martes, 17 de enero de 2012
Debate II:“Argumentos para una mayor igualdad”
Por Alejandro Grimson, Victorio Paulón, Jorge Gaggero, Florencia Abbate *
Esta carta pretende escapar a una falsa polarización. Quienes firman Plataforma, quienes adhieren y promueven Carta Abierta y quienes firmamos estos “Argumentos” afirmamos desear que la Argentina sea una sociedad más igualitaria. ¿Cómo es posible que nuestro diagnóstico acerca de lo que sucede en el país sea tan distante del de Plataforma?
El pensamiento crítico, que reivindicamos, distingue entre cualidades diferentes, se adentra con cuidado en procesos complejos. No descalifica a los adversarios o a quienes piensan diferente: construye argumentos. Quienes firmamos este texto creemos que es urgente desplegar un debate franco, que busque reconocer los matices y complejidades del proceso actual.
Cuando se parte de una presuposición, por ejemplo que este gobierno es calamitoso o maravilloso, y de ello se deriva que todo lo que haga ese gobierno tendrá esa misma cualidad, se está renunciando al análisis político y a la principal función de la crítica, que es la capacidad de distinguir.
Los firmantes de Plataforma 2012, con algunos de los cuales hemos compartido muchas luchas, parten de una idea que consideramos equivocada: este gobierno es nefasto y sólo hace cosas nefastas. Vamos a detenernos en las principales afirmaciones:
1 “Se ha profundizado la desigualdad”. Esto no puede afirmarse y menos aún al pasar. Los compañeros saben que hay distintas formas de estudiar la distribución del ingreso y que en cualquiera de ellas la desigualdad no se ha profundizado desde 2003 a la actualidad. La Asignación Universal, la ampliación de las jubilaciones, la reducción del trabajo precario (aún modesta para los objetivos que deben plantearse) ayudaron a eso. Las tan vapuleadas retenciones y el Impuesto a las Ganancias (aunque está pendiente una reforma impositiva) mejoran la distribución. Además, leyes como el matrimonio igualitario o del peón rural reducen otras desigualdades. Nos parece muy preocupante que se realice una afirmación tan grave sin análisis ni datos. ¿Acaso Plataforma no pretende convencer a los que piensan distinto?
2 Vemos con idéntica preocupación a la de los compañeros que desde los hechos del Parque Indoamericano en 2010 y la represión en Formosa, comience a agrietarse una de las grandes conquistas democráticas posteriores a los asesinatos de Kosteki y Santillán. Nos referimos a la máxima, tan criticada por los medios masivos, de que la policía concurra sin armas a las protestas sociales. El primer quiebre fue el asesinato de Fuentealba, con evidente responsabilidad de la policía provincial, que produjo una protesta de la CTA y de la CGT (incluyendo paro de actividades). El asesinato de Mariano Ferreyra, con gran repercusión, está siendo investigado y produjo la inédita consecuencia de un secretario general gremial preso. Ese hecho parece no existir para Plataforma. Por nuestra parte, consideramos imprescindible que el gobierno nacional tenga una política consecuente con su política de derechos humanos en relación con los asesinatos ocurridos en Jujuy, Santiago del Estero, Formosa y otras provincias. Una política que logre retrotraernos a la situación previa a los primeros muertos en protestas en las provincias. Creemos firmemente que es necesario que todas las organizaciones sociales, sindicales y de derechos humanos tomen esta cuestión como central en su agenda. Ese es el desafío no sólo para el Gobierno, sino también para muchos actores de la sociedad argentina.
3 Todos los gobiernos, de izquierda o de derecha, construyen relatos. La pregunta no es si los intelectuales se sienten interpelados por esos relatos. La pregunta crítica es qué habilitan y qué obstruyen dichas narraciones. Honestamente, entre quienes apoyan las principales medidas de los últimos años, vemos énfasis bastante distintos, comentarios críticos, disputas relevantes e irrelevantes. La crítica a la ley antiterrorista ha sido la muestra más reciente de lo que afirmamos: hay un debate público. No vemos un discurso único, salvo que así parezca el acuerdo profundo en enfrentar los discursos de aquellos economistas que quieren llevar a este país a los años noventa.
4 Existen disputas por la legitimidad política muy asociadas con los procesos de distribución económica. Y esas luchas son verdaderamente complicadas. No sólo porque una corriente progresista, que ha tenido diferentes capítulos en la historia del país, siga creyendo que las mayorías populares están engañadas, dado que han manifestado su apoyo a pesar de la supuesta “profundización de la desigualdad”. También, y principalmente, porque los poderes económicos y corporativos son mucho más reales de lo que un lector de la Plataforma podría suponer. En su texto no mencionan sus tensiones con el Gobierno: esas tensiones serían “puro relato”. Pero todos hemos visto actuar a los grupos rurales, eclesiásticos, a los medios, a transnacionales, fondos buitre y gobiernos extranjeros. ¿Qué fueron esos hechos? ¿Pura ficción?
5 Hoy se despliega en el país una tensión y una disyuntiva entre una concepción neodesarrollista, que en el fondo cree que mayores formas de inclusión y justicia serán alcanzadas gracias al crecimiento económico y una concepción igualitarista que cree en un desarrollo integral, económico, social, ambiental y cultural. Para evaluar hacia dónde nos lleva una ley o una política, no es suficiente mirar quién la vota: es imprescindible analizar sus efectos o no de transformación social.
6 Que haya acciones y metodologías del Gobierno que no compartamos (el Indec, la minería contaminante) no nos lleva a creer que exista hoy en la Argentina la posibilidad de una construcción de izquierda que insista en desconocer los avances logrados en estos años. Un pensamiento crítico comprometido con lo que hay que lograr, pero también con lo logrado, intervendrá activamente en el debate acerca de lo que falta, que es un avance cualitativo en todos los terrenos de una mayor igualdad.
Quienes creen que nos encontramos ante el demonio y que todo lo que vivimos es solamente una fantochada, una puesta en escena, cometen el error de persistir en un análisis que elude los temas centrales de las políticas del Gobierno y también hacen silencio ante el papel de los poderes a los que se enfrenta. Ese error profundiza la idea de que hay dos trincheras. Cuando tengamos un debate con matices, percibiremos que no serán los mismos los argumentos de los compañeros de Carta Abierta (que no pueden ser calificados como “voceros del Gobierno”) que los de Plataforma, pero tampoco los de sus integrantes. Quien conoce a las personas por sus trayectorias, sus hechos y sus dichos sabe que es bueno siempre juntarse, con el riesgo de que en el entusiasmo transmitido de unos a otros esa ausencia de matices pueda terminar en rejunte.
* También firman, entre otros, Roberto Pianelli, Alicia Azubel, Sandra Arito, Eduardo Menajovsky, Claudio Ingerflom, Luisa Valenzuela, Norma Díaz, Paula Abal Medina, Rita Segato, Gustavo Tieffenberg, Jorge Sarquis, Osvaldo Pedroso, Gerardo Aboy Carlés, Hugo Rapoport, Karina Bidaseca, Ariel Lupo, Laura Malosetti, Marta Dujovne, Jorge Kors, Nicolás Escobari, María G. Rodríguez, Damián Pierbattisti, Alejandro Falco, Estela Maidac, Alexandre Roig, José Lipovetzky, Nicolás Freibrun, Eduardo Smalinsky, Alcides Chiesa, Liliana Lukin, Víctor de Zavalía, Horacio Feinstein, Ana Cambours de Donini, Sonia Otamendi, Leda Schiavo, Sebastián Pereyra, Hugo Germano, Gabriel Noel, Daniel Mundo, Pablo De Biase, Ana Castellani, Martín Plot, Gustavo Dalmazzo, Juan Lo Bianco, Sergio Caggiano, Irma Zacaria, Juan Luis Fornero, Débora Gorbán, Cora Arias, Tukuta Gordillo, Graciela Jacob, Ariel Wilkis, Philip Kitzberger, Generación Política Sur, Juan Carlos Marín.
Fuente:Pagina/12
Debate I: Carta de la igualdad
El espacio de intelectuales, artistas y creadores elaboró un nuevo documento que analiza el proceso que llevó a la reelección de Cristina Kirchner y los desafíos que se abren ahora. Hoy la presentarán en la Asociación Argentina de Actores, Alsina 1762, a las 12.45.
I
El triunfo de Cristina Fernández de Kirchner en las elecciones del 23 de octubre con el 54 por ciento de los votos expresa la voluntad popular por la profundización de los cambios. En esa decisión de millones de personas se vislumbra la apuesta por una política transformadora, perseverante en su irreverencia frente al orden establecido. En su seno, conjurando la totemización del mercado, rescatando voces antiguas de la fragua popular e intentando frente a ellas nuevas formas de lo político, late incipiente la otrora desterrada utopía de la Igualdad. Es acompañada por la validación de un tipo de gobernabilidad que no puede concebirse por fuera de la recreación incesante de lazos constitutivos con una sociedad activa, heterogénea y abierta, y el impulso hacia un extendido compromiso militante que tiene en el entrecruzamiento generacional y la convocatoria activa de la juventud una de sus dimensiones más notables. Los argumentos simplistas de la gran prensa –voto conservador, el consumo, la oposición inexpresiva– son velos que ocultan otros destellos resultantes de ocho años de continuidad que también sostuvieron el 54 por ciento. El humor social, la recuperación de valores que parecían perdidos, la identidad como pueblo, la confianza en un liderazgo, el compromiso creciente en capas de la sociedad para participar en lo público, la perspectiva y esperanza en un futuro.
