martes, 10 de octubre de 2017

Endeudar y fugar

Toda política económica requiere ineludiblemente una fuente de financiamiento. El gobierno de Cambiemos no es una excepción ya que el financiamiento del ajuste económico que está llevando a cabo la encuentra en el endeudamiento externo. Ello implica un giro copernicano respecto al gobierno anterior en tanto su política económica se sustentaba en los recursos internos que, entre otras cuestiones, le permitió llevar a cabo un notable desendeudamiento externo. Pero ese financiamiento de Cambiemos no es distinto al que prevaleció desde la última dictadura militar y que colapsó en la gran crisis de fin de siglo.  
Una reciente publicación del Área de Economía y Tecnología de la Flacso y la editorial Siglo XXI se ocupa de analizar el endeudamiento y la fuga de capitales desde la dictadura a la actualidad (“Endeudar y fugar. De Martínez de Hoz a Macri”). Sobre esa base es posible comparar con una misma metodología el comportamiento de ambas variables en el primer año de Cambiemos respecto a las últimas cuatro décadas. Con tal finalidad en el gráfico se presenta el incremento anual de la deuda externa pública en dólares constantes de 2016. 
Así, se puede constatar que el endeudamiento externo de 2016 es inédito ya que no sólo va en el sentido contrario al seguido por el gobierno anterior sino que al llegar a 43,6 mil millones supera largamente los picos de endeudamiento anual alcanzados desde 1976. En efecto, es prácticamente el doble del endeudamiento estatal contraído durante la guerra de Malvinas en 1982 (21,4 mil millones de dólares) y más elevado que el de 2003 cuando llegó a 19,2 mil millones de dólares de 2016 como resultado del salvataje al sistema financiero y la asistencia a las provincias en el marco del agotamiento de la valorización financiera y la crisis de la Convertibilidad. Es apropiado destacar que se trató de los dos momentos de mayor endeudamiento externo desde 1976 y que ambas instancias, por distintos motivos, fueron contemporáneos a profundas crisis económicas, políticas y sociales.    
El proceso de endeudamiento bajo la administración macrista no se detuvo en ese año ya que el último dato disponible indica que la deuda externa pública creció en términos netos en 14,4 mil de millones de dólares en el primer trimestre de 2017. Es decir, que en un año y un trimestre del gobierno de Cambiemos el incremento de la deuda externa alcanza a 58 mil millones de dólares, lo cual no está demasiado lejos de toda la deuda externa contraída durante la dictadura militar (78,8 mil de millones entre 1976 y 1983) a valores de 2016. 
Este nuevo endeudamiento no estuvo orientado a financiar proyectos de infraestructura o a sustituir importaciones, sino que tuvo una finalidad similar a la que experimentó durante la valorización financiera: sólo una parte minoritaria estuvo destinada a incrementar las reservas, ya que la mayor parte se dedicó a enfrentar obligaciones externas –entre las que se cuenta el pago a los fondos buitre–, a cubrir parte de un creciente déficit fiscal y sustentar las divisas provenientes de la fuga de capitales al exterior.
La fuga de capitales locales al exterior alcanzó a 11,7 mil millones de dólares en 2016, lo cual implica un crecimiento de más del 50 por ciento respecto al registro de 2015 y 2014. Se trata de un volumen que, medido a valores de 2016, es similar al promedio anual del ciclo kirchnerista (11,6 mil millones), inferior al promedio del decenio de 1990 (13,8 mil millones), y superior tanto al septenio 1983-1989 (4 mil millones) como a los registros de la última dictadura militar (10,4 mil millones de dólares a valores actuales). 
No debe soslayarse que el monto de la fuga de capitales en 2016 se vio morigerado por el impacto del blanqueo de capitales (ingresaron en forma líquida al país 7,5 mil millones depositados en cuentas bancarias con obligación de permanencia por 6 meses) y obviamente por las elevadas tasas de interés de las Lebac. 
El actual gobierno puso en marcha un mecanismo de valorización financiera interna, es decir en pesos, pero con altos rendimientos en dólares dada la estabilidad del tipo de cambio (con el reaseguro del dólar futuro). Se trata de una modalidad similar a la valorización financiera del período 1976-2001 pero con peculiaridades propias. En ese entonces, lo central era el diferencial positivo de la tasa de interés local respecto a la vigente en el mercado financiero internacional. Bajo la administración de Macri se asiste a una sumamente elevada tasa de interés local fijada directamente por el Banco Central mediante las Lebac y la combinación entre la estabilidad del tipo de cambio y el mercado del dólar futuro. De esta manera, la persistente valorización financiera de capital conllevó un notable incremento del stock de Lebac, que al 31 de julio superó en un 12 por ciento a las reservas internacionales y a la base monetaria. 
Se expresa así el escaso margen de maniobra que tiene el actual planteo económico para evitar que los inversores privados dolaricen sus carteras y presionen aún más sobre el tipo de cambio. Se trata de una encrucijada generada por la propia política económica cuya resolución no se avizora con claridad pero todas las alternativas posibles coinciden en un punto: suponen situaciones críticas. 
* Investigadores del Area de Economía y Tecnología de la Flacso.

