miércoles, 16 de enero de 2013

¿Otra oportunidad para el acuerdo social?


 

PorEduardo Luis Curia, economista.

Autoridades y dirigentes empresarios y gremiales estarían conversando sobre la posibilidad de algún tipo de acuerdo social, con su capítulo de precios y salarios.
Muchas veces resaltamos en esta columna la noción de pacto o acuerdo social, con su virtualidad para la política de ingresos. En los hechos, el tal elemento quedó como una asignatura pendiente. Careció de una formalización orgánica. En lo efectivo se lo ha echado en falta, no a guisa de un factor autosuficiente sino como una pieza vital dentro de un marco macroeconómico articulado.
Conectamos el concepto de pacto social con el de un esquema de metas de inflación de cuño no ortodoxo. Vale distanciarse de un planteo de metas de inflación ortodoxo –con sus supuestos e instrumentos específicos–, pero, no el subestimar la necesidad de tener un objetivo inflacionario oficial en el tiempo, respecto del cual las autoridades se comprometen con cierta formalidad a cumplirlo. Esto, vía resortes distintos –como una seria política de ingresos activa– de los ortodoxos.
Tácita o explícitamente…
“… siempre hay política de ingresos.” Por ejemplo: bajo un esquema de metas de inflación ortodoxo –con un cierto manejo “normalizado” de la demanda y del producto potencial–, el curso del mercado laboral y de los salarios, juega como un severo indicio de cara al ajuste, o no, de la tasa de interés “instrumento” con vistas al control de la inflación. Si el mercado laboral “tira mucho” y se cree que tensa la inflación, cabe un alza de la tasa de interés para calmar los ánimos y “aflojar” el mercado laboral; actúa una política de ingresos indirecto, de facto. Así suele operar la Reserva Federal.
En Alemania, “sin que se note”, el poderoso Deutsche Bundesbank, aun existiendo la Unión Europea, se reúne con dirigentes empresarios y gremiales, transmitiéndoles una “guía”, de gran peso, sobre su visión sobre las diversas variables.
Sin duda, variables como los precios y los salarios se imbrican entre sí, y no son aislables de un encuadre macroeconómico global. Sea esto de modo formal o tácito. De modo relativamente ordenado, o en desorden. Pero, siempre hay política de ingresos, con las consecuencias del caso.
En el seno de una estrategia como, para citar una, el modelo competitivo productivo de años atrás, en el que pesaban como rasgos esenciales el llamado “dólar alto” y un pressing de demanda “caliente” (aunque “no rostizado”) –apostando a un crecimiento acelerado y sostenido–, se imponía, junto con otros recaudos, una política de ingresos activa, directa y explícita, en pos de la consistencia macroeconómica.
Importaba el encuadre de la puja distributiva, totalmente natural, pero capaz de sobreirritarse por aquellos rasgos esenciales. Por ende, lo clave de ese encuadre, era compatibilizar la ruta de mejora del salario real y de tenor distributivo, con la preservación básica de la competitividad cambiaria y con el respeto al criterio de productividad (sin olvidar la creación de empleo), incluida la presencia de una inflación aceptable. Se robustecían así las chances de sustentabilidad-sostenibilidad del crecimiento acelerado.
El contexto actual
Hoy, el contexto difiere. La macro del dólar alto se diluyó, y con un tipo de cambio real débil, las autoridades buscan regular la dinámica de divisas de la economía vía amplias medidas de racionamiento de dólares, el que incluye un capítulo comercial externo, otorgando amparos a la producción local contra las importaciones competitivas, induciendo ad hoc acciones sustitutivas, a la par que el curso exportador pinta en general más apretado.
Gravitando altos costos en dólares, aquellas medidas buscan dar una respuesta indirecta a ese dato. No obstante, las autoridades podrían considerar ahora que conviene apuntar al propio fenómeno de base: el ritmo de la inflación efectiva, con su expresión precios-costos y su correlato cambiario real, en una situación en la que cedió la creación de empleo privado, en especial, en la industria.
Vimos en otras notas el polifacético, e influyente, espectro ligado a la variable salarial. Se aplican anualmente ajustes nominales de salarios muy subidos, explicables por una inflación efectiva pronunciada; así se pelean algunos puntos de mejora real. Pero, visto el lado costista –y en particular su medición en dólares–, los costos laborales en dólares son hoy muy altos en el país –sin una entera simetría en materia adquisitiva interna–, lo que irrita nuestro rango competitivo. A su vez, la no actualización del mínimo no imponible en ciertas franjas de salarios, ciñe ad hoc la disponibilidad del ingreso, sin que la incidencia costista en las empresas se altere (o puede alterarse hacia arriba, si se reclaman compensaciones por aquel factor).
Convergen en la materia, pues, múltiples dinámicas que hacen a la economía: vgr., inflación, salario real, competitividad, fiscalidad y cómputo de la productividad, entre otros factores. Con implicancias en cuanto a la sustentabilidad del crecimiento y al desempeño del empleo.
Se deben conciliar diversas facetas, muy sensibles, lo que es complejo. Por de pronto, pretender –en materia de precios y salarios– definir un sendero en el tiempo de valores de orden declinante, luce sensato.
Esto exigiría serios compromisos –sólo “válidos en reciprocidad”– de los diversos sectores, por de pronto, en aquella materia. Luego, un requisito no trivial al respecto, es coincidir en las referencias y en los mecanismos que permitan fijar los compromisos y monitorear su cumplimiento. Aquí, el tema de credibilidad planteado en torno del INDEC, parecería demandar, de cara a ese requisito, la ardua tarea de una elaboración ad hoc de un paquete “suficiente” de bienes y servicios, claramente discernibles éstos en cuanto a su identificación, incluyendo sus valores y un abastecimiento adecuado en cantidad y calidad.
Un tal proceder –lo dijimos reiteradamente– no es fácil. Pero, sin algo por el estilo, la indeterminación de los contenidos del eventual acuerdo sería mayor. Súmese que el estadio de la competitividad cambiaria, recorta los márgenes de maniobra.
En fin: se abre una nueva oportunidad respecto de la opción de un acuerdo social. Pero, conscientes de las dificultades operantes, y de que la tal opción no es aislable de un cierto marco macroeconómico. Coordenadas tan delicadas como éstas aconsejan, creemos, el directo involucramiento de la máxima conducción del Estado para garantizar los diversos contenidos de un intento plausible, pero complejo.
Fuente: BAE

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