viernes, 27 de abril de 2012

Estado, autonomía y descentralización




Por Fander Falconí *
Estados sólidos que cohesionen autonomías y descentralizaciones deberían ser las banderas de las nuevas izquierdas latinoamericanas. La construcción de distintas polaridades territoriales es una forma adecuada para equilibrar las profundas asimetrías regionales, urbano-rurales y contener el rumbo unidireccional de una globalización del capital que no para de concentrar poder. En la práctica, de esa visión uniformizadora y central siempre fue excluido el reconocimiento de lo local (las comunidades, la multiculturalidad), a pesar de que su discurso decía reconocerlas.
Hay que pensar el territorio desde las regiones y las regiones desde sus territorios. El territorio nacional, desde el territorio local. El de las comunidades, bien asentadas en sus hábitat, se entiende.
Han transcurrido cinco años desde que la sociedad ecuatoriana, de manera democrática, decidió apostar por un proyecto político que transformara, en forma radical, la distribución inequitativa del poder en los ámbitos nacional y territorial. El neoliberalismo (que imperó antes del gobierno del presidente Rafael Correa) y sus políticas –flexibilización laboral, privatización, apertura indiscriminada, etc.– fueron un fracaso. Se puede decir que, en el Ecuador, se aplicó un neoliberalismo “subdesarrollado”, a la usanza “criolla”, es decir, dirigido por unas elites económicas rentistas que esquilmaron al Estado, aunque, por suerte y por oposición popular, no lograron consumar las extremas acciones que ejecutaron México, Argentina o Chile.
El Ecuador del 2006 demandaba acciones revolucionarias para recuperar lo público y devolver a la ciudadanía la confianza en el Estado y sus instituciones, debilitadas ya por una agresiva retórica antipolítica y por una serie de aplicaciones concretas que afianzaron el neoliberalismo. El nuevo proyecto político, el de la Revolución Ciudadana, recuperó la capacidad de planificación, regulación y distribución del Estado. Buscó un Estado con autonomía, en forma integral, ante todo, frente a los grupos de poder tradicionales.
La idea de construir un Estado regional autonómico ha buscado superar la histórica y aberrante inequidad territorial que ha vivido el país. Para ello, hay procesos clave como la desconcentración (delegar a las instancias territoriales las funciones y atribuciones que están concentradas en los centros tradicionales de poder) y la descentralización (transferir a los gobiernos autónomos descentralizados las competencias que ejerce el gobierno central). Esto se traduce en una metáfora fuerte: “El Estado a tu lado”, es decir, un Estado ciudadano.
La descentralización debe ser vista como un proceso democrático y político, y no tecnocrático (con dibujitos y organigramas intrincados). Y demanda, por cierto, fuertes recursos económicos. En el modelo anterior, me refiero al neoliberal, todas las competencias del gobierno central podían “descentralizarse”, con excepción de las que, en forma regular, se autodenominaban intransferibles. Entonces, la negociación fue de “uno a uno”. Dependía de la voluntad de las elites políticas y económicas, que las asumían y ejercían “a la carta”. Más aún: dependía de quien más gritara. El corolario lógico: prácticas excluyentes y clientelares, que no consideraban la integralidad del país.
La Constitución de 2008, aprobada por mayoría popular, dio un vuelco al modelo anterior y entendió al Estado como un todo, pero también compuesto por los gobiernos autónomos descentralizados con autonomía política, administrativa y financiera. Un Estado que se organiza en forma de república y se gobierna de forma descentralizada. La nueva Constitución propone un Estado plurinacional e intercultural, un nuevo régimen de desarrollo en el cual se reconocen los derechos colectivos y, de modo especial, lo que llamamos: los derechos de la Naturaleza.
El Estado nacional debe seguir construyéndose, es el espacio de lo público, es el único muro de contención que podemos poner para evitar el avasallamiento de la gente local frente a las transnacionales; la única opción para construir una matriz institucional que defina una pauta de acumulación relativamente propia, y la única posibilidad de que desacelere el agotamiento de la Naturaleza.
* Secretario nacional de Planificación y Desarrollo de la República del Ecuador.

