viernes, 6 de enero de 2012

“Los jóvenes perciben que hay vacíos por llenar en la política”

EL FILOSOFO CHILENO MARTIN HOPENHAYN ANALIZA LOS CAMBIOS SOCIOCULTURALES EN LAS NUEVAS GENERACIONES
 
Con un especial interés en las intensas problemáticas que viven los jóvenes a ambos lados del Atlántico, el filósofo Martín Hopenhayn analiza los rasgos distintivos de la lucha estudiantil en Chile y establece sus distinciones con los indignados del Primer Mundo. La cohesión social, el papel del trabajo y una visión diferente sobre la flexibilización laboral.

 
 Por Natalia Aruguete

–¿Por qué afirma que la cohesión social tiene una doble cara, es decir, una dimensión objetiva y otra subjetiva?
–Parto de una investigación que hicimos en la Cepal hace cuatro años. Desde Europa se empezó a exportar el concepto de cohesión social; ellos estaban en la búsqueda de una cierta homogeneidad en el interior de la Unión Europea. Cuando nosotros retomamos el concepto, lo vimos en términos de inclusión social, es decir, desde los mecanismos propios del Estado y la sociedad respecto del mundo del trabajo e indicadores sociales como la educación, la protección social, el acceso a la seguridad social, las transferencias para los grupos más pobres. El concepto clásico de cohesión social es muy distinto, entonces quisimos completarlo con la otra cara de la moneda, incorporando el cómo se siente la gente respecto de la sociedad: incluida o excluida, si tienen un sentimiento de pertenencia.

–¿Cómo lo hicieron?
–Lo más difícil es “juntar las tablas”, es decir, a los grandes indicadores de inclusión o exclusión social –los indicadores que están en las encuestas de hogares o los censos de población– incorporarles datos demoscópicos que surgen de las encuestas de opinión. La única encuesta que permitía tener una cierta continuidad en el tiempo y comparabilidad en 18 países de América latina era la elaborada por Latinobarómetro, que lo hace desde el año ’95 para varios países. Por ejemplo, prestamos especial atención a las preguntas relativas a la confianza de la gente en las instituciones para poder construir referencias de sentido de pertenencia, o a la percepción de riesgo o seguridad frente a la sociedad como indicadores de seguridad ciudadana. A partir de esta batería de preguntas planteamos que la cohesión contiene, por un lado, la inclusión social y, por otro, el sentimiento de pertenencia.

–¿Qué evolución vieron en esta doble dimensión de la cohesión social a lo largo del tiempo?
–Es muy difícil establecer correlaciones lineales, por varias razones. Primero, porque el correlato subjetivo viene diferido respecto de los cambios en el nivel de la estructura: si baja o no la pobreza, si en un país hay mayor o menor nivel de desempleo. A veces viene con uno o dos años de resabio. En segundo lugar, porque frente a preguntas del orden de lo subjetivo, la gente responde de manera aleatoria, entonces hay que tomar esas respuestas “con pinzas”. Finalmente, porque el sentido de pertenencia no sólo está dado por indicadores duros de exclusión social. Los de Venezuela y Bolivia son casos muy claros.

–¿Qué notaron en esos países?
 –Que había una disimetría clara entre ambos indicadores, por lo que dedujimos que el sentido de pertenencia venía dado por un imaginario político. Es decir, son países donde la política ha vuelto a colocarse en el centro de la escena y la gente se siente más entusiasta frente a proyectos nuevos de sociedad.

–Teniendo en cuenta que durante los años ’90 hubo un proceso de despolitización a nivel regional, que fue muy acentuado en los jóvenes, ¿notaron algún cambio en ese sector en cuanto al sentimiento de compromiso con la política?
–Lo que se da en la juventud es muy interesante. Nosotros tratamos de desmitificar la idea de la apatía juvenil con respecto a la política, que se había convertido en un lugar común en el discurso político de hace algunos años. Las preguntas que se permiten recortar para el grupo joven de 18 a 29 años mostraban que, efectivamente, era muy bajo el porcentaje de jóvenes que votaba, aunque no mucho más bajo que el de adultos. Pero la gran mayoría de los jóvenes sí tenía procedencia política, a pesar de no estar afiliados a un partido; no eran indiferentes a la política. Había un muy bajo nivel de sindicalización de los jóvenes, pero tampoco había un nivel mucho más alto de sindicalización de los adultos. Incluso, había un porcentaje más alto de jóvenes que respondía que sí había participado ese año en protestas o movilizaciones. Los jóvenes eran más proclives a convertirse en un actor público que los adultos.

–¿Actor público o actor político?
–Actor público. Creo que recién ahora se está produciendo ese cambio de lo público a lo político.

–¿En qué reside la diferencia?
–En varias cosas. En primer lugar, la juventud tiene una capacidad de movilización sin precedentes, porque funciona más unidamente en redes electrónicas, y ha pasado a organizarse para articular discursos, para presentar información de acuerdo a sus demandas, para convocarse de manera más sostenida en el tiempo. Redes que se traducen en irrupción en la vía pública. En segundo lugar, porque en países con mayor nivel de desarrollo y mayor ingreso per cápita son más los actores que esperan que ese progreso se traduzca en mejores prestaciones y en atención de lo público a sus problemas específicos.

–¿Las reivindicaciones estudiantiles chilenas sería un ejemplo de esto?
–Sí, manifestaciones por mejor educación pública. Creo que esa es una razón poderosa. La tercera razón es que la juventud no se ha sentido muy representada por las instancias de referencia política, sobre todo el Parlamento y el sistema de partidos. Pero de alguna forma percibe que algo está cambiando y que hay vacíos por llenar en el ámbito de la política. Y como además está más empoderada en términos de información, siente que es un actor válido frente a otros actores políticos. Maneja una gran cantidad de información y tiene mayor acceso a otras fuentes de información.

–Sin embargo, en el libro Sentido de pertenencia en sociedades fragmentadas, usted pone en cuestión el hecho de que un fácil acceso al conocimiento suponga una mayor participación en el nivel de las decisiones.
–Eso es cierto hasta ahora por dos razones. Una es que la juventud, sin convertirlo en un discurso explícito, hace una diferencia entre la política y lo político. En algunos lugares –la familia, los clubes, entre otros– hay espacio para decidir. No son “la política”, pero son espacios de poder. El segundo elemento es que hay un salto reciente que tiene que ver con que la juventud hoy en día aparece, o bien porque tiene un manejo de información que la hace sentirse más empoderada políticamente o bien porque la política se abrió como un campo que ya no responde a un pensamiento único. Hay una percepción mucho más generalizada de que la política deja de ser una especie de administración mecánica del aparato burocrático público para ser un espacio donde se pueden tomar decisiones para modificar la sociedad. Eso está bastante claro en la mayoría de los países de América del Sur.

–Pensando en el protagonismo de los jóvenes en las manifestaciones públicas en ambos lados del océano, ¿qué similitudes y diferencias encuentra entre lo que sucede en Chile y en algunos países de Europa?
–En Europa, las movilizaciones juveniles son más reactivas a la crisis y menos propositivas. Son más espasmódicas, no tienen la continuidad que tiene el movimiento estudiantil en Chile, que durante los últimos seis meses ha estado en la calle y no los han podido sacar. Lo que ocurre en Chile está al borde de ser un cuestionamiento antisistémico, con un paquete de reformas amarrado a un cálculo de costos y un pacto fiscal para incrementar recursos para la educación. Por otro lado, las reivindicaciones en Chile atañen específicamente al sistema educativo, aunque se eleven críticas a un sistema social que consagró una división muy fuerte entre lo público y lo privado.

–Además, porque en el caso de los países europeos es toda una definición política llamarse indignados.
–Claro. Como los rabiosos.

–¿Qué papel cumple el apoyo social a las reivindicaciones en Chile para garantizar su continuidad?
–Yo creo que es muy importante. En ese sentido el movimiento estudiantil nunca logró ser aislado respecto del resto de la sociedad. Por otro lado, no produjo un efecto contagio ni derivó en otros sectores sociales, porque podría haber salido la gente en contra de la seguridad social privatizada, o la inseguridad en las minas que se instaló fuerte en la agenda, o el movimiento indígena que fue el movimiento fuerte el año anterior. Es muy paradójico porque no motiva la movilización de otros grupos, pero sí produce un apoyo general.