Fuente:Pàgina/12

lunes, 9 de octubre de 2017

Intelectuales siglo XXI



Imagen: Joaquín Salguero
En La Tempestad, Shakespeare incluyó una figura de intelectual: Ariel. Criatura del aire, sin vínculos con la vida material y sin ataduras de clase, para Aníbal Ponce –en Humanismo burgués y humanismo proletario– es un humanista, “mezcla de esclavo y mercenario”, que ha conseguido alejarse del “trabajo de las manos”. Frente a la tradición intelectual arielista, en la Argentina y en América Latina del siglo XXI, deberíamos recuperar la tradición de Calibán. Un/a intelectual a lo Calibán –otro personaje shakespeareano–, que simboliza la concepción colonial del “otro”: “primitivo”, “bárbaro” y diversamente pigmentado. 

El repugnante “monstruo rojo”, dice Shakespeare. ¿Qué estoy tratando de sugerir? Que deberíamos poder poner en diálogo y tensión las figuras de Ariel y Calibán para forjar al/a intelectual del siglo XXI latinoamericanx y específicamente argentinx. Un/a intelectual que entre al claustro para salir permanentemente de él con el objetivo de intervenir en el mundo, del cual –por otro lado– resulta imposible sustraerse. Que pueda y sepa contrapuntear ocho horas de biblioteca con otras tantas de plaza. O, para decirlo de otra manera, que se hamaque entre la historia (el contacto con el pasado) y el presente. De lo universal a lo temporal. Teoría junto a un apasionado sentido del presente, con todas las urgencias que éste reclama. Esto puede ser fraseado también con la ecuación: trabajo de especialista + militancia (militamos para defender la vida como forma de la acción; para salir de nuestra zona de confort), para enfatizar la responsabilidad, el compromiso y el pensamiento dirigidos a las sociedades de las que somos contemporánexs. En definitiva, ese/a intelectual nuevx debería contrapuntear universidad con situación, que es lo mismo que decir universalidad + pensamiento situado (ya que pensamos en situación y dentro de una situación). De otro modo: distancia y conexión. Distancia de las élites –políticas o del discurso– y proximidad con las turbulencias populares. Esto, en permanente antagonismo con las fuerzas conservadoras, para recrear un nuevo orden de cosas. Un orden futuro y un orden –lo más rápido posible– presente que, a falta de una categoría mejor, podemos nombrar como socialismo. Una sociedad sin clases, sin una CEOcracia dirigente, una sociedad sustraída a la explotación capitalista y a la opresión de las grandes mayorías por parte de las derechas latinoamericanas, que si hacen algo es negar y atacar la vida del campo popular.

Las tareas que emprende el macrismo en la Argentina y las tareas que emprende la derecha en los distintos parajes de América Latina son extremadamente complejas. Cada día profundizan la conflictividad social. En la Argentina estamos frente a una democracia cada vez menos democrática, una democracia cada vez más limitada, cada vez menos probable, cada vez menos creíble. Una democracia restringida y muy limitada al acto electivo. Un régimen: careta democrática para un funcionamiento que pivota alrededor de Gendarmería, la violencia como solución de cualquier conflicto. De hecho: ¿dónde está Santiago Maldonado (y dónde estamos nosotrxs cuando nos hacemos esta pregunta)? Por eso es necesario e imperioso un cuerpo de intelectuales que asuma una función estratégica. Un cuerpo que ponga a disposición de la comunidad su propio saber. ¿Con qué objetivo? Desnudar los entramados que los poderes fácticos, que los medios de comunicación convencidos, que los medios de comunicación a sueldo, nos ponen delante todos los días. Un cuerpo de intelectuales que no desdeñe la militancia. Que a través de la enseñanza, la oración, la escritura, la intervención pública logre articular una capacidad perceptiva y una imaginería contrarias a los relatos de poderes que temen y atacan la vida del campo popular. Un cuerpo que logre dotar a las grandes mayorías latinoamericanas de modelos, de criterios de estimación y de símbolos que oponer a los relatos de los poderes fácticos que en la Argentina se encarnan en Macri, en Brasil en Temer, en Paraguay en Cartes, en Venezuela en la derecha proimperialista, etc. Un cuerpo de intelectuales dispuesto a trabajar para articular esquemas de sensibilidad. Con esto me refiero a la función de dar forma a valores emancipatorios y a potencialidades alternativas que ya están en la vida social de las grandes mayorías. Me refiero a un trabajo que tenga por objetivo cruzar el sistema central de valores encarnado en los discursos mediáticos y en las políticas excluyentes que padecemos a diario. Como intelectuales, debemos dar forma, subrayar, enfatizar esos valores emancipatorios y esas potencialidades alternativas. Las fuerzas políticas que los encarnan están presentes en la Argentina. Lo imperioso es fraguar un Frente de liberación nacional y social, en tanto materialización de la unidad de las fuerzas populares, despojadas (hasta dónde sea posible) de sectarismos, con una función de defensa/resistencia y sobre todo de avanzada, con programa político amplio, premisa de las transformaciones sociales necesarias, y en cuya órbita lo/a/s intelectuales del siglo XXI puedan situar su trabajo, como forma de la acción colectiva y la cooperación.
* Universidad Nacional de General Sarmiento / Conicet.