Una soberana goleada


 


 Por Mario Wainfeld
Los datos tienen su encanto. Se pronunciaron por la aprobación en general de la ley senadores de las tres fuerzas más votadas en la elección presidencial de 2011. El Frente para la Victoria (FpV), el Frente Amplio Progresista (FAP) y el radicalismo reforzado congregaron alrededor del 82 por ciento de los sufragios válidos, alrededor de 18 millones de argentinos. Tamaña representatividad tuvo correlato en la Cámara alta, donde se concretó una goleada histórica, acorde con la jornada: 63 votos a favor, 3 en contra, 4 abstenciones.
El oficialismo apostó fuerte, quemó las naves. Un sector predominante de la oposición (palabra que, por lo visto, no se escribe más con “A”) acompañó la movida. No los arredraron ni convencieron los medios dominantes, la vociferación de los diarios financieros “del mundo”, la exaltación del gobierno de derechas español.
El debate fue fragoroso y muy prolongado. Legisladores más y menos dotados de recursos oratorios quisieron quedar en actas. Un anhelo lógico: no era una jornada más. Las discrepancias, fuera de lo principal, fueron tonantes. Recorrieron la historia nacional, desde el descubrimiento del petróleo hasta la etapa kirchnerista. Los compañeros oficialistas reivindicaron la tradición nacional y popular tanto como la capacidad de decisión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Los correligionarios radicales levantaron a Yrigoyen, fustigaron al golpe cívico militar de 1930, exaltaron a los ex presidentes Raúl Alfonsín y Arturo Illia. Los kirchneristas subrayaron la coherencia de la expropiación con otros cambios institucionales sucedidos desde 2003. Los opositores hincaron el diente en la gestión energética del oficialismo, en las deficiencias de los últimos años, en el error que significó apoyar la entrada del grupo Petersen-Eskenazi a Repsol YPF.
No abundaron piezas oratorias inolvidables, pero sí hubo polémica, llena de “puntas” para lo que está por venir. Hay razones válidas desde ambos lados, aunque lo que prima en el balance es la decisión política, el regreso del Estado a una actividad que jamás debió abandonar. O desamparar, para ser más enfático y preciso.
Dos comunes denominadores deja la sesión maratónica. El primero y mayor: un aval formidable de los integrantes más representativos del sistema democrático a la renacionalización (o a su primer paso, seguramente). El segundo es la advertencia de que en la cancha se verán los pingos, que la movida cobrará volumen si la gestión está a la altura del desafío asumido. Los oficialistas dan por sentado que así será, los opositores subrayaron dudas y hasta sospechas. Como sea, todos se tiraron a la pileta, con sentido nacional y reparador. Ojalá que, andando el tiempo, se corrobore que hay agua (o petróleo) abajo.
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La soledad de la derecha: Repsol publicó solicitadas de una página en medios afines a su prédica, ciertamente no en Página/12. No es su primer aporte publicitario en esos espacios, fue un gran anunciante y sponsor. ¿Sonará alguna vez la hora de analizar, en la aldea dominante y concentrada, cuánto pesa la pauta privada en la línea editorial? No es, hasta hoy, asunto que interese a empinados cronistas o editorialistas. Eppur, los pesos o los euros algo muoven. Quién le dice, estimulan voluntades o decepciones: como efecto colateral de un cambio formidable, muchos protagonistas perderán interesantes pitanzas, en el mundo periodístico o en sus arrabales. Tal el caso del ex jefe de Gabinete Alberto Fernández. El hombre es, apenas y nada menos, la punta de un iceberg que abarca ñoquis privados subsidiados, suscripciones a newsletters que nadie lee (pero sí paga) y otras variantes ingeniosas.
Digresión módica: defenderse, aun estando muy en offside como Fernández, es derecho de cualquiera. Escudarse tras el recuerdo del ex presidente Néstor Kirchner, que no puede desmentirlo, un recurso de baja estofa. Sin contar que cuesta creer que en 2008 Kirchner se interesara en el futuro laboral de “Alberto”, recién eyectado del Gabinete y transformado ese mismo día en informante VIP de Clarín.
Volvamos de lo menor a lo sustantivo. Bate records la soledad de la derecha política y mediática. Su cosecha es mezquina medida en legitimidad republicana (contada en votos), en opinión pública (calculada en encuestas). O hasta en el espíritu que ronda las tertulias de café (calibrado por el ojímetro del cronista).