–¿Por qué logra tal apoyo generalizado?
–Tiene varios componentes. El directo es de filiación intergeneracional: los padres y abuelos de los estudiantes sienten que sus hijos y nietos están siendo parte de un sistema estudiantil que finalmente segrega oportunidades a futuro. Esos padres fueron también víctimas de un modelo que desde hace 30 años funciona sobre la base de un corte público/privado en términos de calidad. Y los abuelos los apoyan porque ellos sí tienen el imaginario de que hubo un momento en que la educación pública era un núcleo de inclusión social y de emparejamiento de oportunidades.

–¿Qué perspectivas ve de que se pueda alcanzar una negociación donde las reivindicaciones de los estudiantes se concreten?
–Sucede que el conjunto de reivindicaciones iba hacia una reforma muy profunda del sistema educativo, que hoy está dividido en tres partes: primero, un sistema descentralizado público, municipalizado, en el cual los municipios pobres cuentan con poca plata para destinar a los colegios. Segundo, un nivel intermedio, semipúblico, que son colegios subvencionados por el sistema de voucher. En esos casos, los dueños generalmente son los directores de esas escuelas, y por cada alumno inscripto reciben una subvención de parte del Ministerio de Educación. Tercero, el sistema privado y las corporaciones religiosas. Entonces, repensar toda el área de la educación subvencionada que cubre más del 40 por ciento del alumnado no se puede hacer de un día para el otro. Revertir la descentralización que se hizo en los años ’78 y ’79 y volver a una educación pública centralizada, más homogénea y que asigne fondos desde el Estado y no desde los municipios, requiere tiempo. Por otro lado, generar mecanismos de transferencia de lo que recoge la educación privada hacia la educación pública es parte de una lógica redistributiva que no es políticamente aséptica, todo lo contrario.

–¿Qué acciones sería necesario implementar desde el Estado para lograr ese cambio?
–Se requeriría algún tipo de pacto fiscal y, dentro de éste, el incremento de algún tipo de impuestos para que el Estado pueda recaudar recursos adicionales que le permitan reforzar la educación pública. Esa también es una deuda pendiente porque Chile tiene una carga tributaria baja para su nivel de desarrollo. Pero el problema es básicamente la falta de interlocución. El gobierno no ha encontrado espacios de interlocución, operadores que se sienten a conversar con los dirigentes estudiantiles. El intercambio sistémico tiene que ser una política de Estado aprobada por el Congreso, y pautada en el tiempo, que apunte hacia una reducción de la brecha entre la educación pública y privada en términos de calidad.

–En el libro, usted expone una serie de aspectos relacionados con la baja sindicalización que existe en los jóvenes. En ese sentido, ¿qué diferencias conceptuales existen entre la flexibilidad laboral y la precarización?
–Argentina es un país muy particular en ese sentido, quizá porque el neoliberalismo en los ’90 se dio de manera muy fuerte y la flexibilización laboral redundó, sobre todo, en precarización. Durante el menemismo, la estructura productiva y un rol institucional del trabajo hizo que el desempleo fuera muy alto, incluso durante los años de crecimiento. La flexibilización laboral, sobre todo vista desde la izquierda, tiene una connotación básicamente negativa. Pero hay una diferencia entre ambas situaciones. Hay un ámbito de flexibilización en el que los jóvenes, por lo menos de cierto sector social para arriba, parecen sentirse cómodos.

–¿Por qué?
–Porque está relacionada con el hecho de no tener trabajos perdurables en el tiempo, sino trabajos que cambien sus rutinas, que no tengan un horario fijo, en los que se trabaje desde la casa, y más contra el producto que contra las horas de trabajo. Estos rasgos de la flexibilización son positivos y, en general, la juventud los valora, porque forman parte de una visión del mundo nuevo, donde se busca congeniar la ambición de autonomía personal con los medios de supervivencia. La precarización es algo que se resiste, más aún desde la juventud, que es más víctima de este fenómeno. La juventud entra al mercado laboral con tremendas dificultades, el desempleo juvenil en algunos países es el doble y en otros el triple que el desempleo adulto. Los adultos venimos de una tradición más corporativa y, por ende, tenemos más garantías laborales que los jóvenes. La idea de facilitarles a los jóvenes el ingreso al mercado laboral a cambio de tener menores garantías es una negociación que siempre ha sido conflictiva para ellos; esto ha evocado unas tremendas movilizaciones de protesta en Francia hace algunos años.

–¿La precarización laboral es un fenómeno generacional o de época?
–Hay una cosa epocal, una tendencia creciente a la inestabilidad laboral. Entre 1970 y la actualidad se redujo sistemáticamente el promedio de tiempo que permanece una persona en un mismo trabajo. Se ha instalado como algo normal el que una persona tenga distintos trabajos, en empresas distintas, y hasta en actividades diferentes, a lo largo de su vida. La velocidad del cambio productivo es muy grande, el trabajo ha perdido un poco la centralidad de ser el gran referente de la inclusión e integración sociales y, efectivamente, está menos protegido. Hay aspectos lógicos y otros ideológicos en este fenómeno.

–¿En qué se traduce cada uno?
–La idea de que la flexibilización es necesaria en un mundo, tal y como se produce ahora, para mantener y elevar los niveles de productividad. Es una especie de dogma. En América latina, los que profesan la flexibilización fuerte de la productividad no lo hacen necesariamente a voluntad, porque hay poca inversión productiva. Siguen siendo países de baja productividad y con una profunda brecha en términos de productividad entre distintos grupos, entonces la productividad de la flexibilización no parece aportar. Distinto es el caso europeo.

–¿Qué lo distingue? Allí también hay muchas reivindicaciones de los trabajadores en contra de la flexibilización.
–Pero allí la flexibilidad está amarrada a continuos procesos de negociación tripartita, entre el Estado, el mundo empresarial y el mundo del trabajador. Es un sistema completamente distinto que, además, va acompañado de un Estado de bienestar que amortigua los golpes y los mantiene en un estado de flexiseguridad.

–En España, más allá del alto nivel de desempleo actual, ya en 2006 y 2007 había un alto porcentaje de jóvenes con trabajos precarios.
–España, particularmente, viene arrastrando una crisis desde el 2007, y hay que ver qué va a pasar de aquí hacia adelante. En el caso de los europeos, se cruzan varias cuestiones. Hay países con un endeudamiento público terrible y una necesidad de que el Estado sea garante frente a los bancos, entonces tienen fuertes procesos de ajuste que hacen que no se sepa cómo se mantendrá el gasto social. En esos países, los seguros de desempleo son un componente muy importante. El otro componente importante relacionado con el cambio demográfico es la salud para los viejos y las jubilaciones. Hay un signo de interrogación sobre cómo se va a compatibilizar, en el mediano plazo –aunque se supere la crisis–, el cambio demográfico con la sustentabilidad del Estado de bienestar.

–Frente a ese cambio demográfico, la inmigración ha sido un factor importante, porque les permitía detener el envejecimiento de la población y aportar a la seguridad social.
–Claro, porque todos los inmigrantes son relativamente jóvenes y están en edad productiva plena. Eso lo seguirán usando aunque de manera bastante contradictoria porque van a regenerar brotes de sentimiento xenófobos.

–En Buenos Aires, la asociación civil Periodismo Social y la Universidad Austral realizaron un monitoreo sobre la cobertura de los temas de infancia y adolescencia en noticieros de TV argentina. Hallaron que el 12 por ciento de la cobertura está referida a jóvenes y que, de ese porcentaje, casi la mitad son noticias sobre hechos violentos. ¿Qué grado de incidencia cree que tienen los medios sobre la percepción social de los jóvenes?
–Ese ejemplo es bastante universalizable. Los medios, en casi todos los países, están bastante invadidos por la crónica roja: cerca del 30 por ciento de las noticias es crónica roja. Hay una construcción mediática del joven que lo estigmatiza como potencial delincuente, potencial marginal. En el imaginario social hay construcción del joven como amenaza social. Eso luego pasa al discurso de la seguridad ciudadana. En ese marco, la juventud está asociada al discurso del riesgo y esto significaba que era el grupo que había que proteger. Luego, por una especie de vecindad semántica, pasó de ser grupo de riesgo para sí mismo a grupo de riesgo para los demás, es decir, generador del riesgo. Y como hoy el discurso de la seguridad ciudadana permea tan fuerte, en muchos países la gente dice: “el mayor problema de la sociedad es la inseguridad”, y lo vincula a este grupo de riesgo que es la juventud. Hay otro elemento más especulativo que, aunque no puedo comprobar, no descartaría.