Recordemos que apenas una década ha transcurrido desde las jornadas de movilización popular de 2001, cuando en las calles se sancionó la derrota política –y comenzó el retroceso cultural– de un modelo económico centrado en el capital financiero y un modo de gobierno consistente en la mera administración de lo ya dado. Fueron días de indignación y luchas callejeras que hicieron visibles y generales otros combates, los que venían sosteniendo organizaciones diversas desde mediados de los años ’90. Y si aquéllas habían crecido en la resistencia, creando formas nuevas para la política, los acontecimientos de diciembre fueron sancionados con una brutal represión. La crisis desencadenó una transición política que descargó los enormes costos y ajustes del desplome neoliberal sobre las vidas de las mayorías, ya severamente empobrecidas por el régimen caído. Juntamente con una aguda recesión avanzaron la desocupación, la exclusión, la marginación y la pobreza, mientras la llamada “pesificación asimétrica” transfería ingresos a los sectores más concentrados de la economía.
La Historia abrió una alternativa y una esperanza en 2003. La extendida experiencia política que denominamos “kirchnerismo”, como metáfora nominativa de una capacidad transformadora de características propias, posee un doble carácter: se nos presenta como la evidencia política e institucional de un heterogéneo subsuelo popular irredento en incesante movimiento, capaz de establecer los núcleos programáticos de una nueva etapa argentina, en plena ocasión de una crisis de hegemonía de dimensiones y, a la vez, como un inusitado giro de la historia, una inflexión sin coordenadas de arribo, un acontecimiento creativo que cambia los parámetros amputados de una dinámica de poder sin destino posible mayor que el de una tragedia que muta en parodia de sí misma. La figura de Néstor Kirchner fue el epicentro de esa combinación. Asumió la presidencia con un discurso nacional y popular que se distancia del camino industrial-primario-exportador sin inclusión social (desarrollista de derecha), que había intentado desplegar la transición duhaldista. Las urgencias de la democratización de la economía, del crecimiento del empleo y de la producción se concibieron, en el incipiente proyecto, inseparables de la aspiración de reconstruir el mercado interno y recomponer los ingresos de los sectores populares y medios. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno se pensó como heredero e intérprete de la movilización social, viendo en lo popular no sólo los rostros de las víctimas del orden en crisis, sino también los de una organización de la que no se podría prescindir. Los movimientos de desocupados fueron actores y partícipes de la nueva construcción, junto a los trabajadores organizados y un múltiple escenario social y político.
La desarticulación del último gran intento por emprender un proyecto de transformación nacional había sido acometida por la dictadura terrorista de Estado, más de un cuarto de siglo antes. Los comandantes y ejecutores de la represión masiva de aquella época se encontraban sin juicio ni castigo. Los primeros intentos de justicia sucumbieron bajo las leyes de impunidad. Pero en nuestro país se había desarrollado una inédita construcción militante de derechos humanos. Heroica por parte de las Madres de la Plaza, que en plena dictadura lucharon por la recuperación de sus hijos, y multiplicada luego en un vasto friso de militancias. Con la decisión de desarmar el dispositivo de la impunidad, el gobierno recuperaba las reivindicaciones centrales de ese movimiento: Memoria, Verdad y Justicia y, al hacerlo, se fundaba a sí mismo como una experiencia política radicalmente nueva. El desarrollo de los juicios, la ejecución efectiva de cientos de sentencias y la constitución de una narración de los hechos centrada en la condena del terrorismo de Estado configuraron un camino que debe seguir siendo profundizado con la investigación de los civiles que colaboraron y fueron beneficiados –como en el caso de Papel Prensa y otras 600 empresas– por lo tramitado en las mazmorras concentracionarias. Consecuente con la profundidad de su compromiso con los derechos humanos, una de las características distintivas del proyecto iniciado en 2003 ha sido la firme decisión de los gobiernos nacionales de no reprimir la protesta popular.
El desendeudamiento con el FMI y la restructuración de la deuda externa con una quita inédita, las negociaciones salariales en paritarias que construyeron una dinámica de recomposición de ingresos y, luego, la estatización de la administración previsional y la inclusión de millones de beneficiarios excluidos en el régimen jubilatorio trazaron un camino en el que la disidencia con las recetas de las ortodoxias financieras se estableció en el plano de los hechos. La desarticulación del ALCA marcó el nacimiento de una nueva política de integración regional que se iría constituyendo en nuevas instituciones, con el Banco del Sur, la Unasur y la flamante Celac. El latinoamericanismo dejaría de ser horizonte de deseo o bandera justamente compartida para convertirse en definición de una política internacionalista y regional.
II
En 2008 la nueva época adquirió otros contornos, signados por el conflicto y el entusiasmo. El justo proyecto de retenciones móviles a las exportaciones agropecuarias condujo a una aguda confrontación del proyecto nacional con el bloque de poder que operó –y opera– como el agente interno de la restauración del proyecto derrotado en 2001. Las corporaciones patronales del campo resistieron y no estaban solas. Un tejido nuevo de poder económico se había articulado en el agronegocio con ellas. Contaban con el apoyo de los medios de prensa concentrados, emparentados ideológicamente y entrelazados con los negocios ligados a la Argentina reprimarizada de fin del siglo pasado. Se sumó toda una oposición política variopinta que conjugaba discursos republicanos, conservadores y “progresistas” para la ofensiva destituyente. Organizaciones emblemáticas del empresariado industrial, como la UIA, beneficiarias de las nuevas políticas, no se comprometieron con el instrumento que favorecía la diversificación productiva del país, ya por ataduras con la persistente creencia neoliberal, ya por la apuesta a un modelo centrado en la demanda externa y sustentado en salarios bajos.
Los tiempos eran agónicos y parieron nuevos actores en conflicto. Se constituyó el bloque que afirmaría la continuidad de un proyecto que, si heredaba los movimientos populares argentinos, también se mostraba prístino en sus diferencias y fundamental en su novedad. Las organizaciones sindicales, sociales, de derechos humanos, una buena parte del arco político progresista y de la izquierda no peronista, se asociaron estratégicamente al futuro del kirchnerismo, que se afianzaba como identidad política. Un frentismo de hecho defendía al proyecto del intento de la restauración conservadora. Carta Abierta nacía en ese momento de disputa como expresión de un tipo de militancia que consistía en tomar la palabra colectivamente, procurar interpretaciones y asumir un compromiso público. El conflicto era evidente: frente a un bloque que impulsaba la autonomía nacional y ala ampliación de derechos se alzaba una coalición destituyente promovida por la elite del privilegio.
El año 2009 –en el que se afrontó un resultado electoral adverso– supuso un desafío de gran dificultad, pero las fuerzas estaban templadas y el Gobierno profundizó las políticas reparatorias. La Asignación Universal por Hijo y el programa Argentina Trabaja signaron ese momento. Coincidieron durante ese año los efectos de la sequía y la primera fase de la crisis internacional, que fueron enfrentados con políticas y medidas que desafiaban las ortodoxias y recomendaciones de los poderes internacionales y locales. Pese a que no escaseaban los conflictos, el Gobierno impulsó con fuerza otra reforma estructural: una Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que prescribe límites a los monopolios y amplía el derecho a la información. Doblar la apuesta se constituiría en una marca de estilo frente a las adversidades.
En dos acontecimientos de 2010 pudo verse el cierre de las dificultades mayores del período: en la fiesta callejera de la conmemoración del Bicentenario y en la dolida y colectiva despedida a Néstor Kirchner. Porque si en el primero se vio la multitud reconocida en la nación que se conmemoraba –y esto es: no en abierto conflicto con el gobierno que la representaba–, en el segundo fue la emergencia de un compromiso activo y militante, descubierto junto con la propia fragilidad de las vidas que lo habían incitado. Y si la fiesta del Bicentenario era la contracara de la justa ira de diciembre de 2001, el duelo en la plaza reponía una confianza en la política que era impensable diez años atrás.
III
Eso fue posible porque la apuesta no fue leve y su horizonte fue la Igualdad. Que no es fácil de definir aunque se advierta su búsqueda en luchas, movimientos, documentos, leyes, hechos de gobierno. No es fácil porque se enlaza a otras cuestiones: la de la Justicia, la Libertad. Elegimos, en este momento, llamar Igualdad a las posibilidades de una sociedad más justa con sus integrantes, menos esquiva de lo fraterno y lo cooperativo, menos abrupta en el recorte de las libertades para algunos. No se trata sólo de igualdad de oportunidades reclamada por el liberalismo ni de distribución económica, aunque todo ello resulta imprescindible. La ley del matrimonio igualitario –que lleva en su nombre la cuestión que tratamos–, seguida por otras de muy reciente aprobación, evidencia una virtuosa escucha legislativa de los reclamos y valores impulsados por las minorías. El derecho al aborto, concebido como defensa de la autonomía de las mujeres a definir sobre su cuerpo y su deseo a la maternidad –y ya no como sumisión a la voluntad de un otro–, está en el horizonte de esas medidas que, impulsadas por pocos, inauguran, sin embargo, otro estado de los valores, las creencias y las lógicas que estructuran la vida social.
