viernes, 28 de diciembre de 2012

Saqueos e incomprensión: El retorno de Frantz Fanon





Por Teodoro Boot
“El mundo colonizado es un mundo cortado en dos –dice Frantz Fanon en Los condenados de la tierra–. La línea divisoria, la frontera, está indicada por los cuarteles y las delegaciones de policía. En las colonias, el interlocutor válido e institucional del colonizado, el vocero del colono y del régimen de opresión, es el gendarme o el soldado. En las sociedades de tipo capitalista, la enseñanza, religiosa o laica, la formación de reflejos morales trasmisibles de padres a hijos, la honestidad ejemplar de obreros condecorados después de cincuenta años de buenos y leales servicios, el amor alentado por la armonía y la prudencia, esas formas estéticas del respeto al orden establecido, crean en torno al explotado una atmósfera de sumisión y de inhibición que aligera considerablemente la tarea de las fuerzas del orden. En los países capitalistas, entre el explotado y el poder se interponen una multitud de profesores de moral, de consejeros, de ‘desorientadores’. En las regiones coloniales, por el contrario, el gendarme y el soldado, por su presencia inmediata, sus intervenciones directas y frecuentes, mantienen el contacto con el colonizado y le aconsejan, a golpes de culata o incendiando sus poblados, que no se mueva. El intermediario del poder utiliza un lenguaje de pura violencia. El intermediario no aligera la opresión, no hace más velado el dominio. Los expone, los manifiesta con la buena conciencia de las fuerzas del orden. El intermediario lleva la violencia a la casa y al cerebro del colonizado”.
“El mundo colonial es un mundo en compartimientos”, insiste Fanon. “La zona habitada por los colonizados no es complementaria de la zona habitada por los colonos. La ciudad del colono es una ciudad dura, toda de piedra y hierro. Es una ciudad iluminada, asfaltada, donde los cubos de basura están siempre llenos de restos desconocidos, nunca vistos, ni siquiera soñados. (…) Las calles de su ciudad son limpias, lisas, sin hoyos, sin piedras. La ciudad del colono es una ciudad harta, perezosa, su vientre está lleno de cosas buenas permanentemente. La ciudad del colono es una ciudad de blancos, de extranjeros. La ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la ciudad negra, la ‘medina’ o barrio árabe, la reserva, es un lugar de mala fama, poblado por hombres de mala fama, allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un mundo sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas sobre otras. La ciudad del colonizado es una ciudad hambrienta, hambrienta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz. La ciudad del colonizado es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango. Es una ciudad de negros, una ciudad de boicots. La mirada que el colonizado lanza sobre la ciudad del colono es una mirada de lujuria, una mirada de deseo. Sueños de posesión. Todos los modos de posesión: sentarse a la mesa del colono, acostarse en la cama del colono, si es posible con su mujer. El colonizado es un envidioso. El colono no lo ignora cuando, sorprendiendo su mirada a la deriva, comprueba amargamente, pero siempre alerta: ‘Quieren ocupar nuestro lugar.’ Es verdad, no hay un colonizado que no sueñe cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono”.
Los condenados de la tierra fue publicado en 1961, el mismo año en que Frantz Fanon, militante del Frente de Liberación Nacional de Argelia nacido en Martinica, agonizaba de cáncer. Prologado por Jean Paul Sartre, fue un texto de lectura obligada entre los militantes anticolonialistas del Tercer Mundo y las izquierdas antiimperialistas latinoamericanas. 
En Latinoamérica, sin embargo, el panorama social y cultural tan franca y brutalmente trazado por Fanon debía ser “interpretado”: excepto en los “guetos” indígenas o negros, más o menos extendidos en los distintos países, “ese mundo en compartimientos, ese mundo cortado en dos (…) habitado por especies diferentes” no saltaba a la vista con tanta claridad. 
“La originalidad del contexto colonial –insistía Fanon– es que las realidades económicas, las desigualdades, la enorme diferencia de los modos de vida, no llegan nunca a ocultar las realidades humanas. Cuando se percibe en su aspecto inmediato el contexto colonial, es evidente que lo que divide al mundo es primero el hecho de pertenecer o no a tal especie, a tal raza. En las colonias, la infraestructura es igualmente una superestructura. La causa es consecuencia: se es rico porque se es blanco, se es blanco porque se es rico”.
