martes, 13 de diciembre de 2011

Debate acerca del Instituto Manuel Dorrego III


* Por Rubén Dri

¿La Triple Alianza o la triple infamia?

Escribe Luis Alberto Romero: “Un reciente decreto creó el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. De sus fundamentos se deduce que el Estado argentino se propone reemplazar la ciencia histórica por la epopeya y el mito” (La Nación, 30 de noviembre de 2011). Esta afirmación con la que Romero inicia su artículo se sustenta en la suposición, que para el autor es una verdad indiscutible, de que hay una historia científica, completamente objetiva, que se estudia, investiga y narra en el Conicet y en las universidades. El Instituto que ahora se crea propone una narrativa que pertenece al género de la epopeya y el mito. Esa concepción de lo científico supone que la historia es una sucesión de “hechos” que el científico, mediante la utilización del método correspondiente, es decir, del método “científico”, descubre, analiza y expone. De esa manera se cumple el principio fundamental del método científico sustentado por el positivismo, formulado por Durkheim: “Tratar los hechos sociales como cosas”.
Frente a esa concepción exclamaba Nietzsche: “En mi criterio, contra el positivismo que se limita al fenómeno, ‘sólo hay hechos’. Y quizá, más que hechos, interpretaciones. No conocemos ningún hecho en sí, y parece absurdo pretenderlo”. De aquí se ha deducido que no hay hechos sino interpretaciones. Estaríamos en los antípodas del positivismo o, si queremos, del empirismo.
Frente a estas posiciones nos decía Max Weber que en las ciencias históricas el objeto de conocimiento se conforma mediante la síntesis de valores y hechos, o sea, del hecho valorado o significativo. El problema, en consecuencia, es cómo se determina un hecho histórico. Es evidente que quien lo determina es el sujeto.
Tomemos un hecho histórico como es la denominada “guerra del Paraguay” o “guerra de la Triple Alianza”. Si queremos tomar ese hecho como “cosa”, todos estamos de acuerdo. Esa guerra existió, hubo una triple alianza, se dieron tales combates. Sobre eso puede haber diferencias sólo en tanto se conozcan o no los documentos necesarios. Pero en ese ámbito que sería el correspondiente al hecho puro, al hecho como “cosa”, podemos ponernos todos de acuerdo, recurriendo al método o a los métodos científicos. El problema es que no se trata de un hecho puro, que para las ciencias históricas no existe. Ese hecho, que duró siete años, se enmarca en un proyecto que tiene que ver con la configuración del continente latinoamericano. ¿Fue la guerra de la civilización contra la barbarie? ¿Fue la guerra para llevar la democracia a un Paraguay sometido a la tiranía de Francisco Solano López? ¿Cuál es el método “científico” que me puede orientar para dilucidar un problema de tanta significación para nuestra historia?
Es evidente que ese problema hallará su solución si tengo en cuenta lo que dice Nietzsche sobre el momento de la interpretación del hecho y Max Weber sobre la valoración. Es decir, debo partir del sujeto, del significado que el sujeto ve en el hecho, significado que depende del proyecto político. En este caso, como en el caso general del revisionismo histórico, estamos hablando del proyecto de país o de nación, en consecuencia, estamos hablando de un sujeto que como tal necesariamente es histórico, se sustenta en un pasado custodiado por la memoria, desde la cual se proyecta hacia el futuro.
Para encontrar el significado de la guerra del Paraguay, o sea, para encontrar el hecho significativo de dicha guerra, debo preguntarme ¿por qué se dio esa guerra? ¿Por qué se la llevó hasta la destrucción masiva del pueblo paraguayo? ¿Por qué Mitre la lleva a sangre y fuego y todo el interior, salvo excepciones, se opone? Ya no nos encontramos con un hecho puro sino con el hecho significativo, es decir, con el hecho histórico, y aquí no es cuestión de que busquemos un consenso, sino indagar sobre cuál era el proyecto de país que sustentaban Mitre y su equipo y por qué no sólo había que derrotar a Solano López, sino destruir al Paraguay. Hoy eso no es difícil averiguarlo. Ninguna guerra puede comprenderse si no se conoce el proyecto por el cual se la lleva a cabo. ¿Por qué motivo Felipe Varela levanta la montonera en contra de la misma? Su proclama lo dice claramente, por la “unión americana”. La guerra se hacía en contra de la unión americana, es decir, en contra de la Patria Grande. Dos proyectos antagónicos se encuentran enfrentados. La patria chica mitrista, dependiente del imperio inglés que no podía entrar sus mercaderías en un Paraguay que había desarrollado una floreciente industria propia, y la Patria Grande Latinoamericana. El Paraguay de Solano López era el último bastión para que de las luchas por la independencia de nuestros países sólo quedasen republiquetas dependientes del imperio británico.
Si no interpretamos ese hecho histórico desde los proyectos contrapuestos, esto es como hecho significativo, sólo nos queda hacerlo desde la bondad o maldad de los sujetos singulares que lo protagonizan. Pero no se trata de bondad o maldad, sino de proyectos políticos que, como tales, son históricos.
El relato de la historia nacional que conocemos, la que hemos aprendido en la escuela y leemos diariamente en los monumentos, nombres de las calles y de las plazas, es eso, un “relato” que sustenta la construcción del modelo de país que se ha realizado y se defiende. Si no estamos de acuerdo con ese modelo de país, si estamos empeñados en una transformación profunda, es lógico que revisemos el relato.
En el relato oficial que se nos ha enseñado, San Martín aparece como un héroe impoluto, puesto sobre un altar, ajeno a todas las luchas. Ese altar y ese San Martín no dejan de ser una falacia. Ese San Martín se da de patadas con el San Martín cuya primera intervención pública fue poner sus tropas frente a la casa de gobierno y exigir la renuncia del primer triunvirato, cuyo secretario era Rivadavia. Nada tiene que ver ese San Martín “alma bella” con el San Martín que desobedece las órdenes de Buenos Aires, que es boicoteado por Buenos Aires en su gesta latinoamericana, que lega su sable a Rosas y que muere en el destierro.
El relato histórico siempre se hace desde un proyecto político, para darle legitimación o, en otras palabras, sentido. En cuanto al momento fáctico de los hechos históricos narrados puede haber coincidencia entre las distintas versiones del hecho histórico. Por ejemplo, el cruce de los Andes implica el momento fáctico que implica los preparativos, la consecución o fabricación de armas, la cantidad de soldados. En todo ello no hay problema. Pero el hecho histórico “cruce de los Andes” no es simplemente eso. Es todo eso más el significado, o sea, el proyecto. El hecho histórico es visto y valorado de manera diferente y contrapuesta si se lo hace desde el proyecto de patria chica de la pampa húmeda con epicentro en Buenos Aires o desde la Patria Grande Latinoamericana.

* Profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

Fuente: Diario Página/12

Debate acerca del Instituto Manuel Dorrego II


El Estado impone su propia épica


Un reciente decreto creó el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. De sus fundamentos se deduce que el Estado argentino se propone reemplazar la ciencia histórica por la epopeya y el mito.
El mito y la epopeya están en la prehistoria del saber histórico. Los mitos explicaban el misterio y el papel de lo divino; los relatos épicos exaltaban la acción de los héroes, entre divinos y humanos. La historia se ocupó, simplemente, de los hombres, y trató de entenderlos basándose en el razonamiento y la comprobación. En la Antigua Grecia, Herodoto y Tucídides fundaron la historia como ciencia y dejaron en el camino mitos y héroes. A mediados del siglo XIX, Wagner recurrió al mito y a la épica, pero sus óperas se representaban en los teatros; en las universidades estaban los historiadores tan notables como Mommsen.
Más o menos así estamos hoy en la Argentina. No tenemos ópera, pero hay abundantes cantantes, poetas y escritores de mitos y epopeyas, que conquistan la fantasía de su público. Los historiadores, por su parte, trabajan en las universidades y en el Conicet.
El Estado tiene otra idea: la épica debe ocupar el lugar de la historia. La tarea que le encomienda al Instituto de Revisionismo es rescatar y valorar la obra de los héroes fundadores de nuestra nación, sistemáticamente ignorada por la "historia oficial". Nadie se sorprendería si leyera esa propuesta en los escritos de Pacho O'Donnell, presidente del nuevo instituto. Su pluma y su verba son familiares. Lo insólito es que una prosa tan idiosincrática sea asumida, sin correcciones ni matices, por el Estado nacional a través de un decreto firmado por la Presidenta, el jefe de Gabinete y el ministro de Educación.
El decreto amonesta severamente a los historiadores. Obnubilados por el "liberalismo cosmopolita", abandonaron su misión -la reivindicación de los héroes patrios- y ocultaron la gesta de las grandes personalidades identificadas con el ideario nacional y con las luchas populares. Entre otros héroes olvidados se encuentran personajes como San Martín, Rosas, Yrigoyen, Perón y Eva Perón. También son culpables de haber olvidado el aporte de las mujeres y, sobre todo, la contribución de los sectores populares a estas luchas. Al nuevo instituto se le pide que elabore una reivindicación de los auténticos héroes, con la salvedad de que debe hacerse mediante un saber científico riguroso, ausente de la investigación histórica actual.
Los historiadores profesionales vivimos en el engaño. Creímos que la investigación histórica científica y rigurosa se había consolidado en las universidades y el Conicet. Computamos como hechos positivos no sólo la excelente formación profesional, sino la ampliación de nuestros temas, inclusive -entre tantos otros-, los referidos a las personalidades mencionadas. Nos enorgullecimos de haber superado viejas controversias esterilizantes. Acordamos que no existen verdades únicas ni definitivas y que el nuestro es un conocimiento en revisión permanente. No se si efectivamente lo logramos. Pero lo cierto es que hoy hay una enorme cantidad de historiadores excelentes y altamente capacitados, que se han formado y han sido examinados en sus capacidades por las rigurosas instituciones del Estado argentino: sus universidades, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas o la Agencia Nacional de Investigaciones.
Creímos que retribuíamos al Estado lo que hizo por nuestra formación con buena historia, reconocida en todo el mundo. Pero a través de este decreto, la más alta autoridad nos dice que ha sido un trabajo vano, y que sus instituciones académicas y científicas han fallado. Todo lo que hemos hecho es historia "oficial", y, peor aún, "liberal".
El decreto también se ocupa del conjunto de los ciudadanos. Les advierte sobre los riesgos de las ideas equivocadas sembradas por los enemigos del pueblo. Los previene acerca del pernicioso relativismo del saber. Sobre el pasado -así como sobre el presente- hay una verdad, que el Estado conoce y que este instituto contribuirá a inculcar. Para ello se ocupará de la correcta educación de los docentes y los vigilará para que no recaigan en el error. Podrá además cambiar los nombres de las calles y las imágenes de los billetes, monedas y estampillas; crear museos y lugares de memoria, establecer nuevas celebraciones y, en general, promover la difusión de estas ideas a través de cualquier medio de comunicación. En estos prospectos, inquietantemente totalitarios, se dibuja una suerte de orwelliano Ministerio de la Verdad, del cual ya hemos visto algunos adelantos en la cuestión de la llamada "memoria del pasado reciente".
El revisionismo histórico, cuya tradición se invoca en este decreto, merecía un destino mejor. En esa corriente historiográfica militaron historiadores y pensadores de fuste. Julio Irazusta desarrolló una bien fundamentada defensa de Juan Manuel de Rosas, con sólida erudición, aguda reflexión y una prosa refinada. Ernesto Palacio dejó una Historia de la Argentina bien pensada y provocativa. José María Rosa, quizá más desparejo, tiene piezas de preciso conocimiento y convincente argumentación. Ellos y sus seguidores, como todos los buenos historiadores, cuestionaron las ideas establecidas, provocaron el debate y aportaron nuevas preguntas. Sobre todo, formaron parte de una tradición crítica, contestataria, irreverente con el poder y reacia a subordinar sus ácidas verdades a las necesidades de los gobiernos.
Quienes hoy hablan en su nombre impresionan por su mediocridad. El decreto los califica de "historiadores o investigadores especializados", capaces de construir un conocimiento "de acuerdo con las rigurosas exigencias del saber científico". Pero ninguno de ellos es reconocido, o simplemente conocido, en el ámbito de los historiadores profesionales. De los 33 académicos designados, hay algunos conocidos en el terreno del periodismo, la docencia o la función pública. Dos de entre ellos, Pacho O'Donnell y Felipe Pigna, son escritores famosos. En mi opinión, entre ellos hay muchos narradores de mitos y epopeyas, pero ningún historiador. Nada comparable con los fundadores del revisionismo.
Estos epígonos del revisionismo comparten con sus predecesores ciertos rasgos, disculpables en quienes reunían otros méritos. Uno de ellos es la idea de la conspiración. Los "vencedores" han mantenido oculta una historia verdadera, que ellos revelarán. Lo que hemos leído muchas veces a propósito de Rosas y de otros se aplica hoy a Manuel Dorrego, cuyos méritos enumera el decreto. A los historiadores siempre nos asombra este permanente descubrimiento de lo ya sabido. Personalmente, hace cincuenta años ya aprendí todo eso con Enrique Barba y Tulio Halperín Donghi. Desde entonces, aparecieron abundantes trabajos académicos, algunos brillantes, que están al alcance de cualquiera que se tome el trabajo de buscarlos.
La retórica revisionista, sus lugares comunes y sus muletillas, encaja bien en el discurso oficial. Hasta ahora, se lo habíamos escuchado a la Presidenta en las tribunas, denunciando conspiraciones y separando amigos de enemigos. Pero ahora es el Estado el que se pronuncia y convierte el discurso militante en doctrina nacional. El Estado afirma que la correcta visión de nuestro pasado -que es una y que él conoce- ha sido desnaturalizada por la "historia oficial", liberal y extranjerizante, escrita por "los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX". Los historiadores profesionales quedamos convertidos en otra "corpo" que miente, en otra cara del eterno "enemigo del pueblo".
En nombre del pueblo, el Estado coloca, en el lugar de la historia enseñada e investigada en sus propias instituciones, a esta épica, modesta en sus fundamentos, pero adecuada para su discurso. Más aún, anuncia su intención de imponerla a los ciudadanos como la verdad. Quizá sea el momento de que, en nombre del pueblo, se le diga a quien encabeza el Estado que hay cosas que no tiene derecho a hacer.