Si la Igualdad es el horizonte de estas políticas, lo es como igualdad en la diferencia y reconocimiento de la heterogeneidad. Lo es como ampliación de la ciudadanía, que se va desplegando en un recorrido desde la inclusión –con las múltiples estrategias de reparación social– hacia la Igualdad. No es poco lo que falta en este sentido y seguramente nunca el camino estará cumplido. La igualdad en la diferencia debe ser también el signo de una democratización profunda de la cultura, a la que las mayorías tengan acceso, generando disposiciones al conocimiento y el disfrute de lo creado por este país. Democratizar la cultura no es sólo generar espectáculos masivos. Es también crear las condiciones para la renovación del gusto cultural popular y para el impulso hacia la emergencia de nuevas y distintas expresiones. Hay mojones de este intento –como la ley de medios y Tecnópolis– que deben ser profundizados y ampliados. Muchos pasos se han dado de 2003 a hoy para disminuir la desigualdad que había generado la destrucción de la educación pública. Más chicos en la escuela y almorzando con sus familias. Menor deserción. Primeras camadas del secundario en algunas zonas del país. Docentes reconocidos en su dignidad de trabajadores. Bibliotecas y netbooks para todos. Estos cambios destacan y promueven el desafío de avanzar por lo aún faltante: la buena escuela pública, como la mejor alternativa de formación en todos los lugares y para todos los sectores. Habrá que explorar pedagogías, cruzar saberes y pensamientos, interrogar los modos de transmisión del conocimiento; pero esto será posible no sólo por el trabajo de especialistas sino también por la mayor participación de sujetos activos con compromiso en la transformación cultural y social necesaria para la buena educación. Ello requerirá que la política de Estado enunciada en la Ley de Educación Nacional se traduzca en prácticas sociales que legitimen en todo el territorio de nuestro país el derecho a la educación pública en una sociedad democrática. Pero aun con los cambios legislativos y políticas implementadas, subsisten tendencias estructurales regresivas, constitutivas de una matriz de sistema educativo, cuya reversión es imprescindible para atender al objetivo de la Igualdad. El creciente peso relativo de la educación privada –sostenida con financiamiento del Estado– en todos los distritos del país, pero con más intensidad donde predomina la población de sectores medios, resume la significatividad de esas herencias. Ese avance en desmedro de la centralidad de la educación pública es una fuente de desigualación social que conjuga desde segmentaciones clasistas hasta prejuicios raciales. La superación de esta lógica requiere de la convocatoria a los docentes, a los sindicatos y a la participación popular para movilizar la reposición de la escuela pública como núcleo clave de igualación social y forja de unidad popular.
Una nueva etapa del proyecto nacido con la asunción de Néstor Kirchner en el año 2003 queda inaugurada en los discursos de cierre de campaña de la Presidenta, en ocasión de la victoria electoral y en el foro del G-20. En ellos el ideal de la Igualdad y la crítica del orden global del neoliberalismo resonaron como sus núcleos clave. Posicionarse desde América latina y el Caribe sin neutralidad ni imparcialidad señala el alineamiento frente al poder central en el orden internacional y del lado de las mayorías populares en la política nacional. No son aceptables las interpretaciones de este triunfo electoral como el resultado de un modelo de consumo y a la vez clientelar, del tipo del que signó a los años noventa. En éstos se trataba de una política de dádivas en un proceso de exclusión, en tanto el crédito a los sectores medios, el dólar barato y la focalización arbitraria –constructora de desigualdad– avanzaban con un discurso que naturalizaba la desaparición de la política como herramienta de transformación. Se trata de la diferencia del sufragio en una nación de ciudadanos frente al voto en un mercado de consumidores.
IV
La histórica denuncia de las “relaciones asimétricas” en la reunión de Mar del Plata, que derrotó al ALCA, y los proyectos de constitución del Banco del Sur y de la Unasur, así como la desvinculación de las políticas recomendadas por los organismos financieros internacionales, precedieron a una crisis que tiene alcances inéditos, dramáticos y de fin imprevisible. La nueva política económica heterodoxa desarrollada por la Argentina y buena parte de América latina y el Caribe generó mejores condiciones para las respuestas frente a la profunda crisis que se despliega en el nivel de la economía mundial.
El desplome financiero conduce a la destrucción de un stock de capital ficticio inconmensurable que provoca el desmanejo de las finanzas globales por los organismos creados para ese objetivo. Las derechas de los países centrales se obstinan en profundizar la lógica ultramercantilista en el funcionamiento de las economías, tanto en los órdenes nacionales como en la esfera global. En esos países la democracia emprende el retroceso a una formalidad sin ciudadanía, mientras el poder financiero elige tecnocracias para dirigir sus destinos. Las instituciones que fueron origen y centro de la crisis intentan someter a su cruda ley los presupuestos públicos y dar garantía de continuidad al capitalismo en su forma de financiarización. Xenofobia y ajustes en los presupuestos públicos, privatizaciones de empresas de servicios y reducciones de salarios, despidos masivos y destrucción de lo que restaba de los Estados de bienestar configuran el nuevo rostro de los países centrales. En el centro del mundo se diseña un escenario de incertidumbre y amenazas, del que no están excluidas las intervenciones armadas que se excusan en “paradigmas civilizatorios”. Sin embargo, este avance reaccionario no se despliega sin resistencias. Las huelgas y movilizaciones obreras y el surgimiento de nuevas expresiones de lucha popular –como la de los indignados– son síntomas de un descontento que constituye un potencial de futuros conflictos, lejos de la pretendida sentencia del fin de la Historia que el neoliberalismo proclamaba en sus décadas de esplendoroso ascenso.
El discurso presidencial en el G-20 impugnó el capitalismo financiero, la desregulación y la política de precarización del trabajo. Una impugnación a la esencia del capitalismo realmente existente. Implacable crítica hecha desde la jefatura de un gobierno empeñado en construir una sociedad de derechos mientras ese capitalismo actual los destruye en el centro del sistema global que construyó. ¿Habrá futuro para el capitalismo? ¿Habrá futuro para la humanidad? ¿El anarcocapitalismo conducirá a la barbarie?
La degradación del sistema en los países centrales comprende la aceptación y el fomento de paraísos fiscales, esquemas de elusión impositiva, maniobras con los precios de transferencia en las operaciones intrafirma de las empresas transnacionales. Así, mientras la financiarización conduce a la profundización de estos rasgos, los discursos de los líderes de las naciones hegemónicas condenan esas prácticas, la mayoría de las veces en forma hipócrita, mientras promueven ordenamientos legales internacionales con objetivos más cosméticos que transformadores.
En cambio, los países periféricos que sufren pérdidas fiscales y fugas de capitales por la presencia de esos mecanismos están interesados realmente en su desarticulación. El gobierno argentino ha trabajado en los foros internacionales en esa dirección. Así, el interés en el combate al lavado de dinero y la evasión fiscal son objetivos importantes y destacables de la política del Gobierno. Pero resulta equivocado legislar esas cuestiones en el formato de Ley Antiterrorista, como se lo hace en el actual proyecto que trata el Congreso. Ese dispositivo adopta la duplicación de condenas acogiéndose a una definición del concepto de terrorismo de carácter tan inespecífico, que podría utilizarse en fallos judiciales que criminalicen la protesta social. Formato antiterrorista e inespecificidad de acepción que deriva del poder y las presiones norteamericanas en los foros internacionales. El gobierno argentino se ha destacado por su voz crítica en ellos y por eso sorprende y preocupa esta adopción de un estándar internacional contradictorio con el espíritu democrático del proyecto nacional que hoy despliega.
Durante la última década nuestra región ha comenzado a desarrollar, de manera creciente, una experiencia económica, política, social y cultural esencialmente diferente de la verificada en el mundo desarrollado. Tal proceso político, dirigido a establecer esa sociedad de derechos, es incongruente con las sociedades de libre mercado. La preeminencia de lo político, tendencia verificable en gran parte de las nuevas experiencias nacionales de América latina –con marcadas heterogeneidades, indudablemente–, supone un ejercicio creativo de regulación pública creciente de aspectos económicos esenciales en el cual la ciudadanía política recupera un lugar principal respecto de las relaciones mercantiles no exento de conflictos y contradicciones. La frustración del plebiscito popular en Grecia acerca de las recetas de ajuste impuestas por el FMI, Alemania y Francia, permite realizar un poderoso contraste con la mayoría de los gobiernos latinoamericanos cuya soberanía política en materia económica se acrecienta y complejiza a través de novedosos entramados nacionales y de integración multidimensional. Si bien estos procesos no están exentos de intrincados desafíos, asociados a un exacerbado grado de transnacionalización, gestión de recursos naturales y complejos escenarios de tensión distributiva, sus características distan de constituirse en evidencia de la lógica del capitalismo central. La imaginación política regional, la búsqueda de autonomía y la voluntad integradora esencialmente crítica del neoliberalismo han abierto una variante de organización social cuya denominación constituye aún una incógnita a dilucidar recurriendo a nuevos debates todavía en ciernes. Parece apropiado evitar referencialidades semánticas a pesadas e irresueltas herencias, no renunciando sin embargo a recuperar del arcón de posguerra la voluntad de las grandes gestas humanas que, a través de distintas identidades, dirigieron su proa a idearios democráticos, populares, independientes, igualitarios y libertarios.
No es fácil darle nombre propio al tipo de sociedad que queremos, dice la Carta Abierta/10 y, ciertamente, ese nombre aparecerá cuando se pronuncie colectivamente, en el interior de la conciencia de miles y miles de personas. La unidad de América latina y el Caribe, que incluye el rechazo a las conductas imperiales y la anárquica desregulación financiera, resulta en la urgencia de una autonomía no sólo justa, sino imprescindible, frente al desastroso despliegue reaccionario en el centro del capitalismo mundial. El paradigma de la Igualdad adquiere una significación trascendente como brújula en el clima de desazón de esta época.
