martes, 17 de marzo de 2015

Incluir, mucho más que abrir las puertas

La Universidad Pública en tiempos K.. La mayoría de los actuales alumnos son la primera generación de universitarios de sus familias…




Universidades Públicas: Un lindo caramelito a privatizar por Macri, Sanz y cía
Incluir, mucho más que abrir las puertas


por Julián Mónaco. Licenciado en Comunicación e integrante del equipo editorial de UNIPE para Le Monde diplomatique…

La mayoría de los alumnos de las casas de altos estudios creadas en los últimos años conforman la primera generación de universitarios en sus familias. Sin esa tradición, adaptarse a ese ámbito desconocido, complejo y por momentos caótico, no resulta sencillo. ¿Qué hacen estas instituciones para no expulsar a los jóvenes de los sectores populares?
El 95% de los estudiantes que comenzaron en 2011 venía de hogares cuyos integrantes nunca habían pisado la universidad”, asegura Ernesto Villanueva, rector de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ) ubicada en Florencio Varela. Para el primer ciclo lectivo, los 3.046 inscriptos superaron tan ampliamente las expectativas que las autoridades debieron realizar acuerdos con diferentes instituciones educativas de la zona para la apertura de subsedes que todavía hoy funcionan. “Además –completa el rector– el 40% de nuestros chicos viven en calles de tierra y es indudable que no estarían cursando estudios superiores si la universidad no hubiera llegado a la puerta de sus casas”.

Este fenómeno aparece como la marca distintiva de las nueve universidades nacionales creadas entre 2007 y 2009. Adrián Cannellotto, rector de la Universidad Pedagógica de la Provincia de Buenos Aires (UNIPE), explica: “Hoy tenemos otros perfiles en la universidad: la mayoría de los estudiantes son primera generación de universitarios en sus casas y muchos, además, primera generación de egresados del secundario. Son chicos que están dando un salto muy grande respecto de sus padres”.


Con la apertura de las universidades de Río Negro, Chaco Austral, Villa Mercedes (San Luis) y Tierra del Fuego, cada provincia pasó a tener al menos una casa de estudios superiores. Además, en el mayor cordón poblacional del país, abrieron sus puertas las universidades de José C. Paz, Avellaneda, Del Oeste (Merlo), la de Florencio Varela y la de Moreno, donde la inscripción online requirió la apertura de un aula de informática: el 40% de los estudiantes no contaba con computadora en su casa. 

Desde sus inicios, en nuestro país la experiencia universitaria fue una historia de desarraigos. Emplazadas en los grandes centros urbanos, los estudiantes estaban obligados a realizar largos y costosos traslados que muchas veces terminaban siendo motivo de abandono de las carreras. La concentración de las universidades trajo aparejada, además, la concentración de sus profesionales egresados. “Hoy se está revirtiendo esta tendencia, porque se ha logrado incorporar al concepto de inclusión la idea de territorialidad y acercar la universidad a la gente”, sostiene Martín Gill, diputado nacional por la provincia de Córdoba y ex secretario de Políticas Universitarias.


A la creación de estas nuevas universidades, se suma la reciente apertura de los Centros Regionales de Educación Superior (CRES), ubicados en lugares de baja densidad poblacional: veinticinco en Buenos Aires, ocho en Córdoba, dos en Misiones. Son fruto de la asociación entre universidades y los municipios y brindan, en general, carreras cortas, muchas veces tecnicaturas, con salida laboral en la región. “Esta expansión es posible porque el Estado invierte hoy más del 1% del PIB en educación superior”, explica Aldo Caballero, secretario de Políticas Universitarias desde diciembre de 2013. 

Como señala la diputada Adriana Puiggrós, las universidades no solamente llegan con oferta a lugares en los que antes no la había: también generan nuevos vínculos con la comunidad. “No se trata sólo de una actividad de extensión, sino que se involucran directamente en la discusión de los problemas que atañen a sus territorios, produciendo conocimiento”, argumenta.

Por ejemplo, en 2013, la Universidad Nacional de Avellaneda abrió su propia Escuela Secundaria Técnica en la Isla Maciel. Lo mismo hicieron las universidades de Quilmes (UNQ) y San Martín (UNSAM). Todas impulsadas por el Ministerio de Educación. “La experiencia de la universidad abriendo un secundario en la villa es muy fuerte”, dice Julia Denazis, directora de la escuela que otorga el título de Maestro Mayor de Obras. La matrícula actual es de veinticinco chicos, muchos de ellos con varios años fuera de las aulas, una población muy distinta a la que reciben los secundarios gestionados por las universidades tradicionales. “Se trabaja en red con la comunidad: vamos a las casas y hablamos con las familias –cuenta Denazis–. Es una tarea más amplia que la del aula”.