Fuente:Pàgina/12

viernes, 22 de septiembre de 2017

¿Sólo el crecimiento económico es sinónimo de bienestar?


 
 
El discurso proselitista debería decir más sobre la distribución esperada del PBI bajo la forma de ingresos.

Observar con detenimiento los números de la economía es un ejercicio que la sociedad no acostumbra hacer. Sus aspiraciones parecerían conformarse con asociar su destino a la famosa (pero inexistente) información que mide y compara la corrupción de los Gobiernos. Esas sandeces serían evitables, sin embargo, si se asesorara y procurara entender y debatir el comportamiento del Producto Interno Bruto (PIB) y el de cada uno de sus componentes (consumo, inversión, gasto público, exportaciones e importaciones). Sin la necesidad de transformarse en un erudito, tendría una primera aproximación de las marchas y contramarchas de la economía. Ese sería un comienzo para afianzar sus ideas políticas o descartarlas (si se lo permitiera). Si el entusiasmo continuara, el paso siguiente sería comprender el modo en que ese PIB generado a partir del esfuerzo mancomunado y coordinado "viaja" hacia las finanzas y el bienestar de las familias. En esta instancia, el estudio requeriría información sobre la distribución del ingreso y su comparación en el tiempo. Ya en esta etapa (y con algo de avidez), podría detectar la anatomía de los planes económicos y del discurso del Gobierno y comprender si su futuro es el que se le está prometiendo. En nada es desdeñable la misión porque, como señala el profesor de NYU, Debraj Ray, "el crecimiento económico y la desigualdad económica se entrelazan, pues, evolucionan conjuntamente (Ray, 1998)".
Año a año, la sociedad se esfuerza en pos de un objetivo compartido. Guiada por disímiles intereses individuales, "acuerda" obtener un producto social (el PIB) que, a grandes rasgos, resulta de la contribución de asalariados, rentistas y empresarios atraídos por la posibilidad de captar ingresos (salarios, rentas y beneficios, en ese orden) para destinarlo a comprar esos bienes generados o ahorrar para gastar en el futuro. Así, el PIB da lugar al ingreso y luego al gasto. Si todos los participantes estuvieran conformes con esa distribución, no habría razones para que haya reclamos. En este caso ideal, se podría afirmar que se estaría en presencia de una "fase óptima de equidad distributiva" resultante del funcionamiento de  un "círculo virtuoso que surge no solamente por lógica inherente al pluralismo y el estado de derecho, sino también porque las instituciones políticas inclusivas tienden a apoyar a las instituciones económicas inclusivas. De esta forma, se tiende a una distribución más igualitaria del ingreso (Acemoglu, 2012)".
El PIB es un producto social que resulta de la contribución de asalariados, rentistas y empresarios
Por el contrario, si el mercado no lograra mantener en el corto plazo esos niveles deseables de justicia distributiva debido a 1) sus clásicas fallas de su funcionamiento (la existencia de monopolios, oligopolios u otros mecanismos que no reflejen la voluntad social), 2) la intervención de un Gobierno que, por sus metas políticas, se interesara en direccionar recursos hacia uno u otro grupo social y 3) la existencia de crisis no previstas; las tensiones sociales no tardarían en emerger y el mencionado estado de equidad "se agrietaría". En esta fase, donde sufrirían más los asalariados (tal como lo indica la experiencia), no tardarían en aparecer episodios de violencia social. Inmersa en ese "pánico moral", la sociedad recibiría el mensaje y respaldaría la idea de que estos revoltosos serían "una amenaza para los valores e intereses sociales presentada por los medios de comunicación de una forma estilizada y estereotipada //…// (medios) acreditados por la comunidad para pronunciar sus diagnósticos, soluciones y formas de afrontar el problema (Cohen, 1972)". La inyección de "pánico moral" injertaría efectos impulsivos hasta en las mentes más cultas. Los olvidos y omisiones resultantes, contribuirían a ejercer el voto contrariando sus intereses: si se tratara de asalariados, perdería bienestar y sus históricas conquistas sociales.
Técnicamente, si el Gobierno se auto impusiera metas de ahorro estaría direccionando más recursos hacia el capital que al trabajo y sugiriendo que en el largo plazo el crecimiento económico favorecería a todos. No haría referencia a la intención de alcanzar una distribución equitativa porque, en esencia, supondría que "un mercado benefactor" se encargaría de hacer ese trabajo. En lo más profundo, en realidad no se propondría objetivos de esta naturaleza porque consideraría que "una distribución más equitativa del ingreso retarda el crecimiento económico debido a su efecto negativo sobre el coeficiente de ahorro nacional" (Solimano, 1998)". Cualquier otra estrategia de tonalidad más heterodoxa orientada a distribuir a favor de los asalariados, como proponen algunas corrientes de la "familia keynesiana", mejorarían la demanda y el crecimiento a corto plazo siempre que los impulsos recayeran en el consumo. No obstante, el posterior avance de la política sobre la economía (carente de racionalidad, por lo general) desembocaría en restricciones de oferta de bienes (falta de bienes en la góndolas), inflación y crisis de balanza de pagos (salidas de divisas y tensiones cambiarias), así como interminables pujas distributivas. A largo plazo, habría inestabilidad si no se tuviera un plan coherente y sustentable, especialmente si se olvidaran de las distorsiones de precios relativos (la baja de tipo de cambio, entre otras) o se generaran irreflexivos desequilibrios fiscales.
El discurso electoral no sólo tendría que informar sobre el crecimiento económico, sino que debería decir más sobre la distribución esperada del producto bajo la forma de ingresos. En paralelo, a la sociedad  le convendría "bajarle el volumen al panelista". Liberada de toda esa carga de "pánico moral" que sin pudor éste siempre inculca, podría ver más serenamente los números de la economía y preguntarle al Gobierno (cuando "toca a su puerta") ¿hacia dónde pretende distribuir ingresos? Si bien la respuesta estaría repleta de elementos evasivos (o sea, políticos), le daría indicios para fundamentar más racionalmente su voto.
(*) Gustavo Perilli es Profesor de la UBA
Fuente:Infobae