–¿De qué se trata?
–La juventud es un grupo que, por sus características de edad, como de cultura y educación, es una amenaza permanente de relevo en el trabajo para los adultos. La juventud está mucho más preparada para nuevas formas de flexibilización, formas de producir, un mundo más intensivo en tecnología y acceso al conocimiento en el trabajo cotidiano: son más adaptables, más plásticos, más dinámicos. Confieso que hay una construcción fóbica de la nueva generación como una generación que te va a desplazar en un momento en que uno no quiere ser desplazado. Es decir que puede haber por ese lado una sensación de amenaza también.

Fuente: Diario Pagina/12

miércoles, 4 de enero de 2012

Sintonía fina para la justicia social



*Por Alvaro D. Ruiz *

En su discurso del viernes pasado, la presidenta de la Nación señaló que “el peronismo siempre vino para reparar...” y también dedicó parte de su alocución a la sanción que en esa madrugada la Cámara de Diputados había dado al proyecto de ley enviado por el Poder Ejecutivo Nacional para derogar la legislación de la dictadura que regula el trabajo rural y para consagrar un nuevo régimen legal.
Ambas cuestiones tienen inocultables vínculos, porque si al peronismo cabe reconocerle su rol fundamental en materia de legislación social, un capítulo especialmente destacado corresponde a la defensa que hizo de los trabajadores del campo.
Fue en 1944 cuando desde su cargo de secretario de Trabajo, Juan D. Perón impulsó la sanción del Estatuto del Peón Rural, que produjo una verdadera revolución liberadora para quienes se desempeñaban en los establecimientos agrarios, reconociéndoles una verdadera ciudadanía laboral. Obra que completó, ya como presidente de la Nación, en 1947, con la sanción de la Ley 13.020, conocida como “ley de los cosecheros”, y que –entre otras cosas– creó un organismo paritario tripartito, la Comisión Nacional de Trabajo Rural (antecedente de la actual Comisión Nacional de Trabajo Agrario –CNTA–).
Transcurridos 27 años, fue otro gobierno peronista el que produjo un avance sustancial en el derecho del trabajo al sancionar la Ley de Contrato de Trabajo (LCT, 1974), con especial impacto en el sector rural, toda vez que la misma establecía la aplicación de sus institutos –sin excepciones– a todos los estatutos especiales, entre los que se encontraba obviamente el Estatuto del Peón.
Debieron pasar otros 37 años para que, una vez más, el peronismo en el gobierno instara a la recuperación de los derechos de los trabajadores del campo enviando al Congreso Nacional un proyecto de Nuevo Estatuto del Peón Rural, que ahora, consagrado como ley por amplias mayorías en ambas Cámaras, es sin lugar a dudas el acto más trascendente que se registra en ese ámbito laboral desde la histórica decisión de Perón en 1944.
En estas semanas se ha pretendido minimizar la trascendencia de esa legislación, circunscribiendo su análisis a un aspecto menor y marginal (el art. 106 del Proyecto) ligado a un ente (el Renatre) creado en 1999 por la Ley 25.191.
El Nuevo Estatuto del Peón Rural constituye un avance importantísimo e iguala a los trabajadores del campo con los restantes del sector privado. En ese sentido, puede señalarse, a título de ejemplo:

- Equiparación de derechos: Dispone la aplicación de la LCT, en todo cuanto resulte compatible con el régimen estatutario específico.

- Contrato de Trabajo Agrario: Se define el contrato de trabajo rural, circunscribiéndolo a las tareas propias de la actividad agraria en cualquiera de sus especializaciones.

- Protección de los trabajadores temporarios:Se favorece la estabilidad laboral rompiendo con la dicotomía de trabajadores permanentes y no permanentes.

- Regulación del trabajo a destajo: Esta modalidad ha sido fuente de numerosos abusos y fraudes en perjuicio de los trabajadores, por ello se regula de manera estricta el pago mediante esta modalidad a la que se denomina “por rendimiento de trabajo”, estableciéndose que la misma no podrá ser inferior a la remuneración mínima que se fije para cada actividad por unidad de tiempo.

- Jornada laboral: Se brindan garantías efectivas en materia de jornada laboral, limitando expresamente la extensión diaria (8 horas) y semanal (44 horas) de lunes a sábados a las 13.00, regulándose asimismo la jornada nocturna.

- Vivienda. Alimentación. Traslados:Respecto de estas cuestiones se incrementan y mejoran los estándares y requisitos mínimos ya establecidos, superando incluso lo previsto por la LCT.
- Solidaridad: Se mejora la protección y se amplían los supuestos de solidaridad con relación a la cadena de subcontratación.
- Licencias especiales: Se hacen extensivas las licencias previstas por la LCT por nacimiento de hijo, matrimonio, fallecimiento de cónyuge o conviviente, hijo, padre, hermano; exámenes, enfermedad, etcétera.

- Trabajo esclavo, infantil y no registrado: Se crean y recrean las instancias de control laboral, los sistemas de contratación y los dispositivos de contención familiar para los trabajadores, particularmente para los temporarios.

- Servicio Público de Empleo: Con el fin de contribuir a la generación, sostenimiento, mejora y registración del empleo de los trabajadores temporarios y en especial de los migrantes, se establece este servicio que será de uso obligatorio para los empleadores.

- Jubilación ordinaria del trabajador agrario: En función de la rudeza de las tareas rurales y sus repercusiones en la salud de los trabajadores, se establece el derecho a una jubilación ordinaria con 57 años de edad y 25 años de servicios.

- Derechos colectivos: Se eliminan las actuales restricciones impuestas por el régimen laboral de la dictadura a los trabajadores rurales respecto del derecho de huelga y de convenciones colectivas de trabajo.
Todo esto ratifica los dichos de la Presidenta. No hay duda entonces, el peronismo siempre vino a reparar.
* Subsecretario de Relaciones Laborales, Ministerio de Trabajo.
 
Fuente: Diario Página/12

viernes, 30 de diciembre de 2011

Izquierdas, indignados y okupas


Final del formulario
*Por Boaventura de Sousa Santos *

            Cuando están en el poder, las izquierdas no tienen tiempo para reflexionar sobre las transformaciones que se producen en las sociedades y cuando lo hacen es siempre como reacción a un suceso que perturba el ejercicio del poder. La respuesta es siempre defensiva. Cuando no están en el poder, las izquierdas se dividen internamente para definir quién será el líder en las próximas elecciones, y las reflexiones y las evaluaciones quedan ligadas a ese objetivo. Esta falta de disposición para la reflexión siempre fue perniciosa, ahora es suicida. Por dos razones. La derecha tiene a su disposición a todos los intelectuales orgánicos del capital financiero, las asociaciones empresarias, los organismos multilaterales, los think tanks, los lobbistas, quienes diariamente le proporcionan datos e interpretaciones, que no siempre son faltos de rigor y que siempre interpretan la realidad para llevar agua a su molino. En cambio, la izquierda está desprovista de instrumentos de reflexión abiertos a los no militantes y, hacia dentro, la reflexión sigue la línea estéril de las facciones. En el mundo actual circula una inmensidad de informaciones y análisis que podría tener una importancia decisiva para repensar y refundar las izquierdas, después del doble colapso de la socialdemocracia y del socialismo real. El desequilibrio entre las izquierdas y la derecha, en lo que respecta al conocimiento estratégico del mundo, es hoy mayor que nunca.
La segunda razón es que las nuevas movilizaciones y militancias políticas por causas que históricamente pertenecieron a las izquierdas se están realizando sin ninguna referencia a ellas (salvo, tal vez, a la tradición anarquista) y, muchas veces, en oposición a ellas. Esto no puede dejar de suscitar una profunda reflexión. ¿Se está haciendo esta reflexión? Tengo razones para creer que no y la prueba está en las tentativas de cooptar, aleccionar, minimizar e ignorar a la nueva militancia. Propongo algunas líneas de reflexión. La primera se refiere a la polarización social que está emergiendo de las enormes desigualdades sociales. Vivimos un tiempo que tiene algunas semejanzas con el de las revoluciones democráticas que avasallaron Europa en 1848. La polarización social era enorme, porque el proletariado (en ese entonces una clase joven) dependía del trabajo para sobrevivir, pero (a diferencia de la época de sus padres y abuelos) el trabajo no dependía del obrero, sino de quien lo daba o quitaba a su antojo: el patrón; si tenía empleo, los salarios eran tan bajos y la jornada tan larga que la salud peligraba y la familia vivía siempre al borde del hambre; si era despedido, no tenía ningún sustento, excepto alguna economía solidaria o el recurso del delito. No sorprende que, en aquellas revoluciones, las dos banderas de lucha hayan sido el derecho al trabajo y el derecho a una jornada de trabajo más corta. Un siglo y medio después, la situación no es exactamente la misma, pero esas banderas siguen siendo actuales. Y tal vez lo sean más hoy que hace treinta años. Las revoluciones fueron sangrientas y fracasaron, pero los propios gobiernos conservadores que siguieron tuvieron que hacer concesiones para que la cuestión social no llevase a una catástrofe. ¿A qué distancia estamos nosotros de una catástrofe? Por ahora, la movilización contra la escandalosa desigualdad social (similar a la de 1848) es pacífica y tiene una fuerte inclinación a la denuncia moralista. No atemoriza al sistema financiero-democrático. ¿Quién puede garantizar que esto seguirá así? La derecha está preparada para dar una respuesta represiva a cualquier alteración que se torne amenazadora. ¿Cuáles son los planes de las izquierdas? ¿Van a volver a dividirse como en el pasado, unas tomando la posición de la represión y otras, la de la lucha contra la represión?
La segunda línea de reflexión tiene también mucho que ver con las revoluciones de 1848 y consiste en cómo volver a conectar la democracia con las aspiraciones y las decisiones de los ciudadanos. Entre las consignas de 1848 se destacaban el liberalismo y la democracia. El liberalismo significaba el gobierno republicano, la separación entre Estado y religión, la libertad de prensa, el sufragio “universal” para los hombres. En esta área se ha avanzado mucho en los últimos 150 años. Sin embargo, esas conquistas vienen siendo cuestionadas desde hace 30 años y, en los últimos tiempos, la democracia se parece más a una casa cerrada, ocupada por un grupo de extraterrestres que decide democráticamente por sus intereses y dictatorialmente por los intereses de las grandes mayorías. Un régimen mixto, una “democradura”. El movimiento de los indignados y los okupas rechaza la expropiación de la democracia y opta por tomar decisiones por consenso en sus asambleas. ¿Están locos o son un signo de las exigencias que se vienen? Las izquierdas, ¿ya habrán pensado que, si no se sienten cómodas con formas de democracia de alta intensidad (en el interior de los partidos y en la república), ésa será la señal de que deben retirarse o refundarse?
* Doctor en Sociología del Derecho. Este texto corresponde a la “Tercera carta a las izquierdas”.

