
Wolin (1922-2015) fue un teórico político estadounidense que, nacido
en Chicago de padre judío siberiano y criado en Buffalo (Estado de Nueva
York), interrumpió sus estudios a la edad de 19 años para convertirse
en bombardero-navegante de las Fuerzas Aéreas del Ejército de USA. Sus
experiencias vitales fueron las de “un niño de la Gran Depresión, un
aviador de la Segunda Guerra Mundial, un judío de la era del Holocausto y
un activista de los años sesenta, todas ellas, excepto la última,
experiencias dominadas por la sensación de pérdida”. Fundador de la
“Escuela de teoría política de Berkeley”, diseñó un enfoque diferente de
la historia del pensamiento político en su libro “Política y visión”
(1960) donde propone una perspectiva totalmente original que constituyó
un desafío formidable a los enfoques más clásicos en el estudio de la
historia del pensamiento político, que consideraban que su tema era
simplemente ajustarse al crecimiento ideológico de las instituciones
políticas tal como aparecieron a lo largo de la historia, y presentar
sus contenidos en forma enciclopédica. Wolin observó que el elemento de
comentario político en la teoría política estaba en gran parte ausente
en los acontecimientos que le tocó vivir (las manifestaciones
estudiantiles de la década de 1960, la Guerra Fría y su retórica del
capitalismo/comunismo, las presidencias de Nixon, Ford y Reagan). El
nuevo enfoque de Wolin, basado en el estudio cuidadoso de diferentes
tradiciones teóricas, presta especial atención a cómo éstas contribuyen a
los significados cambiantes de un vocabulario político previamente
recibido (incluidas las nociones de autoridad, obligación, poder,
justicia, ciudadanía y estado), y tiene como objetivo último instruir,
informar y aconsejar la práctica de la teoría política en el presente.
Wolin insistía en que la filosofía, incluso la escrita por los
antiguos griegos, no era una reliquia muerta, sino una herramienta vital
para examinar y desafiar las suposiciones e ideologías de los sistemas
contemporáneos de poder y pensamiento político. Esta insistencia hacía
que a menudo se considerara un paria entre los teóricos políticos
contemporáneos ya que la concentración de éstos en el análisis
cuantitativo y en el conductismo les llevaba a evitar el examen de la
teoría y las ideas políticas amplias. Argumentaba que la teoría política
era “principalmente una actividad cívica y secundariamente académica”
que tenía un papel “no solo como disciplina histórica que se ocupaba del
examen crítico de los sistemas de ideas”, sino como una fuerza que
“coadyuva a moldear las políticas públicas y las direcciones
gubernamentales, y sobre todo la educación cívica, de una manera que
fomenta los objetivos de una sociedad más democrática, más igualitaria,
más educada”. Es decir, Wolin diseñó un paradigma de la teoría política
clásica que, derivado de Platón y Aristóteles, reclamaba fundamentos
filosóficos y asumía un punto de vista crítico de la sociedad. Por el
contrario, este paradigma fue suplantado en la academia por la
revolución del comportamiento y el surgimiento de las ciencias sociales,
no como un paradigma teórico sino como la creciente rutina exigida por
las estructuras económicas y sociales modernas, mera recopilación de
datos y minucias académicas, y desplazó determinantemente la visión
crítica de la tradición clásica.
En su ensayo clásico “Teoría política como vocación” (1969), escrito
en el contexto de la Guerra Fría, la Guerra de Vietnam y el Movimiento
por los Derechos Civiles, remacha esta idea y critica acerbamente al
conductismo como verdadero causante de la incapacidad de comprender las
crisis de la época. Por otra parte, Wolin identificó una tradición de
teóricos políticos “épicos” que se empeñaron en ver el mundo de manera
diferente pero con el objetivo de cambiar sus sociedades. Esta tradición
incluye a Platón, Maquiavelo, Hobbes y Marx, cuyos escritos, si no
cambiaron el mundo, al menos perduraron “como un monumento a las
aspiraciones del pensamiento”. Precisamente este tipo de teorías
políticas épicas es lo que Wolin creía que requería nuestro tiempo, pues
su aplicación crítica a las instituciones políticas contemporáneas
daría luz a una mayor comprensión de la problemática político-social.