jueves, 17 de agosto de 2017

Los avatares políticos y económicos y las lecciones olvidadas de San Martín

Por Gustavo Perilli






Quienes residen en la Ciudad de Buenos Aires, no pueden dudar acerca de la exclusividad de la Avenida Alvear. Tal como ocurre con los parques, paseos y espacios urbanos, su nombre pretende honrar a una persona ilustre en su paso por esta vida. En este caso, la mención es para el general Carlos María de Alvear. La calle paralela en dirección hacia las vías del tren (por la avenida Callao) es Posadas, denominada así en honor al abogado y político Gervasio Antonio de Posadas. El hecho de ser contiguas, el trazado parecería estar sugiriendo diálogos imaginarios entre el general y el político, semejantes a los que, en realidad, efectivamente ocurrieron desde que Alvear desembarcó de la Fragata Canning en marzo de 1812, tras compartir un prolongado viaje (empezado en Londres) con personalidades tales como José de San Martín y Matías Zapiola. Más allá del azaroso temperamento de Alvear, tenían temas en común porque, básicamente, eran familiares directos (Posadas era tío de Alvear), confrontaban políticamente con Belgrano y San Martín (planeaban desplazarlos del Ejercito del Norte y la Gobernación de Cuyo, respectivamente), combatían las posiciones del caudillo oriental José Gervasio Artigas y, entre otras similitudes, se sucedieron en el cargo de Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata (Alvear reemplazó a Posadas).
 
Las preferencias políticas del general Alvear fueron sumamente controvertidas durante su vida pública y, en general, no se difundieron demasiado. Especialmente sus cambios de rumbos, expuestos desde su fervoroso sentimiento revolucionario orientado a liberar América del español, demostrado en las logias donde participó (con San Martín, entre otros), hasta su giro radical puesto de manifiesto en las cartas enviadas al Embajador británico Lord Strangford y al Ministro de Relaciones Exteriores de ese país, Lord Castlereagh, donde, literalmente, sostenía que "cinco años de repetidas experiencias han hecho ver a todos los hombres de juicio y opinión, que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo, y que necesita una mano exterior que lo dirija y contenga en la esfera del orden, antes que se precipite en los horrores de la anarquía //…// en estas circunstancias solamente la generosa nación británica puede poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas provincias que obedecerán a su gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer: porque conocen que es el único medio de evitar la destrucción del país, a que están dispuestos antes de volver a la antigua servidumbre, y esperan de la sabiduría de esa Nación una existencia pacífica y dichosa (Rosa, 1951)". Si bien este ha sido el más conocido de los episodios, los historiadores sostienen que no fue el único. Luego de ser desplazado por Ignacio Álvarez Thomas y de huir al exilio en Río de Janeiro, continuaron surgiendo graves sospechas sobre su ética y moral. Especialmente, tras conocerse que, en su afán de agradar a las potencias extranjeras, a mediados de 1815 proporcionó información clave sobre las tropas rioplatenses a la corte española. "Estos infortunios", sin embargo, no impidieron que en la Argentina se le continuara rindiendo honores no sólo en la calle que lleva su nombre, sino también en el imponente monumento emplazado en la Plaza Francia, obra del escultor Emilio Bourdelle, e inaugurado en 1926 durante la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear (su nieto).
San Martín entendió el valor de contar con la “mano visible” de un Estado comprometido con el desarrollo
Siguiendo de paseo por Callao, siempre en la misma dirección, enseguida aparece la Avenida del Libertador, cuyas exclusividades distan de ser homogéneas en su trayecto hacia la zona norte. Su nombre rememora el centenario de la muerte del General José de San Martín (recuérdese que hasta 1950 se llamó Carlos María de Alvear) en su condición de libertador de los pueblos de la Argentina, Chile y Perú en combates tales como el de San Lorenzo, la defensa del Norte argentino y la gesta posterior a asumir la gobernación de Cuyo (tras confiar al caudillo Martín Miguel de Güemes y sus gauchos la soberanía norte del país). Desde lo estrictamente geográfico, a partir de la bajada de Alvear, en la zona de Libertador y Callao, parecería fluir toda esa etapa histórica, las controvertidas relaciones familiares en el poder y la persistencia de voluminosos dilemas (centralismo porteño versus desarrollo provincial y federalismo; afianzamiento de la soberanía versus búsqueda de paternalismos de potencias extranjeras y liberalismo económico versus proteccionismo estatal) que originaron y ensancharon una grieta reconocida, actualmente, hasta en los programas de espectáculos.