El autor, historiador, es investigador principal del Conicet/UBA


Fuente: Diario La Nación

Debate acerca del Instituto Manuel Dorrego I



El instituto revisionista
 
Por  Hugo Chumbita. Historiador
 
La creación del Instituto Manuel Dorrego puso sobre el tapete el tema de la investigación, enseñanza y divulgación de la historia, y la polémica que suscitó en nuestro país, con notables repercusiones en el ámbito continental, permite evaluar el estado de la cuestión en la cual se inscribe la misión de esta entidad.
Recordemos que el decreto presidencial, en síntesis, encomienda al Instituto: 1) investigar y difundir la vida y obra de personalidades y acontecimientos históricos que no tienen un reconocimiento adecuado en medios académicos, revisando el sentido que les adjudicó la “historia oficial” de los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX; 2) reivindicar a Manuel Dorrego y a quienes sostuvieron en los países iberoamericanos una posición nacional, popular, federal y americanista, frente el embate liberal y extranjerizante de adversarios e intereses que pretendieron relegarlos en la memoria colectiva; 3) reivindicar el protagonismo de los sectores populares y la participación femenina, superando el criterio de que los “grandes hombres” deciden los hechos.
Un sector universitario y varios opinadores se apresuraron a protestar por esta ingerencia del gobierno en el terreno de la ciencia y la cultura, y a descalificar el revisionismo histórico como escuela agotada. Dejando de lado suposiciones aventuradas y ataques personales, ateniéndonos a los argumentos, hay que responderles que la elaboración de la conciencia histórica de un pueblo es algo demasiado importante como para dejarlo sólo en manos de los historiadores o los medios de difusión. Así como ciertos grupos empresarios no quieren que el gobierno interfiera en sus negocios, algunos académicos prefieren un Estado bobo que pague pero no se meta. Sin embargo, después de la involución de las dictaduras y la ola neoliberal, nuestra sociedad, y en especial las nuevas generaciones, reclaman un giro que acompañe los actuales cambios políticos y socioeconómicos: la llamada batalla cultural, para conferir sentido y consolidar las demás transformaciones.
Si es lógico que voceros de la derecha económica y el neoliberalismo se opongan a la intención de remover los fundamentos ideológicos de su poder hegemónico, no parece congruente que intelectuales “progresistas” rechacen un proyecto de revisión que es inherente a la labor y la responsabilidad ciudadana de los cientistas sociales. Pero todo tiene explicación.
La generación de la “organización nacional” impuso una versión de los orígenes del país funcional al proyecto de “europeizar” a la Argentina e insertarla en la órbita de las potencias dominantes. Según Mitre, Sarmiento y sus seguidores, la Revolución de Mayo fue producto de una minoría ilustrada que, tras derrotar a los realistas, tuvo que enfrentar a las fuerzas nativas de la barbarie o la anarquía. Se rescató como adalid de la república a Rivadavia, precursor de la deuda externa y del voto calificado, condenando a Artigas, Quiroga, Dorrego, Bolívar, Rosas y demás caudillos, tachados de autoritarios, por movilizar a la plebe inculta y resistir la apertura de estas regiones a los capitales “civilizadores”.
En la visión mitrista y sarmientina, adoptando la doctrina positivista de la Europa de su tiempo, el dilema sudamericano era un “conflicto de razas” y la frustración del sistema republicano se debía a la mezcla de sangre hispánica e indígena, una herencia que debía extirparse sustituyendo la población autóctona por la inmigración europea. Este designio se ejecutó, por las armas, en el genocidio contra la república paraguaya, las montoneras mestizas del interior y los gauchos e indios de las áreas fronterizas; y por la instrucción pública, para inculcar los principios de la “civilización” a los hijos de los sobrevivientes criollos y de los inmigrantes europeos.
Mitre concebía a la dirigencia del país como una prolongación de la raza caucásica europea, destinada a gobernar y “civilizar” esta parte del mundo, según expuso en la introducción a su biografía de San Martín. El relato histórico impuesto por el Estado oligárquico y neocolonial, reforzado con el peso apabullante de la importación de ideas europeas, luego norteamericanas, constituyó una superestructura cultural alienante para moldear a las siguientes generaciones, sobre todo a los descendientes de la inmigración. De allí el talante cosmopolita, hostil a la tradición de las masas trabajadoras criollas, de gran parte de la clase media universitaria, a menudo instrumentada contra los movimientos nacionalistas populares.