Atrás quedaron los años cercanos en que las corporaciones mediáticas y sus plumas más reconocidas fungían de jefes de campaña de tantos partidos opositores. Los resultados los defenestraron, tal como le pasa a cualquier técnico de fútbol: el que cae al descenso debe dejar su lugar a otro. Analistas de postín acusan de traidores y pataduras a quienes hasta hace un ratito conducían: más les valdría mirarse en el espejo. Fueron flautistas de Hamelin: la lógica de los poderes fácticos es muy divergente con la democrática que, en buena hora, constriñe a los dirigentes políticos.
Reconforta un Congreso en el que, sin desistir de chicanas más o menos felices (hasta exigencias de pedidos de perdón por los senadores boina blanca Gerardo Morales y Nito Artaza), los ejes predominantes fueron la soberanía, el rol central del Estado, la rapacidad de las corporaciones. El kirchnerismo, al fin y al cabo, desplazó las coordenadas de la política argentina. ¿Buscarán partidos de larga tradición un espacio en ese nuevo horizonte, recalculando el rumbo? Habrá que ver, ojalá.
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Sesiones que se ven: Habrá quien añore edades de oro del Parlamento. Las comparaciones entre eras distintas son muy engañosas, entiende el cronista pensando no solo en Distéfano-Pelé-Maradona-Messi. Merece acotarse que en ese pasado embellecido eran muy contados los que veían u oían los debates, tal como casi nadie veía a los cracks asiduamente antes de los ’70 u ’80. El desarrollo de los medios audiovisuales alteró de modo sustancial la cantidad y características de los ciudadanos espectadores.
Durante la presidencia de Alfonsín se transmitieron algunas sesiones, muy contadas. Hoy día, las transmisiones son habituales. Alguna (tal vez no la de ayer, a la que le faltaba como atractivo la incertidumbre sobre el resultado) fueron pasión de multitudes. Los ciudadanos, para empezar, reconocen las voces, muletillas y estilos de sus representantes. Es uno de tantos pasitos democráticos que construyen camino en casi treinta años y que queda muy, pero muy feo computar.
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A todo vapor: El presidente del bloque de Diputados del FpV, Agustín Rossi, fatigó ayer el Senado. Lo urgía armar trámites y papelería para que el proyecto aprobado entrara sin demoras a su Cámara, a fin de tratarlo en plenario de comisiones hoy mismo y en el recinto el jueves 3. Cuando el resultado está cantado, queda margen para aplicar sintonía fina (o acelerador a fondo) a la labor parlamentaria.
La Cámara baja es más pluripartidista y bullanguera que el Senado. Habrá quienes se opongan con todo a la expropiación. Las huestes de PRO afilan sus lanzas. Hagan juego: ¿mencionarán el vocablo “confiscación” impuesto en el flamante manual de estilo de La Nación? El cronista tiene su hipótesis, no la propaga para no incidir en los apostadores. De cualquier forma, a la hora de encender el tablero, de nuevo será sideral la diferencia.
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El Apocalipsis se demora: A diez días del anuncio de la Presidenta, ya se desbarataron varias profecías apocalípticas y se instalaron algunas certezas. “El mundo” no se abalanzó sobre la Argentina, que cuenta con muy mayoritarios apoyos regionales, con la interesada ambigüedad de Estados Unidos, con el silencio astuto de China. El Gobierno aceitó contactos con Brasil, su aliado estratégico. La retaliación española parece topar con límites estrechos. El pretenso aislamiento kirchnerista no rige intramuros, el Congreso empezó a demostrarlo ayer.
Las agorerías, siempre sirve hacer memoria, acompañaron también al canje de la deuda externa o al desendeudamiento con el Fondo Monetario Internacional. Son acciones fundacionales que no hundieron al país en el mar, sino mayormente lo contrario.
Las reestatizaciones o cambios de paradigma en el Correo, en AySA, en Aerolíneas, en el sistema de jubilaciones, también azuzaron imaginerías catastróficas. Son hermanas mayores de la recuperación de la soberanía energética: en promedio se las ve creciditas y rozagantes. Como piso, todas funcionan mejor que en la esfera privada. En el caso de la Anses hay mucho más. Solo para empezar: la mejora en la condición de los jubilados, la ampliación de la (usted perdone) caja estatal y el financiamiento de la Asignación Universal por Hijo.
Recuperar YPF es un derecho, ejercido legalmente. Una corrección necesaria de desvaríos del pasado. Conseguir que mejore el abastecimiento y se reduzcan los déficit energéticos y la balanza de pagos, arduos objetivos a cumplir. Con las banderas no basta para conseguir resultados prácticos, que son los que legitiman a los gobiernos. Pero, cuando se las arría, nada deseable puede esperarse. Y es menos interesante vivir la vida.
Fuente: Página/12

jueves, 26 de abril de 2012

Se equivocan de nuevo


 