Volvamos a San Martín. En 1814, ya en la Gobernación de Cuyo, procuró afianzar la conciencia de la comunidad para enfrentar los problemas económicos que se le avecinaban (debido al renovado avance realista sobre Chile, el principal socio comercial de la región de Cuyo). Para enfrentar ese desafío, se distanció de las políticas de libre mercado respaldadas por el centralismo porteño de los tiempos de la Revolución de Mayo e impulsó medidas que en la actualidad aún se debaten. Entre ellas, gravó las exportaciones de vinos y agua ardientes, ordenó la construcción de infraestructura, impulsó la industria metalúrgica y defendió los derechos del peón rural. Trayéndolo a estos tiempos, posiblemente habría desaprobado las iniciativas de flexibilización laboral y de generación de "capital financiero" a través de endeudamiento externo (como las que se están imponiendo actualmente en América Latina). Anticipándose a las experiencias internacionales exitosas de mediados del siglo XX, supo entender el valor de contar con la "mano visible" de un Estado comprometido con las diferentes fases del desarrollo económico antes que exponer el destino de la Nación a "la mano invisible" de un mercado administrado por los intereses de los sectores sociales más poderosos (teoría que podría aplicar al estudio del actual mercado de cambios).
Durante este renovado proceso electoral de la Argentina, muchos votantes transitarán por las inmediaciones de las calles Alvear, Posadas y del Libertador antes de llegar al establecimiento donde ejercerán sus derechos. Estos mismos transeúntes, seguramente venerarán la icónica figura del General San Martín cruzando la Cordillera de Los Andes en su brioso caballo blanco (que pudo haber montado pocas veces en esa hazaña y que, en realidad, ni siquiera era blanco). Lo harán por tradición y herencia familiar, admiración hacia lo militar y su autoimpuesta cruzada contra la corrupción. Sin embargo, en la soledad del cuarto oscuro, no votarán las ideas sanmartinianas, más dispuestas a diseñar y construir elementos de identidad y organización de la Nación, sino que lo harán como probablemente lo hubiese hecho Alvear, respaldando, por ejemplo, la adopción de monedas extranjeras (en detrimento del uso de la moneda nacional: dolarización), entendiendo al trabajo asalariado como si fuera una mercancía más (y sólo un costo de producción para la empresa) y suponiendo siempre la existencia de desocupación voluntaria (que quien no trabaja es porque no quiere).

Este "olvido de las ideas sanmartinianas" al momento de votar, también será común en las decisiones de los asalariados de las zonas menos suntuosas de la Ciudad. Con el convencimiento que "los mercados libres e irrestrictos son intrínsecamente estables y que el gobierno (y el Estado) es la única serpiente en el Edén por lo que la única tarea de las políticas públicas es no estorbar (descripción de Galbraith de las ideas de Friedman, 2008)" y que el elemento paralizante del desarrollo es sólo el fenómeno de la corrupción, despreciarán el rol de las clases "menos productivas" (castigadas por el mercado) donde ellos mismos podrían estar comprendidos. Sin embargo, en contadas ocasiones se percatarán de que han sido víctimas de un espectáculo virtual (televisión y redes sociales) que "concentra toda mirada y toda conciencia //…// que no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes //…// que exige aceptación pasiva por su manera de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia (Debord, 1967)". Coincidiendo con Debord (y otros filósofos y sociólogos de esa línea de pensamiento), probablemente San Martín habría estado disgustado con estas conciencias moldeadas e inducidas por un capitalismo transmitido mediante la revolución de las comunicaciones expresadas en imágenes, contenidos, ideas, problemas, debates y agendas.

La recurrente interacción entre el funcionamiento del capitalismo y la velocidad de las comunicaciones está opacando la imagen de San Martín y enalteciendo la de Alvear. El recuerdo de las ideas del Libertador y su praxis política (no sólo la militar), deberían ser útiles para generar marcos conceptuales capaces de sustituir esa manía de fundamentar el voto mediante vacuas mediciones temporales de corrupción (algo imposible de hacer) y su comparación período a período de acuerdo a las imposiciones provenientes de la televisión y las redes sociales. Si esto no se entendiera, transitar por este sendero ayudaría al menos a revisar el valor de los honores rendidos por la sociedad en los espacios públicos

miércoles, 9 de agosto de 2017

Revista Política Latinoamericana



REVISTA POLÍTICA LATINOAMERICANA
Publicación digital semestral
Director: Mario Toer
politicalatinoamericana.org/revista1