La “historia social” difundida en las universidades, tributaria del cientificismo universalista, imprimió a la disciplina un discurso ambiguo y relativista que disimula sus presupuestos ideológicos, sin antagonizar con la “historia oficial” del siglo XIX. Se limita en todo caso a extraer lecciones de instrucción cívica. Su filosofía es que la sumisión al capitalismo mundial era ineluctable y todo lo demás fue resistencia inútil. Un texto canónico de historia latinoamericana (Halperín Donghi) descarta en pocos renglones la tremenda revolución de Túpac Amaru como un episodio “vistoso” pero contraproducente. El choque entre federales y unitarios sería un mero “conflicto faccional intra-elite”. La actitud de los liberales que apoyaron la agresión anglofrancesa contra Rosas se reproduce en interpretaciones (Romero, Privitiellio) que deploran el combate de Obligado. Si las obras de Mitre o López eran la justificación de Caseros y Pavón, esta historiografía explica que no podía ser de otra manera y deja afuera los proyectos alternativos. Tal orientación culmina en algunos casos en el estudio de la historia argentina a partir de 1880, olvidando la “prehistoria” del Estado, es decir del Estado oligárquico, al que se idealiza repitiendo la fabulación de que su belle époque nos colocó entre las primeras naciones del mundo.
Muchos aportes de la investigación universitaria han contribuido así al conocimiento empírico del pasado, sin conmover los pilares ideológicos de la historiografía liberal. Esto abona la mentalidad que conviene hoy al capitalismo global para extraer, además de recursos naturales, nuestros recursos humanos: un modelo en el cual el país costea los niveles masivos de educación y los egresados completan su formación en centros del “primer mundo”, donde se radicarán los mejores y otros volverán para aplicar las recetas aprendidas allá.
Las bases estructurales de la dependencia fueron cuestionadas por las luchas populares y democráticas del siglo XX, y el relato liberal-oligárquico fue impugnado por sucesivos movimientos intelectuales revisionistas, pero la mayor parte de las academias no se ha hecho cargo aún de las tareas pendientes.
Nuestro Instituto levanta el emblema de Dorrego, luchador por la independencia americana, liberal revolucionario y gobernante democrático, derrocado y fusilado por un golpe de Estado reaccionario. El revisionismo que postulamos no es ningún corpus cerrado ni dogmático. Es una corriente que tiene precedentes en el nacionalismo tradicionalista, el radicalismo forjista, el peronismo de la resistencia y, lejos de agotarse, adquiere hoy un acento democrático renovador, dialogando con el indigenismo, el feminismo, el “socialismo del siglo XXI” y nuevas tendencias libertarias. No es precisamente la caricatura simplificadora que se enseña en aulas universitarias como “visión decadentista de la historia nacional” (Halperín Donghi).
El revisionismo actual es una propuesta para discutir la versión eurocéntrica y elitista de nuestra identidad y nuestra génesis histórica, con un enfoque popular, federalista y americanista. Una revisión para comprender la causa de las mayorías populares que han enfrentado diversas formas y etapas de coloniaje y hoy buscan reencontrar su destino sudamericano. Un pensamiento situado: la “epistemología de la periferia” que predicaron pensadores como Jauretche, Scalabrini Ortiz, Ramos, Hernández Arregui, Puiggrós y tantos otros. Porque no estamos en Europa, ni vivimos en la globalidad virtual, sino aquí, en la América meridional, donde a la par de hacer ciencia todavía debemos dar la batalla por nuestra emancipación cultural.

Fuente: Diario Miradas al Sur.

viernes, 9 de diciembre de 2011

“El pensamiento de la izquierda no puede ser estático”

GALO MORA WITT, SECRETARIO EJECUTIVO DEL PARTIDO OFICIALISTA DE ECUADOR

Es músico y fue el funcionario que más tiempo acompañó al presidente Rafael Correa. Ahora es el secretario ejecutivo de Alianza País. Desde ese lugar, Galo Mora Witt analiza las políticas de su gobierno y el nuevo contexto latinoamericano, la Unasur y la flamante Celac. La relación con la prensa y la urgencia de la comunicación popular.



Por Mercedes López San Miguel y Natalia Aruguete

¿Qué cambió a partir del intento de golpe de Estado contra el presidente Rafael Correa el 30 de septiembre de 2010?

–La amenaza está latente. Es una espada de Damocles que baila sobre la democracia. Lo que hicimos fue fortalecernos en la voluntad del pueblo ecuatoriano. Fueron tres los factores que impidieron el golpe: la respuesta de la gente, el comunicado de las fuerzas armadas respaldando a Correa y la reunión de los presidentes de América latina aquí, en Buenos Aires. Todo aquello confluyó. Quizá hay un cuarto factor: el secuestro del presidente evitó la caída. A partir de allí nos afianzamos en la radicalización el proceso, para erradicar la pobreza extrema y fortalecer las instituciones.