Por Mark Weisbrot *

La decisión del gobierno argentino de renacionalizar YPF ha sido recibida con gritos de indignación, amenazas, previsiones de rabia y ruina, y además algo de insultos groseros en la prensa internacional. Hemos escuchado todo esto antes. Cuando el gobierno argentino no pagó su deuda a fin de 2001, y entonces devaluó su moneda un par de semanas más tarde, todo era negro y lleno de pesimismo en los medios de comunicación. La devaluación provocaría inflación fuera de control; el país se enfrentaría a una crisis de balanza de pagos por no ser capaz de conseguir préstamos y la economía bajaría en espiral hacia una recesión más profunda. Nueve años después, el PIB real de Argentina ha crecido aproximadamente 90 por ciento, el crecimiento más rápido en el hemisferio. El empleo se encuentra en niveles record y tanto la pobreza como la pobreza extrema se han reducido en dos tercios. El gasto social, ajustado por la inflación, se ha casi triplicado.
Todo esto forma parte probablemente de las razones por las que Cristina Kirchner fue reelegida en octubre pasado en una victoria aplastante. Por supuesto, aquí en Estados Unidos esta historia de éxito rara vez se cuenta, sobre todo porque involucró la revocación de muchas de las fracasadas políticas neoliberales –respaldadas por Washington y el Fondo Monetario Internacional– que llevaron al país a la ruina durante su peor recesión, la de 1998-2002. Ahora el Gobierno está revocando otra fracasada política neoliberal de la década del ’90: la privatización de su industria de petróleo y gas.
Hay razones sólidas para tomar este paso y es más probable que el Gobierno vaya a demostrar que está en lo cierto una vez más. Repsol, la compañía petrolera española que actualmente es dueña del 57 por ciento de YPF, no ha producido lo suficiente para mantenerse al nivel del crecimiento rápido de la economía argentina. De 2004 a 2011, la producción de petróleo disminuyó casi un 20 por ciento y el gas un 13 por ciento, con YPF responsable por mucho de esta situación. Y las reservas probadas de la compañía de petróleo y gas también han disminuido sustancialmente en los últimos años. El retraso en la producción no es sólo un problema en términos de satisfacer las necesidades de los consumidores y las empresas, también es un serio problema macroeconómico.
El déficit en la producción de petróleo y gas ha llevado a un aumento rápido en las importaciones. En 2011 éstas se duplicaron con respecto al año anterior a 9400 millones de dólares, anulando una gran parte del superávit comercial de Argentina. Una balanza comercial favorable ha sido muy importante para el país desde su default en 2001. Debido a que el Gobierno está en su mayoría excluido de los préstamos de los mercados financieros internacionales, debe tener cuidado de contar con las divisas suficientes para evitar una crisis de balanza de pagos. Esta es otra razón por la que ya no puede correr el riesgo de dejar la producción y gestión de energía para el sector privado.
¿Por qué la indignación contra la decisión de Argentina de tomar –a través de una compra forzada– una participación de control en la que por la mayor parte de la historia de la empresa fue la compañía petrolera nacional? México nacionalizó su petróleo en 1938 y –al igual que una serie de países de la OPEP– aún no permite la inversión extranjera en petróleo. La mayoría de los productores de petróleo y gas en el mundo –desde Arabia Saudita a Noruega– tienen las empresas estatizadas. Las privatizaciones de gas y petróleo en la década del ’90 fueron una aberración, el neoliberalismo vuelto loco. Aun cuando Brasil privatizó parte de las empresas estatales en la década del ’90, el gobierno mantuvo el control mayoritario de Petrobras.
Mientras América latina ha logrado su “segunda independencia” en la última década y media, el control soberano sobre los recursos energéticos ha sido una parte importante de la recuperación económica de la región. Bolivia renacionalizó su industria de hidrocarburos en 2006 y los ingresos de los hidrocarburos aumentaron de menos del 10 por ciento a más del 20 por ciento del PIB (la diferencia sería alrededor de dos tercios de los ingresos actuales del gobierno de Estados Unidos). Ecuador, bajo Rafael Correa, aumentó su control del petróleo y su participación en la producción de las empresas privadas.
Argentina está poniéndose al día con sus vecinos y el mundo y revocando los errores del pasado en esta área. En cuanto a sus detractores, están en una posición débil para ponerse a tirar piedras. Las agencias de calificación amenazan bajar la nota de Argentina. ¿Debería alguien tomarlas en serio después de que dieron unas calificaciones AAA a basura sin valor que estaba respaldada por hipotecas durante la burbuja inmobiliaria y luego fingieron que el gobierno de Estados Unidos podría realmente no pagar su deuda? Y en cuanto a las amenazas de la Unión Europea y el gobierno derechista de España, ¿qué han hecho bien últimamente, con Europa atrapada en su segunda recesión en tres años, casi a la mitad de una década perdida y con un desempleo del 24 por ciento en España?
Es interesante que Argentina haya tenido un notable éxito económico en los últimos nueve años, mientras recibe muy poca inversión extranjera directa y es en su mayor parte rechazada por los mercados financieros internacionales. Según la mayoría de la prensa de negocios, éstos son los dos grupos más importantes que cualquier gobierno debe complacer. Sin embargo, el gobierno argentino ha tenido otras prioridades. Tal vez ésa sea otra razón por la cual Argentina recibe tanta lluvia de críticas.
* Codirector del Center for Economic and Policy Research, en Washington.