REVISTA POLÍTICA LATINOAMERICANA, Nº4, Buenos Aires, enero-junio 2017

PRÓLOGO
EN MEMORIA DE MARCO AURELIO GARCÍA
Por Mario Toer

Ya hace algún tiempo he venido señalando que los escenarios políticos cada vez más se asemejan al milenario juego del Go. Quizá mi metáfora no haya obtenido tanto eco por el sencillo hecho de que este juego no ha alcanzado, en nuestro medio, la difusión que se merece, que sí lo tiene, por cierto, el del otro tablero, el Ajedrez. Ambos fueron concebidos hace muchísimo en las tierras de oriente, donde también se teorizó sobre la guerra, sin metáfora, con cabal trascendencia, y se construyeron imponentes murallas. La gran diferencia entre ambos juegos estriba en que, mientras en el Ajedrez existe la posibilidad de arribar a un repentino y pronto final, con el movimiento preciso de fichas claves, en el Go no hay protagonistas encumbrados ni jerarquías ni tampoco atajos. Todos son peones, de a pie, y se trata de ir creando cadenas que compongan territorios e impedir a su vez, con apropiados rodeos, que el enemigo los construya. Por cierto, hay un momento en que la primacía de uno de los contendientes se hace evidente y termina por paralizar al rival. Pero esto no se define con prontitud. Más bien, todo lo contrario.
Esta convocatoria al tino, la reflexión, y el cálculo a mediano plazo, para colocar la ficha en el lugar apropiado, está tornándose, cada vez más, en el... Seguir leyendo

lunes, 31 de julio de 2017

CIVILIZACION O BARBARIE:“Se sigue utilizando la imagen sarmientina para descalificar”