Fuente: Diario Página/12

miércoles, 28 de diciembre de 2011

PLASTICA › ANTICIPO DE EL MALESTAR EN LA ESTETICA, DE JACQUES RANCIèRE



Sobre la estética y sus políticas
Acaba de publicarse el libro en el que el filósofo francés analiza las contradicciones y las impases políticas del arte contemporáneo al tiempo que desmitifica el “arte crítico” de los años sesenta y su legado.


Final del formulario
+ Por Jacques Rancière * 

La estética tiene mala reputación. Casi no pasa un año sin que una nueva obra proclame el fin de su era o la perpetuación de sus fechorías. En uno u otro caso, la acusación es la misma: la estética sería el discurso capcioso mediante el cual la filosofía –o una cierta filosofía– desvía en provecho propio el sentido de las obras de arte y de los juicios de gusto. Si bien la acusación es constante, sus expectativas varían. Hace veinte o treinta años, el sentido del proceso podía resumirse en los términos de Bourdieu. El juicio estético, “desinteresado”, tal como Kant lo había fijado en su fórmula, era el lugar por excelencia de la “negación de lo social”. La distancia estética servía a disimular una realidad social marcada por la radical separación entre los “gustos de necesidad” propios del habitus popular y los juegos de la distinción cultural reservados a aquellos que poseían los medios para ella. En el mundo anglosajón, una misma inspiración animaba los trabajos de la historia social o cultural del arte. Unos nos mostraban, por detrás de las ilusiones del arte puro o las proclamas de las vanguardias, la realidad de las restricciones económicas, políticas e ideológicas que pautan las condiciones de la práctica artística. Otros saludaban, bajo el título de The Anti Aesthetic, el advenimiento de un arte posmoderno, que rompía con las ilusiones del vanguardismo. Esta forma de crítica ya casi ha pasado de moda. 

Desde hace veinte años la opinión dominante no termina de denunciar en todas las formas de explicación “social” una complicidad ruinosa con las utopías emancipatorias declaradas responsables del horror totalitario. Y así como canta el retorno a la política pura, celebra renovadamente el puro cara a cara con el acontecimiento incondicionado de la obra. Se habría podido pensar que la estética saldría blanqueada de este nuevo rumbo del pensamiento. Pero, en apariencia, no es nada de eso. La acusación, simple y sencillamente, se ha invertido. La estética se ha vuelto el discurso perverso que impide ese cara a cara, sometiendo las obras –o nuestras apreciaciones– a una máquina de pensamiento preconcebido para otros fines: absoluto filosófico, religión del poema, o sueño de emancipación social. Este diagnóstico se deja sustentar sin problemas por teorías antagónicas. El adiós a la estética, de Jean-Marie Shaeffer, se hace eco, así, del Pequeño manual de inestética, de Alan Badiou. Estos dos pensamientos, sin embargo, están en las antípodas. Jean-Marie Schaeffer se apoya en la tradición analítica para oponer el análisis concreto de las actitudes estéticas a los errabundos caminos de la estética especulativa. Esta habría sustituido el estudio de las conductas estéticas y de las prácticas artísticas por un concepto romántico del absoluto del arte, a fin de resolver el falso problema que la atormentaba: la reconciliación de lo inteligible y de lo sensible. Alan Badiou, en cambio, parte de principios opuestos. Es en nombre de la idea platónica, de la que las obras son los acontecimientos, que rechaza una estética que somete a la verdad a una (anti)filosofía comprometida con la celebración romántica de una verdad sensible del poema. Pero el platonismo de uno y el antiplatonismo de otro coinciden en denunciar en la estética un pensamiento de mezcla, que participa de la confusión romántica entre el pensamiento puro, los afectos sensibles y las prácticas del arte. Uno y otro responden por un principio de separación que pone en su lugar los elementos y sus discursos. Al defender los derechos de la (buena) filosofía en contra de la “estética filosófica”, se siguen fundiendo con el discurso del sociólogo antifilosófico que opone la realidad de las actitudes y las prácticas a la ilusión especulativa. Y coinciden, así, con la opinión dominante, que nos muestra la gloriosa presencia sensible del arte devorado por un discurso sobre el arte que tiende a volverse su realidad misma. Reencontramos esta misma lógica en los pensamientos del arte que se fundan sobre otras filosofías o antifilosofías. Por ejemplo, en Jean-François Lyotard, donde es la marca sublime del toque pictórico o del timbre musical lo que se opone a la estética idealista. Todos esos discurso critican la confusión estética en forma similar. Y más de uno, al mismo tiempo, nos deja ver otra apuesta implicada por dicha “confusión” estética: realidades de la división de clases que se oponen a la ilusión del juicio desinteresado (Bourdieu), analogía entre los acontecimientos del poema y los de la política (Badiou), choque del Otro soberano que se opone a las ilusiones modernistas del pensamiento que se construye un mundo (Lyotard), denuncia de la complicidad entre la utopía estética y la utopía totalitaria (el coro de los subcontratistas). No por nada la distinción de conceptos es homónima a la distinción social. A la confusión o a la distinción estética se vinculan claramente apuestas que atañen al orden social y a sus transformaciones. Este libro contrapone a esas teorías de la distinción una tesis simple: la confusión que ellas denuncian, en el nombre del pensamiento que pone cada cosa en el elemento que le es propio, es de hecho el nudo mismo por el cual ciertos pensamientos, prácticas y afectos se hallan instituidos y provistos de su territorio o de su objeto “propio”. Si “estética” es el nombre de una confusión, dicha “confusión” es de hecho lo que nos permite identificar los objetos, los modos de experiencia y las formas de pensamiento del arte que pretendemos aislar para denunciarla. Deshacer el nudo para discernir mejor en su singularidad las prácticas del arte o los afectos estéticos quizá equivalga a condenarse a carecer de esa singularidad. [...] “Estética” es la palabra que expresa el nudo singular, incómodo de pensar, que se ha formado hace dos siglos entre las sublimidades del arte y el ruido de una bomba de agua, entre una veladura de cuerdas y la promesa de una nueva humanidad. El malestar y el resentimiento que hoy suscita siguen girando en torno de estas dos relaciones: escándalo de un arte que acoge en sus formas y en sus lugares el “lo mismo da” de los objetos de uso y de las imágenes de la vida profana; promesas exorbitantes y mentirosas de una revolución estética que quería transformar las formas del arte en formas de una vida nueva. Se acusa a la estética de ser culpable del “lo mismo da” del arte, se la acusa de haberlo desviado en las promesas falaces del absoluto filosófico y de la revolución social. Mi propósito no es “defender” la estética, sino contribuir a aclarar lo que esa palabra quiere decir, como régimen de funcionamiento del arte y como matriz discursiva, como forma de identificación de lo propio del arte y como redistribución de las relaciones entre las formas de la experiencia sensible. Las páginas que siguen se dedican, más particularmente, a delimitar de qué manera un régimen de identificación del arte se vincula a la promesa de un arte que sería más que un arte o que no sería más un arte. Buscan mostrar, en síntesis, cómo es que la estética, en tanto régimen de identificación del arte, conlleva una política o una metapolítica. Al analizar las formas y las transformaciones de dicha política, tratan de comprender el malestar o el resentimiento que la palabra misma suscita en nuestros días. Pero no sólo se trata de comprender el sentido de un vocablo. Seguir la historia de la “confusión” estética también implica intentar esclarecer la otra confusión que sostiene la crítica de la estética: la que diluye a la vez las operaciones del arte y las prácticas de la política en la indistinción ética. La apuesta, aquí, no sólo atañe a las cosas del arte, sino a las maneras por las cuales hoy nuestro mundo se dispone a discernir y los poderes afirman su legitimidad.