En el libro “Democracia gestionada y el espectro del totalitarismo
invertido” (2008) Wolin defendió la política democrática contra el
surgimiento del neoliberalismo y las guerras imperiales, y estableció
una distinción entre “democracia administrada” y “democracia fugitiva”.
La “democracia administrada” es el espectáculo rutinario de la política
electoral que actualmente pasa por democracia en la mayoría de los
autoproclamados regímenes democráticos, que coexiste y es en gran medida
una fachada para la economía capitalista moderna. La “democracia
fugitiva” significa esos escasos momentos de genuina participación
democrática en los que el pueblo recupera el poder político.
Refiriéndose a la forma actual de democracia gestionada, Wolin habla que
ésta da lugar a una nueva forma de totalitarismo, el así llamado
totalitarismo invertido. El conocido totalitarismo clásico se
caracteriza por buscar el apoyo de su ciudadanía movilizándola
masivamente para que el estado ejerza un control férreo sobre la
economía, es decir, la economía subordinada a la política; asimismo,
anuncia objetivos, con algunos aspectos socialistas, para cuya
consecución utiliza medios coercitivos, confiando en el liderazgo de un
demagogo o personaje carismático. Por el contrario, el totalitarismo
invertido, prosperando en medio de ciudadanos pasivos políticamente
desmovilizados y apáticos, que rara vez van más allá de su papel
asignado como “espectadores-consumidores”, se caracteriza por tomar la
forma de la economía capitalista que ejerce el control sobre el estado,
es decir, la economía domina absolutamente la política; asimismo,
anuncia sus objetivos y credenciales “democráticos”, aunque sus
prioridades son abrumadoramente económicas y expansionistas; y su
liderazgo, semejante al de un anonimato sin rostro del estado
corporativo empresarial, va unido a las corporaciones que son
profundamente indiferentes al bienestar de los pobres.
Ciertamente el totalitarismo invertido, a diferencia del nazismo que
hizo la vida incierta a los ricos y privilegiados al proporcionar
programas sociales para la clase trabajadora y los pobres, explota a las
clases necesitadas, reduciendo o debilitando los programas de salud y
los servicios sociales, así como reglamentando la educación de masas
para lograr una fuerza laboral insegura amenazada por la importación de
trabajadores de bajos salarios. Así pues, el empleo precarizado en una
economía de alta tecnología, volátil y globalizada, la reducción de
personal, la falta de defensa sindical, las habilidades rápidamente
desactualizadas, la transferencia de empleos al exterior, todo esto crea
una economía de miedo mediatizado por un sistema de control
eminentemente racional cuyo poder se alimenta de la incertidumbre. Y el
resultado es una ciudadanía que se encuentra en un continuo estado de
preocupación y zozobra que, sometida al impulso descontrolado de
aspiraciones competitivas, origina un anhelo de estabilidad política en
lugar de compromiso cívico, de protección en lugar de participación
política (Hobbes dixit). Consecuentemente, la ciudadanía permanece
pasiva fuera de la participación en el poder, invitada a tener
opiniones, se le permite votar y, una vez finalizado el carrusel
electoral, las corporaciones y sus grupos de presión vuelven a la tarea
de gobernar olvidándose de esos ciudadanos. El estado corporativo,
legitimado por las elecciones que controla, reescribe y distorsiona la
legislación que antaño protegió la democracia con el fin de abolirla. Y
así, los derechos básicos son revocados por mandato judicial y
legislativo, quienes, al servicio del poder corporativo, reinterpretan
las leyes para despojarlas de su significado original con el fin de
fortalecer el control corporativo y abolir su supervisión. Los medios de
comunicación social y las élites, especialmente los intelectuales,
académicos e investigadores, comprados e integrados perfectamente en el
sistema, fomentan, si cabe más, la despolitización de la ciudadanía y la
uniformización de la opinión pública, lo que hace irrelevante la
disidencia política que, tachada de antisistema, ultraizquierdista,
extremista, terrorista, es completamente ignorada.
