabajamos, llegamos a la casa y no queremos estar dándole con el control remoto a los 200, 400 canales de siempre para terminar diciendo que no hay nada. Ante esa realidad, se fue creando una necesidad de poner a disposición del consumidor un contenido que valoren”, reflexiona.
En algún sentido, en sitios como Netflix el secreto perece a manos de la oferta misma. Por ejemplo: las series que se eligieron para ver, la frecuencia con que se entra en el sitio, las películas que se indicaron como de interés y datos de género y edad, suman para que la plataforma trace un perfil del usuario. “El sistema nos arroja patrones de consumo, y con eso sabemos qué capítulos gustan más a qué audiencias. Ahora estamos enfocados en estudiar las tendencias de contenido en Latinoamérica, tenemos un equipo dedicándose a eso.”
–¿Por qué necesitan elaborar esos perfiles para el funcionamiento de la empresa?
–Porque en base a eso tomamos decisiones de compra. Ahora tenemos tres veces más contenido que cuando lanzamos la web en la región, hace un par de años.
Hace sólo unos días, trascendió que para orientar esas decisiones de compra, Netflix hace, también, algo muy particular: observa qué contenidos circulan más por sitios de descargas no necesariamente legales. Kerry Merryman, vicepresidente de la división de compra de contenidos, dijo, literalmente: “en la compra de series, nos fijamos en lo que va bien en los sitios de piratería”. Ese estudio de mercado es el que después puede abrir las puertas a un público más amplio en la web, con lo cual la desventaja de la reproducción no paga termina, en el mediano plazo, convirtiéndose en una suerte de muestra gratis. La industria, más que morderse la cola, aprendió a volver virtuoso ese espacio que se le antojaba demoníaco.

Fuente: Página/12

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El “bebe” Cooke y la lucha por la liberación nacional. Apuntes sobre la lucha revolucionaria en el peronismo.