–El Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe (ONU) destacó el año pasado la alta desigualdad que había en Ecuador, ¿cuál es el desafío del gobierno de Correa en esa terreno?

–Alejar al pueblo de la pobreza es la mayor lucha de una izquierda renovada, nunca hay que olvidar, por el fragor del debate doctrinario, que la razón fundamental está allí: la miseria no puede existir junto a la ostentación. Hemos bajado diez por ciento la pobreza total en las comunidades indígenas. Esa es una cifra inmensa para nosotros. Son las comunidades más ultrajadas por todos los síntomas del racismo y de la explotación. Logramos un tema que es muy complejo: bajar de dos cifras el desempleo, cuando España tiene zonas en las que el nivel de desocupación llega al 40 por ciento y en Estados Unidos el 15 por ciento. Entonces la ciudadanización de la política está en la fuerza colectiva; de lo contrario seguirá habiendo un espíritu corporativo entre las élites de cada sociedad.

–¿Cómo interpreta que una potencia mundial como Estados Unidos no logre salir de la crisis económica?
–Es paradójico que el multimillonario Warren Buffet le pida a (Barack) Obama que le cobre más impuestos. El gobierno de (George) Bush exceptuó del pago de impuestos a los más ricos acentuando la contradicción. Ante esa alerta, hay una respuesta. No es una iniciativa del gobierno de Obama. Enhorabuena existen metáforas históricas como ésta. Aquí se necesita justicia, y la justicia no puede estar diversificando su voluntad: para unos sí, para otros no. Estados Unidos vive una crisis que nos quiere hacer pagar como la antigua: que los que no tenemos la culpa paguemos las crisis a los que las provocan. Afortunadamente, América latina tiene una posición absolutamente distinta. Bolivia, Ecuador y Perú, por sus políticas anticíclicas soportaron mejor la crisis de 2009, como lo señaló el Banco Mundial. Mientras que Perú tenía un gobierno de otra orientación ideológica.

–En el terreno comunicacional, ¿cómo define la relación entre el gobierno de Rafael Correa y los medios?

–Es muy compleja, hay que admitirlo. Hace poco, la Justicia ratificó la condena contra el diario El Universo (de Guayaquil), el director y el editorialista (Emilio Palacio) que causó esta crisis. Palacio está en Miami y se considera un exiliado, para nosotros es un prófugo porque la irresponsabilidad no puede acompañar el supuesto libre albedrío de la profesión periodística sin información veraz y verificada; sin responsabilidad ulterior no se puede hablar.

–¿No es excesivo que por la publicación de ese artículo deban ir a prisión o pagar una multa tan alta?

–El presidente Correa les dijo que tuvieron seis meses y que el tiempo de la caballerosidad ya pasó para publicar una disculpa. Correa planteó que con una disculpa se acababa todo, no había ni prisión ni multa. En el origen es una injuria que pretende llevar a Correa a una Corte internacional que lo juzgue por “ordenar disparar contra un hospital lleno de civiles”. El presidente pidió que se rectifique la información y el columnista Emilio Palacio no lo hizo. Fue una injuria vergonzosa.

–Se les aplicó una multa de 40 millones de dólares.

–Vean cómo reaccionan los directivos del medio: soterráneamente envían mensajes de que quieren disculparse; por arriba, vociferan. ¿Dónde está la doble moral, en nosotros o en ellos? Creo que aquello de que las noticias sean veraces y justificadas, que consta en la Constitución, debe ser parte de todos los días. No se pueden lanzar injurias sin que nadie sea responsable. Las víctimas de esos ultrajes son seres humanos.

–¿Qué avances hubo a partir de la sanción de la ley de medios?

–Esa es otra muestra de la inutilidad de tanto esfuerzo. Desde que se aprobó, van dos años que reposa la ley de Comunicación bajo los intereses supuestos de asambleístas que deciden si hay quórum o no. Hoy estamos en el camino final porque el 7 de mayo el pueblo aprobó en una consulta tener una ley de comunicación y aprobó temas esenciales como que la banca no puede financiar a los medios. La prensa es el gran combatiente porque la derecha no tiene voz.

–Visto desde el recambio que hubo en los gobiernos de la región desde comienzos de este siglo, ¿cuáles deberían ser los rasgos de la nueva izquierda?

–Hemos planteado algunas diferencias con lo que se conoció como socialismo real, que en realidad creo que era irreal, se lo conoció también como socialismo del Este. Y muchos articulistas, editorialistas, escritores hablaron del fracaso del comunismo, incluso, con un absoluto desconocimiento histórico. Ni las comunidades primitivas ni el cristianismo, y mucho menos los gobiernos a los que hice referencia, pueden ser llamados comunismo porque ése es un estado absolutamente avanzado de la sociedad al que ninguno ha llegado. Por otro lado, creo que la izquierda, para poder sintonizar con el siglo XXI y aproximarse a los grandes avances de la humanidad, debe entender que su pensamiento no puede ser estático, tiene que volver a la dialéctica, pero no la dialéctica que la adormeció por su mala interpretación.

–¿Qué es lo que ha interpretado mal?

–Ha hecho una reducción de la idea de tesis, antítesis y síntesis, e ignoró que probablemente la síntesis podía ser menos trascendente que la tesis. Es decir que no hay resultados de consecuencia lógica en las historias porque la historia no es matemática.

–¿Cómo concibe la historia?

–La historia tiene demandas situacionales, históricas y temporales que las corrientes revolucionarias deben observar en profundidad y entender que lo que se está construyendo se construye con el aval de la gente.

–¿Cuáles cree que son las nuevas demandas situacionales?