La recuperación y centralidad de la idea de Igualdad representa una transformación cultural en la Argentina. El trazo grueso de los cantos de sirena del neoliberalismo fue el de crecimiento y derrame: sin acción pública los estímulos de mercados y ganancias conducirían a la ampliación y eficiencia productivas que desembocarían en la reducción de la pobreza en una sociedad de desiguales para el “bien” de todos. Sin embargo, el resultado fue el estancamiento y la exclusión.
Siempre ha existido una relación contradictoria y tensa entre capitalismo e Igualdad. La extensión de los derechos civiles y políticos generalizó la ciudadanía formal, mientras que esa expansión a la vez operaba como velo de la desigualdad en el acceso a bienes y servicios. La idea liberal de un ámbito público de la política alienado de un espacio privado reservado para la economía esteriliza la potencia de la primera para transformar la segunda. Ni la Igualdad sustantiva ni la ampliación de derechos son cuestiones de mercados, sino de ciudadanía. La primacía de la política sobre la economía, la intervención pública en ésta, la sustitución del objetivo del crecimiento por el del desarrollo y el privilegio ciudadano sobre la determinación mercantil para elegir el destino estratégico de una nación son tributarios de una propuesta de profundización de la Igualdad. Esta es la inscripción del paradigma de la Igualdad proclamado por la Presidenta como objetivo de esta etapa.
V
Desde 2003 se produjo una mejora sustantiva en la distribución del ingreso, tanto que la Argentina eleva los índices promedio de la región en términos de equidad distributiva. El sistema impositivo alcanzó en 1974 su pico de equidad del siglo XX, y luego comenzó un ininterrumpido derrumbe que profundizaba constantemente su regresividad. El actual proyecto ha revertido esa tendencia alcanzando una leve progresividad al final de la década recién concluida. Las retenciones han contribuido a ese cambio. Pero el régimen impositivo sigue siendo injusto con el 20 por ciento más pobre de la población y reclama una reforma tributaria. Reforma que también es necesaria para la estabilidad estratégica fiscal. El impuesto a la renta financiera, la mayor progresividad del Impuesto a las Ganancias, la reforma en el Impuesto al Valor Agregado, la consolidación de las retenciones (inclusive recuperando la idea de retenciones móviles) y el refuerzo de las imposiciones patrimoniales provinciales son cuestiones pendientes.
El crecimiento del gasto público ha contribuido a la mejora de la equidad. El significativo incremento del presupuesto educativo y el aumento del gasto en salud contribuyeron en ese sentido. La inversión realizada en esos campos requiere una renovación ahora cualitativa: una atención que no sólo descanse en la mejora de la infraestructura escolar o sanitaria. En relación con la salud pública es preciso puntualizar que no se han producido avances en importancia e intensidad equivalentes a los que sí se dieron en áreas como los derechos previsionales, humanos, educación y de generación de empleo. Se ha tendido a consolidar la inercia heredada, a contramano de las notables transformaciones que el modelo nacional y popular ha sabido generar. El control a los laboratorios, la producción pública de medicamentos y la regulación de la medicina prepaga deberían avanzar en la generalización de un sistema igualitario de salud. Hoy sólo el 1,9 por ciento del PBI se invierte en salud pública gratuita, mientras subsiste –en un sistema fragmentado– una enorme inequidad en la distribución de los recursos. Pensar la salud como política de integración social hace necesario recuperar el rol del Estado como único rector y prestador creciente y dominante, para hacer realidad la universalidad de la atención y el acceso a la salud como derechos de ciudadanía. Un derecho no es ni puede ser una mercancía, ni debe ser el mercado quien distribuya la salud y la vida.
La quita de subsidios a los ricos y a las clases medias-altas que pueden prescindir de ellos contribuye a la equidad distributiva. La reasignación presupuestaria al gasto social y a la inversión pública es de estricta justicia. La campaña mediática que designa la mayor carga como un ajuste tiene una marca clasista. No hay redistribución sin recortes del ingreso de los más pudientes. Ajustistas son las políticas recesivas y restrictivas que disminuyen la capacidad de consumo de las mayorías populares asociadas a recortes del gasto público y no así las reasignaciones progresivas de éste, que mantienen su nivel. Un cambio distributivo supone modificaciones en la lógica de consumo y de la propia estructura productiva que provee los bienes para éste.
La cuestión de la Igualdad comprende el debate clave acerca de los sectores en pugna por la distribución del ingreso. Los enfoques económicos que desde diversos sectores apuntan a detener la política de incrementos salariales, ubicándola como causa del alza de los precios y la disminución de la competitividad externa tienden a imponer un orden injusto propio de la experiencia neoliberal, pero esta vez actualizándolo bajo la forma de una peligrosa heterodoxia de raíz conservadora. Este aparente oxímoron consiste en propiciar una creciente intervención estatal en materia económica, pero amputando las políticas que diferenciaron al período abierto en 2003 –asociadas a la recuperación de los convenios colectivos de trabajo y la dinámica sindical– del programa encarnado por el duhaldismo en beneficio del poder económico concentrado local y extranjero. La competitividad externa, luego de la devaluación del peso argentino en 2002, fue conseguida a costa de fuertes transferencias de ingresos desde los trabajadores y sectores vinculados al mercado interno hacia los sectores empresarios medianos y grandes rurales y urbanos. No se explicó, entonces, por un incremento de la competitividad sistémica genuina, sólo posible por saltos tecnológicos y productivos devenidos de una conducta empresarial de fuertes inversiones, que en el caso de las grandes empresas tendió a no verificarse con el mismo dinamismo que en la década de los ’90 pese a las comparativamente altas tasas de ganancias de los últimos años. La imprescindible política de incrementos salariales sistemáticos propiciados, a partir de 2003, por los gobiernos nacionales tendió a compensar esa transferencia inicial y distribuir los beneficios de la acelerada creación de riqueza que se produjo. Con el fin de preservar el carácter progresivo de la política pública –uno de los basamentos del modelo económico– parece imprescindible encauzar el debate acerca de la inflación y el tipo de cambio hacia los complejos escenarios de la puja entre sectores sociales por la distribución del excedente, ejercicio que implica analizar precios, tasas de ganancia, productividad, inversiones y salarios de manera conjunta. Ello supone en sí una renovada acción estatal, tanto técnica como política, sostenida por un debate público, como expresión evidente de la metáfora presidencial de “sintonía fina”.
Mucho se hizo en estos años en pos de la afirmación de la Igualdad. Lo hizo un gobierno componiendo a su alrededor un conjunto de alianzas. No fue menor el lugar que tuvo y tiene en esa alianza el sindicalismo mayoritario. Organizaciones remisas a revisar las lógicas de poder que las estructuran –y que las llevan al reconocimiento de cercanías que son claramente corporativas, como la defensa de algunos dirigentes que son juzgados por delitos económicos, delitos inaceptables desde cualquier percepción efectiva de la defensa de los derechos de los trabajadores–, pero al mismo tiempo forjadas en la protección de los derechos de los asalariados formales. El grupo que hoy conduce la CGT se templó en la resistencia de los años ‘90 y desde 2003 para aquí articuló alianzas al tiempo que sostuvo la mejora de los salarios y la ampliación de derechos. Un contexto de expansión de la demanda laboral y de paritarias reconocidas lo hizo crecer y afirmarse. Hoy aparecen, enfáticamente anunciadas, oscuridades en esas alianzas.
No es fácil, nunca, orientarse en las coyunturas que son pródigas en ambigüedades, en componer hilos heterogéneos, en presentarse con rostros ambivalentes. Pero todo ello no puede evitar una nitidez que sigue presente: la política argentina sigue teniendo un trazo fundamental que distingue entre un bloque de la reacción y un movimiento –complejo y múltiple– que apuesta por la Igualdad. Es inimaginable que los trabajadores argentinos y sus representaciones sindicales elijan el camino de la reacción, arrojándose a los brazos de aquellos que hasta ayer nomás se decían sindicalistas para defender intereses patronales o para actuar como emisarios de la corrosión de la legitimidad institucional. Porque la CGT conducida por Hugo Moyano no tiene nada que ver con un gastronómico de las barras brava ni con un dirigente de peones rurales que pone a sus afiliados como carne de cañón para un paro patronal. Habrá nubarrones en la coyuntura, oscuridades que opaquen la nitidez, habrá que renovar –para despejarlos– un compromiso común, un compromiso hecho de tensiones, diálogos, conflictos y disidencias, pero sustentado sobre un acuerdo necesario: el de profundización de la Igualdad, el de ampliación de derechos.
VI
El paradigma de la Igualdad como el que se avizora requiere de la autonomía nacional. Un problema central y estructural subsistente e intacto es la extranjerización de la economía. La concentración más esa extranjerización, profundizadas deliberadamente por las políticas neoliberales, contribuyen a una persistente fuga de capitales. Durante los ’90 se financiaba con endeudamiento y hoy se lo hace con las divisas del superávit comercial, conseguido como resultado de la actual política económica y de las condiciones de la economía mundial. Así, el resultado del esfuerzo común es girado al exterior por los más poderosos, que cuanto más ganan más giran. Las constantes remesas de utilidades revelan que la Igualdad no constituye un objetivo exclusivamente social, sino un problema nacional. Así, a la exigencia de mayor inversión se agrega el requerimiento de renacionalizar la economía. Las filiales de las empresas transnacionales orientan su política, mucho más, por las necesidades y lógicas de sus casas matrices que por las definiciones, estímulos y objetivos de la política económica local. Una nueva ley de inversiones extranjeras es necesaria para proveer un marco regulatorio que permita al Estado fijar políticas.
