La
recuperación de la producción y el trabajo nacional necesita también su
consolidación en la política y en la sociedad. El desbalance heredado
por el nuevo gobierno no sólo es económico sino también social, político
y cultural. La construcción de un nuevo sentido común del desarrollo y
de la economía nacional son fundamentales para sostener el cambio de
rumbo económico planteado por el gobierno de Alberto Fernández. Los
desafíos por delante en la economía y en la política.
La intervención del Estado resultó fundamental para que las empresas no cierren sus puertas durante la pandemia.
Imagen: NALa irrupción de la pandemia de la covid-19 profundizó el deterioro de los sectores productivos,
principalmente de las pequeñas y medianas empresas. Estas ya venían
arrastrando retracciones desde 2016, pero con una agudización a partir
de la recesión que comenzó en el segundo trimestre del 2018.
El contexto hasta diciembre del 2019 fue crítico:
se cerraron más de 25.000 empresas y se redujeron en más de 160.000 los
empleos formales de la industria manufacturera producto de cuatro años
de políticas erráticas para el sector.
A partir del cambio de gobierno se abrió una esperanza para las empresas,
dadas las intenciones de modificar los ejes de la política económica.
En efecto, las medidas adoptadas frenaron el ciclo de la especulación
financiera a través de tasas de interés compatibles con la actividad
económica y volver a poner al crédito productivo como coordinador de la
producción.
Al mismo tiempo, se llevaban adelante políticas económicas para recomponer el mercado interno.
Sin embargo, a los tres meses de gestión irrumpió una pandemia sin
precedentes en 100 años que abortó los proyectos iniciales y provocó que
toda la gestión se avoque a la lucha sanitaria.
Emergencia
En
este marco de crisis global, como consecuencia de la emergencia
epidemiológica, la economía argentina, que previo a la pandemia se
encontraba en una recesión debido a las equivocadas políticas económicas
llevadas a cabo por la gestión anterior, profundizó su crisis debido al riesgo sanitario.
Vale destacar que desde el segundo trimestre del 2018 el producto viene retrocediendo. Asimismo, la deuda emergía como condicionante al programa económico. El escenario se agravó de manera notable por la emergencia sanitaria. En este contexto, las pymes fueron las más afectadas.
Abril será considerado, probablemente, el peor mes de la historia económica nacional (y regional),
producto de las medidas de confinamiento estricto en todos los rincones
del país. Cabe remarcar en números, que la actividad económica de la
industria tuvo la peor caída registrada desde que la mide el Indec a
través del Emae, retrayéndose 33,9 pro ciento interanual, el índice de
producción industrial (IPI) descendió 33,3 por ciento interanual.
A
su vez, en mayo la AFIP registró casi 21.000 empleadores menos que en
febrero. Las ventas minoristas que miden las confederaciones gremiales
que representan a las pymes experimentaron una baja de 57,6 por ciento
interanual en abril. La tasa de desempleo entonces para el segundo
trimestre del año aumentó a 13,1 por ciento (igual periodo de 2019 fue
10,6 por ciento) y el índice de pobreza superó el 40 por ciento en el
primer semestre de 2020 (el gobierno anterior lo dejó en 35,5 por
ciento.) Estos son los indicadores más relevantes del panorama social y económico.
Red de protección
La reacción del gobierno fue rápida y acertada. A traves de distintos Ministerios implementó sucesivas y crecientes medidas para morigerar el impacto de la crisis global y
local heredada, como el IFE, los créditos a tasa cero para
monotributistas, los créditos a tasa del 24 por ciento para empresas y
el ATP, que implica la reducción casi completa de cargas patronales y,
por sobre todo, el pago de parte de los salarios de los trabajadores de
empresas que lo soliciten.
Así se llegó a cubrir a 9,5 millones
de personas para los casos de IFE + créditos a monotributistas y a más
de 400 mil empresas con el programa ATP y los créditos blandos. Por
consiguiente, las medidas adoptadas pudieron contener un aumento mayor de la pobreza, el desempleo y la destrucción de empresas, aunque está claro que no es suficiente.
Si bien el incremento del desempleo en los sectores formales se contuvo (fue uno de los que menos cayó en la región), el impacto de la pandemia en los sectores informales y en varios comercios fue muy duro.