–Voy a citar un tema que aparecía permanentemente en los discursos: la dictadura del proletariado. Sin responsabilidad se la repetía en países donde no había fase industrial, no había obrero industrial que es el que puede estar capacitado para entender ese proceso. Creo que ahí había un error de concepto y de eco, en el sentido de generar una mímesis de lo que había ocurrido en algún sitio. Si las revoluciones no son exportables, mucho menos se pueden exportar demandas que son características identificadas con determinado tiempo, con determinada sociedad y ciudadanía. Precisamente ese último término nos lleva a proponer una radicalización en el proceso de ciudadanización de la política donde los ejes no estén determinados por cúpulas, sino que sea la ciudadanía la que marque el destino, independientemente de que su ejercicio no esté ligado al poder, porque no es posible que toda la ciudadanía sea parte del Ejecutivo o el Legislativo.

–¿Cómo concretarían, entonces, esa ciudadanización?
 –A través de sus demandas. Es decir, someter los criterios de la teoría y la doctrina a su voluntad, no a la voluntad de quienes ejercen el liderazgo.

–¿Qué mecanismos propone para ello?
–Hacer referéndum cuántas veces sea necesario. Yo he vivido en Suiza, aunque no voy a pregonar sobre el Estado suizo, pero la Confederación Helvética y los cantones realizan referéndum todas las semanas para decidir, incluso, presupuestos. Hay municipios volcados a la votación popular. Si la infraestructura básica se necesita para hospitales, escuelas, carreteras es el pueblo el que lo debe decidir.

–¿A qué otros mecanismos puede recurrir la ciudadanía para profundizar el proceso de politización?
–¿Por qué no confía en la política? Porque se sintió usurpada, usada y usufructuada en tantas ocasiones en las que los políticos la visitaban para ofrecerles algo y no volver nunca más. Creo que esas falacias fueron destruyendo la fe y la confianza. Ahora, recuperarlas deben ser metas fundamentales.

–¿De qué forma?
–Logrando alternativas al ejercicio del gobierno en la voluntad política de autoorganizarse, superando las taras del clientelismo y el asistencialismo. Pero para ello es necesario que se garantice que una población que puede volver al espíritu humanista y solidario no sea usufructuada, que los primeros grandes beneficios de las sociedades contemporáneas sean para ellos.

–¿Por ejemplo?
–Yanacocha es uno de los ejemplos vivos de la administración del presidente Rafael Correa. Por decreto específico –y ahora por ley nacional–, los primeros beneficiarios de la explotación petrolera son las comunidades donde está el petróleo, mientras que durante cuarenta años se habían llevado el petróleo y habían dejado la basura. Por eso, la Constitución ecuatoriana es la primera en el universo que no es constitución de derecho, sino de derechos, fundamentalmente, derechos a la natura. Doy otro ejemplo: el parque nacional Yasuni tiene garantías, en una franja del mismo que es pequeña afortunadamente, hay una gran cantidad de petróleo dormido bajo suelo. Ese petróleo le pertenece al Estado ecuatoriano y al pueblo ecuatoriano y ha sido la protesta más radical en términos de no emisión de carbono hacia la atmósfera en dar un paso hacia una nueva generación, ya no de pozos petroleros sino de nuevas matrices petroleras.

–¿Cómo es la relación actual entre el gobierno y los indígenas?
–Hemos asumido de ambas partes ciertas incomprensiones. Tratamos de superar las relaciones de asistencialismo y clientelismo de la época neoliberal. Hay también una influencia ideológica a través de organizaciones no gubernamentales de impulsar tesis que supuestamente responderían a la ultraizquierda, pero que finalmente confluyen en la Asamblea Nacional con posiciones que representan a la derecha política de Ecuador. Nosotros estamos determinados a caminar con una nueva dirigencia, con las demandas reales de los pueblos originarios. Es decir, al pueblo indígena no le interesa cuántos asambleístas tiene sino cuántos pobres menos hay. Uno es un poder de empoderamiento, lo otro es la realidad. Se tienen que bajar los niveles de pobreza y de miseria con un trabajo fecundo.

–¿Qué efectos tiene en la percepción de la sociedad ecuatoriana las decisiones políticas de Rafael Correa?
–Uno de los problemas mayores es poder divulgar. La verdad no es patrimonio de nadie, pero en el ejercicio político decir la verdad es fundamental, incluso, no aparentando que se ha ganado cuando se pierde. Decir la verdad cuesta mucho y no lo digo ni en el sentido figurado ni en el económico.

–¿En qué sentido lo dice?
–Si al frente tenemos todos los días rancias actitudes de cierto sector de la prensa, que ataca todo lo que se haga como en muchos otros países de América latina, es difícil la comunicación. Una de las decisiones más avanzadas, aunque más complejas y polémicas, fue haber incautado las empresas de quienes estancaron al Estado nacional. A través de esos medios estancados hay una oportunidad de llegar a cierto sector de la población. Pero es también justo reconocer que no son los medios más grandes. Estos ejemplos generan una apreciación de con quién y para quién está este gobierno. El apoyo popular del 79,6 por ciento, surgido de una encuesta no realizada para el gobierno, confirman que (Correa) no se equivocó, que ése era el camino por donde caminar. Pero no se puede hacer política a través de las encuestas, las definiciones no se juegan allí.

–¿Dónde se juegan?
–En la ética y la moral, a través de las decisiones mayoritarias del pueblo, de lo que consideramos política soberana. Esa es otra forma de comunicación y creemos que es un paso difícil y complejo. Nosotros no somos políticos de carrera, no nos hemos graduado en organizar nada, venimos de otros ámbitos. Yo vengo de la literatura y de la música, siempre viviendo los temas políticos. El presidente Correa viene de organizaciones populares, de la academia, de las luchas universitarias, fue el primer vencedor en las elecciones de la Federación de Universidades Católicas hace 25 años.