Aun conservando su vigencia de fondo, lo que en las colonias de Argelia, Nigeria, Mozambique, Angola, Sudáfrica era así de evidente, se desdibujaba en las semicolonias latinoamericanas hasta desaparecer casi por completo en nuestro país. Desde finales del siglo XIX expurgada de guetos negros y con pueblos indígenas reducidos a su mínima expresión, la Argentina de los 60 y 70 aún podía alardear de uno de los mayores índices de igualdad económica e integración social del planeta: el mundo descripto por Fanon no estaba a la vista y debía rastrearse en las diferentes tradiciones histórico‑culturales, en las antagónicas tradiciones de los sectores políticos enfrentados, presentes en la coalición bienpensante enfrentada al yrigoyenismo, en la Unión Democrática antiperonista, en el acelerado proceso de nacionalización de las jóvenes generaciones del 60 y 70. Para cualquiera que supiera mirar, Fanon estaba ahí, en la “chusma radical”, el “aluvión zoológico”, los “cabecitas negras”, explicando las extravagantes conductas de los sectores políticos de una Argentina en la que la “izquierda” nunca vaciló en sumarse a la más rancia oligarquía y las autodenominadas y denominadas “derechas” ocuparon frecuentemente las líneas de vanguardia de la izquierda más radicalizada. Pero en su funcionamiento, la sociedad argentina, aun con sus contradicciones y jerarquías, no parecía reflejarse en las categorías de Fanon.
De entonces a esta parte, mientras a tenor de la modernidad y la gradual globalización, Fanon iba desapareciendo de las bibliotecas políticas y era considerado obsoleto en las cátedras universitarias, la situación económica y social americana y, en particular argentina, se africanizaba a pasos acelerados hasta tal punto que Fanon es tan apropiado para entender el funcionamiento de cualquier gueto de cualquier arrabal de nuestras ciudades como el de la Casbah cuando sostiene que “Al nivel de los individuos, asistimos a una verdadera negación del buen sentido. Mientras que el colono o el policía pueden, diariamente, golpear al colonizado, insultarlo, ponerlo de rodillas, se verá al colonizado sacar su cuchillo a la menor mirada hostil o agresiva de otro colonizado. Porque el último recurso del colonizado es defender su personalidad frente a su igual.”
En los 80, la sistemática desarticulación de los mecanismos de integración económica, social y cultural efectuada por la dictadura sorprendió al flamante gobierno alfonsinista con los primeros síntomas visibles del proceso de estratificación y marginación social, más que evidentes en los sectores juveniles e infantiles de las clases más oprimidas, del que el nuevo gobierno no supo, ni pudo ni siquiera quiso dar cuenta. El eslogan publicitario de campaña del Dr. Alfonsín había pasado a ser su vademecum económico, político y social: con la democracia se come, de educa, se cura…
Durante la década siguiente, al paso que se consumaba la definitiva extinción del imaginario igualitarista del primer peronismo, el proceso de marginalización continuó profundizándose hasta llegar a los estallidos del 2001 y sus secuelas inmediatas y mediatas, visibles en la legión de trabajadores cartoneros, limpiavidrios, mendicantes y piqueteros, o, para no abundar, en el robo de cables, de placas, de estatuas y de cualquiera de esos intrascendentes objetos que durante más de un siglo habían estado a la mano de cualquiera sin ningún tipo de protección y sin ser víctimas del menor intento de sustracción.
La marginalización de trabajadores desempleados en particular y de jóvenes pobres en general se complementó con la rápida expansión de los barrios privados convertidos en pretendidos bunkers, auténticos sowetos de los más pudientes. Existe abundante bibliografía sobre las deformaciones culturales provocadas por la automarginación de los ricos y, a la luz de la actual administración de la ciudad de Buenos Aires, todo hace suponer que la habrá en breve respecto a las consecuencias políticas de semejante deformación. Asimismo, desde el precursor Culebrón Timbal a la cumbia villera, existe una extendida aunque no muy visible expresión literaria, estética, musical que suele reflejar o acaso sublimar el estado de violencia contenida en que viven los jóvenes excluidos. Contenida o sublimada, sin hacerse específicamente delictiva, esa violencia se manifiesta periódica y ritualmente en los absurdos y salvajes enfrentamientos entre hinchadas de futbol o las no menos rutinarias ni menos salvajes e irracionales peleas en los alrededores de los locales bailables. En palabras de Fanon, “el colonizado sacará su cuchillo a la menor mirada hostil o agresiva de otro colonizado. Su último recurso es defender su personalidad frente a su igual”.