miércoles, 25 de abril de 2012

Charla/debate Huelgas y Movimientos Sociales en Francia Contemporánea

Charla/debate

Huelgas y Movimientos Sociales en Francia Contemporánea

Con la presencia de
Dra. Danielle Tartakowsky


Coordinada por Dra. Paula Lenguita
 CEIL del CONICET / Programa de Estudios Críticos sobre Movimiento Obrero

Convocan:   Teoría comparada de la negociación colectiva y el conflicto laboral- Cátedra: Bisio-Montes Cató
                                   Carrera de Relaciones del Trabajo
Maestría en Cs Sociales del Trabajo / UBA-
Director:Lic.Héctor Angélico

26/4. 19 hs. en Facultad de Cs Sociales
Subsuelo Uriburu 950 / Aula 2

martes, 24 de abril de 2012

“No podemos pensar en salvar el planeta si no pensamos la emancipación social”


 EL NUEVO PAPEL DEL ESTADO Y LAS TRANSFORMACIONES SOCIOECOLOGICAS, SEGUN ULRICH BRAND

Ulrich Brand es un politólogo y economista alemán que promueve una teoría crítica para abordar lo que llama financierización de la naturaleza, los dispositivos de gobernabilidad global y las transformaciones del Estado. En esta entrevista, plantea los fundamentos de su visión y analiza la crisis del capitalismo, los desafíos actuales del sur y las salidas que encontró la Argentina.