* Filósofo francés (Argel, 1940). Fragmentos de la introducción de su libro, El malestar en la estética, que acaba de publicar la editorial Capital intelectual.

Fuente: Diario Página/12

martes, 27 de diciembre de 2011

Las fronteras: Debate sobre la creación del Instituto Manuel Dorrego VI



Por  Maristella Svampa, Vera Carnovale, Martín Bergel y Horacio Tarcus. Investigadores del Conicet.


Las reacciones que ha despertado la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano han sido vistas como excesivas. Muchas figuras afines al gobierno han querido minimizar el hecho, y se han concentrado en descalificar a las voces críticas. Pero resulta evidente que un juicio que se quiera desmarcar de las habituales y empobrecedoras dicotomías K-anti K que abundan en nuestra época –una posición que en este asunto han sostenido algunas figuras también embanderadas con el kirchnerismo- no puede obviar que el Instituto en cuestión no es un hecho aislado, y que por los propósitos explícitos de quienes lo promueven convoca decididamente la oposición del pensamiento crítico.
En efecto, el nuevo Instituto se inscribe en una serie de gestos y prácticas promovidos desde el Estado que, en conjunto, tejen un relato histórico que resulta por lo menos discutible, que merece tanto una crítica historiográfica como una crítica política.


En el terreno historiográfico, el nuevo Instituto revela desde su título mismo un anacronismo. Como ya han anticipado otras voces, el debate “visión revisionista versus visión liberal de la historia” ha sido superado hace décadas. Desde las universidades, en los últimos 25/30 años triunfó el avance de la profesionalización, a partir de lo cual se abandonaron las imágenes simplificadas y los esquemas omnicomprensivos y binarios en favor de la complejidad explicativa y del rigor metodológico. Este giro renovador estuvo presidido por la amplitud temática y la coexistencia de una pluralidad de enfoques y estilos, que abarcan desde figuras que defienden una concepción hiper-academicista hasta otras que sostienen diferentes variantes del ensayismo. En muchas canteras y subdisciplinas de la historia –como la historia de las mujeres, la historia urbana, o la historia de los movimientos populares, por citar sólo tres– los historiadores argentinos se revelaron altamente competentes e inauguraron visiones que gozan de sólido prestigio en muchos lugares de América latina y del mundo. En ese sentido, la categoría de “mitrismo” en la que pretenden ser englobados todos esos esfuerzos es una entelequia, uno de esos típicos epítetos lanzados con el fin de construir un “otro” al servicio de la legitimación de un discurso propio.


Desde un ángulo político, lo que hoy sucede se vincula al giro que efectuó el gobierno a partir de 2008, que se consolidó luego con la aprobación de la ley de medios audiovisuales, y terminó de configurarse con la sorpresiva muerte del ex presidente. Dicho giro operó un fuerte cambio en el escenario político y cultural. Produjo un nuevo deslizamiento hacia las lecturas binarias y el comienzo de un período de exacerbación de la lógica nacional-popular. Así, a diferencia de los comienzos del kirchnerismo, de las más interesantes apuestas por la transversalidad, el relato histórico que fomenta el actual gobierno resulta excluyente porque solicita identidad. A su vez, esa afirmación identitaria a menudo se continúa desde el kirchnerismo cultural en una lógica de linchamiento del diferente. En ese sentido, el relato histórico kirchnerista cumple una función que, curiosamente, es detectable tanto en el Partido de la Libertad de Bartolomé Mitre como en el radicalismo y el peronismo históricos: la de restar legitimidad a todo aquel que no está dentro de sus fronteras. El actual relato kirchnerista es solidario de la idea ficticia de que todos aquellos que no pertenecen al “campo nacional y popular” son ajenos al Pueblo.


Es cierto que, a contrapelo de la profesionalización, como bien reconocía hace muchos años Tulio Halperin Donghi, en la sociedad triunfó un “sentido común revisionista”, un hecho que se materializó en autores que hoy son los best sellers y mandarines del mercado editorial en el campo de la divulgación de la historia. Aunque las hay, aún son a todas luces insuficientes las iniciativas que se proponen trasponer la fosa existente entre la historiografía académica y la sociedad más vasta. Este es otro debate, que sin duda presenta un problema o una suerte de “punto ciego” de parte de ciertos sectores académicos. Pero es un debate en el cual el Estado no puede ni debe participar en tanto que tal, salvo propiciándolo. Un Estado democrático no debería suscribir escuelas historiográficas, ni artísticas ni filosóficas, sino ser el garante de la pluralidad de todas ellas; la suerte de estas escuelas o corrientes se debe jugar en el campo específico de la historia, del arte o de la filosofía, con sus propias reglas de juego: las de la producción, la creación y del libre debate, sin la menor interferencia del poder estatal.
Así, la creación del nuevo instituto revisionista es un síntoma más que indica que los esquemas binarios en la política argentina están a la orden del día, y ello no anuncia nada bueno. El gobierno puede elegir seguir cayendo en ellos, para ajustar aún más el círculo vicioso que sostiene a los mismos, o bien avanzar hacia una construcción plural. Por ejemplo, en el ámbito de la cultura, renunciando a las simplificaciones que aporta, en este caso específico, la adopción y difusión desde el Estado de una lectura revisionista de la historia. Pero no parece ser éste el camino elegido. Pareciera en cambio que, nuevamente, en el orden de los populismos realmente existentes, la experiencia argentina tiende a construirse –corsi y ricorsi mediante– a partir del cierre y la sutura.

Fuente: Diario Miradas al Sur

viernes, 23 de diciembre de 2011

Revisionismo devaluado. La última impostura kirchnerista: Debate acerca del Instituto Manuel Dorrego V