–¿Cómo analiza la situación actual de la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur) en términos de integración regional?
–La muerte de Néstor fue un golpe muy duro porque, alrededor de su figura ecuménica, se invocaba una proyección mayor. Pero por dolorosa y dura que haya sido esa pérdida no puede frenar este proceso. Creo que el Banco del Sur, la Unasur y la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe) son las grandes orientaciones actuales en la región. El Banco del Sur se encargará de crear esos fondos comunes e ir reemplazando al Banco Mundial y al Fondo Monetario, instituciones que explotaron a los pueblos. La Celac debe ser una entidad que otorgue una soberanía cualitativa y cuantitativa, que vaya desde México a Chile, formalizando la naturaleza de esta liberación en las compras de armas, la dependencia en la tecnología única. Creo que hacia allá hay un camino de diversificación y conducción responsable de la política internacional.
Fuente: Diario Página/12


viernes, 2 de diciembre de 2011

TONI NEGRI, EL FILOSOFO DE LOS AUTONOMISTAS Y LA CRITICA A LAS DEMOCRACIAS REPRESENTATIVAS



“La representación es la ausencia de la participación”
En una nueva visita a la Argentina, el filósofo italiano relata su fascinación por los nuevos movimientos estudiantiles en Chile y de los indignados en Europa. Acaba de hacer una visita para dar charlas a los estudiantes chilenos.

 
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Por Veronica Gago

–¿Qué significa la emancipación hoy?

–Hay que situar la emancipación desde una perspectiva espacial que implica pensar “desde abajo” y desde una perspectiva temporal que pone en primer plano la tendencia que aspira a que todo aquello común, que hoy sólo compartimos a un nivel virtual y técnico, se convierta en algo actual y político. Y para esto hay que pensar, como experimento, las figuras actuales de la subjetividad. Con ellas debemos confrontar toda expectativa de emancipación.

–¿Cuáles son esas figuras?

–La primera es la del hombre endeudado, aquel trabajador precario que queda preso del crédito casi de por vida, reducido a una suerte de servidumbre por deudas. A esto corresponde la “renta” del capitalismo actual y la resistencia es decir “no pago”, como una forma multitudinaria del rechazo y, a la vez, de apropiación de la riqueza común. Luego, el hombre mediatizado, que reemplaza a la vieja noción de alienación para dar cuenta del sometimiento a los dispositivos de comunicación, que esconden la inteligencia humana, la verdad común de la comunicación, bajo formas nuevas de control. En tercer lugar, el hombre asegurado es aquel obsesionado por la seguridad de su propiedad, por el riesgo de su vida, por el miedo a la pobreza. Finalmente, el hombre representado, que podemos decir que es el núcleo del problema de la emancipación.

–¿Por qué? ¿Cuál es la crítica?

–Esto lo estamos trabajando con Michael (Hardt) ahora. Es una tipología que tiene como problema la cuestión de la nueva constitución a partir de entender cuáles son los deseos y las experiencias de estos sujetos. Desde un punto de vista negativo, tiene razón Schmitt cuando dice que la representación es la presencia de una ausencia. También la representación de Rousseau es siempre una ruptura, una fetichización de la presencia. Y esa presencia viene construida por elementos que no tienen nada que ver con la participación.

–¿En qué sentido?

–En tanto la representación es la ausencia de la participación y la presencia de una máquina de poder que se organiza de manera nueva frente a estas figuras de la deuda, el control del riesgo y los medios de comunicación. En este sentido, no es la vieja crítica a la representación por la burocratización de sus procedimientos administrativos. Hoy no existen esos procedimientos como instancias separadas porque, entre otras razones, los lobbies ya no son algo externo sino que están completamente absorbidos en el gobierno.

–¿Está pensando en alguna situación particular?

–En Obama, que como candidato presidencial propone reformas, gana con ese discurso y para llevarlas adelante ¡invita a los poderes de lobby que están contra esas reformas! Es una locura. Esto se da en un momento en que los gobiernos en general tienen menos condicionantes parlamentarios para tomar decisiones. El gobierno de Estados Unidos puede intervenir sobre la magistratura sin ningún sistema de control ni de check and balance. Esta concentración de poder, sin embargo, no logra salir de los problemas de una representación forjada en el siglo XVII, que vuelve a las constituciones actuales constituciones de derecha. Con esto me refiero a que la democracia representativa determina unos límites a la participación que son insuperables y vuelve impotente incluso a la concentración de poder.

–En buena medida, contra estos límites se alza también el movimiento de ocupación de plazas de Tahrir a Madrid, mediáticamente bautizado como indignados.

–Me ha fascinado el discurso de los indignados sobre el miedo. Ellos dicen No tenemos miedo. Es una cosa formidable si pensamos que toda la filosofía política occidental está fundada sobre el concepto de miedo, lo cual organiza el ejercicio de la violencia del ejército y la policía como efecto de nuestro miedo, por el cual les cedemos el poder.
–Además, hay formas nuevas del debate asambleario en las calles...

–Esos jóvenes no hablan más que cinco minutos, van a lo esencial, aprendieron del Twitter (risas). Hacen también una crítica al concepto de mayoría, a la obediencia sin más del 51 por ciento. Por último, despliegan toda una crítica muy interesante a la idea de la decisión rápida, mostrando cómo siempre la decisión es un proceso de construcción lenta, conjunta, que se consolida en ese tiempo compartido, lo cual anula de hecho todo el privilegio dado al discurso de los expertos. Y esto que señalo lo aprendés escuchando y hablando con la gente en la calle, no con un coloquio de filósofos.

–¿Cómo comprender la situación italiana después de la renuncia de Berlusconi? ¿Qué cambia?

–La situación italiana tras la caída de Berlusconi es exactamente como antes, menos el “bunga bunga”. El gobierno de Monti es un gobierno “técnico” que intentará realizar el diktat europeo neoliberal que Berlusconi no lograba actuar y conseguirá hacerlo con el apoyo de la izquierda. El chantaje del default funciona de manera notable, sobre todo porque falta cualquier idea alternativa y falta un mínimo de voluntad política alternativa al esquema neoliberal.