El proceso de industrialización, redistribución y consumo interno iniciado hace una década supone una inversión de las políticas ejecutadas durante los últimos 35 años, pero al igual que lo sucedido con el alfonsinismo, tampoco alcanza a dar cuenta de la naturaleza del deterioro social que esas políticas produjeron. La incomprensión se manifiesta en la creencia en el trabajo como gran ordenador social (agravada por la habitual confusión entre empleo y trabajo, ya que en todo caso, de serlo, será el empleo y no el trabajo el posible organizador y factor de integración), la naturaleza de las políticas sociales y la ausencia de una doctrina adecuada para las fuerzas de seguridad. Las políticas sociales en el mejor de los casos –el plano nacional y el de unas pocas provincias– parten de otra simplificación, la de que integrarse, formar parte de esta sociedad, sumamente injusta, desigual, exclusivista, inmoral y descreída, es el propósito y aspiración de todos los sectores marginados. Lo dijo alguna vez Carlos Auyero: “Los pobres de hoy no luchan por destruir el sistema sino por integrarse”. Fue una verdad a medias que no contemplaba ni contempla el hecho de que en el imaginario cultural de una creciente masa de jóvenes excluidos no existe la opción de integrarse, al menos no en el lugar de la sociedad, que el sistema, les ofrece y permite sin delinquir ostensiblemente.
La simplificación de las políticas sociales se corresponde con la ausencia de doctrina en la materia para las fuerzas de seguridad: la contrapartida del respeto a la libertad de expresión política y de protesta social, es la presencia cada vez más ominosa y represiva de las fuerzas de seguridad en las áreas generadoras de un conflicto cultural que a veces es visto como conflicto social y otras como expresión delictiva. De hecho, la ideología de los integrantes de todas las policías del país es cada día más reaccionaria, racista y represiva, incrementándose ese espíritu e ideología reaccionarias en forma indirectamente proporcional a la edad de sus integrantes.
En su mayor parte, casi sin excepción, las fuerzas políticas padecen de un semejante astigmatismo, lo que torna a ser más grave en las fuerzas políticas populares integrantes del movimiento nacional. Las fuerzas políticas populares han abandonado el territorio, el control del territorio, la organización de la sociedad en el territorio, la organización de la sociedad, de una sociedad específica, según los propios intereses de esa sociedad específica y no según las pretensiones de “la sociedad”en general –de esa sociedad que para conservarse y perdurar requiere de la preservación de la desigualdad y la injusticia. Las fuerzas políticas populares –decir revolucionarias suena fantástico y descabellado–, percudidas por la corrección política abominan del control social, confunden territorio, organización del territorio con reiteración de la liturgia partidaria en una zona determinada, presencia territorial con existencia de locales partidarios, abandonando la materia prima esencial de toda revolución a la voluntad de narcotraficantes y policías.
 “¿Cuáles, son las fuerzas –se pregunta Fanon– que, en el periodo colonial, proponen a la violencia del colonizado nuevas vías, nuevos polos de inversión? Primero los partidos políticos y las élites intelectuales o comerciales. Pero lo que caracteriza a ciertas formas políticas es el hecho de que proclaman principios, pero se abstienen de dar consignas. Toda la actividad de esos partidos políticos nacionalistas en el periodo colonial es una actividad de tipo electoral, una serie de disertaciones filosófico-políticas sobre el tema del derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, del derecho de los hombres a la dignidad y al pan, la afirmación continua de ‘cada hombre un voto’ (…) El intelectual colonizado ha invertido su agresividad en su voluntad apenas velada de asimilarse al mundo colonial. Ha puesto su agresividad al servicio de sus propios intereses, de sus intereses de individuo. Así surge fácilmente una especie de esclavos manumisos: lo que reclama el intelectual es la posibilidad de multiplicar los manumisos, la posibilidad de organizar una auténtica clase de manumisos. Las masas, por el contrario, no pretenden el aumento de las oportunidades de éxito de los individuos. Lo que exigen no es el status del colono, sino el lugar del colono. Los colonizados, en su inmensa mayoría, quieren la finca del colono. No se trata de entrar en competencia con él. Quieren su lugar”.
Quieren su lugar.
Cuando en ocasión de los recientes saqueos a los supermercados se recurre a explicaciones conspirativas, o se intenta distinguir entre el robo de comida y de plasmas (como si ser pobre equivaliera a ser idiota y entre el robo de un paquete de arroz y el de un televisor un auténtico pobre debiera optar por el arroz), o cuando de la conspiración se pasa a explicar las cosas por la desigualdad social sin distinguir ni diferenciar sus componentes, como si un súbito igualitarismo pudiera de por sí impedir esa clase de conductas, o cuando todo pretende adjudicarse a  factores delictivos, cuando lo que prima en las fuerzas políticas es la ceguera más que la miopía, parece ser que ha llegado el momento de volver a Fanon.
Fuente: Blog del Ingeniero

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