A
partir de junio, producto del paulatino desconfinamiento, las
provincias en primer término, y luego en el AMBA, la actividad comenzó a
reactivarse y a traccionar a la economía en su conjunto, de manera muy
heterogénea.
De igual modo, la baja en las tasas de interés,
sumado al despliegue de créditos productivos para amortiguar el parate
de la actividad por la pandemia lograron evitar que el impacto del
riesgo sanitario fuera mayor.
Estado
Por ello, la intervención del Estado resultó fundamental para que las empresas no cierren sus puertas, con sus implicancias en el mercado de trabajo. Asimismo, el Gobierno redujo la tasa de política monetaria
de 65 por ciento en diciembre a 38 por ciento en marzo. Esto permitió
que, por ejemplo, la tasa para cambiar cheques (crédito tradicional de
las empresas) se haya reducido de 55 por ciento en diciembre a 20 por
ciento, abaratando el financiamiento de las empresas, lo cual significó
una importante bocanada de aire para la rentabilidad de las pymes tan
castigada años anteriores.
Por otra parte, la administración cambiaria y el control de precios básicos
que viene desplegando el Poder Ejecutivo (con el relanzamiento de
programas como Precios Cuidados y Precios Máximos) viene ayudando a
frenar la dinámica inflacionaria heredada.
La inflación pasó de
53,8 por ciento interanual en diciembre a un 40,7 por ciento en agosto
pasado. Los insumos industriales crecieron 5,5 por ciento por debajo de
los precios finales (en donde el congelamiento de los precios de la
energía tuvo un papel importantísimo), según las mediciones del IPC y
del IPIM. Esto también tuvo una repercusión positiva en la recuperación de la rentabilidad de las pymes industriales.
En concordancia, la devaluación
viene acompañando la evolución general de los precios (3 por ciento por
encima) y se estima que, de no mediar más inconvenientes en el frente
externo (que se encuentra en una situación compleja, en especial el tema
de las reservas), este año el tipo de cambio oficial crecerá
aproximadamente 30 por ciento, muy por debajo de los brutales ajustes
cambiarios del 2019 (62 por ciento) o del 2018 (115por ciento), con sus
severas consecuencias negativas en los salarios, los costos y la
actividad.
Recuperación heterogénea
Las políticas económicas ejecutadas entonces permitieron una recuperación de la actividad,
que si bien se da de manera heterogénea (por ejemplo, parte de las
provincias que se reactivaron primero, ahora son el epicentro de la
pandemia, con su consecuente impacto en la actividad), han posibilitado
trazar un horizonte positivo.
En consecuencia, la actividad industrial se encuentra, a nivel general, en niveles de la prepandemia.
El Indicador Adelantado de la Producción Industrial del Ministerio de
Desarrollo Productivo muestra que a principios de septiembre la
actividad está 0,6 por ciento por debajo de principios de marzo. En este
sentido, el Índice de Producción de julio mostró una caída de 6,9 por
ciento interanual (crecimiento de 2,1 por ciento mensual), una
desaceleración considerable mes a mes desde el piso de abril.
El Estimador Mensual de la Actividad Manufacturera
(Emae) de junio muestra un comportamiento similar: una desaceleración
de la contracción de la actividad (-7,3 por ciento interanual). El indicador de la construcción (Isac-Indec)
pasó de arrojar una caída interanual histórica del 76,2 por ciento en
abril a una retracción de 12,9 por ciento en julio. Para el caso de la actividad metalúrgica,
que mide Adimra, el índice de producción también viene frenando la
caída: pasó de contraerse 38,7 por ciento interanual en abril a 5,2 por
ciento en julio. La producción de automóviles (medido por Adefa) en agosto mostró niveles similares a los de febrero.
Otro indicador que muestra la reactivación paulatina y heterogénea de la economía son los datos del consumo.
Si bien la pérdida de poder adquisitivo y del empleo se profundizó por
la pandemia (a causa de la menor circulación), con su correlato en la
reducción de varios patrones de consumo, las ventas vienen creciendo a
la par de las aperturas que realizan los municipios y las provincias.