Pendiente está, en función de la profundización de la Igualdad, una legislación justa sobre la posesión de la tierra urbana y rural. El proyecto de ley actualmente en discusión constituye un primer paso. Los desalojos de los humildes y la prepotencia de quienes los llevan a cabo han causado derramamiento de sangre y muertes. La legislación necesaria implica un debate respecto del derecho de propiedad, que por cierto se originó como todos los derechos civiles como reivindicación de los más débiles frente a los más fuertes. La conquista de los montes por parte de los sojeros tiene la misma lógica que la conquista del desierto del siglo XIX. Se despliega como una violación del derecho de propiedad comunitaria para la vida y la cultura de comunidades enteras, destruyendo los derechos de los pueblos originarios y de los campesinos para establecer otros nuevos, que protejan la apropiación de medios de producción por una clase objetivamente vinculada con la restauración del modelo derrotado en 2001. Apropiación típica de los conquistadores, por medio de la expulsión de campesinos de sus tierras. La solución del hábitat urbano y rural es, tal vez, la que atendería los problemas de mayor injusticia y violencia, resultantes de inequidades desgarrantes.
La marginación del ideario del desarrollo y su empobrecimiento al subsumirlo en los conceptos de crecimiento y derrame fueron tributarios de la sanción de leyes financieras que retiraron al Estado de la función de direccionamiento del crédito. Nuevas leyes que regulen el funcionamiento de las entidades, las funciones del Banco Central –que incluyen la recuperación del poder estatal para articular la política monetaria con las otras políticas públicas– y los derechos, acceso y protección a los usuarios del crédito significarán la derogación y el reemplazo de la que fuera la ley de leyes de la política económica de la dictadura terrorista: la Ley de Entidades Financieras y, también, de la carta orgánica del Banco Central, columna vertebral de la financiarización.
La vibrante defensa de Cristina Fernández de la gestión en Aerolíneas Argentinas, la estatización que dio origen a Aysa y las diferencias de eficiencia en la gestión pública de los fondos jubilatorios aplicados a proyectos de desarrollo habilitan una vía de profundización sostenida en la recuperación de la gestión empresaria del Estado. Quedó agotado el discurso de la ineficiencia pública respecto de la virtud de la privada. El desempeño del Banco Nación durante las crisis y en el estímulo del crédito productivo, frente a la conducta lucrativa de corto plazo de una banca extranjera especializada en créditos personales –colocados a altas tasas–, muestra otro contraste que abunda en el fundamento del colapso de esa creencia. Así, el empeoramiento del balance de divisas en el sector energético alerta sobre una insuficiencia exploratoria del capital privado en la industria petrolera. La mejora en el planeamiento y la regulación y la recuperación de la centralidad empresaria estatal en ese sector no sólo atenderían a requerimientos del proceso de desarrollo, sino que también crearían condiciones para generar estrategias económicas que no desdeñen el cuidado del medio ambiente, a la vez que afirmarían el camino de la autonomía nacional.
VII
Si se postula una sociedad de derechos, es impensable avanzar sin la idea del plan. Una sociedad de mercados es una sociedad sin plan, porque la organización de ésta opera indirectamente por el peso de la pura correlación de fuerzas de los poderes económicos. En cambio, la construcción de una sociedad de derechos requiere de la participación ciudadana en las decisiones. Participación cuya fuerza quedó demostrada en la forja de la ley de medios, en su discusión por múltiples foros y en la creación de una sensibilidad social sobre su importancia. No debe ser ése un caso aislado sino el umbral para políticas renovadas en las que se apele a una capilar politización de lo cotidiano. O, dicho de otro modo, en el que se conjugue la igualdad más profunda: aquella que nos hace sujetos políticamente autónomos, capaces de opinar, juzgar, comprometerse y decidir.
Una sociedad movilizada, una opinión pública capaz de forjarse en los debates y no en ningún pensamiento único, una dirigencia capaz de asumir desafíos renovados, un vasto conjunto de militancias heterogéneas y diferentes configuran un escenario promisorio para el año que se abre. Los desafíos son profundos y las interpretaciones que se conjuguen deberán estar a la altura. No es tiempo de tratos maniqueos con el pasado ni de juicios sumarios sobre la Historia, más bien lo es de recostar nuestra experiencia política sobre la diferencia que establece con otros momentos, pero también para que su actual complejidad ilumine la del pasado. Porque somos enfáticos habitantes del presente, debemos ser comprensivos visitantes de lo sucedido. A sabiendas de que los tiempos nos exigen una imaginación política renovada y un compromiso colectivo para pronunciar las palabras justas. Aquellas que nos permitan afirmar la Igualdad.
lunes, 16 de enero de 2012
Desventuras del cambio climático
DIALOGO CON VICENTE BARROS, DEL COMITE EJECUTIVO DEL PANEL INTERGUBERNAMENTAL DE CAMBIO CLIMATICO
El calentamiento global es el gran cuco de nuestra época (y la idea apocalíptica de turno). Pero su realidad (y sus temibles consecuencias) están casi a la vuelta de la esquina. Un problema, en fin, que no se puede dejar pasar y por el que hay que calentarse.
Por Leonardo Moledo
–Bueno, usted es profesor emérito de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, doctor en Ciencias de la Atmósfera, investigador superior del Conicet, miembro del Comité Ejecutivo del Panel Intergubernamental de Cambio Climático. Hablemos del cambio climático.
–De acuerdo. ¿Por dónde empezamos?
–Por donde usted quiera.
–A nivel global, la comunidad científica internacional, por amplia mayoría, ha llegado a un consenso: estamos en presencia de un cambio del clima. Hay aumento de la temperatura planetaria, retroceso generalizado de los glaciares, desaparición progresiva del hielo en el Artico. Todas estas cosas demuestran que estamos en presencia de un calentamiento global. El segundo punto, más problemático, es el de la atribución de ese cambio. Por un lado, hay quienes piensan que podría ser una variación climatológica de las tantas que hemos tenido en el pasado. Ahí, entonces, habría que descartar otros posibles efectos. Los únicos posibles efectos en una escala de 200 años, donde tenemos que descartar por ejemplo los efectos astronómicos generados por la variación de la órbita de la Tierra alrededor del Sol...
–¿La variación de la órbita no pesa?
–Sí, pero es muy lenta. Tenemos que descartar también otras causas geológicas: la deriva de los continentes, los movimientos tectónicos. Lo que queda, entonces, es la radiación solar, que ha estado aumentando en los últimos 150-200 años, los gases de efecto invernadero...
–¿Por qué aumentó la radiación solar?
–Bueno, en escala, la radiación solar ha estado aumentando desde que la Tierra es Tierra, y aumentó en el orden de un 15/20 por ciento. Ahora, cuando vamos a 200 años, tenemos el orden de variación de eso es de 1 en 10 mil. El Sol ha estado variando en los últimos 200 años en ese orden. Otro efecto en esa escala es el de los volcanes, que cuando emiten de manera muy intensa llegan a la estratosfera. Las partículas emitidas pueden enfriar la atmósfera durante dos o tres años. Pero después eso se borra. Además, nosotros desde hace mucho tiempo a esta parte tuvimos pocas erupciones de ese tipo. De 1910 a 1940, período en que la Tierra se calentó, no tuvimos ninguno. Y en los últimos tiempos tuvimos tres o cuatro. El último factor es la variabilidad interna de la atmósfera. El clima puede llegar a tener variaciones sin que varíe ninguno de los factores externos. Esa es una propiedad que tienen tanto la atmósfera como el océano, y el clima está condicionado por estos sistemas (o es parte de estos sistemas). Lo que cabe, entonces, es ver si los modelos que representan aproximadamente bien el clima global presentan fluctuaciones similares a las observadas, y eso tampoco se ve. Por último, con los modelos se han hecho experimentos en los que se ve que si se trata de reproducir el ciclo de temperaturas de los últimos cien años, la reproducción de la tendencia positiva del clima fue buena hasta 1960, sin contar los gases de efecto invernadero. O sea: hubo un primer período de calentamiento, hasta 1940, luego un período de estabilización hasta la década del ’60. Eso los modelos lo dan bien con la radiación solar y la presencia de volcanes. Pero luego se abre la curva y ya no se puede explicar el calentamiento que sucedió a partir de la década del ’60.
–¿De cuántos grados estamos hablando?
–Siete décimas de grado a nivel planetario. Si uno considera que el océano se calentó menos que la tierra, que las latitudes altas se calentaron más... bueno, estamos hablando de un calentamiento de hasta dos grados en determinadas zonas. Ahora bien: si esos modelos incorporan las emisiones de gases de efecto invernadero y de aerosoles humanos, resulta que la reproducción del clima es adecuada.
–Bueno, pero es un modelo...