El totalitarismo invertido es un “espectro” que sigue el desarrollo
de una “democracia administrada” con dos ejes principales. Por un lado,
el gobierno se asimila cada vez más a los modos de una corporación
empresarial que, en contra del ideal republicano clásico del servicio
público desinteresado, se vuelve más elitista y favorecedor de los
gerentes que reclaman experiencia en el manejo de la nación para obtener
el máximo beneficio. En otras palabras, se trata de una “revolución
corporativa” en política, una “fusión” entre capitalismo y democracia,
cuyos resultados son una depreciación de la democracia en cuanto
representación y rendición de cuentas ante el pueblo, una “cultura
antipolítica de competencia más que de cooperación”, un agresivo
programa de privatización. Por otro lado, aun cuando las formas básicas
de autogobierno popular se mantienen, su contenido está vacío ya que
progresivamente mayores espacios del estado se subordinan a las
maquinaciones de intereses de cabildeo corporativo, desalentando a las
personas a ejercer una acción democrática real y participativa, lo que
promueve una creciente “lasitud cívica” y una “democracia sin
ciudadanos” en la que la soberanía popular se reduce a la “soberanía del
consumidor”. En suma, el totalitarismo invertido no gira en torno a un
demagogo o un líder carismático, sino que se refiere a centros
corporativos generalmente anónimos. No desacredita abiertamente la
democracia, más bien rinde homenaje al ideal democrático y a la
Constitución, a las libertades civiles, a la libertad de prensa y a la
independencia del poder judicial, rinde lealtad externa a la fachada de
la política electoral, a su iconografía, a las tradiciones y al lenguaje
del patriotismo, pero al mismo tiempo subvierte las instituciones
democráticas. Lo cierto es que el totalitarismo invertido, arteramente,
profesa ser lo contrario de lo que de hecho es, y renunciando a su
verdadera identidad confía en que sus desviaciones se normalizarán como
“cambio de progreso”.
Durante el mandato de Roosevelt en la década de 1930, existía en USA
un capitalismo regulado, en cierta manera, por el Estado en un intento
de controlar la actividad corporativa para el bien común. Pero a partir
de la Segunda Guerra Mundial, el imaginario constitucional sucumbió al
imaginario de poder de la Guerra Fría, y la preocupación por el
bienestar, la participación y la igualdad, fue reemplazada con una
ideología “desmaterializada” de patriotismo, anticomunismo y miedo, es
decir, una nueva ideología maniquea al servicio de la riqueza
corporativa y la desigualdad. La postura comprometida de la URSS con el
anticapitalismo y un igualitarismo completo, prestó así al
individualismo capitalista un aura patriótica e impugnó a sus
detractores. La Guerra Fría generó un aumento masivo en el gasto de
defensa, lo que a su vez hizo que la economía estadounidense dependiera
mucho de las industrias de defensa corporativas. El secuestro del
gobierno por parte de las corporaciones y militaristas de la guerra
permitió que el complejo militar-industrial desangrara al país. Los
programas sociales del gobierno se redujeron o eliminaron como
“abdicación selectiva de la responsabilidad gubernamental para el
bienestar de la ciudadanía” al amparo de la reducción de costos y la
mejora de la “eficiencia”. Wolin vio a los militaristas y los
corporativistas, que formaron una coalición para orquestar el
surgimiento de un imperio estadounidense global después de la guerra,
como las fuerzas que extinguieron la democracia estadounidense, y llamó
al totalitarismo invertido “la verdadera cara de la superpotencia”.