Democratización interna


Las nuevas universidades están obligadas a trabajar con la hipótesis de que aquel que llega a sus aulas no tiene por qué conocer cómo es la vida universitaria. “El desafío para estas instituciones –afirma Cannellotto– es darse una política que permita hacer la transición entre la secundaria y los estudios superiores. Eso implica responder cuáles son las operaciones que tienen que hacer los jóvenes para inscribirse en una trayectoria universitaria y sin desertar en el primer o el segundo año, teniendo en cuenta que es allí donde se concentran los mayores problemas.”

“La Jauretche” tiene hoy cerca de 10.700 estudiantes regulares. Entre 2010 y 2013, sumando cada período de inscripción, se inscribieron cerca de 21.000 aspirantes. “Pero los alumnos que efectivamente vinieron el primer día, cinco meses después de anotarse, fueron 16.700 –comenta Villanueva–. Es decir que cerca del 25% de los inscriptos decide durante el verano que no va a estudiar. Y eso luego de haber presentado muchísimos papeles. A su vez, tenemos cerca de un 30% de deserción, fuertemente concentrado en los primeros años. Esa proporción no es satisfactoria para nosotros; trabajamos para que haya un índice mucho menor.” 
Las universidades que despuntaron al calor del Bicentenario identifican como problemático el tránsito de la secundaria a los estudios superiores y dedican muchos esfuerzos y recursos para favorecerlo. “La ventaja que tienen estas universidades –subraya Caballero– es que están ensayando estrategias nuevas.” Estos caminos parten de la tesis de que la verdadera inclusión no se restringe a lo económico: a la democratización externa, sigue el problema de la democratización interna.
La nivelación académica y el acompañamiento de los estudiantes en su inserción a la cultura universitaria son las cuestiones que orientan la mayor parte de los cursos de ingreso que no sólo incluyen contenidos curriculares; también explican cómo pedir un libro en la biblioteca, cómo solicitar una beca en el CONICET y cómo poder tener acceso a un equipo de investigación o una cátedra. Conocimientos que en las universidades tradicionales se dan como supuestos de antemano, aunque en muchos casos no sea así. “Las universidades tradicionales –afirma Puiggrós– tendieron a establecer dispositivos de expulsión de los sujetos populares, tales como el CBC.” 
La Universidad Nacional de Moreno, en la que el 93% de los estudiantes son primera generación de universitarios y cerca del 70% los primeros en sus casas en terminar la escuela secundaria, desarrolla entre febrero y marzo el Curso de Orientación y Preparación Universitaria. Consta de tres materias (Resolución de problemas, Lectoescritura y Ciencia) y no es eliminatorio: la aprobación de cada asignatura se logra a través de cuatro trabajos prácticos que se monitorean en tutorías, pautadas inicialmente como personalizadas pero que muchas veces son desbordadas por centenares de alumnos. 
Además de realizar la corrección de los trabajos, los docentes deben completar una exhaustiva grilla por cada alumno (con ítems como “reconocimiento de géneros discursivos” y “cohesión y coherencia”) y realizar informes que permiten seguir su evolución. Luego son elevados a las carreras para que dictaminen cuántas de las materias estipuladas para el primer cuatrimestre puede cursar el estudiante y cuántos talleres-refuerzo deberá realizar. 
Karina Sosa tiene a su cargo dos comisiones de sesenta ingresantes cada una y además realiza tutorías: “Debemos contar con una sensibilidad especial porque cuando alguno de los estudiantes tiene un mal resultado se frustra y quiere abandonar.
A veces el curso queda un poco corto para todo lo que hay que reparar: me ha pasado de tener chicos que en quinto año no habían tenido Lengua, porque no había docentes que llegaran a dar clases a sus escuelas. Muchos de los problemas están relacionados a la escritura y después producen abandonos al interior de las carreras, entonces hay que trabajar muy fuerte”. 
Con sede en las localidades bonaerenses de Gonnet, Pilar y Almirante Brown, la UNIPE, abierta en 2009, cuenta con la particularidad de tener en sus aulas estudiantes que son docentes: en su mayoría mujeres, con un promedio de edad cercano a los 37-38 años y que trabajan (más de la mitad) en dos turnos escolares. Entre los desafíos que explican su creación se cuenta el de explorar nuevas formas de relación entre los mundos de la universidad y la docencia, que en Argentina tendió a construirse tomando distancia de la formación universitaria. Esta matriz cultural, sin embargo, viene siendo desmentida en los hechos: hoy la mitad de los profesores secundarios son egresados de la universidad.
En el caso de la UNIPE, algunas de las operaciones institucionales que apuntalan el desenvolvimiento de los docentes en la lógica universitaria coinciden con las desplegadas por el resto de las universidades. Pero otras son diferentes. “Buscamos incluir a los docentes en la lógica del pensamiento de una disciplina, en su tradición y en sus problemas de enseñanza –puntualiza Cannellotto–. Nuestro mayor desafío es lograr que los docentes tengan con el conocimiento una relación que no sea puramente instrumental, sino mucho más profunda. El deseo de conocer y el deseo de enseñar van juntos.” Ana Pereyra, Secretaria de Investigación de la misma universidad, completa: “Para nosotros la experiencia universitaria tiene que ver con desarrollar una actitud investigativa dirigida a la práctica profesional”. Y agrega: “Esa experiencia siempre tiene como marco una institución formadora y depende de un desarrollo en el tiempo. Por eso no puede compararse con una serie de cursos cortos y aislados que nunca alcanzan a marcar la subjetividad”.
Masividad y calidad
La matrícula de las universidades argentinas no ha dejado de crecer desde la vuelta a la democracia: si en 1983 nuestro país contaba con 400.000 estudiantes, en la actualidad son cerca de 1.700.000. En los últimos años, esta expansión no fue motorizada a través de la ampliación de vacantes en las universidades tradicionales sino, fundamentalmente, acercando los estudios superiores a los sectores populares. Ya en 2013, las 12 universidades nacionales del conurbano albergaban unos 150 mil estudiantes, más de la mitad que la UBA.