ENTREVISTA A LA SOCIOLOGA MARISTELLA SVAMPA

Su libro El dilema argentino: Civilización o barbarie es un estudio exhaustivo de los momentos históricos clave del país, vistos a través de la dicotomía instaurada por la obra de Sarmiento. Svampa analiza el modo en que su invocación actualiza viejos prejuicios clasistas o racistas y reflexiona sobre la imposibilidad de “desapasionar” la oposición peronismo-antiperonismo.
https://www.pagina12.com.ar/commons/imgs/go-gris.gif Por Silvina Friera
Es una “peronóloga en el país del peronismo infinito”. Cuando la socióloga Maristella Svampa publicó El dilema argentino: Civilización o barbarie (Taurus), un libro que acaba de reeditar, pensaba que era necesario desapasionar la oposición peronismo-antiperonismo para volverla realmente apasionante. “Hoy en día, y desde mi compromiso con los movimientos sociales, tengo sentimientos mucho más encontrados con el peronismo. Y no hablo del cierre del peronismo ‘desde arriba’, sino en la relación con los sectores populares. Cuando uno ve el funcionamiento real y efectivo del peronismo ‘desde abajo’, y observa cómo éste instala un vínculo político que apunta a la reproducción de la pobreza y la exclusión y, al mismo tiempo, cómo ataca otras experiencias políticas, resulta mucho más difícil mantener posiciones políticas desapasionadas”, confiesa Svampa en la entrevista con Página/12. “Es cierto que la aspiración de una cierta izquierda ha sido siempre la desperonización de los sectores populares. Pero en las últimas décadas lo que prima es la creencia de que la cristalización de la identidad peronista de los sectores populares marca un límite para la acción política transformadora. Creo que hay que combatir esta idea, y en este sentido considero que, desde una izquierda independiente y no dogmática, es posible construir un vínculo político diferente con y al interior de los sectores populares.”
El dilema argentino... es un estudio exhaustivo de los momentos clave de la historia del país –desde la generación del ’80 del siglo XIX hasta los recientes años ’70– a través de la imagen inaugurada a partir de Civilización y barbarie, título original de la obra que Sarmiento publicó durante su exilio en Chile, en 1845. Esta dicotomía fundacional de la doctrina y del programa liberal fue puesta al servicio de la legitimación política de un nuevo orden, pero su importancia no se detiene ahí. “Esta imagen termina por convertirse en una suerte de matriz de lectura general de la cultura argentina en la cual la importancia y el peso del pasado es fundamental”, advierte la socióloga. Pero esta matriz fue adquiriendo distintos significados e interpretaciones. “Es un proceso bastante complejo; no es un esquema lineal. Lo que activa la imagen sarmientina son las luchas y los conflictos políticos, pero lo que queda de esta dicotomía, en términos de eficacia simbólica, es que es utilizada como un mecanismo de descalificación política a partir de la recuperación democrática”, plantea Svampa.
–¿Qué pasó con el menemismo?
–Se reactivó el fantasma de la barbarie con el Menem populista, antes de que hiciera su conversión al neoliberalismo. Pero de manera muy clara se utilizó a partir del surgimiento de nuevos movimientos sociales que tienen como base a los desocupados. En los últimos años se ha reactivado la figura de la peligrosidad social en clave sarmientina, el aluvión zoológico, el desborde plebeyo de las masas, que resurgen en la escena política reactivando representaciones clasistas y racistas que tienen larga data en el país. La imagen civilización o barbarie no es más una clave explicativa general; ha sido cuestionada al igual que otras representaciones binarias de la historia, pero queda como un mecanismo de descalificación política y como una representación que resurge en períodos de grandes crisis, que ponen de manifiesto la inconsistencia de lo social. La crisis del ’89 o la del 2001 serían ejemplos de momentos en los cuales la amenaza de la descomposición social crea temores que se cristalizan en ciertas figuras que aparecen como peligrosas. Después de la dictadura militar, la imagen de la civilización sólo podía ser recreada por una tradición autoritaria, represiva y criminal.
–Se podría decir que para la dictadura la democracia estaba en el campo de la barbarie, en tanto la entendía como un sistema de descomposición y anarquía...
–Efectivamente, hay una imagen de la democracia asociada al desborde del marco jurídico-político que la elite construye desde temprano. Esto aparece en los años ’80 con los primeros inmigrantes que no responden a los ideales o expectativas de la elite y que comienzan a organizarse en distintos sindicatos socialistas y anarquistas. La figura de lo exótico, de la peligrosidad, va a ser encarnada por el inmigrante y no es raro que en el Centenario se revalorice al gaucho vencido y domesticado, como núcleo identitario nacional, bajo la pluma de Lugones, el intelectual orgánico de la elite. Aunque esta idea de peligro también reaparece con Yrigoyen y con Perón, la desconfianza a las masas está presente en el diseño constitucional de la república. En los años ’70, con la dictadura militar, la doctrina de seguridad nacional constituye uno de los ejes ideológicos que se nutre de esta desconfianza respecto de la democracia. Pero aquellos que revalorizan la barbarie como núcleo identitario nacional, como sustancia de la historia, como polo en movimiento que se ve obstaculizado en su desarrollo histórico, también desconfían de los mecanismos políticos institucionales.
–¿Por qué va perdiendo legitimidad esta dicotomía?
–Por un lado se va cargando de nuevos sentidos y esto hay que leerlo al calor de ciertos conflictos: 1910, 1930, 1945, 1970 son puntos de inflexión de la historia argentina en los que se resignifican e invierten los contenidos de la dicotomía. La valorización positiva de la barbarie empieza con los revisionistas en 1930, pero se actualiza en términos de actor político con el peronismo. En los años ’70, observamos claramente el debilitamiento del polo civilizatorio y asistimos a la eclosión de la imagen de la barbarie. Después del carácter ferozmente represivo y criminal de la dictadura, hubo que revisar el pasado bajo otros términos, no ya a través de representaciones maniqueas. A partir de los ’80, encontramos la necesidad de hacer una autocrítica de estos procesos históricos, de cómo fueron leídos e influyeron en las prácticas, desde la revalorización de la democracia representativa, que no había tenido lugar dentro de la tradición nacional-popular ni en la tradición político-autoritaria.
–¿Pero se superó ese esquema dicotómico o aún quedan resabios?
–Sin duda podría decir que el sentido común histórico de los argentinos, como lo señala Halperin Donghi, está muy nutrido por el revisionismo histórico, que es absolutamente dicotómico. En el campo de las ciencias sociales y de la cultura, ya no es más funcional. Pero si no estuviera latente la imagen civilización o barbarie, no sería tan fácil reactivar prejuicios clasistas o racistas, como sucedió con los piqueteros a partir de su ingreso sistemático y frecuente a la ciudad de Buenos Aires.
–¿Kirchner aprovechó estos residuos de la imagen de civilización o barbarie al interior del peronismo?
–No me parece. En Menem hubo una necesidad de vaciar de contenidos conflictivos al peronismo y por eso liquidó el legado de la tradición nacional-popular. Con Kirchner se pone de manifiesto la posibilidad de reactivar esta tradición. Pero creo que es muy difícil realizar un rescate cabal cuando este vaciamiento de los ’90 vino acompañado de la pérdida de una de las dimensiones fundamentales del peronismo, el igualitarismo, que era un contenido muy fuerte dentro de esas formas que evocaban lo plebeyo y el desborde de las masas. No se ve en el kirchnerismo, más allá de la ilusión, que la dimensión igualitaria tenga un rol fundamental. A veces es muy difícil volver sobre los pasos. Discrepo con ciertas lecturas que se ha hecho del peronismo como populismo, por ejemplo la de (Ernesto) Laclau.
–¿Por qué?
–A través del peronismo, Laclau realiza una interesante y sutil lectura del populismo, en términos que aluden a éste como una suerte de significante flotante o vacío en permanente disputa, según los textos. Considero que la lectura de Laclau no pone el acento en las discontinuidades o en los puntos de no-retorno que producen los mismos hechos históricos. En ese sentido, tiendo a pensar que los ’90 instalaron un punto de no-retorno en ese proceso de disputa y resignificación político-cultural de la tradición nacional-popular, en la medida en que el peronismo liquidó su dimensión igualitaria que, más allá de los avatares y pragmatismos pasados, formaba parte de su núcleo duro. Además, mientras no se plantee una verdadera ruptura con el legado neoliberal, propio de los noventa, la reapropiación de dicha tradición va a quedar en el terreno de la ilusión populista, para unos; en el del conocido cinismo, para otros.
–¿A qué se refiere cuando señala que el “setentismo” cumple un rol articulador en el presente?
–Cada vez me convenzo más de que la disolución de la dimensión igualitaria del peronismo y la negación del pasado noventista hoy aparecen desplazados en su centralidad por el “setentismo”. Pero el setentismo del que hablo poco tiene que ver con los esquemas binarios del pasado o con los discursos emancipatorios de otras épocas. Si bien no creo que sea una cuestión de revancha generacional, como suponen erróneamente algunos, lo que sí está fuertemente presente en muchos de los que apoyan a Kirchner es que para toda una generación este gobierno representa algo así como “la última oportunidad”. Aunque de manera diferente a la del pasado, los setentistas de la era K tienden a confundir nuevamente la posibilidad del fracaso con el fin de la historia. El cruce de estas variables, a las que habría que agregar aquellas propias del escenario latinoamericano actual, hace que éste sea un momento cargado de ambigüedades, de tensiones y, sobre todo, de dobles discursos. Un momento en el cual la crítica al neoliberalismo va acompañada de una fuerte retórica antineoliberal, sin que esto constituya un obstáculo mayor para la consolidación del modelo de dominación y de las grandes asimetrías propias del modelo neoliberal.
–¿Cómo se lleva con el peronismo?
–La mirada sobre el peronismo atraviesa todas mis investigaciones. Al principio, cuando hice el trabajo sobre el rol de civilización o barbarie, pensaba que era necesario desapasionar el tema, la oposición peronismo-antiperonismo, para volverlo realmente apasionante. Pero esta visión estaba muy marcada por la distancia política. Hoy en día, y desde mi compromiso con los movimientos sociales, tengo sentimientos mucho más encontrados con el peronismo. Y no hablo del cierre del peronismo “desde arriba”, sino en la relación con los sectores populares. Cuando uno ve el funcionamiento real y efectivo del peronismo “desde abajo”, y observa cómo éste instala un vínculo político que apunta a la reproducción de la pobreza y la exclusión y, al mismo tiempo, cómo ataca otras experiencias políticas, resulta mucho más difícil mantener posiciones políticas desapasionadas. Es cierto que la aspiración de una cierta izquierda ha sido siempre la desperonización de los sectores populares. Pero en las últimas décadas lo que prima es la creencia de que la cristalización de la identidad peronista de los sectores populares marca un límite para la acción política transformadora. Creo que hay que combatir esta idea y en este sentido considero que, desde una izquierda independiente y no dogmática, es posible construir un vínculo político diferente con y al interior de los sectores populares.
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En anteriores trabajos, Svampa había estudiado, sucesivamente, la vida en los countries y el fenómeno de los piqueteros.
SUBNOTAS