–No le estoy hablando solamente de un modelo: hay hechos más de 20, y todos dan más o menos los mismos resultados. Si no hemos visto antes el calentamiento global es porque hay dos efectos contrapuestos de la acción antrópica: uno es la emisión de gases de efecto invernadero, que ha ido aumentando en forma exponencial, que tiende al calentamiento; y la otra es la emisión de aerosoles humanos, que dura muy poco (10 días), pero que es continua y que tiende al enfriamiento. Si bien al principio se compensaban, como uno tiene una tendencia lineal y el otro exponencial, termina por primar el exponencial. Es más: se trata de reducir las emisiones de aerosoles, formados a partir del dióxido de azufre (que es tóxico). Si se lograra hacer, la Tierra se calentaría violentamente en un grado en muy poco tiempo. De modo que el fenómeno del cambio climático, causado por los gases de efecto invernadero, está presente. Lo que es dominante en esa emisión de gases es la quema de combustibles.Y el 85 por ciento de la energía que usa la humanidad viene de los hidrocarburos. Esto, entonces, no es una cosa que se resuelve tanfácil.
–Hay una inercia del sistema económico, pero también puede haber falta de voluntad.
–Depende de los países. Estamos en un período de varias crisis. Tenemos la del agua, la del petróleo, etcétera. Lo que pasa con el petróleo es que cada vez aumenta la demanda, y no puede ser satisfecha por la oferta. El origen de esa demanda viene dado por dos cosas: por un lado, por el crecimiento de la población; por el otro, porque se está transformando el modelo productivo del mundo. Hasta hace 20 o 30 años, los países ricos eran cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres.
–¿Y eso se invirtió?
–Si lo tomamos globalmente, lo que vemos hoy es que los países pobres crecen a una tasa mucho más alta que los países desarrollados. Las crisis que golpean más a los países desarrollados que a los no desarrollados demuestran esto. Lo importante es que no es lo mismo que crezca una economía desarrollada a que crezca una economía en desarrollo. La desarrollada, si crece, lo hace en el sector de servicios normalmente (computación, educación, salud), pero un país en desarrollo tiene que tener más peso en los sectores básicos. Eso genera una mayor presión sobre los recursos naturales. Esto no quiere decir que yo esté en contra de este crecimiento, que quede claro. Simplemente es una fotografía de lo que pasa. Con el cambio climático se esperaba que los países en desarrollo, que son unas tres cuartas partes de la humanidad, igualaran la emisión de los países desarrollados en 2025 o en 2030. Y lo que se vio es que los países en desarrollo hoy ya emiten igual que los países desarrollados. El 25 por ciento de la humanidad emite un 50 por ciento y el otro 75 emite otro 50 por ciento. Evidentemente, si bien es cierto que está muy desfasado, ya no se puede resolver el problema diciendo que tienen que encargarse los desarrollados.
–¿Y entonces?
–Esa es la negociación que está en curso, en la que se acepta que los países en desarrollo tienen que asumir compromisos, aunque no de la misma fuerza que los otros. Una de las reuniones de la corte de Copenhague llegó a un acuerdo para reducir las emisiones hacia el año 2050 a la mitad, para no superar un calentamiento neto de dos grados sobre el período preindustrial. Porque se supone que con dos grados de aumento habría efectos graves, entre otros que la biosfera dejaría de ser un sumidero. Hoy lo que emitimos va mayoritariamente a la atmósfera, y lo demás se divide entre océano y biosfera. Con dos grados de aumento se complica la cosa: se supone que la biosfera dejaría de ser un sumidero y se convertiría en una fuente de emisión. Ese, entre otros muchos efectos contrarios. Los países, entonces, se fijaron metas voluntarias para reducir sus emisiones, pero ahora se está tratando de que esas metas resulten legalmente vinculantes. Lo que pasa es que lo legalmente vinculante es muy difuso, porque el protocolo de Kioto lo es y, sin embargo, al no haber castigo para el que lo cumpla, resulta ser exactamente lo mismo.
–¿Y los países en vías de desarrollo?
–Bueno, es interesante señalar que muchos se están comprometiendo de verdad, como por ejemplo Brasil, India, México. Pero también hay que señalar que nuestro país en eso está muy atrasado. A ver: la Argentina en temas de cambio climático ha tenido una muy buena gestión en la Convención; por ejemplo, en los problemas de bosques, nuestro país ha propiciado que se destinen fondos a la no deforestación, inició el proceso de pensar en la adaptación al cambio climático, fue pionera en hacer circular el concepto de la deuda ambiental. Luego, en la reunión de Cancún, la Argentina llevó otra buena idea: la de la “transformación justa”. Es inevitable que el petróleo va a tener que ser suplementado. Los países desarrollados han propuesto para 2050 una meta de reducción del 50 por ciento, pero comprometiéndose a reducir ellos el 80 por ciento. ¿Qué está detrás de esto? Hay una transformación necesaria, porque tenemos la crisis del petróleo y la del clima. Hay dos caminos: uno son las energías alternativas, que es a lo que apuesta Europa claramente; el otro tiene que ver con el aprovechamiento del carbón, y es usado por China y Estados Unidos.
–Usted me pintó un panorama muy completo y complejísimo. Lo que yo quiero preguntarle es qué es lo que piensa que va a pasar.
–Es complicado, porque hacer escenarios sobre la conducta humana es muy complicado. Yo creo que inevitablemente el tema de cambio climático va a ir ganando fuerza a medida que vayan pasando las cosas. Si uno mira los últimos dos o tres años, por ejemplo, la cantidad de inundaciones que hubo en el planeta es infernal y se cuentan los afectados por cientos de millones de personas. En el muy corto plazo, no creo que haya solución. Pero para mí es muy claro que en el mediano plazo, en los próximos diez años, la humanidad va a terminar por inclinar la balanza en contra de los hidrocarburos.
Fuente: Diario Pagina/12
viernes, 6 de enero de 2012
“Los jóvenes perciben que hay vacíos por llenar en la política”
EL FILOSOFO CHILENO MARTIN HOPENHAYN ANALIZA LOS CAMBIOS SOCIOCULTURALES EN LAS NUEVAS GENERACIONES
Con un especial interés en las intensas problemáticas que viven los jóvenes a ambos lados del Atlántico, el filósofo Martín Hopenhayn analiza los rasgos distintivos de la lucha estudiantil en Chile y establece sus distinciones con los indignados del Primer Mundo. La cohesión social, el papel del trabajo y una visión diferente sobre la flexibilización laboral.
Por Natalia Aruguete
–¿Por qué afirma que la cohesión social tiene una doble cara, es decir, una dimensión objetiva y otra subjetiva?
–Parto de una investigación que hicimos en la Cepal hace cuatro años. Desde Europa se empezó a exportar el concepto de cohesión social; ellos estaban en la búsqueda de una cierta homogeneidad en el interior de la Unión Europea. Cuando nosotros retomamos el concepto, lo vimos en términos de inclusión social, es decir, desde los mecanismos propios del Estado y la sociedad respecto del mundo del trabajo e indicadores sociales como la educación, la protección social, el acceso a la seguridad social, las transferencias para los grupos más pobres. El concepto clásico de cohesión social es muy distinto, entonces quisimos completarlo con la otra cara de la moneda, incorporando el cómo se siente la gente respecto de la sociedad: incluida o excluida, si tienen un sentimiento de pertenencia.
–¿Cómo lo hicieron?
–Lo más difícil es “juntar las tablas”, es decir, a los grandes indicadores de inclusión o exclusión social –los indicadores que están en las encuestas de hogares o los censos de población– incorporarles datos demoscópicos que surgen de las encuestas de opinión. La única encuesta que permitía tener una cierta continuidad en el tiempo y comparabilidad en 18 países de América latina era la elaborada por Latinobarómetro, que lo hace desde el año ’95 para varios países. Por ejemplo, prestamos especial atención a las preguntas relativas a la confianza de la gente en las instituciones para poder construir referencias de sentido de pertenencia, o a la percepción de riesgo o seguridad frente a la sociedad como indicadores de seguridad ciudadana. A partir de esta batería de preguntas planteamos que la cohesión contiene, por un lado, la inclusión social y, por otro, el sentimiento de pertenencia.
–¿Qué evolución vieron en esta doble dimensión de la cohesión social a lo largo del tiempo?
–Es muy difícil establecer correlaciones lineales, por varias razones. Primero, porque el correlato subjetivo viene diferido respecto de los cambios en el nivel de la estructura: si baja o no la pobreza, si en un país hay mayor o menor nivel de desempleo. A veces viene con uno o dos años de resabio. En segundo lugar, porque frente a preguntas del orden de lo subjetivo, la gente responde de manera aleatoria, entonces hay que tomar esas respuestas “con pinzas”. Finalmente, porque el sentido de pertenencia no sólo está dado por indicadores duros de exclusión social. Los de Venezuela y Bolivia son casos muy claros.
–¿Qué notaron en esos países?
–Que había una disimetría clara entre ambos indicadores, por lo que dedujimos que el sentido de pertenencia venía dado por un imaginario político. Es decir, son países donde la política ha vuelto a colocarse en el centro de la escena y la gente se siente más entusiasta frente a proyectos nuevos de sociedad.
–Teniendo en cuenta que durante los años ’90 hubo un proceso de despolitización a nivel regional, que fue muy acentuado en los jóvenes, ¿notaron algún cambio en ese sector en cuanto al sentimiento de compromiso con la política?