  Por Hernán Camarero y Lucas Poy

En las últimas semanas ha surgido una polémica en torno a la decisión del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner de constituir, por decreto, un Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”, bajo la órbita de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación. El mismo promete ser dotado de apoyo técnico-administrativo y del goce de partidas presupuestarias que servirán para el financiamiento de becas, subsidios, premios, congresos, cursos, publicaciones y otra serie de actividades, en pos del desarrollo de una determinada visión historiográfica. El objetivo del flamante organismo, a cuyo frente ya se ha instituido una Comisión Directiva encabezada por el ensayista Mario “Pacho” O’Donnell, es el de “estudiar, investigar y difundir la vida y la obra de personalidades y circunstancias destacadas de nuestra historia que no han recibido el reconocimiento adecuado en un ámbito institucional de carácter académico”. Más específicamente, la meta es la reivindicación de todos aquellos que, como Dorrego, los caudillos federales, Yrigoyen, Perón, Evita y otras personalidades latinoamericanas, habrían defendido “el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios, y que, en pro de sus intereses han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino”. El “proyecto Dorrego” parece acorde con el contenido épico de las “batallas culturales” que el kirchnerismo se viene proponiendo librar. En todos sus poros y hasta en sus detalles, esta increíble empresa historiográfica demuestra el nivel de impostura, improvisación y decadencia cultural al cual puede arribar la clase gobernante.
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El revisionismo histórico emergió como corriente en el contexto de otra enorme crisis del capitalismo, la de los años treinta, cuando colapsó en pocos años la estructura económica de dependencia con el imperialismo británico y con ella empezó a crujir, a su vez, el relato histórico que había presentado esa estructura como virtuosa y a la historia posterior a Caseros como un camino poco accidentado hacia un progreso que parecía indefinido. El revisionismo se constituyó, en efecto, como una interpretación histórica “alternativa” a esa llamada “historia oficial”, que se había articulado a partir de los trabajos de Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López y se había desplegado en las incipientes instituciones académicas. Sin embargo, demostró muy pronto ser en realidad el reverso de la moneda de la historia liberal, en la medida en que los héroes de una pasaban a ser los villanos de la otra, y viceversa, pero se mantenía intacta una matriz historiográfica que analizaba menos los procesos sociales y económicos que dieron lugar a los diferentes clivajes políticos que el papel de las “grandes figuras” en el desarrollo de la historia.
Con el tiempo, el revisionismo fue conociendo diversas variantes, que incluso fueron catalogadas como de “derecha” y de “izquierda”, aunque nunca varió el núcleo de su interpretación: una lectura que consideraba que ciertos actores o sectores sociales —Mitre, los porteños, la oligarquía, los unitarios, según el caso— habían bloqueado el desarrollo de otros —Rosas, Urquiza, los federales, los caudillos, las montoneras, según el contexto y el posicionamiento del escritor de marras— que habían tenido en sus manos la posibilidad de un desarrollo alternativo que “no dejaron ser”. No hace falta decir que esta argumentación no era (ni es) inocente en términos políticos: la reivindicación de ciertos actores o proyectos supuestamente “progresivos”, que no pudieron desplegarse o cuyo desenvolvimiento quedó trunco debido a acciones siempre conspirativas de otros sectores oligárquicos, se correspondía con la reivindicación de una burguesía de carácter progresivo que aún era capaz, en los tiempos contemporáneos al escritor, de llevar a cabo ese desarrollo que había quedado trunco.
El pretendido carácter “alternativo” del relato histórico revisionista mostraba su faceta más oscura y tradicionalista al momento de referirse a la clase obrera, que se constituyó como un actor político en una etapa muy temprana de la historia argentina. En efecto, el abordaje que la mayor parte de los revisionistas elaboró sobre la historia de los trabajadores osciló entre el posicionamiento reaccionario y la mistificación inconducente. Todo el largo ciclo de constitución y desarrollo del movimiento obrero desde el último tercio del siglo XIX hasta la irrupción del peronismo fue tratado con negligencia y hostilidad. El anarquismo, el socialismo y cada una de las ideologías y movimientos sociales y políticos emancipatorios fueron considerados productos “exóticos” y “foráneos”, opuestos al sentir y a los propios intereses nacionales. En todo caso, no lograron interpretar las verdaderas limitaciones de aquellas expresiones, pues las “condenaron” por aquello que tenían de progresivo: el haberse guiado por los principios de la lucha de clases y la autonomía clasista, renunciando, por ende, a la supuestamente necesaria unidad con sus explotadores “nacionales”. Como no podía ser de otro modo, la experiencia peronista fue instrumentalizada para normativizar un devenir de la clase obrera argentina, con el fin de naturalizar su adhesión a la conciliación de clases, el estatismo y la supeditación a una ideología esencialmente procapitalista.
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El revisionismo histórico había entrado en una larga decadencia por lo menos desde la década de 1970: el intento del gobierno kirchnerista de recuperarlo es inseparable de su propuesta, explicitada en su llegada al gobierno en 2003, de “reconstruir a la burguesía nacional”. Si todo proyecto político busca legitimarse en la historia, el kirchnerismo, a través de esta exhumación del revisionismo, pretende construirse como continuidad de un pasado de “proyectos nacionales”, siempre capitalistas, que quedaron mutilados o interrumpidos en su intento de desarrollar a la Argentina en un sentido alternativo. El revisionismo pretende convertirse en la nueva “historia oficial”.
Lo primero que salta a la vista, sin embargo, es el carácter devaluado —y degradado— de este nuevo intento revisionista. En primer lugar, por el raigal carácter estatal, es decir, regimentador, con el que es ahora impulsado, pretendiendo insuflar de vida, desde arriba y artificialmente, a una corriente historiográfica en buena medida perimida. Así, el discurso y los fundamentos con los que el Instituto Dorrego fue creado exhiben un notable anacronismo de formas y contenidos. El personal reclutado para dicha empresa (nada menos que por un decreto presidencial) es una muestra de la inconsistencia con la que la misma fue lanzada al ruedo: apenas logran reconocerse allí algunos docentes identificados con la causa esgrimida pero carentes de escritos e investigaciones conocidas de cualquier tipo, junto a otros que sí vienen ejerciendo el oficio en el campo de la divulgación pero que sólo habían demostrado hasta el momento no más que una tenue sensibilidad revisionista, y a connotados escribidores que han hecho del oportunismo y transfuguismo ideológico toda una escuela. Por otra parte, agravando aún más el sentido regresivo del proyecto, recordemos que esta recuperación estatal del revisionismo se hace sobre algunos de sus aspectos más reaccionarios, como quedó de manifiesto en las intervenciones de CFK realzando la figura de Rosas, el caudillo y terrateniente bonaerense, como expresión de una aparente burguesía “progresista” a la que no dejaron desplegar sus alas.
El carácter fallido y conservador del actual ensayo de resucitación del revisionismo no desentona, de todas formas, si se tiene presente que es impulsado por un proyecto político que es él mismo un remedo deteriorado de nacionalismo burgués. Un proyecto que, entre otras cosas, aparece en colisión con sus propias pretensiones y enunciados de “emancipación nacional”, como se puede advertir en las sistemáticas acciones del gobierno: puntual pago de la deuda externa, subsidio y garantía de los negocios del capital extranjero, sanción de las leyes anti terroristas exigidas por Washington, y un largo etcétera que incluye contener en varios de sus puestos claves a funcionarios que fueron connotados representantes del tan denostado liberalismo extranjerizante, en su versión ucedeísta y/o menemista.
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El espantajo revisionista ha servido para reagrupar, como ha ocurrido periódicamente bajos diversas causas, a todo un sector de la historiografía académica, que, reclamando los valores del pluralismo y el auténtico saber científico, ha impugnado el objetivo gubernamental de “promover un discurso oficial sobre el pasado” y ha reclamado operar con “análisis complejos” contrarios al “reduccionismo”. Este tipo de planteos denota inconsecuencia, ingenuidad y repliegue corporativo. Hay que tener autoridad para blandir ciertas banderas. No es cierto que en la universidad y en el ámbito científico, en donde operan mecanismos de clientelización, oligarquización y exclusión variados, reine el genuino pluralismo y apertura a todas las concepciones historiográficas. Para poner un ejemplo, las articuladas en torno a un horizonte liberal-republicano perfectamente conjugado con ciertas entonaciones socialdemócratas han gozado de un espacio inconmensurablemente mayor y con un carácter abortivo respecto a las representativas de un pensamiento crítico y contrahegemónico. Asimismo, la historiografía académica dominante apeló a la despolitización y a la renuncia a un papel intelectual activo y comprometido, canonizando un modelo de historiador replegado en los claustros y limitado a la reproducción de determinadas miradas, conceptos y hasta terminologías.
En parte, sobre esa abdicación y ese vacío, montado en esas evidentes limitaciones, es como un neorevisionismo de divulgación fue incrustando sus ideas y creando cierto marco de posibilidad para esta actual intentona estatal. El abroquelamiento corporativo de los “historiadores profesionales”, no obstante, intenta ocultar que la creación del Instituto Dorrego ha abierto una crisis en sus filas. La tardía conversión al kirchnerismo de un buen número de historiadores del viejo tronco socialdemócrata los ha dejado en una posición difícil ante la aparición del Dorrego: su decisión de no acompañar el pronunciamiento de repudio pero tampoco sumarse a las filas del instituto revisionista pone de manifiesto la incómoda posición en la que han quedado quienes hicieron toda una carrera repudiando al revisionismo pero se han pasado recientemente a las filas gubernamentales y cuentan con llegada, incluso, a fuentes de financiamiento directo estatal. Sintomáticamente, “Carta Abierta” ha renunciado a fijar posición ante un tema de indudable resonancia cultural.
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Si es cierto que ninguna corriente historiográfica es neutral en cuanto a posicionamientos políticos y que toda mirada sobre el pasado implica una valoración del presente y una perspectiva para el futuro, no lo es menos que hay interpretaciones menos rigurosas que otras, y que aquellas que defienden el statu quo son las más incapaces para echar luz sobre el pasado. La historia que necesitan los oprimidos en la lucha por su liberación es, en primer lugar, una historia que esté bien hecha, y el revisionismo argentino se ha caracterizado por su escasa calidad y su mediocridad—que la historia ‘oficial’ no haya tenido un derrotero muy diferente no la exime de ninguna culpa, en primer término porque también contó, durante muchos períodos históricos, con el respaldo de los aparatos del Estado para su producción y difusión. Una versión devaluada de nacionalismo burgués, como es el kirchnerismo, no podía sino producir como correlato esta variante desteñida y vulgar del revisionismo, una interpretación que tiene tan poco para ofrecer al análisis histórico como la clase capitalista a la nación.
El despliegue de una interpretación histórica alternativa es inseparable de la lucha por una transformación revolucionaria de este mundo, que no solo queremos interpretar sino también transformar. Las masas trabajadoras, los excluidos y oprimidos, harán su propia historia y escribirán la suya, sin deberle nada a los héroes y villanos de los viejos relatos de sus explotadores. Existe una pléyade de historiadores críticos que han investigado y enseñado bajo estas convicciones, nuevas generaciones lo seguirán haciendo bajo otras circunstancias.