Por Verónica Gago y Diego Sztulwark
–¿Cómo se vincula hoy la crítica al desarrollo y la cuestión de la crisis?</p>
–En la cumbre de Copenhague de 2009 sobre el cambio climático por primera vez se formuló desde los movimientos sociales, y más allá de las ONG, una crítica muy fuerte diciendo basta a este modo de gestión global de los recursos. Esto se articula de modo directo con la crisis actual, aunque ya encontramos en el siglo XIX el debate entre Marx y Sismondi referido a qué significa el crecimiento como solución a los problemas. Esta vez, el disenso se articuló también entre las elites. Por ejemplo, Amartya Sen y Joseph Stiglitz dijeron que había que reconocer estas críticas frente a lo que se proponía como salida dominante: redinamizar el crecimiento. Por supuesto, hay cierta historia y cierta preocupación por cómo salimos de la crisis. Está la respuesta neoliberal, que es hoy la dominante en Europa y que consiste en la receta de la austeridad. Luego, la respuesta keynesiana, que pide inversiones y consumo interno para empujar la economía. Y, más al margen, está el debate sobre qué hacemos con el crecimiento. Algunos iconos al respecto son personas como el inglés Tim Jackson, que propone una fórmula ya famosa: bienestar sin crecimiento.
–¿Qué opina de esta posición a favor del decrecimiento? –La postura del decrecimiento restringe el crecimiento a un materialismo inocente, muy positivista, que cree resolver los problemas ecológicos a través de menos consumo, menos producción, más eficacia en el uso de recursos. Lo que se pierde en esta discusión es que el crecimiento supone la comodificación de relaciones sociales y de la naturaleza. Esto significa que desde el decrecimiento no se piensan las formas sociales del crecimiento, ya que no se las vincula con las formas capitalistas ni con la cotidianidad de la gente. Otro problema es que todavía en Europa no se debate en serio sobre el desarrollo porque se sigue viendo como un concepto destinado únicamente al sur. Es por eso que desde el norte no surge una crítica al desarrollo.
–¿La postura del decrecimiento se presenta como anticapitalista? –Quienes argumentan a favor del decrecimiento hablan de una crisis del capitalismo, pero sin pensar cómo terminar con las formas sociales capitalistas. No es suficiente. Hace veinte años que Japón no crece y es una sociedad capitalista. Argentina en los ’80 y ’90 no creció. Pero la cuestión es cambiar la forma del valor, la forma de la mercancía, la forma política del Estado. El capitalismo no se acaba sin crecimiento. El capitalismo es acumulación de capital. Y si hay crecimiento económico esa acumulación es más suave porque se puede repartir. Si no hay crecimiento, como ahora en Europa, la respuesta del capital es la austeridad o las privatizaciones. El carácter hegemónico del capitalismo se reproduce mejor cuando hay crecimiento. Pero decir que el no crecimiento lleva a que el capitalismo se acabe para mí es una tontería.
–¿El término posdesarrollo es más abarcativo? –Sí. Es un debate mucho más pequeño, pero tiene como eje criticar los fundamentos epistémicos del desarrollo como valor universal y las relaciones de fuerza que están allí implicadas. El desafío es llevar este debate más allá, hacia lo que llamo modo de vida imperial, es decir, a cómo se sustenta cierto desarrollo incluso desde el punto de vista de la vida cotidiana.
–¿Esto incluiría una crítica a la modernidad? –Exactamente. Acá, en el sur, es posible hablar de crisis civilizatoria, como algo mucho más profundo. En el norte, en cambio, la perspectiva es más estrecha: desde la izquierda se habla de crisis del capitalismo y la mayoría de los analistas simplemente señala la crisis del neoliberalismo como una crisis coyuntural que se resolvería con una mayor intervención del Estado.
–¿Cómo la definiría usted? –Diría, en primer lugar, que es una crisis múltiple. Esto significa que no es solamente una crisis económica ni una crisis financiera, como plantea la perspectiva keynesiana. Desde ese análisis se propone que hay que regular los mercados financieros, hacer más inversión pública y luego se llegará a otro modelo de crecimiento. Yo diría, en cambio, que hay que pensar en la transformación del modo de producción y del modo de vida. Si finalmente esto implica crecimiento o no, lo van determinando las luchas concretas en contra de ciertas formas de la economía que sólo se median por dinero.
–¿Qué otras economías desafían la noción clásica del crecimiento? –Me interesa abrir el debate sobre qué significa una economía de lo común, o solidaria, que no es parte de un crecimiento formal, pero que es parte efectiva de una vida mejor. Por ejemplo, esto implica discutir qué significaría en una ciudad como Buenos Aires la posibilidad de cuadruplicar el transporte público con precios muy bajos y no pensarlo como algo contra el crecimiento, sino en términos de aumento de movilidad de la población. En Europa, las huertas comunitarias hacen que un 20 por ciento de la comida esté asegurada por esa vía, lo cual implica un decrecimiento puro desde cierta lógica, pero es sobre todo un mejoramiento concreto de la vida.