Estos especuladores y militaristas de la guerra, a la par que
“normalizaron” la guerra, desangraron al país de los recursos,
trabajaron para desmantelar las instituciones y organizaciones
populares, como los sindicatos, y desempoderaron y empobrecieron
políticamente a los trabajadores. Y Wolin advierte que, como ocurrió con
todos los imperios, serán “destripados por su propio expansionismo”,
que nunca habrá un retorno a la democracia hasta que se reduzca
drásticamente el poder incontrolado de los militaristas y corporativos,
que un estado de guerra no puede ser un estado democrático, en fin, que
el imperialismo y la democracia son incompatibles, y que, por tanto,
Estados Unidos se convertirá en un estado totalitario si no cambia
radicalmente el rumbo.
Wolin formuló una crítica original no marxista del capitalismo y el
destino de la vida política democrática en el presente. En su esfuerzo
por pensar en el destino de la democracia en los Estados Unidos, formuló
una nueva teorización de las formas de poder modernas y posmodernas y
cómo estos moldearon los límites y horizontes de la vida política a
fines del siglo XX y principios del XX. El pensamiento político de
Wolin, aunque influenciado por la crítica de Marx al capitalismo como
una forma de poder, es decididamente no marxista en su insistencia en la
democracia participativa, en la primacía de lo político y en la
convicción de que una teoría radical de la democracia requiere localizar
las formas de poder más allá de la economía. Wolin, aunque no tenga
ninguna receta sobre cómo eliminar la situación que describe con tanta
amargura, y particularmente preocupado por el destino de la democracia a
manos de los imperativos burocráticos, elitismo y principios y
prácticas gerenciales, forjó la idea de “democracia huidiza”. En su
opinión, la democracia no es una forma de estado fija, sino una
experiencia política evanescente y momentánea en la que la gente común
es un actor político activo. Esta “democracia huidiza” que aparece y
estalla repentinamente a partir de un hecho disruptivo, hace que las
sociedades compartan unas horas o días priorizando los intereses comunes
de toda la población, rompiendo los planes de las élites, amenazándolas
directamente y evidenciando la insatisfacción popular con la vida que
les toca vivir. Pero Wolin no tiene ninguna receta para ganar, sabe que
estas democracias fugaces son muy difíciles de mantener porque la gente
tiene intereses vitales ordinarios que no le permiten estar
permanentemente movilizada, y que una revolución democrática por
definición alienta la diversidad y por eso inevitablemente cae en la
fragmentación. Pero puede que se alargue y fructifique el huidizo
estallido de la democracia en la calle, lo que ocurre en los casos en
que la disrupción del sistema sea de un alcance tan grande que el estado
se encuentre forzado a recuperar el totalitarismo clásico con medidas
despóticas y tiránicas que lo deslegitimen y equiparen a una dictadura.
En todo caso, estos momentos disruptivos ejercen un efecto tan poderoso
sobre la gente, un cambio sentimental de tan inmenso alcance, que en
cualquier momento pueden volver a ocurrir mientras haya gente que los
recuerde.
Wolin nos pone en la presencia de un pasado que abriga el futuro, de
un pasado protegido en el presente, de un pasado aún por cumplir, donde
el tiempo se convierte en un campo de trabajo y exploración, en un
terreno de descubrimiento y recurso, en un lugar siempre para
cuestionar. Nadie pudo ver tan bien en la oscuridad de estos tiempos
sombríos porque nunca fue el temeroso liberal que miraba con recelo la
democracia, ni tampoco el ansioso constitucionalista que intenta hacer
perdurar el presente. Wolin tenía esa audacia democrática que no busca
instituciones duraderas sino una democracia fugitiva, que no alienta
estabilidad liberal sino aventura democrática, que vio con claridad los
peligros, riesgos, posibles errores y ciertos pasos en falso de los
demócratas. Y, a pesar de que no tenía fe en el progreso ni en una
promesa de redención en el futuro, vislumbró la posibilidad de lo
político con la esperanza de construir una vida democrática común.
Intuyó la existencia de esa esperanza en la imperfección, insuficiencia y
fragmentariedad del mundo. Confió en que en las grietas y fisuras de
las cosas rotas podría eclosionar y crecer una nueva sociedad más
democrática. Porque, en definitiva, para Wolin la democracia no es
solamente un antiguo legado ateniense sino que está al alcance del
hombre contemporáneo.