19-9-2013
Por Juan Godoy*

            Hoy, 19 de septiembre se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de uno de los más importantes militantes del peronismo revolucionario (en 1968), a saber: John William Cooke. Solo tenía 47 años. El 16 de septiembre, pero 13 años antes (en 1955) se produce el golpe de estado que deja inconclusa la Revolución Peronista. Dos meses antes, en junio, los aviones con la consigna “Cristo Vence” descargaban el odio oligárquico sobre el pueblo argentino. Ese día, John William Cooke; que había sido joven diputado (contaba 26 años) del bloque peronista en el primer periodo presidencial de Perón, desde donde había defendido la política nacional desarrollada por Perón, como las diferentes nacionalizaciones, la Reforma Constitucional del ’49 (criticando la liberal del ’53), la expropiación del diario “La Prensa”, y demás conquistas económicas, sociales, políticas y culturales, sin dejar de criticar los proyectos que pensaba no iban en esa línea como con las Actas de Chapultepec (expresión del panamericanismo), o más tarde (sin ser diputado) los acuerdos petroleros con la California; se parapeta detrás de un monumento y descarga varios cargadores sobre la canalla oligárquica[1]. Salvador Ferla afirma que el 17 de octubre de 1945, se relaciona con el golpe del ’55, y los fusilamientos de junio del ‘56, “esa misma noche del 17 se la tiene jurada al pueblo. Esa misma noche la oligarquía empezará a soñar con la hora de la impunidad para la venganza”[2].
            Cooke, cuyo padre (de filiación radical) había sido Ministro de Relaciones exteriores entre 1945 y 1946, una vez producido el golpe, será el primero en establecer contacto con Perón, y en colocarse en la “trinchera” para dar comienzo a la Resistencia Peronista. La osadía le costará la cárcel, la tortura, simulacros de fusilamiento toda una noche por parte de los “comandos civiles” luego del levantamiento de Valle y Tanco, el frío duro del tétrico penal de Ushuaia (reabierto por “los democráticos libertadores”), el exilio (luego de una espectacular fuga del Penal de Río Gallegos hacia Chile), y como contrapartida ser designado delegado, y heredero del General Perón. Cooke se interesó largamente por la formación de cuadros, así dejó varios escritos, cartas, artículos en periódicos, etc. Nos interesa resaltar aquí, algunas consideraciones de “El Bebe” acerca de la cuestión nacional y de la lucha revolucionaria en nuestro país.
            En 1959, dicta una conferencia en una Congreso en donde aborda la cuestión de la liberación nacional (la misma es editada bajo el nombre “la lucha por la liberación nacional”[3]). Sostiene allí que las rebeldías individuales de la resistencia deben canalizarse en una coordinación que permita encauzarlas hacia un proceso de liberación nacional. Este proceso de liberación solo puede darse dentro del peronismo (aunque no es exclusivamente éste el que lo tiene que llevar a cabo). Es necesaria una gran movilización y organización profunda de las masas populares. Afirma Cooke aquí algo que es central para nosotros, el planteo para la lucha debe partir del conocimiento de nuestra realidad como una semi-colonia, que a su vez es parte de un Continente (latinoamericano) que también es semi-colonial. El enfrentamiento principal entonces no es democracia vs. autoritarismo, o bien izquierda vs. derecha, sino más bien el dilema es Nación-Pueblo vs. la unidad oligárquico-imperialista.
            A partir de este reconocimiento de nuestra condición semi-colonial, donde somos independiente y plenamente soberanos “en los papeles”, pero que la situación real dista de ser de plena soberanía por la dependencia e injerencia del imperialismo en el país, es que Cooke sostiene que la lucha por la liberación nacional en la Argentina, debe ser anti-imperialista. Nos dice que hubo una generación (la del 900) donde está Manuel Ugarte que se basó en un anti-imperialismo romántico, y luego se pasó a un anti-imperialismo parcial, inorgánico, y sentimental de Yrigoyen (un nacionalismo defensivo que no propugnaba la industrialización), para que más tarde, con el peronismo se pasara por primera vez a un anti-imperialismo práctico, formado por un coherente apoyo de las masas trabajadoras. Establece Cooke en el “Informe a las bases”: “la verdad es que esa antinomia “peronismo-antiperonismo” es la forma concreta en que se da la lucha de clases en este periodo de nuestro devenir”[4]
De esta forma, la cuestión social y la cuestión nacional aparecen indisolublemente unidas. Una no se puede resolver sin la otra. Afirma Cooke, unos meses más tarde de haber defendido la revolución cubana, con las armas en la mano, de la invasión yanqui: “la liberación nacional y la revolución social son un todo indivisible, porque la lucha emancipatoria es tarea de las masas e importa liquidar las instituciones de privilegio para sustituirlas por las de una sociedad sin verdugos ni sacrificados”[5].
            De ahí también que Cooke nos hable de la necesidad de integrar la teoría con la práctica. Estos polos están intrínsecamente unidos en la lucha revolucionaria. Disociados sería un exceso, ya sea de teoría o de práctica. Dice Cooke, luego del retorno fallido del General Perón bajo el gobierno fraudulento de Illia, “la teoría es necesaria (…) los burócratas creen que la política es puro pragmatismo, y como ellos son los empíricos por excelencia, también se creen los más altos políticos; la teoría es extraña o exótica, como dicen repitiendo las consignas oligárquicas. No ven que la acción y la práctica no son categorías independientes sino partes indivisibles de la lucha revolucionaria. No ven que la acción es conocimiento revolucionario que se sustenta a sí mismo, separado de la acción. La lucha revolucionaria es acción enriquecida por el conocimiento; compenetración de la realidad”[6]. La indigencia teórica, piensa Cooke, trae errores estratégicos.
            El “bebe” arremete contra la burocracia, contra los aduladores y aplaudidores. Ortega Peña y Duhalde argumentan al respecto que no es la burocracia para Cooke un conjunto de hombres más o menos ineficaces, es más bien en lo interno del movimiento una conducción sin política de fines, una conducción sin una política de poder[7]. La burocracia es la negación de lo revolucionario, es la incapacidad de comprender concebir o ejecutar una política revolucionaria, “no puede imaginar lo que es una política revolucionaria porque se maneja con los mismos valores y conceptos que la minoría contra la cual tiene que hacer la revolución”.[8] Profundiza la cuestión Cooke al no considerar burócrata meramente a un sujeto que ocupe un cargo ya sea político o sindical, e incluso se aleja de tesis puritanas que están en contra de utilizar las ventajas que puede otorgarle esos estatus, tampoco es la deshonestidad lo que condena (el burócrata puede o no ser deshonesto), así “lo burocrático es un estilo en el ejercicio de las funciones o la influencia. Presupone, por lo pronto, actuar con los mismos valores que el adversario, es decir, con una visión reformista, superficial, antitética a la revolucionaria”[9].
            Algunos querrán a partir de estas críticas, y de otros escritos y acciones de Cooke ver a un personaje que propone la violencia armada como único método de lucha, pero bien anota Aritz Recalde a partir del análisis de las Correspondencia Perón-Cooke que “a Cooke muchas corrientes del pensamiento lo caratulan como intelectual izquierdista e inspirador de la militarización constante de la lucha política argentina (…) Por el contrario, creemos que Cooke era consciente de la necesidad de articular la lucha política y cultural de masas con la acción militar, para no caer en belicismos y en distanciamientos del pueblo”.[10]
            Cooke rechaza una invitación que le hicieran Eduardo Luis Duhalde, Rodolfo Ortega Peña, Hernández Arregui y Ricardo Carpani, entre otros a formar parte de el grupo CONDOR, que en sus bases se proclamaba marxista. El “bebe” declina la invitación considerando que la pública adhesión al marxismo hará que no tengan injerencia en las masas (quizás sí, como otros grupos, en el ámbito universitario). No obstante, su biógrafo, Norberto Galasso sostiene que la concepción de Cooke “está centrada, pues, en la construcción de un partido clasista –“peronismo obrero”, “peronismo revolucionario” o como quiera llamárselo- para erigirlo en conducción de un frente único anti-imperialista cuya lucha por la Liberación nacional apuntará hacia el socialismo”[11].
Para finalizar, sostenemos que “el bebe” Cooke apunta a la construcción de herramientas teórico-prácticas para la lucha por la liberación nacional, y lo hace desde y para los países semi-coloniales, oprimidos por el imperialismo. No buscará teorías exóticas, ni caminos extraños a la capacidad creativa de las masas argentinas (que afirma: son peronistas). No se perderá en “modas intelectuales”, busca transformar la realidad. Apunta a la conformación de una posición nacional que, en sus palabras, “es aquella capaz de plantear originalmente la revolución sin trasladar mecánicamente conclusiones que fueron válidas en otro cuadro histórico social; a nadie se le ocurre que tenga que ser una construcción hecha con elementos conceptuales surgidos como productos nativos. Lo que hace que una ideología sea foránea, extraña o exótica, antinacional, no es su origen sino su correspondencia con la realidad nacional y sus necesidades”[12].