–Esas referencias al mercado son conocidas en Argentina...

–Es realmente grotesca la situación en la cual nos encontramos nosotros: estamos bajo el ataque de los “mercados” y nadie intenta entender qué cosa son estos mercados y en nombre de qué cosa se están moviendo; quiero decir: la defensa del dólar y, en consecuencia, el ataque a la Europa política. Al mismo tiempo, se hace todo aquello que es necesario hacer para obedecer a los diktat de los mismos mercados. Nadie osa decir que los mercados son internos a la lógica del poder político actual, sea Berlusconi o sea Monti y del cual la izquierda forma parte.

–Ante este panorama, ¿qué espera de los movimientos sociales europeos?

–La primera cosa que espero, porque en realidad ya lo han demostrado ampliamente durante los últimos meses, es la permanencia de una resistencia a este desastre. Por resistencia entiendo dos cosas: en primer lugar, rechazar punto por punto las iniciativas que se vienen tomando, sobre todo contra los salarios y el Welfare (Bienestar); en segundo lugar, la capacidad de imaginar un programa e instituciones del común para echar a las actuales elites económicas y políticas. La situación es dramática, pero como siempre frente a estas políticas capitalistas de shock, se abren y se extienden frentes de resistencia.

–¿En ese punto es también un momento de innovación política?

–Son ocasiones relevantes para construir nuevas culturas políticas. Todo esto no es imaginable sin conectar las prácticas del común y una revitalización del proyecto de construcción política de Europa. Una Europa de las multitudes y no de los mercados.

–Hablando de América latina, usted señaló que ya no se puede pensar a los movimientos sociales como doble poder y que, más bien, puede apostarse a una relación dinámica entre movimientos y Estado. Sin embargo, hoy subraya también el riesgo de disolución de los movimientos en el Estado. ¿Cómo lo sintetizaría?

–El doble poder busca enfrentarse con el Estado. Hoy la cuestión no pasa por allí, sino por la construcción de un común más allá del Estado. Pero este más allá no puede pensarse desde la homogeneidad, por las diferencias de espacialidad y temporalidad que existen. En este sentido, los procesos de singularización son los que devienen centrales para pensar lo común. Y, en este punto, se trata de una totalidad muy difícil de conquistar. Entonces, hay que ser muy prudentes. Pero hay que imaginar nuevas formas de gobierno y para eso el primer problema es eliminar la propiedad privada. No se trata de regularla o conducirla a fines sociales. Sólo la eliminación real, no formal, de la propiedad privada puede dar hoy el reconocimiento verdadero de que la organización del trabajo, la organización de las formas de vida y de las organizaciones sociales ya no pueden ser bloqueadas por el capital privado en tanto son expresión de la potencia común, laboral, cultural, social.

–¿Es una inadecuación de las fuerzas productivas de lo social respecto a los límites de las relaciones que las constriñen?

–De algún modo es la clásica cuestión de las relaciones de producción que bloquean las fuerzas productivas. El dilema es cómo lograr abrir este común a nuevas formas de constitución, lo que significa transformar radicalmente la escritura constitucional, es decir abrir un espacio al poder constituyente, a partir de tomar en serio las formas en las que vivimos.

–Tras varias visitas a Argentina desde el 2003 a hoy, ¿qué cambios advierte en el lenguaje político?

–En Argentina en particular el discurso político parece referir ahora, y con insistencia, sobre todo a la salida de dos crisis: 2001 y 2008. En este punto, algunos analistas empiezan a hablar de América latina, en particular de Argentina, Brasil y Bolivia, en términos de una estasis, de un momento de pausa. Eso se traduce en que en la política de estos países se hace más fuerte la referencia al pasado, a lo que se ha logrado y superado, y tiene menos presencia un discurso de futuro. En relación a Europa y a su crisis, llama la atención cómo funciona aquí la idea de patria, ya que allá no podría convocarse y acá, en cambio, parece una cosa viva.

–Esto, puede decirse, plantea un horizonte progresivo en relación a la historia reciente del país y de la región pero tiene el riesgo de ser conservador cuando no da lugar a otro horizonte...

–Hay que ver hasta qué punto el discurso del estado nación no entra en contradicción con la apuesta a una región latinoamericana si es que esta no se la piensa desde un imperialismo interno. Una relación plural a nivel mundial debe calibrar sus políticas en relación a los otros.

–En Argentina, la referencia a Gramsci es muy fuerte. Es también el autor del concepto de hegemonía que es clave en la teoría de Laclau. ¿Cómo se relaciona usted con este autor italiano?

–Gramsci ha siempre estado constreñido, para mí, por la política italiana, europea, como un hombre que estuvo en la formación del Partido Comunista en Italia, en la Tercera Internacional y que, luego, una vez en la cárcel, se dedicó a estudiar y a pensar de una manera que lo transformó en otra persona. Pero ese cambio ha sido completamente escondido y anulado por el PCI que lo presentó como el teórico de la hegemonía. ¿Pero qué cosa era la hegemonía desde ese punto de vista? Era la hegemonía del partido que se ejercitaba en una alianza entre sectores. Y se dejaba de lado, por ejemplo, el gran problema que piensa Gramsci que es la relación entre norte y sur. También toda la ideología y la práctica sobre los consejos es cancelada y la distinción entre guerra de movimientos y guerra de posiciones se evade. Con esto quiero aclarar que Gramsci no estuvo en mi formación. El primer libro de Asor Rosa contra Pasolini (N. del E.: Scrittori e popolo), que fue decisivo para nosotros, lo leímos como una interpretación contra el Gramsci nacional-populista. Esto quiere decir, contra el Gramsci que no hace ninguna mención a la cuestión de clase, o que si la hay es confusa y dispersa.

Fuente: Diario Página/12