–Lo que se da en la juventud es muy interesante. Nosotros tratamos de desmitificar la idea de la apatía juvenil con respecto a la política, que se había convertido en un lugar común en el discurso político de hace algunos años. Las preguntas que se permiten recortar para el grupo joven de 18 a 29 años mostraban que, efectivamente, era muy bajo el porcentaje de jóvenes que votaba, aunque no mucho más bajo que el de adultos. Pero la gran mayoría de los jóvenes sí tenía procedencia política, a pesar de no estar afiliados a un partido; no eran indiferentes a la política. Había un muy bajo nivel de sindicalización de los jóvenes, pero tampoco había un nivel mucho más alto de sindicalización de los adultos. Incluso, había un porcentaje más alto de jóvenes que respondía que sí había participado ese año en protestas o movilizaciones. Los jóvenes eran más proclives a convertirse en un actor público que los adultos.
–¿Actor público o actor político?
–Actor público. Creo que recién ahora se está produciendo ese cambio de lo público a lo político.
–¿En qué reside la diferencia?
–En varias cosas. En primer lugar, la juventud tiene una capacidad de movilización sin precedentes, porque funciona más unidamente en redes electrónicas, y ha pasado a organizarse para articular discursos, para presentar información de acuerdo a sus demandas, para convocarse de manera más sostenida en el tiempo. Redes que se traducen en irrupción en la vía pública. En segundo lugar, porque en países con mayor nivel de desarrollo y mayor ingreso per cápita son más los actores que esperan que ese progreso se traduzca en mejores prestaciones y en atención de lo público a sus problemas específicos.
–¿Las reivindicaciones estudiantiles chilenas sería un ejemplo de esto?
–Sí, manifestaciones por mejor educación pública. Creo que esa es una razón poderosa. La tercera razón es que la juventud no se ha sentido muy representada por las instancias de referencia política, sobre todo el Parlamento y el sistema de partidos. Pero de alguna forma percibe que algo está cambiando y que hay vacíos por llenar en el ámbito de la política. Y como además está más empoderada en términos de información, siente que es un actor válido frente a otros actores políticos. Maneja una gran cantidad de información y tiene mayor acceso a otras fuentes de información.
–Sin embargo, en el libro Sentido de pertenencia en sociedades fragmentadas, usted pone en cuestión el hecho de que un fácil acceso al conocimiento suponga una mayor participación en el nivel de las decisiones.
–Eso es cierto hasta ahora por dos razones. Una es que la juventud, sin convertirlo en un discurso explícito, hace una diferencia entre la política y lo político. En algunos lugares –la familia, los clubes, entre otros– hay espacio para decidir. No son “la política”, pero son espacios de poder. El segundo elemento es que hay un salto reciente que tiene que ver con que la juventud hoy en día aparece, o bien porque tiene un manejo de información que la hace sentirse más empoderada políticamente o bien porque la política se abrió como un campo que ya no responde a un pensamiento único. Hay una percepción mucho más generalizada de que la política deja de ser una especie de administración mecánica del aparato burocrático público para ser un espacio donde se pueden tomar decisiones para modificar la sociedad. Eso está bastante claro en la mayoría de los países de América del Sur.
–Pensando en el protagonismo de los jóvenes en las manifestaciones públicas en ambos lados del océano, ¿qué similitudes y diferencias encuentra entre lo que sucede en Chile y en algunos países de Europa?
–En Europa, las movilizaciones juveniles son más reactivas a la crisis y menos propositivas. Son más espasmódicas, no tienen la continuidad que tiene el movimiento estudiantil en Chile, que durante los últimos seis meses ha estado en la calle y no los han podido sacar. Lo que ocurre en Chile está al borde de ser un cuestionamiento antisistémico, con un paquete de reformas amarrado a un cálculo de costos y un pacto fiscal para incrementar recursos para la educación. Por otro lado, las reivindicaciones en Chile atañen específicamente al sistema educativo, aunque se eleven críticas a un sistema social que consagró una división muy fuerte entre lo público y lo privado.
–Además, porque en el caso de los países europeos es toda una definición política llamarse indignados.
–Claro. Como los rabiosos.
–¿Qué papel cumple el apoyo social a las reivindicaciones en Chile para garantizar su continuidad?
–Yo creo que es muy importante. En ese sentido el movimiento estudiantil nunca logró ser aislado respecto del resto de la sociedad. Por otro lado, no produjo un efecto contagio ni derivó en otros sectores sociales, porque podría haber salido la gente en contra de la seguridad social privatizada, o la inseguridad en las minas que se instaló fuerte en la agenda, o el movimiento indígena que fue el movimiento fuerte el año anterior. Es muy paradójico porque no motiva la movilización de otros grupos, pero sí produce un apoyo general.
–¿Por qué logra tal apoyo generalizado?
–Tiene varios componentes. El directo es de filiación intergeneracional: los padres y abuelos de los estudiantes sienten que sus hijos y nietos están siendo parte de un sistema estudiantil que finalmente segrega oportunidades a futuro. Esos padres fueron también víctimas de un modelo que desde hace 30 años funciona sobre la base de un corte público/privado en términos de calidad. Y los abuelos los apoyan porque ellos sí tienen el imaginario de que hubo un momento en que la educación pública era un núcleo de inclusión social y de emparejamiento de oportunidades.
–¿Qué perspectivas ve de que se pueda alcanzar una negociación donde las reivindicaciones de los estudiantes se concreten?
–Sucede que el conjunto de reivindicaciones iba hacia una reforma muy profunda del sistema educativo, que hoy está dividido en tres partes: primero, un sistema descentralizado público, municipalizado, en el cual los municipios pobres cuentan con poca plata para destinar a los colegios. Segundo, un nivel intermedio, semipúblico, que son colegios subvencionados por el sistema de voucher. En esos casos, los dueños generalmente son los directores de esas escuelas, y por cada alumno inscripto reciben una subvención de parte del Ministerio de Educación. Tercero, el sistema privado y las corporaciones religiosas. Entonces, repensar toda el área de la educación subvencionada que cubre más del 40 por ciento del alumnado no se puede hacer de un día para el otro. Revertir la descentralización que se hizo en los años ’78 y ’79 y volver a una educación pública centralizada, más homogénea y que asigne fondos desde el Estado y no desde los municipios, requiere tiempo. Por otro lado, generar mecanismos de transferencia de lo que recoge la educación privada hacia la educación pública es parte de una lógica redistributiva que no es políticamente aséptica, todo lo contrario.
–¿Qué acciones sería necesario implementar desde el Estado para lograr ese cambio?
–Se requeriría algún tipo de pacto fiscal y, dentro de éste, el incremento de algún tipo de impuestos para que el Estado pueda recaudar recursos adicionales que le permitan reforzar la educación pública. Esa también es una deuda pendiente porque Chile tiene una carga tributaria baja para su nivel de desarrollo. Pero el problema es básicamente la falta de interlocución. El gobierno no ha encontrado espacios de interlocución, operadores que se sienten a conversar con los dirigentes estudiantiles. El intercambio sistémico tiene que ser una política de Estado aprobada por el Congreso, y pautada en el tiempo, que apunte hacia una reducción de la brecha entre la educación pública y privada en términos de calidad.
–En el libro, usted expone una serie de aspectos relacionados con la baja sindicalización que existe en los jóvenes. En ese sentido, ¿qué diferencias conceptuales existen entre la flexibilidad laboral y la precarización?
–Argentina es un país muy particular en ese sentido, quizá porque el neoliberalismo en los ’90 se dio de manera muy fuerte y la flexibilización laboral redundó, sobre todo, en precarización. Durante el menemismo, la estructura productiva y un rol institucional del trabajo hizo que el desempleo fuera muy alto, incluso durante los años de crecimiento. La flexibilización laboral, sobre todo vista desde la izquierda, tiene una connotación básicamente negativa. Pero hay una diferencia entre ambas situaciones. Hay un ámbito de flexibilización en el que los jóvenes, por lo menos de cierto sector social para arriba, parecen sentirse cómodos.
–¿Por qué?
–Porque está relacionada con el hecho de no tener trabajos perdurables en el tiempo, sino trabajos que cambien sus rutinas, que no tengan un horario fijo, en los que se trabaje desde la casa, y más contra el producto que contra las horas de trabajo. Estos rasgos de la flexibilización son positivos y, en general, la juventud los valora, porque forman parte de una visión del mundo nuevo, donde se busca congeniar la ambición de autonomía personal con los medios de supervivencia. La precarización es algo que se resiste, más aún desde la juventud, que es más víctima de este fenómeno. La juventud entra al mercado laboral con tremendas dificultades, el desempleo juvenil en algunos países es el doble y en otros el triple que el desempleo adulto. Los adultos venimos de una tradición más corporativa y, por ende, tenemos más garantías laborales que los jóvenes. La idea de facilitarles a los jóvenes el ingreso al mercado laboral a cambio de tener menores garantías es una negociación que siempre ha sido conflictiva para ellos; esto ha evocado unas tremendas movilizaciones de protesta en Francia hace algunos años.
–¿La precarización laboral es un fenómeno generacional o de época?
–Hay una cosa epocal, una tendencia creciente a la inestabilidad laboral. Entre 1970 y la actualidad se redujo sistemáticamente el promedio de tiempo que permanece una persona en un mismo trabajo. Se ha instalado como algo normal el que una persona tenga distintos trabajos, en empresas distintas, y hasta en actividades diferentes, a lo largo de su vida. La velocidad del cambio productivo es muy grande, el trabajo ha perdido un poco la centralidad de ser el gran referente de la inclusión e integración sociales y, efectivamente, está menos protegido. Hay aspectos lógicos y otros ideológicos en este fenómeno.