Fuente:http://asambleadeintelectualesfit.wordpress.com/2011/12/19/revisionismo-devaluado-la-ultima-impostura-kirchnerista-por-hernan-camarero-y-lucas-poy/ 

martes, 20 de diciembre de 2011

Una luz de la ciencia argentina



 Tenía 101 años. Dos semanas antes había sido distinguida con una Medalla del Bicentenario. Fue la vanguardia femenina en la universidad argentina. Llegó al país huyendo del nazismo. Investigó la poliomielitis al frente del Malbrán.
 

 Por Soledad Vallejos

No creía en Dios porque era una mujer de ciencia, y porque “siempre pensé que si existiera, no dejaría que pasaran tantas barbaridades”. Eugenia Sacerdote de Lustig, médica, investigadora emérita del Conicet, protagonista de gran parte de la historia científica en la Argentina, el país al que llegó huyendo del ingreso nazi en su Italia natal, murió el domingo. Tenía 101 años. Dos semanas antes había sido distinguida con una Medalla del Bicentenario. Dejó el recuerdo de una vida de trabajo intenso, que sólo se alejó de los laboratorios cuando la ceguera le impidió valerse por sí misma. Había estudiado en la universidad mientras las mujeres en los claustros eran una rareza, salvado a miles de personas de la epidemia de poliomelitis al frente del Malbrán, escapado por un azar de la Noche de los Bastones Largos. Tenía tres hijos, nueve nietos, bisnietos. Vivía rodeada de miles de libros que no podía leer, pero escuchaba, sentada en un sillón.
Eugenia Sacerdote había nacido en Turín, en 1910. Como recordó en una entrevista de 2006 publicada en este diario, cuando tuvo edad para estudiar lo que, de niña, había decidido que sería, se encontró con un problema. “El estúpido de Mussolini seguía haciendo propaganda con la idea de que las mujeres sólo servían para tener muchos hijos”, de modo que su educación media, en un liceo para mujeres, sólo la había preparado para cumplir tareas domésticas, saber un poco de literatura y hablar algo de francés. Pero compartía objetivo y terquedad con una prima compinche y contemporánea: entre ambas consiguieron un docente particular que las preparó, estudiaron 12 horas por día e ingresaron en la Facultad de Medicina. Las alumnas eran cuatro; los alumnos, 500. Todavía pasado más de medio siglo recordaba que había sido “tremendo”. “No estaban acostumbradas a ver mujeres en la facultad. Se divertían a costa nuestra.” En 1936, ella y su prima Rita Levi-Montalcini, que recibiría el Nobel por sus investigaciones en Neurología, se graduaron en Medicina.
Tiempo después, casada con el ingeniero Maurizio Lustig e instalada en Roma, se dedicó a la práctica médica en un hospital. En junio de 1938, la Italia fascista dictó las leyes raciales; días después, cuando los restaurantes colgaban carteles como “no se aceptan perros ni judíos”, a su marido, empleado en Pirelli, le ofrecieron trasladarse a la Argentina, donde la empresa abriría una sede. Lo ignoraba todo del país; en 1939 subieron al buque “Oceanía” en Nápoles; desembarcaron en Buenos Aires.
Durante años, la Argentina no reconoció su título, pero en la cátedra de Histología de la Facultad de Medicina de la UBA le propusieron facilitarle instrumentos y espacio para investigar, aunque sin salario fijo: sus ingresos dependían de un fondo para reponer el material de vidrio dañado. Por eso, “durante dos años yo cuidé mucho que nadie rompiera pipetas y probetas”.
Tuvo un laboratorio en el Instituto de Oncología Roffo, y al mismo tiempo Armando Parodi la contrató para investigar en el Instituto de Bacteriología Malbrán, donde montó la Sección de Cultivo de Tejidos. Poco después, con el alejamiento de Parodi, Sacerdote de Lustig quedó al frente del departamento de virus en un momento crítico: la epidemia de poliomelitis. Cada día recibían 60, 70 casos para diagnosticar. “Tenía un miedo terrible de infectarme y de que se infectara todo el personal. Cada día trabajaba hasta medianoche con mi técnica Catalina –recordó cinco años atrás ante este diario–. Cuando terminábamos, poníamos todo el material que habíamos usado en el jardín del Malbrán, le echábamos nafta y prendíamos fuego, porque temíamos que a la mañana siguiente la persona que iba a limpiar tocara algo y se infectara. Después me cambiaba de pies a cabeza para irme a casa. Hasta los zapatos. Tenía terror de infectar a mis hijos.” Gracias a eso, y a su decisión de avalar la aplicación de la vacuna Salk antes de que recibiera la aprobación oficial, salvó a miles.
Trabajó hasta perder completamente la vista. Por entonces investigaba sobre el mal de Alzheimer, genética y oncología. Ciudadana Ilustre porteña, en 2006 convirtió los apuntes escritos para sus nietos en el libro autobiográfico De los Alpes al Río de la Plata.

Fuente Diario Página/12

sábado, 17 de diciembre de 2011

Historia, mito y lenguaje: Debate acerca del Instituto manuel Dorrego IV





La verdadera discusión con Tulio Halperín Donghi debería referirse a su desdén por los mitos, a los que ataca con un refinado ensañamiento, pensando que esa y no otra es la tarea del historiador, como gran augur laico en épocas que percibe como de oscuridad o desconcierto.
 