–Es muy difícil, de todas maneras, romper la idea de que el crecimiento es bienestar... –El crecimiento no puede ser una cuestión de creencias de la que se está a favor o en contra. Es un efecto de un acumulado de luchas. La cuestión para mí es si somos capaces de ampliar el espacio de la producción común, de la producción no capitalista.
–¿Cuál es la capacidad efectiva de esas otras economías? –La economía pública-estatal es mercantil, sólo que se maneja el precio de un modo más político. La economía común, en cambio, es no mercantil. En el 2004, la estadística alemana hizo un cálculo que decía que había 56 mil millones de horas de trabajo asalariado y 96 mil millones de horas de trabajo no asalariado. ¿Qué significa esto? Que la referencia cuando se habla de trabajo no puede ser únicamente el trabajo asalariado. Hay que abrir esta idea, como ya han hecho las feministas, incluyendo las horas de cuidado y de actividad política o comunitaria como actividades centrales para mantener la sociedad. Me parece importante la perspectiva “4 en 1” de la filósofa Frieda Haug, que propone la orientación de vivir cuatro horas de trabajo asalariado, cuatro horas de un trabajo para nosotros mismos, cuatro horas de cuidado y cuatro horas de trabajo para la comunidad o de trabajo político, como forma de rearticular los modos del hacer y la idea misma de lo común.
–Usted habla desde una perspectiva de la ecología política. ¿Qué implica? –La economía neoclásica supone que la sociedad se aprovecha de la naturaleza y la tecnología resuelve los problemas y los límites que van apareciendo. Para la economía ecológica los límites sí son un problema y se concentra allí. La ecología política, que es mi punto de vista a partir de la Escuela de Frankfurt, va un paso más allá: sostiene que la reproducción material de las sociedades es un proceso de dominación de la naturaleza en el mismo sentido que las relaciones de dominación que estructuran la sociedad. No podemos pensar en salvar el planeta si no pensamos la emancipación social. Me niego a tomar los límites del planeta como punto de partida.
–¿Entonces...? –El punto de partida es la dominación social, la cual por supuesto implica un modo de dominación de la naturaleza. Y esto lleva a la pregunta bien concreta de cómo nos reproducimos en el contexto de la movilidad, de las ciudades, de las viviendas, del campo, de la sexualidad, de la comunicación, de lo que comemos. Acá hay un campo de formas de reproducirse materialmente que no son parte del mercado capitalista. La pregunta entonces cambia: ¿cuáles serían las formas emancipatorias de tratar con la naturaleza cambiando los modos de vivir en la ciudad, de moverse, de construir vivienda, de producir, etc.? En este punto la cuestión de la decisión democrática es decisiva.
–¿En qué sentido? –¿Quién decide, por ejemplo, las formas de salida de la crisis en Argentina del 2001? Podríamos decir: es la soja, una forma de comodificación de la naturaleza. También la minería. Que es un modo de ver a la naturaleza como recurso. ¿Quién decide, por ejemplo, los materiales con los que se van a construir los celulares de la próxima generación? Son los núcleos de investigación y desarrollo de algunas empresas, no es la investigación pública. Si no ponemos sobre la mesa la cuestión de la democracia, es decir, quién decide cuáles son los corredores de salida de la crisis, la salida tarde o temprano es la austeridad. Ustedes en Argentina lo saben mejor que nosotros. En esto es urgente juntar la perspectiva roja y verde: si no luchamos hoy a favor de la democratización y nos quedamos en una posición defensiva, como los keynesianos, la próxima crisis se resuelve por medio de la austeridad del capitalismo autoritario.
–Insiste en que no se trata de una cuestión formal, ¿cómo se logra? –Vinculando esto con la experiencia cotidiana de la gente. Porque democracia acá no es algo formal, sino cómo yo me apropio de la vida, cómo vivo. El problema es cuando la cuestión ecológica y la cuestión democrática van por caminos diferentes.
–¿Qué significa lo que llama el modo de vida imperial? –Es la pregunta por cómo se está universalizando un modo de vida que es imperial hacia la naturaleza y las relaciones sociales y que no tiene ningún sentido democrático, en la medida que no cuestiona ninguna forma de dominación. En este sentido preciso, el modo de vida imperial es no democrático. El modo de vida imperial no se refiere simplemente a un estilo de vida practicado por diferentes ambientes sociales, sino a patrones imperiales de producción, distribución y consumo, a imaginarios culturales y subjetividades fuertemente arraigados en las prácticas cotidianas de las mayorías en los países del norte, pero también, y crecientemente, de las clases altas y medias an los países emergentes del sur.