Esta heterogeneización de la educación superior no estuvo exenta de críticas que volvieron a poner sobre la mesa la idea de que la masividad y la calidad son mutuamente excluyentes. Estas críticas, sin embargo, nunca incluyeron como blanco a las universidades de Buenos Aires, Córdoba y La Plata (las tres muy prestigiosas y a la vez masivas) lo cual revela muy rápidamente un prejuicio de clase.
De acuerdo a las conclusiones aportadas por investigadores de la Universidad Nacional de Quilmes, no hay diferencias significativas de rendimiento entre los estudiantes de las universidades tradicionales y de las nuevas. Sí las hay, en cambio, en los ritmos de cursada debido a que, fundamentalmente, los estudiantes de las clases populares están obligados a trabajar mientras estudian.
“Muchas veces se compara el sistema universitario brasileño con el argentino y se dice que Brasil tiene más de un 50% o 60% de tasa de graduación y nosotros no, cuestión que haría a la universidad muy cara. Estamos muy conscientes –explica Caballero– que tenemos que mejorar la tasa de egreso. Pero nadie dice que Brasil tiene un examen de ingreso que solamente pueden pasar quienes pueden pagarse la preparación. Los modelos no pueden ser comparados tan ligeramente.”
Sebastián Gómez tiene 20 años y, además de estudiar Comunicación Social en la Universidad Nacional de Quilmes, trabaja como operario en un taller de Don Bosco: “Me anoté por vocación. Y un gran punto a favor es que curso muy cerca de casa. Hay un montón como yo, de hecho, desde hace unos años, cuando tomo el tren Roca veo muchos pibes estudiando”, señala antes de hablar de sus expectativas: “Me gustaría hacer periodismo en un medio de zona sur. El pueblo argentino está haciendo un gran esfuerzo para pagarnos la carrera y eso hay que devolverlo”. 


Una de las hermanas de Sebastián comenzará este año una tecnicatura en Gestión de Medios Comunitarios que la misma universidad ofrece en modalidad virtual: “Trabaja en un local y no puede renunciar para empezar a estudiar”, explica Gómez. Una historia parecida es la de Ludmila Piotroski, que a los 18 años se inscribió en la Licenciatura en Administración de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Desde abril del año pasado, es titular del Programa de Respaldo a Estudiantes Argentinos (PROG.R.ES.AR.): “Hay que acreditar que se está estudiando; si no te dan de baja”, cuenta. Con las fotocopias de la tarjeta que entrega el plan y las de su DNI, la universidad le entrega gratis los libros. Además, recibe un 40% de descuento en transporte con la tarjeta SUBE. 
Este tipo de relatos, hoy multiplicados, demuestran que la inclusión no requiere únicamente de la gratuidad. Según Piotroski, hay otras cuestiones que podrían colaborar para favorecerla. Los gastos en comida, señala, pueden resultar elevados: “Donde yo estudio haría falta un comedor estudiantil. En Ciudad Universitaria se puede almorzar por 15 pesos”. Las guarderías, agrega, serían otra asignatura pendiente: “Quizá podría haber un espacio físico con alguna maestra jardinera donde puedan quedarse los nenes de 0 a 3 años. Es una manera de que las jóvenes que son madres tengan la posibilidad plena de estudiar, porque si no tienen que pagar una guardería o a alguien que cuide a las criaturas”.

Fuente: Le Monde diplomatique, edición Cono Sur y UNIPE:  Universidad Pedagógica
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