           
           



*Sociólogo, Universidad de Buenos Aires (UBA)


[1] Galasso, Norberto. (2004). Cooke. De Perón al Che. Una biografía política. Buenos Aires: Nuevos Tiempos.
[2] Ferla, Salvador. (2007). Mártires y verdugos. La insurrección de valle y los 27 fusilamientos. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente), página 23.
[3] Cooke, John William. (1959). La lucha por la liberación nacional. Reproducido en Cooke, John William. (2009a). Duhalde, E. L. (Comp.). Obras Completas. Peronismo y revolución. Apuntes para la militancia. La lucha por la liberación nacional/Informe a las bases. Tomo V. Buenos Aires: Colihue.
[4] Cooke, John William. Peronismo y revolución. El peronismo y el golpe de estado. Informe a las bases. Reproducido en ibídem, página 81.
[5] Cooke, John William. (1961). La campaña oligárquico-imperialista en la actualidad. La Habana, agosto de 1961. Reproducido en Cooke, John William. (2009b). Duhalde, E. L. (Comp.). Obras Completas. Artículos periodísticos, reportajes, cartas y documentos. Tomo III. Buenos Aires: Colihue, página 72.
[6] Cooke, John William. El retorno de Perón. Reproducido en Cooke, John William. (2009a). Duhalde, E. L. (Comp.). Op. Cit., página 197.
[7] Ortega Peña, Rodolfo y Duhalde, Eduardo Luis. Prólogo a la edición de 1973 (ed. Schapire) de Apuntes para la militancia. Reproducido en ibídem.
[8] Cooke, John William. Apuntes para la militancia. En Ibídem, página 259.
[9] Cooke, John William. Peronismo y revolución. El peronismo y el golpe de estado. Informe a las bases. Reproducido en ibídem, página 23.
[10] Recalde, Aritz. (2009). El pensamiento de John William Cooke en las cartas a Perón. 1956-1966. Buenos Aires: Nuevos Tiempos, página 109.
[11] Galasso, Norberto. (2004). Op. Cit., página 249.
[12] Cooke, John William. Peronismo y revolución. El peronismo y el golpe de estado. Informe a las bases. Reproducido en ibídem, página 155.

Bibliografía


Cooke, John William. (2009a). Duhalde, Eduardo Luis (Comp.). Obras Completas. Peronismo y revolución. Apuntes para la militancia. La lucha por la liberación nacional/Informe a las bases. Tomo V. Buenos Aires: Colihue.

Cooke, John William. (2009b). Duhalde, Eduardo Luis (Comp.). Obras Completas. Artículos periodísticos, reportajes, cartas y documentos. Tomo III. Buenos Aires: Colihue.
Ferla, Salvador. (2007). Mártires y verdugos. La insurrección de valle y los 27 fusilamientos. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente).
Galasso, Norberto. (2004). Cooke. De Perón al Che. Una biografía política. Buenos Aires: Nuevos Tiempos.

Recalde, Aritz. (2009). El pensamiento de John William Cooke en las cartas a Perón. 1956-1966. Buenos Aires: Nuevos Tiempos