Por tal motivo, las ventas minoristas
que mide Came vienen mostrando una recuperación del consumo y de las
ventas de los comercios de distinta índole. Los datos de agosto muestran
una caída interanual del 17,8 por ciento que, si bien aún es muy
fuerte, se redujo bastante en comparación con el piso de abril. Otro
indicador positivo en este sentido es el nivel de rentabilidad de las
pymes. En agosto, el 35 por ciento de las pymes industriales tuvieron un
nivel de rentabilidad positivo, mientras que en marzo y abril este
nivel fue de aproximadamente 15 por ciento.
Finalmente, entre mayo y agosto creció en 3000 la cantidad de empleadores registrados en AFIP, por lo que habrá que seguir de cerca esta dinámica los próximos meses.
Horizonte
En
definitiva, si bien existe una crisis que se agravó fuertemente por la
pandemia de la covid-19, las empresas vienen recuperando, gradualmente,
niveles cercanos a los de la prepandemia en varios sectores, lo que
permite trazar un horizonte de salida de la pandemia.
El Estado, mediante el Presupuesto 2021, propone seguir
volcando muchos recursos tanto en inversión y obra pública, como en
créditos y subsidios para los sectores productivos. Esto será
fundamental para recomponer, por un lado, el tejido productivo perdido
durante la pandemia, y por otro, reparar lo perdido durante cuatro años
que fueron muy dañinos para los pequeños y medianos empresarios y para
proyectos productivos.
También será fundamental continuar con un manejo de la política monetaria al servicio de la producción,
como viene siendo hasta ahora. La economía argentina necesita volver a
la senda del crecimiento, y para ello lo tiene que hacer desde el
mercado interno y las exportaciones con valor agregado.
El camino
para la recomposición del tejido productivo, la generación de trabajo,
la recuperación del salario, el crecimiento y desarrollo económico
sostenible no son una utopía. La base y las intenciones están firmes, pero aún queda todavía salir del atolladero de la emergencia sanitaria para encarar con firmeza el proceso de reactivación.
Esto es la base de un cambio de rumbo económico, en medio
de un contexto complicado para las economías mundiales marcado por la
crisis de la covid-19, que necesita ser consolidado a partir del
fortalecimiento político de quienes están llevando adelante esta misión
de devolver a la Argentina su impronta productiva.
Objetivos
Esta
consolidación no es sólo necesaria con el manejo de las variables
económicas y financieras. En esa misión las variables en juego también
son políticas y culturales, y los objetivos a lograr son a corto y a largo plazo.
A
corto plazo será fundamental el acompañamiento político de los sectores
populares y los agentes económicos beneficiados por este nuevo esquema
en las elecciones de medio término de 2021.
Mientras en el
largo plazo, la consolidación del rumbo tomado por la economía a partir
de la asunción del nuevo gobierno dependerá del fortalecimiento
institucional de agencias, entidades gremiales y organizaciones no
gubernamentales que acompañenen el trabajo político y la gestión de
quienes lleven adelante estas medidas de transformación.
En ambos casos, la construcción de un nuevo sentido común del desarrollo y del trabajo
en el terreno comunicacional será fundamental. La Argentina de 2020 no
solo heredó un desbalance económico, sino y fundamentalmente, un desbalance social y cultural.
A partir del cual, la idea de lo que conviene y no conviene al
empresariado nacional aparece distorsionada en la opinión pública, y
muchas veces distorsionada en modo contrario a su conveniencia real.
El
apoyo político de miles de pequeños y medianos empresarios hacia las
posturas liberales en las elecciones de 2015 fue un claro ejemplo de
ello. Hoy, luego del fracaso y de la crisis que dejó la derecha liberal en el empresariado local
se presenta una nueva oportunidad de resignificar las demandas y las
políticas que han sido “vendidas” como la solución a los problemas de la
economía local.
Esta tarea requiere de voluntades políticas acompañando a un nuevo armado gremial empresario
que trabaje en el contrapeso del discurso mediático dominante de
economistas, empresarios y comunicadores que construyen en el espacio
público la idea de una Argentina imaginaria y teórica, que se parece más
a la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII que a la Argentina que
necesitamos para encarar el siglo XXI.
* Presidente del Consejo Productivo Nacional y dirigente de la Mesa Nacional de Unidad Pyme.