A propósito de la creación del Instituto Dorrego, mucho se ha escrito. Saludemos el debate, aunque no haya evitado asperezas. En este escrito quisiera agregar algo más a lo que he opinado en otras notas, pasado ya un tiempo de la firma del decreto que lo crea, y habiéndose expresado un número grande de historiadores al respecto. El que esto escribe también ha dicho sus cosas, pero sin dar en el clavo en el problema. Hacemos acá un nuevo intento. Evidentemente, los cimientos de la profesión del historiador se han visto sacudidos. Muchas décadas de ejercicio de la escritura histórica regida por programas académicos notoriamente críticos a lo que se llamó “sustancialismo” o “esencialismo” habían desacostumbrado al lector o aficionado a la lectura de textos históricos, a los grandes trazados apriorísticos que enlazaban un pasado irredento a un presente que expone ávidas necesidades políticas. El Instituto recientemente creado viene ahora a evocar un conglomerado subyacente de motivos que serían puntos fijos en la historia, invariantes, pero con continuidad en cada generación y que deberían suscitar un rescate o una reivindicación.
Esta perspectiva aproxima el oficio del historiador a los clásicos recursos narrativos de los que se compone el mito. En este caso, importan los documentos aunque tienen algo de mágico, e importan las leyendas que deben revelarse como impulso para la acción a partir de la historia, “maestra de los hombres”. El público lector se transforma en el pueblo lector. Esto ni es nuevo ni es inadecuado, pero hay muchas maneras de enlazar el mito con la historia, así como muchas maneras de querer desatar esas antiguas relaciones. Podemos considerar en este caso la obra de Tulio Halperín Donghi, que como es sabido se destaca por obturar las fuentes del mito, para poder estudiarlo sin embargo como una de las particularidades de la historia viva. El intelectual “forjador de mitos” es un tema de estudio histórico para Halperín: recordamos su gran trabajo sobre el fraile mexicano Servando Teresa de Paula Mier. En un sentido general, para Halperín toda acción considerada objeto de relato histórico debe ser estudiada al margen de la elaboración de mitologías y leyendas con que los agentes históricos gustan interpretar su lugar en los hechos. Por eso, toda obra historiográfica debe ser en primer lugar un texto desnudo de mito, para lo cual –pues tal cosa no es simple– debe expresarse en un lenguaje quizás escéptico y desencantado, pero vibrante, complejo y ramificado en cuanto a interpretar la acción humana en todas sus incertezas.
De ahí que la obra de Halperín sea reconocida en todo el mundo –y sumo también mi reconocimiento–, como un ensayo de lenguaje que busca atrapar la manifestación del tiempo en su carácter incompleto, caprichoso y enigmático. No es fácil leer a Halperín, tampoco es cómodo concordar con sus modos ácidos y muchas veces graciosamente desencantados, pero es absolutamente imposible desconsiderar su obra. Revolución y Guerra, Los mundos de José Hernández, Argentina en el callejón, La larga agonía de la Argentina peronista, Historia contemporánea de América Latina, son obras de gran significación cuya consideración inoportuna o deficitaria no contribuiría a ningún debate sustantivo sobre la historia, que es un debate en gran medida sobre cómo escribirla y con qué lenguaje, además de la clásica discusión respecto a qué considerar un documento. Que Halperín es mordaz, lo sabemos. Que su vastísima ironía surge de considerar que las intervenciones políticas que muchos atendemos –los que provienen de sectores generalmente considerados nacional populares– son un listado serial de acciones decadentistas y agónicas, también lo sabemos. Y que, acaso, su tinglado último de valores se encuentre en un amargo lamento por una nunca bien definida Argentina de proyectos ilustrados que tropiezan con el ensimismamiento turbio de toda acción humana. Sólo esto último, sin duda, originaría una gran discusión.
Si un historiador así, ante la fundación de un Instituto de historiadores que no coinciden con su mirada, no es interpretado a la altura de su obra, sino con clichés rápidos extraídos del desgano y no del interés por el debate que a todos debe abarcarnos, el país se empobrece intelectualmente y desmaya en la estrechez. La discusión con Halperín no consiste en decirle “mitrista” o “historiador social”. Lo primero, no lo es, aunque no se trata de una categoría historiográfica que admita usos tan abusivos; lo segundo obviamente sí, tanto como lo fueron Pirenne, Bloch, Braudel, y entre nosotros, José Luis Romero, en la más plena manifestación de esa corriente de ideas que cruzó todo el siglo XX, desde Proust a Foucault, lo que si se convirtiera en un denuesto avergonzaría a nuestra vida cultural. Incluso decirle “liberal” no corresponde, aunque sin duda su ironismo combatiente es una característica, entre otras, del liberalismo. Pero literariamente es un estilista neobarroco. En cambio, la verdadera discusión con Halperín debería referirse a su desdén por los mitos, a los que ataca con un refinado ensañamiento, pensando que esa y no otra es la tarea del historiador, como gran augur laico en épocas que percibe como de oscuridad o desconcierto.
Propongo fincar ahí la discusión. Es evidente que de alguna manera hay que tratar con los mitos de (y en) la historia, y esa manera consiste en recobrarlos en el lenguaje, desmontarlos en ese hogar que les corresponde pero no para refutarlos como buenos profesionales iluminados por las instituciones universales de referato –que hicieron de las escrituras históricas una insulsa matriz reiterativa, salvándose aquellas que aun dentro de ese régimen escribieron a contrapelo del mismo régimen–, sino para dialogar con ellos. El historiador laico le entrega a los mitos –por qué no–, su resolución desencantada, y los mitos le entregan al historiador –puesto que han sido escritos por otros historiadores–, su alma encantada, su capacidad de hacer resurgir por la escritura los hechos del pasado, como quería Michelet.
El rosismo que se extendió en la Argentina, desde los primeros trabajos del liberal Saldías a fines del siglo XIX hasta los trabajos de José María Rosa en la última mitad del siglo XX, construyó un gran mito basado en una figura fascinante, barroca, despótica, paternalista, a la que le tocó tanto mantener una actitud digna frente al bloque de las grandes potencias –ni más ni menos que la reina Victoria, con los ministros Robert Peel y Lord Palmerston, y Luis Felipe de Orleans, rey de Francia con sus ministros Guizot y Thiers–, como asistir en su exilio europeo al crecimiento de las actividades insurgentes de Mazzini y Marx, ante las que se comportó como un obcecado reaccionario sin fisuras. ¿Fue Caseros la interrupción de un capitalismo autónomo; el fin de una dictadura con fuerte apoyo social; el último capítulo de un aislamiento estamental que centralizaba el poder económico y obstaculizaba una modernidad cultural; la resistencia proteccionista de un país que resistió a la división internacional del trabajo impuesta por Inglaterra? Todas estas preguntas son válidas y se pueden contestar con o sin la apelación del mito de Rosas, que nace en verdad con el Facundo de Sarmiento, que concibe su libro como la interpretación de los varios rostros de un enigma y su desciframiento.
No cualquiera forja un mito y mucho menos a través de simplificaciones políticas. El revisionismo histórico tuvo grandes escritores –el nacionalismo argentino es una ornamentada escuela de escritores–, y la izquierda nacional que acompañó al peronismo –y no fue rosista, pues se fijaron en otros procesos económicos y políticos vinculados a la historia del interior del país–, aportó estilos polémicos y fuentes bibliográficas alternativas que en razón de un marxismo de inclinación “democrática nacional”, dio también importantes piezas de investigación y escritura. Si bien Perón fue reluctante hacia el rosismo, así como se aparta rápido del uriburismo –recordemos que tenía durante su período formativo una excelente relación con el historiador liberal Ricardo Levene–, aceptó en su último período el giro que el tercermundismo de época produjo en términos de una fusión entre peronismo, federalismo, caudillismo federal y soberanismo rosista. Pero en verdad, la gran obra sobre Rosas no la escribió Saldías, Quesada, los Irazusta o José M. Rosa –ni Jorge Abelardo Ramos, formidable polemista, que tuvo tanto como Halperín una actitud no mitologizante, aunque zambullía en nerviosas pinceladas legendarias  su erudición despareja y vital, originada en ese gran texto de Trostsky: La revolución permanente–; la escribió –escúchese bien–, José María Ramos Mejía, un gran enemigo de Rosas, al que trata como un personaje atroz, pero del que dice que sólo puede interpretarlo un “Shakespeare latinoamericano”, no un ropavejero de olvidados papeles como Saldías.
Ahora bien, fue el revisionismo en algunas de sus variantes antiguas y modernas el que aceptó mayores compromisos con un aparato mediático de divulgación, que presumió sin equivocarse que en subterráneas corrientes populares triunfaba una suerte de rosismo autonomista y de caudillismo federalista. Esto produjo una llaga profunda en el cuerpo de historiadores del país, según su pertenencia no sólo a escuelas historiográficas sino a estilos de expresión y pactos de difusión con públicos en cada caso diferentes. ¿Y entonces qué? Estamos en momentos en que el estudio de la formación misma de la nación argentina, en los grandes ciclos de su dimensiones económicas, culturales o políticas, puede trazar nuevos panoramas que incorporen de manera imaginativa las poblaciones preexistentes, la expansión del Estado Nacional sobre el territorio –que enhebra las políticas de Carlos III con las de Rosas y Roca en un largo “tempo” que puede pensarse homogéneamente–, o el análisis profundo de textos limítrofes, como el Plan de Operaciones de 1810. Sobre todos estos temas hay que abrir las compuertas y dejar entrar la imaginación historiográfica.
Tan magna tarea no se puede realizar desde trincheras sumarias, sin crear el lenguaje apropiado para ello y sin desembarazarse de los estereotipos que cada uno carga y debe saber que carga. Por eso es importante el juicio sensible sobre la escritura y el mito. No se puede escribir la historia sin independizar el lenguaje de los mitos primarios vehiculizados en general por los medios de comunicación con vocación trivializadora. Tampoco se puede realizar aceptando las premisas corporativas que con un profesionalismo monolingüe piensan la historia como “desencantamiento del mundo”. Lo que dijimos de Halperín no es válido para muchos de los que se sienten acogidos por su distante figura, pues no logran replicar la espesura escritural que lo caracteriza, que en su caso es el equivalente escéptico de la ausencia de mito. ¿Qué mito en cambio postulamos nosotros? No uno que obture la comprensión histórica con cromos superficiales aunque brillantes, sino el que la favorezca, siendo capaz de revivir documentos de los que estamos separados en el tiempo, y que trabaje las capas temporales con la ilusión del escribir el coqueteo mismo del pasado con el presente y viceversa. Visto así, el mito es el escribir mismo de la historia que sabe mirarse a sí mismo en el momento que lo hace. 


Fuente: Diario Tiempo Argentino