–¿En qué se traduce cada uno?
–La idea de que la flexibilización es necesaria en un mundo, tal y como se produce ahora, para mantener y elevar los niveles de productividad. Es una especie de dogma. En América latina, los que profesan la flexibilización fuerte de la productividad no lo hacen necesariamente a voluntad, porque hay poca inversión productiva. Siguen siendo países de baja productividad y con una profunda brecha en términos de productividad entre distintos grupos, entonces la productividad de la flexibilización no parece aportar. Distinto es el caso europeo.
–¿Qué lo distingue? Allí también hay muchas reivindicaciones de los trabajadores en contra de la flexibilización.
–Pero allí la flexibilidad está amarrada a continuos procesos de negociación tripartita, entre el Estado, el mundo empresarial y el mundo del trabajador. Es un sistema completamente distinto que, además, va acompañado de un Estado de bienestar que amortigua los golpes y los mantiene en un estado de flexiseguridad.
–En España, más allá del alto nivel de desempleo actual, ya en 2006 y 2007 había un alto porcentaje de jóvenes con trabajos precarios.
–España, particularmente, viene arrastrando una crisis desde el 2007, y hay que ver qué va a pasar de aquí hacia adelante. En el caso de los europeos, se cruzan varias cuestiones. Hay países con un endeudamiento público terrible y una necesidad de que el Estado sea garante frente a los bancos, entonces tienen fuertes procesos de ajuste que hacen que no se sepa cómo se mantendrá el gasto social. En esos países, los seguros de desempleo son un componente muy importante. El otro componente importante relacionado con el cambio demográfico es la salud para los viejos y las jubilaciones. Hay un signo de interrogación sobre cómo se va a compatibilizar, en el mediano plazo –aunque se supere la crisis–, el cambio demográfico con la sustentabilidad del Estado de bienestar.
–Frente a ese cambio demográfico, la inmigración ha sido un factor importante, porque les permitía detener el envejecimiento de la población y aportar a la seguridad social.
–Claro, porque todos los inmigrantes son relativamente jóvenes y están en edad productiva plena. Eso lo seguirán usando aunque de manera bastante contradictoria porque van a regenerar brotes de sentimiento xenófobos.
–En Buenos Aires, la asociación civil Periodismo Social y la Universidad Austral realizaron un monitoreo sobre la cobertura de los temas de infancia y adolescencia en noticieros de TV argentina. Hallaron que el 12 por ciento de la cobertura está referida a jóvenes y que, de ese porcentaje, casi la mitad son noticias sobre hechos violentos. ¿Qué grado de incidencia cree que tienen los medios sobre la percepción social de los jóvenes?
–Ese ejemplo es bastante universalizable. Los medios, en casi todos los países, están bastante invadidos por la crónica roja: cerca del 30 por ciento de las noticias es crónica roja. Hay una construcción mediática del joven que lo estigmatiza como potencial delincuente, potencial marginal. En el imaginario social hay construcción del joven como amenaza social. Eso luego pasa al discurso de la seguridad ciudadana. En ese marco, la juventud está asociada al discurso del riesgo y esto significaba que era el grupo que había que proteger. Luego, por una especie de vecindad semántica, pasó de ser grupo de riesgo para sí mismo a grupo de riesgo para los demás, es decir, generador del riesgo. Y como hoy el discurso de la seguridad ciudadana permea tan fuerte, en muchos países la gente dice: “el mayor problema de la sociedad es la inseguridad”, y lo vincula a este grupo de riesgo que es la juventud. Hay otro elemento más especulativo que, aunque no puedo comprobar, no descartaría.
–¿De qué se trata?
–La juventud es un grupo que, por sus características de edad, como de cultura y educación, es una amenaza permanente de relevo en el trabajo para los adultos. La juventud está mucho más preparada para nuevas formas de flexibilización, formas de producir, un mundo más intensivo en tecnología y acceso al conocimiento en el trabajo cotidiano: son más adaptables, más plásticos, más dinámicos. Confieso que hay una construcción fóbica de la nueva generación como una generación que te va a desplazar en un momento en que uno no quiere ser desplazado. Es decir que puede haber por ese lado una sensación de amenaza también.
Fuente: Diario Pagina/12
miércoles, 4 de enero de 2012
Sintonía fina para la justicia social
*Por Alvaro D. Ruiz *
En su discurso del viernes pasado, la presidenta de la Nación señaló que “el peronismo siempre vino para reparar...” y también dedicó parte de su alocución a la sanción que en esa madrugada la Cámara de Diputados había dado al proyecto de ley enviado por el Poder Ejecutivo Nacional para derogar la legislación de la dictadura que regula el trabajo rural y para consagrar un nuevo régimen legal.
Ambas cuestiones tienen inocultables vínculos, porque si al peronismo cabe reconocerle su rol fundamental en materia de legislación social, un capítulo especialmente destacado corresponde a la defensa que hizo de los trabajadores del campo.
Fue en 1944 cuando desde su cargo de secretario de Trabajo, Juan D. Perón impulsó la sanción del Estatuto del Peón Rural, que produjo una verdadera revolución liberadora para quienes se desempeñaban en los establecimientos agrarios, reconociéndoles una verdadera ciudadanía laboral. Obra que completó, ya como presidente de la Nación, en 1947, con la sanción de la Ley 13.020, conocida como “ley de los cosecheros”, y que –entre otras cosas– creó un organismo paritario tripartito, la Comisión Nacional de Trabajo Rural (antecedente de la actual Comisión Nacional de Trabajo Agrario –CNTA–).
Transcurridos 27 años, fue otro gobierno peronista el que produjo un avance sustancial en el derecho del trabajo al sancionar la Ley de Contrato de Trabajo (LCT, 1974), con especial impacto en el sector rural, toda vez que la misma establecía la aplicación de sus institutos –sin excepciones– a todos los estatutos especiales, entre los que se encontraba obviamente el Estatuto del Peón.
Debieron pasar otros 37 años para que, una vez más, el peronismo en el gobierno instara a la recuperación de los derechos de los trabajadores del campo enviando al Congreso Nacional un proyecto de Nuevo Estatuto del Peón Rural, que ahora, consagrado como ley por amplias mayorías en ambas Cámaras, es sin lugar a dudas el acto más trascendente que se registra en ese ámbito laboral desde la histórica decisión de Perón en 1944.
En estas semanas se ha pretendido minimizar la trascendencia de esa legislación, circunscribiendo su análisis a un aspecto menor y marginal (el art. 106 del Proyecto) ligado a un ente (el Renatre) creado en 1999 por la Ley 25.191.
El Nuevo Estatuto del Peón Rural constituye un avance importantísimo e iguala a los trabajadores del campo con los restantes del sector privado. En ese sentido, puede señalarse, a título de ejemplo:
- Equiparación de derechos: Dispone la aplicación de la LCT, en todo cuanto resulte compatible con el régimen estatutario específico.
- Contrato de Trabajo Agrario: Se define el contrato de trabajo rural, circunscribiéndolo a las tareas propias de la actividad agraria en cualquiera de sus especializaciones.
- Protección de los trabajadores temporarios:Se favorece la estabilidad laboral rompiendo con la dicotomía de trabajadores permanentes y no permanentes.
- Regulación del trabajo a destajo: Esta modalidad ha sido fuente de numerosos abusos y fraudes en perjuicio de los trabajadores, por ello se regula de manera estricta el pago mediante esta modalidad a la que se denomina “por rendimiento de trabajo”, estableciéndose que la misma no podrá ser inferior a la remuneración mínima que se fije para cada actividad por unidad de tiempo.
- Jornada laboral: Se brindan garantías efectivas en materia de jornada laboral, limitando expresamente la extensión diaria (8 horas) y semanal (44 horas) de lunes a sábados a las 13.00, regulándose asimismo la jornada nocturna.
- Vivienda. Alimentación. Traslados:Respecto de estas cuestiones se incrementan y mejoran los estándares y requisitos mínimos ya establecidos, superando incluso lo previsto por la LCT.
- Solidaridad: Se mejora la protección y se amplían los supuestos de solidaridad con relación a la cadena de subcontratación.
- Licencias especiales: Se hacen extensivas las licencias previstas por la LCT por nacimiento de hijo, matrimonio, fallecimiento de cónyuge o conviviente, hijo, padre, hermano; exámenes, enfermedad, etcétera.
- Trabajo esclavo, infantil y no registrado: Se crean y recrean las instancias de control laboral, los sistemas de contratación y los dispositivos de contención familiar para los trabajadores, particularmente para los temporarios.
- Servicio Público de Empleo: Con el fin de contribuir a la generación, sostenimiento, mejora y registración del empleo de los trabajadores temporarios y en especial de los migrantes, se establece este servicio que será de uso obligatorio para los empleadores.
- Jubilación ordinaria del trabajador agrario: En función de la rudeza de las tareas rurales y sus repercusiones en la salud de los trabajadores, se establece el derecho a una jubilación ordinaria con 57 años de edad y 25 años de servicios.
- Derechos colectivos: Se eliminan las actuales restricciones impuestas por el régimen laboral de la dictadura a los trabajadores rurales respecto del derecho de huelga y de convenciones colectivas de trabajo.
Todo esto ratifica los dichos de la Presidenta. No hay duda entonces, el peronismo siempre vino a reparar.
* Subsecretario de Relaciones Laborales, Ministerio de Trabajo.
Fuente: Diario Página/12
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