–¿Se trata de una generalización en distintas escalas? –Cuando hablamos de generalización, no insinuamos que toda la gente esté viviendo igual, sino que existe una especie de lógica de desarrollo ampliamente aceptada, que se inscribe en estructuras coercitivas y dispositivos de acción. A pesar de que la crisis ecológica se politizó en los últimos tiempos y es también percibida como un problema en el discurso dominante, parece que los patrones de producción y consumo y los patrones culturales subyacentes se están consolidando y generalizando a nivel global con el apoyo del Estado y de la esfera política.
–¿No puede pensarse que en la medida en que el sur amplía sus patrones de consumo aparece desde el norte una preocupación por los límites y la crisis ecológica del planeta? –Desde los conservadores, efectivamente, se trata de contener el crecimiento del sur. Los neoliberales, en cambio, dicen ¡qué bien que el sur crece, necesitamos ampliar los límites y una creciente sustitución de la naturaleza por el capital a partir de los avances tecnológicos! El déficit del debate viene dado también porque ciertas izquierdas medioambientales tienen una perspectiva catastrófica.
–¿Qué sostienen? –Un aspecto central en este contexto es la superación de la dicotomía entre la sociedad y la naturaleza, ampliamente difundida también en las fuerzas sociales y políticas progresivas. Políticamente, esta dicotomía se refleja, entre otras cosas, para servirse de la cuestión ecológica en contraposición a la cuestión social. La tendencia de declarar a la ecología como contradicción secundaria se manifiesta precisamente en la actual crisis económica, en la cual el catastrofismo ecológico (“Nos queda muy poco tiempo”) y la ignorancia (“Ahora no hay tiempo para eso”) están formando una alianza peligrosa.
–¿Cómo se discute esto en Europa? –Hay un consejo muy importante del gobierno alemán que cada año hace un informe y que ahora diagnostica que necesitamos una “gran transformación”. Se refieren, sin embargo, a una transición: la perspectiva es la renovación de un Estado que ahora se ve como capturado por los neoliberales. Esto supone que una vía de salida a la crisis es poner precio a la naturaleza. No es sólo una posición neoclásica, es también keynesiana y de la economía ecológica. Todos comparten un mismo argumento: la naturaleza necesita un precio. Hay un famoso informe sobre biodiversidad en 2008 que sostiene que la única manera de salvar la biodiversidad es que se sepa su precio.
–¿El eje queda puesto en el papel del Estado? –El debate queda encapsulado en la renovación del Estado. El neoliberalismo se asocia únicamente al imperio del mercado y hoy se supone que con el Estado interviniendo en la economía estaríamos en otra fase. Pero cuando hablamos de transformación hablamos de algo mucho más profundo: de la transformación de los modos de vida y las relaciones de producción, lo cual no puede empezar por el Estado. El Estado asegura las relaciones existentes, claro que resuelve algunos problemas, pero siempre al interior de la lógica capitalista. Hablando teóricamente, hay que pensar cuáles son los actores de la gestión y cuál es el objeto de la gestión, qué se quiere gestionar.
–Volviendo el eje al sur. ¿Cómo pensar una alternativa? –Hay un miedo a China. El sur se tematiza como competidor industrial, por ejemplo India. Y como lugar de donde provienen los recursos. Pero no se lo percibe más allá de la competitividad internacional, dentro del paradigma global actual. Hay que impulsar el debate sobre qué sería una regulación del mercado mundial a partir de las luchas sociales. Por ejemplo, ¿qué pasaría si Bolivia exportara un tercio de lo que exporta hoy, pero manteniendo una renta que le permita una distribución democrática? ¿Cómo pensar que el mercado mundial debe pagar mucho más por un recurso que se extrae del sur? Esto tiene que ver, por supuesto, con las relaciones de poder. Y por eso la respuesta a nivel latinoamericano puede ser organizar un cartel de precios, imponiendo que Europa deba pagar tres veces más. Y la justificación debería ser la presión que imponen las luchas en este continente a favor de distribución más justa de la riqueza y de un extractivismo moderado.
–¿Supondría que los Estados, presionados por las luchas, negocian a nivel global otros precios? –Es lo que hace la Unión Europea con los productos agrarios, que son tres veces más caros que en el resto del mundo. Entonces, cada tonelada de carne que viene de Argentina a Europa inmediatamente se triplica en precio. Esto no es decisión pura del Estado, sino presión social.
–¿Por qué tiene tanta repercusión el concepto del “buen vivir”? –Porque implica tomar en serio que hay otras formas de reproducción social, material y espiritual, que no son capitalistas. Lo cual abre un espacio para repensar, a la altura de la modernidad, eso que llamamos buen vivir. Tomando por supuesto en serio los avances tecnológicos, las nuevas experiencias, las redes internacionales, etc. El riesgo es petrificar el buen vivir como algo indígena, puramente autóctono.
Fuente: Página/12