Los incidentes del 17 de octubre
¿Qué análisis hace de los incidentes del pasado 17 de octubre en la quinta de San Vicente a la luz de las imágenes de civilización y barbarie?
–Claro que sería fácil pensar en términos maniqueos y actualizar, una vez más, la imagen sarmientina de la barbarie, como mecanismo de invectiva, reafirmando la visión antisindical y antiplebeya que existe en amplios sectores sociales. En realidad, los hechos del 17 de octubre en San Vicente mostraron las profundas transformaciones sufridas por el sindicalismo peronista en las últimas décadas, al compás de la desestructuración del mundo laboral y del quiebre de las solidaridades de clase. Así, de representar una realidad rica y muy compleja –esa mezcla de elementos clasistas con elementos paternalistas propios del peronismo histórico, al menos hasta 1973–, en las últimas décadas, el sindicalismo peronista fue perdiendo espesor ideológico, reduciéndose a una caricatura, potenciando sólo aquellos elementos vinculados con la pura acción corporativa y la defensa pragmática de la unidad sindical. Desde el punto de vista de las representaciones, hay que señalar que, desde el costado del peronismo, se ha realizado un vaciamiento de la idea positiva de la barbarie. No olvidemos que la apropiación positiva de la barbarie no sólo estaba ligada a la idea del “actor histórico”, sino a la reivindicación de lo plebeyo, que atravesaba el folklore peronista y daba forma a su práctica política contestataria. Sin embargo, hace mucho tiempo ya que en el sindicalismo peronista los elementos plebeyos están desconectados de cualquier práctica de resistencia y aparecen cada vez más asociados a la manipulación clientelar y la práctica patoteril. Así las cosas, la apropiación de lo plebeyo y su articulación con formas de resistencia se sitúan por fuera del sindicalismo peronista; están claramente en otro lado...

FUENTE:PAGINA/12 - 2006

martes, 25 de julio de 2017

“Una definición estrecha de la democracia”

 
Entrevista al filósofo francés Florent Guénard 

Guénard analiza y critica las teorías que sustentan “un imperialismo democrático legítimo”, el andamiaje de ideas en el que se basan las presiones y las intervenciones del poder global sobre pueblos disidentes respecto de los modelos hegemónicos.